
Estaba contento porque nuevamente había esquivado el bulto de discutir con un estudiante, y además contaba con la ventaja de que otros dos estudiantes iban a plantear una posición sino exacta, al menos bastante similar a la mía. Fue con ese sentimiento que comencé la clase al día siguiente, con la idea de tratar de concentrarme en la corrección de errores y en el uso de conectores. La primera en despacharse fue la francesa. Se concentró en la cuestión del cambio climático y los problemas que traía en poblaciones en las que, como Australia, la necesidad de protegerse del sol es una cuestión de salud de primer orden. Estuvo un buen rato hablando de estas cuestiones, de los casquetes polares, el aumento del nivel del mar…
Para mi sorpresa, el suizo estuvo bastante diplomático. No porque los suizos no lo sean (en general son bastante educados y correctos) sino porque muchos/as tienden a detestar a los/las yanquis en este tipo de situaciones. Pero estuvo bastante contemporizador y si bien dejó clara su posición acerca de la responsabilidad de los humanos sobre el proceso de cambio climático, evitó ser categórico.
Le llegaba el turno a nuestro amigo del país del norte. Los otros habían preparado sus discursos, buscado vocabularios previamente en el diccionario, habían escrito algunas frases, en fin, habían hecho bien su tarea. Éste, en cambio, no había traído nada. Bueno, en realidad sí había elaborado algo, una propuesta; simular en clase una reunión mundial por el cambio climático. Él representaría a Estados Unidos (y para él bastante esfuerzo ya era tener que encarnar a Obama), Benedicte representaría a Europa, Stefan a China y yo a Sudamérica. La posición no me convencía; quería evitar mi participación en el debate. No porque no quisiera dar mi opinión respecto del tema, sino porque me parecía desleal discutir en situación de paridad y, además, el ejercicio no era para mí sino para ellos. De todos modos, accedí.
Creo que cantidad de sinsentidos semejantes jamás había escuchado. Se repitieron los del día anterior y se sumaron otros nuevos: que no hay evidencia que relacione efecto invernadero con cambio climático, que el clima siempre ha cambiado, que aún cuando cambie eso puede ser positivo, como en las regiones donde ahora el invierno no es tan duro, que cambiar las fuentes de energía implicaría un caos tecnológico, que no podemos volver a la edad media tecnológica, que nadie quiere tener autos que no funcionen con nafta….
Cuando le mencioné el plan argentino de reconvertir la iluminación a lámparas de bajo consumo estalló. “Es una locura, es imposible, ningún país puede garantizar eso, esas lámparas son un peligro”. La francesa me volvió a salvar. Francia tiene un propuesta de reconversión similar y un plan gubernamental de ahorro de energía. Solamente deslicé un “Si Francia puede, e incluso Argentina se lo propone, Estados Unidos tiene que poder”. Para que… casi me come crudo. Le recordé que yo estaba representando la postura oficial del país y no mi opinión personal… al margen de que lo fuera o no, no le estaba mintiendo tampoco.
Para cuando dijo que estaba bien que Estados Unidos no firmara el protocolo de Kyoto, Stefan, que ya tenía se había frotado los ojos dos o tres veces mostrando su incredulidad frente a las aseveraciones de su compañero, me puso cara de “bueno, pienso que con esto ya no se puede hacer nada”. Coincidí con su gesto – o lo que yo quise interpretar de él - y les pedí que cada quien diera un alegato final.
No hace falta dar detalles sobre los de los europeos. El de él fue increíble; su conclusión era que la mayoría del mundo había decidido que, gracias a una suerte de cambios azarosos en el clima y la insistencia de un par de hippies, el mundo obligaba a Estados Unidos a desmantelar buena parte de su industria para aventurarse en una suerte de era en la que careceríamos de buena parte de las bondades de la vida moderna.
No sé porque pero cuando hace algunos días escuché que ya se sabe que no habrá un acuerdo claro en la cumbre de cambio climático en Copenhague, no me llamó mucho la atención.