jueves, 12 de abril de 2018

Dos semanitas en Italia: Nápoles I


Si el origen (real) de Roma resulta misterioso y difícil de rastrear, el de Nápoles no se queda atrás. Obviamente los arqueólogos la deben pasar bomba discutiendo y rebatiendose mutuamente sus hipótesis. Lo que sabemos es que desde el siglo VIII a.C. hubo una creciente presencia de colonos griegos que llegaron de las islas de Eubea y Rodas. No llegaron inicialmente a Nápoles sino que fundaron otra ciudad. Y a partir de allí comenzó la expansión griega en la zona.
El mecanismo parece repetirse en toda la región. Llegaban los colonos griegos (normalmente impulsados a la colonización buscando mejores condiciones de vida o expulsados por sus enemigos políticos). Se establecían en algún lugar, se repartían las tierras y cuando la población era atacada, conquistada, sufría hambrunas o se peleaban entre ellos, alguien se marchaba con una manos atrás y otra adelante para recomenzar el proceso. En esos casos o bien algún grupo era expulsado o bien algunos se iban sin que los echaran y buscaban un rinconcito para fundar su propia ciudad. Así nació la ciudad de Parténope, con expulsados de otras ciudades y colonias.
Parténope, mitológicamente hablando, era una de las tres sirenas que vivía cerca de la isla de Capri y que Ulises/Odiseo escuchó cantar en su (largo) viaje de regreso a casa desde Troya. Sí, ya sé que de Troya a Grecia el camino no pasa por Nápoles, pero no hay que olvidarse de que el viaje de regreso de Odiseo fue especialmente complicado. En fin, volviendo a Parténope, por cuestiones estratégicas, la ciudad fue fundada en lo alto de una colina. Sin embargo, a medida que los griegos continuaron la colonización del sur de Italia y los ataques enemigos fueron menores, fue cada vez menos importante estar en un lugar fácilmente defendible y, en cambio, comenzó a ser necesaio estar más cerca del mar. En el siglo V a.C. un grupo de habitantes de Parténope decidió establecerse en la llanura al pie de la colina. Este asentamiento recibió el nombre de Neápolis, la ciudad nueva, en oposición a la Paleópolis, la ciudad vieja allá arriba de la colina. Con el tiempo la ciudad vieja fue abandonada y Neapolis comenzó a prosperar.
Neapolis se convirtió en una de las mayores ciudades de la Magna Gracia (la “Grecia grande” que era como los griegos llamaban a esta región del sur de Italia en la que fueron estableciéndose). Por aquella época las ciudades griegas pasaban, en general, tanto tiempo en guerra entre ellas como con sus vecinos, fueran estos cartagineses, etruscos o latinos. Y como el Martín Fierro aún no había sido escrito, poco sabían acerca de la necesidad de que los/las hermanos/as fueran unidos/as. Como resultado de su ignoracia de la poesía gauchesca, se los comieron los (de una ciudad) de afuera. Claro está que estoy hablando de Roma.
Al igual que el resto de las ciudades griegas de la zona, Nápoles tuvo una relación bastante especial con Roma. Por un lado había sido conquistada por los ejércitos romanos pero, por el otro, la cultura helénica de los vencidos fascinaba a sus conquistadores. Los griegos se volvieron más romanos en los papeles pero los romanos se volvieron más griegos, al menos culturalmente hablando.
Durante buena parte de la época de la república, Nápoles se las arregló para preservar sus tradiciones e idioma y atraer a los romanos con dinero que admiraban la cultura griega. Virgilio, el autor de la Eneida, como así numerosos emperadores romanos solían pasar sus vacaciones de verano en Nápoles, que vio en la era romana lo que hoy definiríamos como un boom inmobiliario.
Con un poco menos de gloria, Nápoles también vio llegar a Rómulo Augústulo quien -a pesar de la pompa y rimbombancia de su nombre- fue el último emperador romano (de occidente). Llegó a Nápoles como exiliado, luego de ser depuesto y ver disolverse su imperio.
Por los siguientes seiscientos años la historia de Nápoles fue un tanto tumultuosa. Fueron conquistados por los ostrogodos, pero luego los bizantinos les birlaron ouparon el sur de Italia. Que mío, que tuyo, que sí que no, germanos y bizantinos quitándose la ciudad los unos a los otros. Para el siglo IX la situación era ya insostenible y los napolitanos formaron un ducado independiente. Claro que Italia no era por aquella época un mar de tranquilidad. Los musulmanes habían ocupado parte de Sicilia, los germanos avanzaban desde el norte y los napolitanos terminaron empleando a los normandos para defenderse.


Claro que la alianza con los normandos fue, en la práctica, otra que la del caballo de Troya. Para defenderse de sus vecinos se aliaron con los normandos y estos fueron poco a poco despojando al ducado de Nápoles de sus territorios hasta que en el 1137 se acabó lo que se daba. Los normandos se cansaron de la farsa y obligaron a duque a abdicar para luego incorporar la zona al recién nacido reino de Sicilia, con capital en Palermo.

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