jueves, 23 de junio de 2016

Viena. Capítulo 1

Como suele ocurrir con otras ciudades europeas, los lingüistas se sacan los ojos en sus peleas mientras intentan develar el origen de su nombre. Por lo visto, salvo ellos/as, nadie más comparte la pasión y la vehemencia por identificar la procedencia y significado de Viena. ¿Celta? ¿protogaélico? ¿latino? … ¿Protoqué? Proto-gaélico. Debo reconocer que, para mi sorpresa, existen unos bastantes engendros curiosidades idiomáticas por el estilo.

 

De hecho, resultó tan complicado que para preservar mi salud mental descarté seguir investigando sobre el asunto. Creo que, definitivamente, puedo vivir sin terminar de saber cuál es la verdad de la milanesa del origen de Viena. O, mejor dicho, la verdad de la Wiener Schnietzel, como se llama a la milanesa por estas latitudes. No es exactamente lo mismo pero se le parece. Al fin de cuentas, la gastronomía es, como otros campos, un escenario de disputa. Los italianos dicen que las inventaron ellos, los austriacos que no. Que sí, que no… a falta de un acuerdo cada quien le puso el nombre de una ciudad al platillo y ya. Y en esta pelea, obviamente, Italia nos queda más cerca que Viena, así que tomamos partido por milanesa… ¡Y menos mal! ¿Quién se imagina pidiéndole al carnicero dos kilos de carne para Wiener Schnietzel?


Dejando Milán y sus milanesas de lado (y las schnietzels), Viena -cualquiera sea el origen etimológico de su nombre- es una de las capitales europeas más antiguas. No tan antigua como Atenas o Roma, naturalmente, pero tampoco está tan inmensamente lejos. Ya en el 500 antes de Cristo había una aldea celta que fue ocupada en el año 13 antes de Cristo por los romanos, que la transformaron en un campamento militar. Al parecer la importancia de Vindobona (ahhh, seguro que nadie tenía el nombre antiguo) fue creciendo poco a poco ya que el Danubio fue desde esta época, una frontera militar importante.


Con la caída del imperio romano los bárbaros (¡horror!) entraran a Vindobona a hacer de la suyas. Desde entonces la ciudad comenzó a pasar de mano en mano. Mejor dicho, de botín en botín. Los germanos se la sacaron a los romanos, más tarde los magiares (algo así como unos proto-húngaros) a los germanos. Después los Habsburgo se hicieron con la ciudad y la transformaron en el principal asiento de la dinastía.

Como los Habsburgo no eran gente sencilla que se arreglaba con cualquier cosita, pronto adaptaron el castillo de la ciudad a sus necesidades. Por lo visto sus necesidades iban en constante aumento, por lo que es castillo fue sucesivamente ampliado y modernizado.

Y claro, cuando se amplía un castillo y se lo transforma en un palacio hay que mostrar que los nobles locales están à la mode. De este modo, cada nueva ala del palacio era construida en el estilo que correspondiera al período, situación que le otorga una ... mmm ... especial falta de coherencia.


Claro que el palacio no fue el único lugar donde los Habsburgo metieron la cuchara. O, mejor dicho, el cirio. Si por algo se los conoce - además de por haber sido bastante afectos al absolutismo- es porque en su mayoría fueron católicos a más no poder. Como buena ciudad católica que se precie de tal, también Viena fue acumulando iglesia sobre iglesia al punto que hoy resulta casi imposible caminar más de trescientos o cuatrocientos metros sin toparse con algún templo.

Que la de las carmelitas, que la de los jesuitas, que más allá está la de los capuchinos y más acá la de los franciscanos.

Y no es que se hayan quedado ahí. No señor (¡o señora!). Además de las iglesias con nombres de santos están las de los italianos, los polacos, los escoceses ¡y hasta los griegos!.

Por lo diferente que resulta, esta última es la única que puedo reconocer a simple vista.

Y hasta ahora no nos hemos metido en la más famosa de las iglesias de Viena; la catedral de San Esteban. Según los documentos (parece que para algo sirve guardar los tickets) se empezó a construir en el 1137 y contó, como corresponde, con sucesivas ampliaciones y lavadas de cara. En el siglo XV fue ampliada y poco quedó -se supone- del edificio primigenio. A caballo entre el románico y el gótico tiene, entre tantas otras, dos grandes particularidades. Una torre que, aunque no lo parezca, mide 136 metros de altura y un techo hecho con cerca de 230.000 tejas de colores.

Saliendo un poco de tanta iglesia y capilla, en 1529 y en 1532 la ciudad fue un campo de batalla importante. Los turcos otomanos que habían tomado Constantinopla (léase, Estambul) habían avanzado conquistando (casi todo) a su paso hasta llegar a Viena. De hecho, luego anexionarse la capital del imperio romano de Oriente, el ducado de Atenas, Bulgaria, Transilvania, Hungría, Serbia, Croacia y cuanta cosa se encontraba de camino, se dispusieron a sitiar Viena. Pero las condiciones climáticas jugaron a favor de los Habsburgo. Sin armas de asedio y poca preparación para pelear en la nieve, los otomanos fueron derrotados en ambos intentos y debieron retirarse.

Eso no quiere decir que se hayan resignado. Por el contrario, por algunos años se dedicaron a reagruparse y rearmarse. En 1683 volvieron a probar suerte. Pero la capital de los Habsburgo estaba preparada para el asedio ya que había visto crecer sus defensas e incorporar el último grito de la moda en tecnología militar. Nuevamente para los turcos la falta de armas de asedio fue su punto flaco, ya que estaban acostumbrados a acciones veloces con armas rápidas y ligeras. Por lo tanto carecían de preparación para sitiar una ciudad bien defendida. Adicionalmente los austríacos obtuvieron ayuda de Baviera, Sajonia, Prusia, Polonia y Bohemia (entre otros reinos ya inexistentes). No es que hayan tenido un brote de especial afecto y amabilidad para con los austriacos. Es cierto que el emperador del Sacro Imperio era Habsburgo pero no menos cierto es que se la pasaban conspirando los unos contra los otros. ¿Entonces? Simple. Podría decirse que no los unía el amor sino el espanto. Aparentemente les daba cierto miedito que, llegado el caso, sus estados pasaran a engrosar la lista de “territorios con grandes chances de tener que vérselas cara a cara con los turcos”.


Como imaginarán, a la larga todos estos estados pensaron que, llegado el caso, mejor que Austria tuviera que lidiar con los turcos y no ellos. Con los refuerzos, al final se impusieron los austriacos. Para los otomanos implicó un enorme revés militar, y para los austriacos, el comienzo de su avance en Europa central (normalmente ocupando territorios del Imperio Turco). Para nosotros es interesante que tanto en Berlín como en Nürenberg y en Dresden se exponen partes de ese “botín de guerra”. Después de la batalla (y a lo largo de muchísimos años) los austríacos obsequiaron a sus aliados algunas de las chucherías que les sacaron a los turcos; carpas, alfombras, estandartes y armas.


Por raro que parezca, el asedio de 1683 tuvo como consecuencia la edificación de una basta zona de palacios y jardines. Como los otomanos tomaron y destuyeron una serie de pueblos situados fuera de las murallas de Viena, los Habsburgo y otros sátrapas y sabandijas selectos miembros de su corte aprovecharon para hacerse con la propiedad de dichas tierras y construir –luego de que los turcos se hubieran batido en retirada- nuevas residencias. 

Nuevas residencias según las nuevas modas. Porque si hay algo que necesita un noble es estar siempre a la moda. Y no cualquier moda, sino precisamente, a la última moda. Así nació, entre otros, los palacios Belvedere (propiedad del príncipe Eugenio de Saboya) y Schwarzenberg.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Imponente, de principio a fin. Y aprendo que la moda es cosa de la aristocracia, al menos en arquitectura.

Nicolás dijo...

Jajaja... ¿tendré que corregirme? Supongo que debe haber habido modas y modas. Sólo que la aristocracia vienesa (seguida a la distancia por la burguesía vienesa) deben haber sido los grupos con mayor posibilidad (e interés) en seguirlas a todas.