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jueves, 5 de agosto de 2010

El eterno retorno

No. No tiene nada que ver con la filosofía de Nietzsche. No, tampoco tiene que ver con Splinter, cuya existencia de vez en cuando recordamos. Pero sí tiene que ver con la vuelta de un viejo asunto. Il ritorno della fontana di Trevi.

Ok. Yo entiendo, un invierno tenemos una noche de -22, todo se congela, el caño se revienta, sube la temperatura, sale el agua como si fuera una fuente. Bien. Lo reparo, todo vuelve a la normalidad.

Invierno siguiente, no pasa nada. Al otro invierno vuelve a pasar la misma historia; noche fría, el agua se congela, el hielo ocupa más volumen que el agua, ergo, la masa se expande (güina), la historia se repite. Podría decirse que la historia se repite, la primera como drama (la pérdida de agua ocasionaba una auténtica fuente), la segunda como farsa (sólo sale un pequeño chorro de agua). Bueno, se va la segunda. Reparación momentánea. Funciona. Pasan dos semanas, intenta llegar la primavera, algo pasa, la reparación cede y vuelve a filtrarse el agua. La tercera es la vencida (iluso de mi), saco toda la masilla, vuelvo a reparar todo y, pensando que iba a prevenir futuros problemas, recubro todo el caño con bolsas de supermercado como para hacer una pseudo aislación. Pasó el verano, pasó el otoño. Venía pasando el invierno...

El sábado salgo a tirar la basura orgánica en los canteros, paso junto a la canilla y escucho el ruido del agua que intenta salir por algo que asumí sería una rajadura pero que golpea contra una bolsa de nylon. Me hago el boludo y sigo tirando las cáscaras de banana y papa. Ya llegará la primavera y el día de su reparación.
Fuente. En la casita es una invitada de todos los inviernos.

jueves, 1 de julio de 2010

Splinter, las llaves y la lluvia.

¿Por donde empiezo? Sí, mejor empiece por el tema vedette del blog en este último tiempo. No, no, no... no es el mundial. Nop, tampoco cereal fort. SPLINTER. Tal el nombre con el que fuera bautizado el ratoncito de la casita en honor al entrañable roedor radioactivo y karateca de una serie de dibujitos que (me contaron) daban antes de mi nacimiento y que se llamaba las tortugas ninja o algo así. En fín, luego de más de un mes de lucha, toneladas de cebo, kilos de queso, centenares de botellas destrozadas, docenas de muebles corridos mil y una vez, finalmente hemos dado al roedor por "desaparecido/a en acción". ¿Será posible qué ni siquiera tengamos certeza sobre su deceso?. Claro, después de todo el material bélico invertido en esta guerra sin cuartel hemos decidido que, luego de no haber atacado más al bonsai ni haber sido visto ni encontradas sus heces, bien podemos darlo por fenecido. No sabemos si murió envenenado, se cansó de volvernos locos, se apiadó de nuestro patetismo o simplemente se murió de la risa. Sea como fuere, Splinter ya nos acompaña, y si bien nadie va a lamentar su ausencia en casa -si alguien lo hace, pues que se compre uno de estos bichos para su casa y ya- se irá con él uno de los temas que más ha animado el blog.
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En otro orden de cosas, y en sintonía con la ola de idiotez que amenaza con consumirlo todo, nuestro hijo actual ya tuvo su primer temita con las llaves dejando la puerta abierta del hall de forma tal que con el viento se abrió y se mojó todo el calzado. ¿Y a que no saben quién apareció hace 10 días? ¿No? ¿Ninguna idea? Ella... La Señora. No, no, no Ernestina Herrera de Noble. Otra señora. Aquella que se ofreciera a traernos las llaves que Miss Wisconsin (ya ni recuerdo como cazzo se llamaba y tampoco me interesa hacerlo) le habría dado en el aeropuerto. La señora existe y resultó ser bastante amable y hasta simpática. Igual no la exime a la otra idiota de la magánima estupidez de haberle dado las llaves de casa a una mujer cuyo nombre ni siquiera conoce, haberle escrito la dirección y pedirle por favor que "fuera a llevarlas por la tarde ya que ellos no están en todo el día".
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También, continuando con las buenas noticias, acaba de dejar de llover. Ya ni siquiera recuerdo cuando empezó. Me acuerdo que el sábado no llovió porque fui con Flavia al Cerro Otto. Pero creo que el domingo sí lloviznó un poquito, el lunes no, el martes sí... y por más de 24 horas sin parar ni medio segundo. Obviamente los momentos de mayor intensidad siempre coinciden con mis horarios de salida y entrada del trabajo, de modo tal que me muevo en campera, pantalones impermeables y botas de goma para todos lados. El último grito de la moda local.
Risa. Podría ser la causal del deceso de Splinter.

martes, 8 de junio de 2010

¿Por qué? Why? Warum? Pourquoi?

¿Por qué? Seguramente nunca tenga la respuesta a esta pregunta, pero estadísticamente no es posible que alguien sea naturalmente tan idiota si no es a través de un riguroso entranamiento.

Día sábado 29 de mayo. Llega Kristen / Cristie o como sea. Estadounidense, 21 años recién cumplidos, de Wisconsin, estudia en Michigan. Nunca debe haber visto más de 50 personas juntas a no ser que cuente los aeropuertos. Le explico que hay dos llaves, una para la puerta del hall, otra para el living. "Es un barrio tranquilo, pero de todos modos cerramos ambas puertas. SIEMPRE. C-O-N L-L-A-V-E ... L-L-A-V-E". ¿Qué hace? Sale, va al centro y nunca cierra la puerta con llave. Vuelve, entra y no cierra con llave. Le explico que tiene que cerrar la puerta con llave. "Ahhh ... ¿no es automático?"
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Domingo 30 de mayo; Llega Luisa, alemana, 20 años recién cumplidos. Misma explicación, pero en inglés porque en español sólo dice "Hola" y "chau". "This key is for that door, this other key is for this door..." Sí, sí. Todo claro. ¿Qué hace? Va al centro, vuelve a casa, abre la puerta del hall, entra, la cierra, abre la puerta del living , saca las llaves, entra y cuando va a cerrar no se le ocurre cerrarla usando la misma llave con la que acababa de abrir la puerta. No, por supuesto. Eso hubiera sido tan normal, tan fácil, tan simple para todos/as. Claro, no, decide usar la otra llave, la que uso para abrir la puerta del hall. Desde el estudio escucho que el ruido de forcejeo de llaves se extiende más allá de lo debido. Obviamente iba a ser así, si había puesto en la cerradura una llave mucho más grande.

Tironeo un poco, saco la llave pero la cerradura aún está trabada con media vuelta. ¿por qué? Saco la cerradura, la abro, trato de desarmarla, nada. Listo, al día siguiente fui a la cerrajería con la cerradura y la llave, dispuesto a hacer dos copias de media llave, pero, afortunadamente la solución es mucho más fácil de lo que parecía y el cerrajero la destraba enseguida. Para colmo es macanudo, así que no me cobra nada.

Lunes 7 de junio. Mientras estoy en clase recibo un mensajito y una llamada perdida. Ambos de Angie. Salgo al recreo. Mensaje de Skype de Angie. Llamame urgente. Fernando me pasa el mismo mensaje. Lo primero que pensé fue que había habido una tragedia en escala mayor. La llamo. "No te preocupes, pero..." alcanzo a oir. "Cagamos", pensé.

¿Qué había pasado? Angie acababa de recibir un mensajito de Kristen / Kirsten / Cristie o como cazzo fuera informándole que se había llevado las llaves de casa por error y que cuando se dio cuenta ya estaba en Aeroparque. Una vez en el aeropuerto la niña trata de pensar qué hacer con las llaves y en lugar de pensar "ok, ya fue, que los latinos se jodan y hagan un juego extra de copias" se pone a hablar con una mujer que también esperaba en el aeropuerto. Le explica la situación y la mujer le responde, "ah, yo voy para Bariloche, si querés las llevo".

¿Y qué dice nuestra Einstein? ¿qué le responde Madame Curie? "Ahhhh, muchas gracias", le da las llaves (sí, pero no se preocupen que aún no llega lo peor), le da la dirección de la casa y le aconseja "no vaya temprano porque ellos no están en todo el día. Recién llegan a la tarde, así que vaya de noche".

No, no, no... ¿Cómo se puede ser tan imbécil naturalmente? Porque esto no es inocencia, esto no es ser naif. Es esforzarse por alcanzar y rebasar los umbrales humanamente posibles de imbecilidad. Darle las llaves a una completa extraña a quien acabás de conocer en el aeropuerto, anotarle la dirección de la casa y además recomendarle que vaya tarde porque nadie está en casa en tooooooooooodo el día...

¿Alguien me puede decir por qué? Mejor dicho, ¿hay una razón capaz de explicar esto?, ¿qué podría llegar a provocar tal grado de alienación mental que le sugiera a alguien que ésto que acabo de describir es una idea maravillosa?

De más está decir que ya cambiamos la combinación de las cerraduras.
Llaves. Un desafío para las ¿inteligencias? extranjeras...

jueves, 27 de mayo de 2010

InVasión


Diana y Lidia, ¿Podrían ser una solución para el problema del ratón de la casita? Yo creo que sí. ¿Quién no recuerda a las malas de V -Invasión extraterrestre- comiéndose un blanco ratoncito? Ok. Reformulo, ¿quién con al menos 25 años y que no haya vivido parte de su infancia en un tupper no se acuerda? En la serie nueva de V (Sí, las remakes excedieron a Hollywood y la tele también adoptó la idea de imitarse a si misma, aunque cada vez esperan menos... y si faltan ideas, que no se note. ¿Cuánto van a tardar en hacer una remake de Lost?) todavía nadie se comió un ratón. Bueno, todavía se refiere al episodio en el que estamos en la casita, que vendría a ser el 6. Sí, no es mucho, lo sé. Pero bueno, aún no vi nada al respecto.

Y volviendo al roedor, ¿cuántas batallas perdidas son la guerra? Ya no las cuento en relación con el ratón-gate porque no tendría sentido pero, les pido, si alguien tiene a mano un alienígena come-roedores, por favor, mándenlo.

En otro orden de cosas, con bastante timidez pero con copo firme ayer nevó. Nevar, nevar como en una tormenta no, pero nevó. Y algo es algo. Obviamente esta mañana Videla estaba toda blanca. No fue una gran nevada, ni mucho menos una memorable, pero bien puede ser un principio de temporada. El alerta termina hoy a la tarde/noche. Ya veremos que nos depara el fin de semana.

domingo, 23 de mayo de 2010

Juira bicho

A lo mejor el nuestro no es ni coli largo ni peli largo... ¡Parece que es un ratón imperialista! (Si, ya sé, si fuera imperialista realmente no se lo llevaría la pólicía sino que lo protegerían... Es que quería ver un ratón capturado, y esto es lo único que pude encontrar para tener mi venganza simbólica)

sábado, 22 de mayo de 2010

"Los Otros"

Me lavé los dientes, salí del baño, cerré la puerta, abrí la del estudio, la cerré, subí las escaleras, abrí la puerta de la habitación, entré, la cerré. Me acosté y me puse a leer un poquito. Estaba muerto porque no había dormido mucho en el viaje. Bueno, sí, había dormido, pero entrecortado, gracias al niño que viajaba en un asiento cercano al mío y cuyos padres no querían explicarle que las 3, 4 o 5 de la mañana no son horarios ni para cantar, gritar o tener berrinches. Leí un poco y me dieron ganas de ir al baño. Maldije al mate… Me levanté, abrí la puerta, cerré la puerta, bajé las escaleras, fui hacía el baño, abrí la puerta, cerré la puerta. El procedimiento habría de repetirse al día siguiente, Mientras abría y cerraba sistemáticamente todas las puertas que encontraba a mi paso tuve la impresión de que iba a encontrar a Nicole Kidman, vestida de época y cuidando que ningún rayo de sol entrara en la habitación y lastimara a su niño fotosensible. Angie habría de hacer alguna broma en sintonía, revelando la misma sensación.

A la mañana siguiente, y después de abrir y cerrar puertas llegué a la cocina, campo de la batalla de la noche anterior. El mueble verdulero, la heladera y el lavarropas oficiaban de pared interna, una isla en el medio de la cocina. Dominaba el ambiente una mezcla de olor a Gancia con lavandina, así que en cuanto pude abrí la ventana. Acto seguido, vi que el queso seguía tal y como lo habíamos dejado… Suspiré fuerte y me dispuse al que había de ser mi operativo para desayunar por los días siguientes: vacié la pava, la lavé, me hice el mate… saqué el cacharro para calentar la leche, lo lavé, tomé una cuchara del cajón, la lavé, me hice una leche chocolatada, pero me cuidé de lavar la taza antes de verter mi desayuno.

Acto seguido tomé la cuchara que había usado, la lavé, abrí la heladera que había re-enchufado al final de la noche anterior. Escarbé en una pared de hielo para sacar una mermelada. Maldije por lo bajo mientras untaba unas galletitas mientras escuchaba la temperatura y algunas noticias. Cuatro grados bajo cero. Como si nada hubiera pasado exclamé para mí mismo: “se acabó la fiesta” y me fui a trabajar.

jueves, 20 de mayo de 2010

Comienza la batalla

Para cuando comprendí lo que estaba sucediendo, cual era el lugar en donde Angie había visto al ratón y todo, el bicho ya debía estar en San Martín de los Andes o en cualquier lugar de la casa. Mi primer impulso fue correr hacia donde se había escabullido el ratón. Obviamente fue en vano porque entre la mesita para el jabón en polvo, las botellas vacías, el lavarropas y la heladera, el roedor en cuestión tenía lugar más que suficiente para esconderse y no ser jamás encontrado. Para cuando miré a mis espaldas no pude encontrar a Angie en el lugar en el había estado hasta hacía unos segundos... Al instante la vi subida a una de las sillas del comedor, armada con un escobillón y con cara de “esto no puede estar pasando”. La insté a que bajara de aquella fortaleza que ella parecía considerar inexpugnable pero que seguramente sería de fácil acceso para nuestro intruso. Para que no me acusen de malo, no se lo dije… Sin embargo, lo que sí le di a entender era que si corría los muebles necesitaría de su ayuda para atontar al ratón. Yo mismo me armé con el seca pisos, listo para golpear a cualquier cosa que se moviera por el suelo. Pero la hora de la acción seguramente ya había pasado hacía mucho tiempo. Angie me sugirió que si yo quería matarlo, el secador seguramente no fuera suficiente. Abrí el cajón de la cocina y empuñé el cuchillo como si fuera a protagonizar la escena de la ducha de “Psicosis”.

Fue entonces cuando empezó el comienzo del fin. Corrimos la heladera, el lavarropas, el mueble con los cajones de mimbre y empezamos a desalojar la mesita y todas las botellas. En la movida tiré una botella que apenas tenía un poco de Gancia. No importó lo poco que fuera lo derramado ya que fue suficiente como para inundar la cocina con su olor dulzón y generar una ola que amenazaba con cubrir todo. Automáticamente desenchufé la heladera y todos los electrodomésticos cercanos para proseguircon la evacuación de la zona. Mientras sacaba la mesa rompí una botella de chirimoya colada. Me puse de mal humor porque no era el mejor momento para ponerme catrasca y arrasar con todas las botellas que tenemos. Me aseguré de sacar ilesa la botella de Baileys que nos había regalado un chico que estuvo en casa y empecé a limpiar la inundación en ciernes mientras que Angie trataba de detener la mezcla de Gancia y Chirimoya que amenazaba con extenderse hacia el living. Ella corría en busca de los trapos de piso para hacer una barrera - eso sí, sin siquiera atreverse a solar el escobillón, defensa natural ante la aparición del ratón- mientras yo me apresuraba a ir absorbiendo con otros trapos la mezcla alcohólica que empezaba a emborracharnos.

Después de despejar el líquido empecé a limpiar con lavandina. El olor que emanaba del piso era fuertísimo y pensé que si la rata no moriría producto de un coma alcohólico, la lavandina la haría llorar hasta morir deshidratada. Finalmente estuvo casi todo seco, pero la cocina aún era un campo minado. Tratando de sacar algunas cosas más me di vuelta y rompí otra botella con un poco de cerveza. Con las botellas que rompí esa noche cubrí mi cuota anual. A esa altura, podrán imaginar… yo ya estaba de muy mal humor. Mi primera noche de vuelta en Bariloche se limitaba a una seguidilla de hechos bochornosos que incluían a un ratón, un montón de alcohol desparramado en el piso, un olor intolerable a lavandina y vaya a saber uno cuantos pedazos de vidrios rotos danzando por el suelo.

Me contuve, bueno, no tanto, estuve un buen rato puteando mientras secaba la cerveza del suelo. Angie debe haberse asustado con mi reacción ya que ni siquiera esbozó una broma en relación a mi innegable habilidad para romper las botellas. El punto positivo - si es que podía ser llamado de esa forma - era que no había ningún estudiante en casa. A esa altura hubiera sido lo único que faltaba.

Manos a la obra, otra vez; continuaba el plan “evacuación” de la cocina. Recogidas las botellas “caídas en acción”, secado el piso, y medianamente desinfectado el campo de batalla… volvíamos a las acciones bélicas. Armado con una linterna, el escobillón y el cuchillo introduje un palo por debajo de la heladera. Angie cuidaba mi retaguardia. Nada, ni un ruido ni una sombra que se moviera allí abajo. Mismo procedimiento abajo del lavarropas. En vista de la tregua que intuimos decidimos que lo mejor sería comer y después veríamos que pasaba…

Cenamos rápido. Nadie habló mucho. Nadie, se sobre entiende, se limita a nosotros dos… Volvimos al campo de batalla para lavar los platos. Dejamos un pedazo de queso embebido en lavandina. No sé cómo se nos ocurrió que el bicho había de comerlo… Hablábamos en voz alta: “como el ratón seguro que ya se fue, vamos a dejar este pedazo de queso acá … mmm … que rico el queso”. Acordamos que Angie compraría el veneno al día siguiente, que tendríamos que lavar todo y que habríamos de procurar mantener todas las puertas cerradas. Obviamente, el ombú fue trasladado a otra habitación. Habíamos perdido la primera batalla…

domingo, 16 de mayo de 2010

El misterio de la maceta

Día sábado; día en el que debía iniciar mi regreso a Bariloche. Entre el caos de cosas que se desparramaban por la pieza recibo un mensajito de Angie. Misterio... mi concubina se había levantado y había encontrado un pozo cavado en la maceta del ombú-bonsái. Ninguna otra planta había sufrido un ataque similar. Total ausencia de ideas acerca de lo podría haber pasado. No me preocupé mucho y seguí con mis preparativos de viaje; aún me quedaba una mochila por armar, una caja por ordenar y ganas de dedicarme a la investigación a la distancia escaseaban.

El domingo recibo otro mensajito. El pozo misterioso se había repetido; nuevamente el ombú era la única planta atacada... Un halo de misterio descendía sobre la casita.

Mi micro se acercaba a Bariloche y Angie me informaba que ella había decidido estar fuera de la casa hasta que yo volviera. Le informé que ya no estaba lejos, mientras miraba en dirección al río Limay por la ventana y me sorprendía por lo despejado que estaba el cielo. Después de la bifurcación a Villa La Angostura el micro subió esa pequeña colina que tapa la visual y se dejaron ver el Nahuel Huapi, de azul intenso, la ciudad y algunos cerros circundantes, incluso un par con las cimas aún blancas por las nevadas recientes.

Algunos minutos después ya estaba bajando del taxi. Me sorprendí por la velocidad con la que el otoño había avanzado en mi ausencia. Las hojas secas se amontonaban en la escalera y bajo donde se suponía que debían estar las copas de los árboles. Afortunadamente mi llegada no me deparó sorpresas; ni monstruos que me esperaran al abrir la puerta ni gritos apenas audibles que perturbaran mi entrada. Aunque sí, debo admitir, me esperaba el consabido pozo en el bonsái. Mientras el agua para el mate se calentaba y Angie se demoraba su regreso a fin de encontrarme cuando llegara, revisé las plantas. Encontré, no sin sorpresa, que el del ombú no era el único pozo. En una de las macetas que están junto a la ventana de la cocina había otro pequeño, que apuntaba directo a las raíces de un brote de guinda.

Sin embargo, no me demoré mucho en el tema; seguí verificando las macetas sólo para encontrar que ninguna otra tenía pozos ni nada que se le pareciera. Ahora lo sé, debería haber buscado algún rastro de algo en los cajones. Sin embargo no lo hice y empecé tranquilo a tomar mate. Mientras desplegaba mi sin fin de cachivaches, llegó Angie, que me explicó lo terrible de la situación. Pese a que para mí el pozo era obra de un roedor, insistió en el hecho de que parecía cavado con una cuchara. Explico su hipótesis; alguien -que tenía acceso a la casa- había entrado para cavar en la maceta del bonsái con el objeto de asustarla. Sí ése era el objetivo del pozo, bien logrado estaba ya que “Corazón Valiente” salió disparada en cuánto vio el segundo pozo y no volvió hasta estar segura de que yo habría regresado.

No sé que cara debo haber puesto pero me explicó “Sí, ya sé, Miguel me dijo que se ve que miro demasiadas películas de terror”. Respiré aliviado. Acto seguido me contó la hipótesis de Miguel; seguramente un gusano habría estado viviendo bajo tierra y cuando le llegó la hora de convertirse en mariposa hizo su túnel de salida y plaf, se transformó y ahora habría de andar, aleteando por ahí.

Como dos hipótesis parecieran no ser suficientes. Catherine, una ex-estudiante de ECELA y ahora asistente de la directora de la nueva escuela en Mendoza había adelantado también la suya; el pozo era igual a los que los armadillos realizaban en la zona de Texas donde ella vivía. Evidentemente no podía tratarse de un mini armadillo (creo que Angie se refirió a él como “peque-armadillo”), esto era obvio, pero el animal que cavaba no parecía una idea tan desatinada.

Mi primer plan fue brutalmente rechazado: subir el ombú-bonsái a la habitación y que durmiera con nosotros. No hizo falta armar otros planes porque la trama misteriosa habría de revelarse un poco más tarde. En efecto, algunos minutos después, mientras Angie cocinaba y yo revolvía un puré que no quería espesarse siento que me toman del brazo con fuerza… Inmediatamente un grito de Angie, que estaba a mi lado y que hasta pocos segundos antes había estado hablándome. “Aaaaaaaahhhhhhh”. No puedo negar que me asusté… Siento que entre sus gritos Angie se esconde atrás mío. “¿Qué?”, grité, entre nervioso y alterado. Por respuesta sólo hube de obtener más gritos. En ese segundo que pareció larguísimo me vino a la mente un recuerdo fugaz de Pablo y Gus gritando “El vudú, el vudú” hace ya muchos años. Mientras me deshacía del recuerdo inoportuno volví a gritar; “¿qué?, sin saber aún hacia donde mirar. Mientras Angie articulaba algo para mí incomprensible me alivié al constatar que ningún humo negro estaba en la cocina y que los muebles persistían en su lugar. Finalmente obtuve respuesta; “una rata, una rata”, mientras su dedo índice señalaba hacia la esquina donde están la pileta y el lavarropas. La batalla por la cocina apenas comenzaba a librarse.

domingo, 21 de junio de 2009

Domingo invernal

El viernes había vuelto a nevar. En realidad había sido una nevada mucho más importante que la del domingo anterior, pero después de las 6 apenas quedan vestigios de la nieve en el centro de la ciudad. En casa, por el contrario, la evidencia era innegable. Los techos todavía blancos, también nieve en los jardines, aunque para el sábado a la mañana comenzaba a derretirse la nieve que estaba en las copas de los árboles.

A lo largo del sábado el clima no mejoró en absoluto, pero tampoco nevó. El viento sólo traía frío y, de tanto en tanto, algunos copos que, imaginábamos, habían sido arrancados de la copa de los cipreses del cerro Otto. Me fui a dormir con la idea de que despertaría para encontrar un manto blanco sobre Bariloche.

Por la mañana no había ruidos, me acomodé en la cama y traté de distinguir el sonido de los autos en Pioneros. No se escuchaba como cuando nieva, no se escuchaba ese silencio extraño que absorbe los sonidos. Pensé que sólo sería una mañana tranquila. Después de todo es domingo. No veo porque no debería ser así.

Claro que sí sentía el frío y retrasé mi salida de la cama por un tiempo hasta que me fue imposible quedarme. Me asomé a la ventana. Casi ni quedaban rastros de la nieve. Había estado lloviznando antes y se había lavado casi toda la nieve.

Bajé a la cocina, puse a calentar el agua, me serví yogurt y empecé a ordenar los platos y los cubiertos de la cena de la noche anterior. Entre mate y mate y con Mercedes Sosa de fondo empecé a limpiar la mesada y para cuando quise darme cuenta había limpiado la cocina, el piso de la cocina, había barrido la escalera, el estudio y el comedor. Sí, sé lo que están pensando y no soy tan eficiente como para hacer eso con un CD… es que me había comprado un disco doble de Mercedes Sosa, tenía 40 temas, así que me acompañó durante todo el trabajo. Para cuando empecé a limpiar el baño me percaté de que estaba cayendo un aguanieve que poco a poco iba espesándose…

Al cabo de media hora había comenzado a acumularse la nieve en el jardín, en los techos de las casas y de los autos. La calle, toda mojada y llena de charcos todavía requiere un poco más de tiempo. Es difícil que se acumule la nieve porque nieva, para, cae agua nieve y vuelve a nevar… Pero algo es seguro, tímida pero definitivamente, la temporada queda inaugurada.

martes, 16 de junio de 2009

La primera nevada

Había pasado todo el sábado sin salir de casa. Hacía frío, había neblina, humedad, estaba un poco ventoso. No Había encontrado ninguna excusa que me hiciera abandonar el calor del hogar así que no salí en todo el día. Para el domingo a la tarde ya estaba un poco cansado del encierro. Afuera el viento soplaba y la temperatura no parecía ser muy diferente de lo que había sido el sábado. Busqué abrigo y salí de todos modos. Tendí la ropa, tarea que había ignorado sistemáticamente y que ya no podría ser retrasada y me dispuse a caminar con dirección al cerro. Después de algunos metros busqué en mi bolsillo ese aparato que me relaciona con buena parte del mundo. Les escribí a Juampi y a Sissi para saber si no tenían ganas de ir a la Cruz a tomar unas cervezas.

Mientras esperaba su respuesta seguí caminando. Las manos en los bolsillos, la campera cerrada, la cabeza cubierta con la capucha de mi buzo… Seguí avanzando hasta recibir respuesta. Debía seguir con el rumbo hasta el kilómetro 4. Es un recorrido que conozco casi de memoria. En primavera y verano hago esa ruta cuando salgo a correr. El resto del año la camino con algunas variantes.

Los chicos estaban en su casa, sobre la mesa un rompecabezas que se esmeraba en no ser armado. Frente a él un chica que luchaba con las fichas para que entraran donde se suponía que debían hacerlo. Nos quedamos un rato adentro hasta que salimos…

Cuadras, hosterías y colectivo de por medio llegamos a destino; la cervecería La Cruz, uno de esos lugares que sin ser fastuoso, pretencioso o espectacular tiene el clima ideal para que te sientas cómodo. Bueno, no funciona con toda la gente, afortunadamente, pero si conmigo y, al parecer, también con los chicos.

Nunca habíamos pensado en la posibilidad. Lo dimos por sentado y, al parecer, no acertamos. El lugar estaba cerrado, y un cartel negro escrito con tizas de colores nos explicaba: “Domingo y Lunes CERRADO”. Comenzamos a caminar para volvernos. El frío se hacía sentir, aunque la noche parecía la menos apropiada para una nevada; pocas nubes, algo de viento. Reorganizamos nuestro plan y, previo paso por el supermercado, llegamos a la casa de los chicos. Mientras las cervezas se enfriaban, preparábamos mate y organizábamos la picada. Cruzamos comentarios varios, trabajo, amigos, la nieve que se hacía esperar, y entre mate, queso, papitas, maníes y cerveza se iba haciendo la hora de la cena.

Juampi ya se había bañado cuando nos sentamos a cenar. Y entre nuestras risas y comentarios comenzaron a colarse algunos ruidos del viento agitando las copas de los árboles. Sissi había vuelto al rompecabezas cuando descubrimos que lloviznaba. Era casi la hora de mi colectivo cuando salí. En teoría me encontraba con Matías para hacer algo en el centro después de esperar por unos pocos minutos el colectivo. En la práctica, esperé unos cuantos minutos más, y me dirigí a casa ya que había sido informado que mi compañero de andanzas no se sentía del todo bien.

Luchando con la llovizna y la oscuridad para saber cual era mi parada me bajé en casa más por intuición que por la evidencia visible. Crucé el baldío que nos separa de la ruta y, rápido, me metí en casa. En el dormitorio me reencontré con un panorama que había reprimido en mi memoria; esa mañana había sacado las sábanas de mi cama para lavarlas. No había querido poner las limpias y ahora pagaba el precio de mi fiaca.

Como siempre, encontrar un juego completo de sábanas es una misión que requiere sacar el 80% de las sábanas del placard. No sé por qué. No es estadísticamente posible que sea necesario sacar tantas sábanas para armar un juego; a la que tiene la funda de la almohada le falta la parte de abajo, la que la tiene, no tiene la de la almohada. Me requirió un rato dar con un juego entero. Otro rato más se fue en armar la cama hasta que, finalmente, estuve a punto de meterme en la cama. Justo entonces descubrí que las cortinas estaban altas, así que me acerqué para bajarlas y fue en ese momento cuando, tal como había sido pronosticado pero en contra de lo que señalaba el sentido común, estaba nevando. No eran copos tímidos o agua nieve, sino que claramente eran copos, húmedos, es posible, sí, pero nieve en fin que comenzaba a acumularse en la calle, los autos y los techos. Busqué mi celular. “Miren por la ventana”, escribí. Seleccioné como destinatario el teléfono que usan Sissi y Juampi (y que así figura en mi agenda de direcciones). Sonido de error. Algo no funcionaba, así que volví a intentar el proceso por segunda vez. Error nuevamente. Deduje que no tendría crédito… pero tenía que avisarle a los chicos… ¿y si ellos no miraban por la ventana?. Miré yo por la mía y sentí la certeza; tenía que avisarles. Entonces recordé que hay un servicio en el cual te prestan crédito a descontar de tu próxima carga. Pienso que por primera vez me alegré de que las compañías (que sólo ofrecen prestaciones para complicarles la vida a los usuarios y sacarles más dinero del que usualmente le sacan) ofrecieran este servicio. Seguí la voz de una mujer, bueno, en realidad de una máquina con la voz grabada de una mujer y cumplí el proceso. Les envié el mensaje. 5 Minutos después recibía los mensajes de los chicos que veían los copos, de Matías que también veía nevar desde la ventana de su departamento. Me acomodé entre las frazadas y me dispuse a dormir al calor de mi cama.

domingo, 24 de mayo de 2009

Pequeñas manías

Cada tanto me pasa. Me levanto un sábado o domingo relativamente temprano, bajo a la cocina y empiezo a preparar el desayuno. Miro por la ventana. Todo sigue en su lugar. Agarro una pava y la pongo sobre el fuego. Entonces veo que la cocina -sin llegar a estar sucia- tiene algún rastro de la cena de la noche anterior. Entonces algo pasa y comienzo; normalmente empiezo por el horno, luego por la mesada, barro y paso el trapo. Paso al living. Generalmente lo que más me cuesta es el baño, pero nunca termina mi brote de limpieza sin una limpieza relativamente profunda.

Nunca pensé que iba a volverme maniático en el orden y la limpieza de ciertas cosas. No es que lo sea, pero a veces me sorprendo a mi mismo. La habitación sigue siendo, claramente, uno de los espacios por excelencia para el desorden, pero en el último año incluso los días de orden han comenzado a acercarse y no son más episodios esporádicos.

¿Qué pasó? Si todavía recuerdo como reciente el episodio donde Juan me bautizó como “ropavejero”. Lo veo tan claro. En el rancho que habíamos alquilado en Cabo Polonio. Juan sentado en uno de los bancos donde alternadamente dormíamos los varones y nos sentábamos para almorzar. Yo parado en la sección “placard” de nuestro rancho, sacando bolsas de consorcio con mi ropa y tratando de encontrar algo. No hubo vacaciones donde no resurgiera el tema. Pero … ¿Qué pasó? Si siempre fue un tema de bromas por parte de Pablo el desorden crónico de mi pieza en Quilmes, si durante algún tiempo mi ropa vagaba de un punto al otro de la casita, a la deriva por las habitaciones.

No es que me haya convertido en un oligofrénico, desesperado por la asepsia. Sé que no. No es que la casa se haya vuelto un museo. Por el contrario, creo que la casita es un lugar vivible, con cosas para usar. Sé que no he llegado al extremo de vivir en un lugar perfecto, constantemente y sistemáticamente ordenado y descontaminado. Pero es raro que pase una mañana sin que acomode los almohadones del sillón del living. Sé que es divertido para muchos/as también acomodar el sillón y ver que algunas horas después los almohadones fueron re-ubicados. Hay quienes piensan que la tendencia de poner cuanto producto se cruce en mi camino en frascos de vidrio tampoco puede ser explicada racionalmente. Tengo tendencia a encender velas y sahumerios, poner agua en latas sobre las estufas para que el aire del ambiente no se reseque. No sólo eso, también tengo esencias para los que el agua que se evapora esté perfumada.

Es curioso, pero hay espacios que no me generan ningún ataque. Las ventanas son un buen ejemplo. Pienso que sólo una vez las limpié. Es sabido que en casa, cada vez que se limpian las ventanas va a llover pronto. Angie, principal crítica de la falta de limpieza de las ventanas (antes de venir a vivir aquí) ha adoptado la premisa como propia. Es Ley de Murphy, decimos. Y lo que es peor; no falla. La heladera es otro espacio misterioso. A pesar de los raídes a que es sometida, sigo encontrando de tanto en tanto algún tupper cuyo contenido había sido casi olvidado.

Pienso que es en el baño donde hay más detalles capaces de desencadenar brotes psicóticos de limpieza y orden. Encontrar la mesada del baño mojada es una de ellas. Encontrar agua en el piso del baño me pone de un humor terrible. No es ni siquiera necesario detallar el efecto que me genera encontrar pelos en la ducha. Pero si yo antes no era así… Me es inútil tratar de pensar el momento en el que se generaron estos cambios de hábitos. Quiero imaginar que deben estar relacionados con la salida del hogar y la independencia. Es cierto que el hecho de hacer la limpieza me obliga a tratar de mantenerla de un modo más… “consciente”, por decirlo de algún modo. Pero si fuera eso, creo que no habría ningún problema. Pero sé también que mi carácter cambia. A veces pienso que es normal, otras no estoy tan seguro. Tengo algunas hipótesis sobre este cambio de hábitos. Hay costumbres cuya adopción le debo a Lara, hay fobias que les debo a algunos/as de los/las múltiples estudiantes que pasaron por casa, pero sé que sólo yo soy responsable de los cambios de mi carácter. Hay cosas nuevas que descubro que me gustan, hay otras que me hacen pensar que “no quiero ser así”.

Ah, me olvidaba, hoy no llovió.

jueves, 15 de mayo de 2008

Se va, se fue

“Olivia, ella es tu madrastra”… no recuerdo si las palabras fueron las mismas, pero la idea era esa. Olivia, nuestra “hija de homestay”, es una estudiante de ECELA que vive en casa desde tiempos inmemoriales. Por alguna razón que desconozco (o quiero desconocer) este año comenzamos a recibir estudiantes con la broma de que Lara era su “madre de homestay”. Mi rol oscilaba entre el de “hermano” o “padre”; aunque a esta altura ya me he resignado a que si mi cónyuge es su “madre”, bueno, no me van quedando muchas más opciones que ocupar el rol de padre.

Y mientras hacíamos estas bromas el domingo de la partida de Lara, de alguna forma u otra íbamos entrando en la cuenta de que el tiempo había desaparecido de algún modo, que ése era el día, y que era el principio de una etapa de cambios para los tres, más para Lara, que partía con rumbo a la escala previa a la aventura suiza, y también para Angie, que se había mudado a casa el día anterior, y por supuesto también para mi, que veía acabar casi dos años de una experiencia única…

En realidad “ver acabar” era una forma de expresar una situación por demás rara y que, de alguna forma todos/todas percibimos. Ninguno/ ninguna, creo, terminó de caer en la situación hasta que no estuvo bastante avanzado el trámite. Creo que fue Lara quien atinó a expresar algo acerca de lo rara que se sentía, como si estuviera yendo a Quilmes por una semana… ¿Cómo hacemos para sentir eso? Tiempo después pensé e imaginé que en algún punto la experiencia en Chaco, en Tucumán un poco nos habían ayudado a comprender que una despedida no es, necesariamente, definitiva, y que puede implicar que más tarde nos veremos, nos contaremos nuestras cosas, charlaremos y será como si al mismo tiempo nada y mucho hubiera pasado …

Sin embargo aún no había subido al micro, tampoco habíamos ido a la terminal. El tiempo desaparecía pero aún se respiraba un aire de tranquilidad en la casita. Hicimos fotos de triunvirato, miramos el equipaje de Larita, lo comparamos –bromeando- con el de Belu… A favor de Lara debo decir que era mucho más “macizo”, en el sentido de que ella no tenía la docena de bolsas, bolsos y bolsitas en las que Belén había esparcido sus cosas. Eran bolsos, grandes, concisos y pesados. Tanto que fue necesario el esfuerzo coordinado de al menos 3 personas para cargar el equipaje al micro. Ése fue el primer momento en que cobré cabal conciencia de que efectivamente era el día, que algo importante iba a cambiar en la vida de ambos y que algunas cosas ya no serían iguales. Que era la última escena de esta experiencia que comenzara en junio del 2006 cuando Lara hizo su desembarco en Bariloche. Claro que por aquel entonces nada de esto podía saberse… la búsqueda de la casa, los llamados a Italcred, el acercamiento a las escuelas de español, la lluvia, montones de situaciones y cosas que se convirtieron en recuerdos de esta extraña aventura que elegimos vivir y que construimos día a día. ¿Cuántas cosas pueden pasar en tan poco tiempo?


Mientras tanto el equipaje ya estaba cargado, Lara en el micro, nosotros debajo. Como siempre ese momento que media entre la despedida, la subida al micro y el arranque del mismo puede parecer eterno. Y esta no fue la excepción. Sin embargo arrancó, el micro entró en movimiento, agitamos las manos, saludamos, lloramos, sonreímos, volvimos a saludar. No recuerdo haber generado un mar de lágrimas, pero si sentía los brazos de mi mamá y mi papá alrededor mío. Algo de lo que había vivido en los últimos dos años se iba en ese micro, algo se quedaba, algo iba a cambiar para siempre y algo habría de continuar… y supongo que está bien que así sea.

domingo, 13 de abril de 2008

No me dejen solo

Terminé de bajar la última bolsa del altillo; se había formado un extraño conjunto que incluía bolsos, cajas, bolsitos y mochilas. De a pares o solas, las cosas se amontonaban sobre el piso del comedor de la casa. Miraba el espectáculo con una mezcla de extrañeza y comprensión: la situación parecía haber pasado en más de una ocasión, y así era, efectivamente. Entre mudanzas, visitas, y mi propio espíritu de ropavejero siempre se han generado escenarios semajantes aunque, claro está, no siempre habían generado escenas tan glamorosas... Belu habría de irse esa misma tarde, Lara la acompañaría para comprar su pasaje a Buenos Aires, ella debería partir el viernes siguiente, justo un día antes que Matías..."No me dejen sólo", pensé, y aunque citar a Neustadt no es mi estilo... sin embargo no logré pensar en nada mejor... Y aunque, la realidad no tenga ese tono casi melodramático, aún no logro dar con un mejor título.

Mientras tanto, primero el simulacro de partida de Lara, más tarde la división de bienes gananciales y finalmente el armado de las cajas de mudanza definitiva, no hacen sino preanunciar lo inevitable; la eventual disolución de nuestro matrimonio por conveniencia y por ende, de nuestro concubinato. La partida de Belu con rumbo a México para trabajar, el traslado de Matías a la escuela de Buenos Aires por tres meses acompañan el proceso de duelo. La fecha, pero incluso la llegada de Angie y la continua aparición de nuevos personajes en nuestra (mi) vida no hacen sino acentuar una impresión que compartimos con Lara, casi desde el primer momento; recibir gente, generar una relación, despedirse, reencontrarse o no, continuar la vida... y ésa, calculo, es un poco la característica del estilo de vida que llevamos acá. Llevamos, digo, en general la gente que vive acá en Bariloche, y más aún quienes trabajamos con turistas que vienen a estudiar español.

viernes, 15 de febrero de 2008

Se supone que tengo que actualizar el blog

Sí, ya lo sé...
De nada sirve que intente decir que había escrito cosas y que, al cargarlas se borraron. Menos útil sería mentir que eso pasó en reiteradas ocasiones. Sólo puedo decir una cosa: alguien me roba el tiempo.

No sé quién, no se cómo, tampoco cuándo... sólo sé que desde el último fin de semana de noviembre entré en un tobogán que, espero, haya terminado y me haya dejado aquí, o ahora, mejor dicho, en el 15 de febrero.

Todo comenzó algún tiempo atrás, en la isla de sol... ah, no perdón... todo comenzó cuando, a finales de noviembre tuvimos un fin de semana de capacitación en la escuela. Para variar, tuvo que ser, hasta ese momento, el mejor fin de semana de la por entonces vigente primavera. A partir de ese momento algo pasó; una cosa llevó a la otra, un fin de semana refugio, la llegada de mi mamá para mi cumple, más refugios y caminatas... y Chili, y Pancho, y Uli ... año nuevo. Más amigos, más visitas; Flor, Luzu, los peixes, los Rossettis, Eri y Nico. Poco a poco comenzaron también a aparecer nuevos estudiantes que llegaron a vivir a casa, mientras el trabajo llegaba a su mayor punto. De hecho, en algún momento llegamos a tener en la escuela 45 estudiantes y superamos los 30 por más de dos o tres semanas.

Es una sensación rarísima, la de la estacionalidad de la ciudad, y es como sentir que, en un momento hay una marea que te lleva. No sólo en la calle, es un ritmo, es algo que se respira; salir temprano, ir a algún bar, hacer algo, salir a caminar o correr, juntarse con amigos.

"Síndrome del falso turista", fue bautizada esta situación por Roque, un compañero del trabajo. Tal cosa consistiría en tratar de ponerle el cuerpo a las vacaciones ajenas, en seguir el ritmo de amigos y familiares turistas, corriendo con la clara desventaja de que uno trabaja.

No me quejo, no nos quejamos. Esta bueno, pero desgasta a pesar de lo bien que uno pueda pasarla, y claro, uno empieza a recortar tiempos de donde sea. Al parecer el blog y los mails fueron los primeros en caer en el recorte. No me robaron el tiempo, ahora lo sé, lo usé en modo diferente; hice y hago otras cosas. Trato de disfrutar de este verano espectacular que nos recompensa después de un invierno aletargante.

Pero estoy, se supone que existo, y aunque no siempre escriba, sigo teniéndolos/as presentes todos los días; y aunque no siempre los vea o les escriba, siempre están...

viernes, 7 de septiembre de 2007

Bariloche y la nieve

Tal vez nunca pueda acostumbrarme al ritmo de vida estacional de la ciudad, quizás nunca pueda adaptarme a la idea de las dos temporadas altas, las medias, la baja… “Que haya nieve para el invierno”, “Necesitamos sol y calor en el verano”, “Nieve sí, en el cerro, pero no en la ciudad”… ¿Cómo entender a los/las barilochenses? Si hay nieve el problema es que hay nieve en la ciudad, si el cerro no tiene nieve, los empresarios, mini empresarios y empleados que dependen de la temporada esperan, ansiosos que comience la nieve. Si llueve molesta porque llueve, y sino todos temen las consecuencias de la falta de lluvia... Y a la primera nevada todos/as respiran aliviados. “Salvamos la temporada… al menos tendremos algunas semanas buenas”. Cómo continúen las nevadas (o no) comienzan los pronósticos: “Este será un buen invierno”, “el próximo invierno será terrible”, “Así comenzó la nevada del ´96”, o “esto al lado del ´87 no es nada”… y así siguen. Al principio de la temporada todos se quejan de lo tarde que comienzan las nevadas, luego piden una tregua, no quieren que se generen problemas, pero quieren que continúe la nieve en el cerro… Pero durante las primeras semanas a todos les fascina la nieve, aunque sean pocos de los habitantes los/las que la quieren en el jardín de su casa.
¿Alaska? ¿Siberia? No, ahicito nomás de la Casita
Si sigue nevando empiezan las quejas, los pedidos de que termine, los contratiempos y la competencia para ver quien está mas aislado/a, quien tiene mas nieve en su jardín, las cañerías mas congeladas. En general nunca es el frío lo que se sufre, sino mas bien sus consecuencias; menos colectivos por la nieve, atascamiento de las calles, cortes de luz, congelamientos de cañerías, calles heladas que se convierten en toboganes. es extraño como una ciudad que parece vivir de la temporada invernal no está del todo preparada por la nieve, ya que las primeras nevadas siempre "sorprenden" a autoridades y habitantes.
También aparecen los apelativos para referirse a cada una de las formas en que cae la nieve: nieve, nevisca, agua nieve, nieve polvo, nieve cartón… y para la forma que adquiere en el suelo; sopa, jabón…

Invierno eterno

Mientras escribo estas líneas me es imposible no pensar en la (poca) nieve allá afuera en comparación con lo que pasara a principios de la semana… Cuando ya pensábamos que era claramente el fin de la nieve en la ciudad (Aunque no de las nevadas, ya que aunque caiga nieve en la ciudad no siempre se acumula) ¡ERROR!. Lunes 3 de septiembre, faltaban 18 días para la primavera, habíamos tenido un sábado soleado y la nieve había retrocedido… Alrededor de las 19 comenzó a nevar, cada vez con mayor intensidad, hasta casi convertirse en una auténtica tormenta… ¡Como si no hubiera nevado en todo el invierno! A las 11 de la noche ya había suficiente nieve acumulada como para tapar la escalera de nuestra casa, y el jardín, cuando comenzaban a reaparecer las plantas que sobrevivieron el invierno. El martes, ni hablar. Las calles, más que blanco, blanco Ala; el jardín, oculto bajo la nieve. Fue el regreso de las botas de goma, y de caminar enterrándose en la nieve, de sacudirse la nieve antes de entrar en cualquier lugar. Y un interrogante volvía a presentarse una y otra vez … ¿vendría algún día la primavera?

Hoy viernes ya casi no queda nieve en el centro de la ciudad y en casa tenemos tan sólo unos pocos manchones... a no ilusionarse, pero sólo faltan 14 días para la primavera... Y ahora que la nieve se va, se vienen las fotos.

miércoles, 1 de agosto de 2007

La partida

Habíamos salido a tomar algo y a bailar un poco. Larita nos había abandonado, y Crusti tampoco habría de participar de la última salida de su viaje. Volvimos tarde y nos acostamos...

Día Sábado, 7.45 am, sonó el despertador. Lo apagué y seguí en la cama unos minutos mas hasta que escuché movimiento en la casa. Entoces entró Nani en la pieza. Ella y Crusti habían llegado desde la Hostería Priebke, eh... Wikter, perdón, donde se hospedaban.
Ese día, temprano en la mañana Crusti partiría con rumbo a Buenos Aires. Su destino inmediato: Carué. La idea: despertarnos y saludarlo hasta la próxima ocasión. El resultado: Seis zombis tirados en el sillón mirando a un sujeto que calentaba agua para el mate.

"¿Ya que lo vimos, podemos volver a la cama?", preguntó Juan... Mientras luchábamos contra el sueño para mantenernos en pie Lara se hizo presente con una bolsa de Pepas (Gente con malas intenciones, abstenerse)

"Son para el mal aliento", se defendió... "A ver, dame una de esas pastillitas para el mal aliento", le repuse. Juan miraba atónito.

El agua estaba lista, saludamos a Crunchi y volvimos a la cama. Salvo Nani, que fue acosada por una desvelada Lara, dormimos plácidamente hasta las 12 del mediodía. Al despertarnos nos esperaban un día espléndido y un animado desayuno, también un almuerzo frugal y una larga, larguísima sobremesa...

Finalmente, entre las últimas fotos y la escena de Lara podando un arbusto, llegó el remis que llevaría a los/as chicos/as a la terminal. Después, para el resto de la tarde fiaca...

martes, 24 de julio de 2007

Temporada de visitas

Habíamos cenado en casa, y después fuimos Lara, André, Belu, Denise y yo a tomar algo a algún lugar. En South Bar nos encontramos con Matías, y junto a él una superpoblación de turistas, residentes y otras yerbas, y sobre todos/as ellos/as una espesa nube de humo que, como si fuera smog, rondaba los techos del lugar. Huimos. Nos dirigimos con rumbo a Antares, donde disfrutamos de las cervezas artesanales, e incluso algún que otro café. Por eso no nos despertamos temprano el día siguiente, aunque entre las 10.30 y las 11 ya estábamos despiertos, preparados para nuestro "brunch". (Dícese de esa comida que combina un breakfast y un lunch, y que por su horario y extensión tanto en tiempo como en variedad de alimentos puede reempleazar a ambos). Después comenzó la misión; dejar impecable la casa para recibir las visitas que se acercaban procedentes de la gran ciudad.

Limpieza de baños, orden en el estudio, un milagro en la pieza de arriba, barrer aquí y allá. Finalmente la tarea estaba terminada; los pisos limpios, los estantes ordenados, los baños impecables, los almohadones en su lugar. Mientras terminábamos de prender un sahumerio André nos miraba extrañado. "¿Viene el presidente?", preguntó. No era la primera vez que hacía la pregunta. De hecho, lo hace en cada ocasión en que viene alguien a quedarse con nosotros, o a cenar y tratamos que, al menos, los espacios comunes estén lo mejor posible. Es interesante, porque la sensación de que cada vez que alguien viene la casa debe estar lo mejor posible es algo que lejos de extinguirse aún nos sigue motivando para encarar la limpieza cotidiana. Y la verdad es que no lo vivimos como un trastorno.

Finalmente llegaron los chicos. Y con ellos arrancó la temporada de visitas invierno 2007. La casa pronto fue sacudida por torbellino de actividad: recorrer la casa, para quienes no la conocían, encontrar los cambios y mejoras para quienes ya habían venido... Luego mate, charla, ponerse (y ponerlos/as) al corriente de las novedades de aquí y de allá. También compartir como siempre esa extraña sensación de no ver a alguien en mucho tiempo, y sentir que hay tantas cosas que pasaron y que cambiaron y que, al mismo tiempo, son tantas otras las que siguen siendo iguales.

domingo, 24 de junio de 2007

El Día después de Mañana (Parte II)

Finalmente decidí que debía volver a la cama y dormir. Así lo hice y, para mi posterior asombro, me quedé dormido casi enseguida. Durante la mañana siguiente volvió a reinar el silencio de la nevada… por fin un (no) sonido mas tranquilizador. ¿Era el día después de mañana? ¿Finalmente el calentamiento en la capa de ozono había generado una ola glacial producto de la desalinización del mar, el cambio de las corrientes marítimas, que había pasado? Sólo había una forma de averiguarlo… si la realidad copiaba a la película, EEUU habría de perdonar la deuda latinoamericana a cambio de auxilio. Pero no tenía forma de averiguar el dato. A duras penas teníamos electricidad y eso ya era bastante.No sin la modorra que acompaña los días en los que uno (o una llegado el caso) no quiere abandonar la cama me moví lentamente. Belén ya había salido, los chicos pensaban si iban a tener clases o mejor sería ir a esquiar. Mientras tanto me di cuenta que yo mismo hacía cosas ajenas a mi rutina, toda tarea parecía una buena excusa para evitar lo inevitable: abandonar el calor y comodidad de la casita e ir a ver si había vida allí afuera, si la civilización occidental había colapsado en la ciudad o si todo seguía igual pero mas blanco.
Miré por la ventana una vez mas, el panorama no se veía alentador, pensé, y entretanto sonó la melodía de mensaje de mi celular. “Debe ser una profesora, que avisa que está varada en medio de la nieve y no podrá ir a la escuela”, dije en voz alta, mirando a Esteban, que palpaba su celular para saber si el sonido provenía de allí. Y así era, no porque fuera yo un iluminado, sino porque dadas las circunstancias era una alternativa mas que posible.
“Ma´ sí…. Yo me mando”, pensé, aunque me cuidé de decirlo en voz alta. Me calcé las botas y salí… Con 15 y hasta 20 cm de nieve acumulados sobre el hielo de las nevadas anteriores, todo lugar que pisaba se hundía. Descubrí que el camino fue duro pero no imposible, y que al cabo de 15 largos minutos había llegado a la escuela. Nadie sabía nada de que la deuda fuera condonada… no había habido una glaciación, ni un colapso mundial, tampoco era el fin de la civilización, sólo una tormenta local que nos había dejado aislados de La Angostura, Bolsón y Neuquén, con partes de Bariloche sin luz y prácticamente sin colectivos, y en nuestro caso particular sin la mitad de las profesoras. “Bueno, hoy va a ser un día intenso”, pensé en voz alta, y puse manos a la obra en el trabajo.

viernes, 22 de junio de 2007

El Día después de mañana (Parte I)

(Día Jueves)

Había ido al supermercado a hacer unas compras, así que luego de pagar y embolsar las cosas me dispuse a volver... Entre la llovizna comenzaban a aparecer algunos copos y se sentía que el viento soplaba con fuerza. Apuré el paso, para ver si llegaba antes de que las cosas empeoraran.


Al fin en la casita, me saqué las botas, me puse las pantuflas, entré. Puse a calentar leche para un chocalate. Melanie y Esteban (Steven para los amigos) estaban merendando, así que me uní a su ritual, cruzamos unas palabras. Mi chocolate estaba listo, así que me senté en el sillón y me dispuse a tomarlo mientras veía la tormenta de nieve que venía desde el cerro López. El viento se hacía oir cada vez más y yo estaba extrañamente cansado. Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo pensé en dormir una siesta.


"Nico.... Nico" escuché entre sueños, "¿quieres una vela?" ... "¿eh?", atiné a balbucear, mientras tanteaba la lámpara para encenderla y lograr despertarme. La desorientación duró unos instantes, finalmente entendí que se había cortado luz, y que Esteban me ofrecía una vela para iluminarme.


Junté mi ropa y fui a bañarme a la luz de la vela mientras Belu terminaba de cocinar y los chicos se preparaban para comer.


Cuando salí veía, con la poca luz que nos ofrecían las velas como afuera el viento se arremolinaba y los copos de nieve caprichosamente subían y bajaban llevados por las ráfagas de viento. Comimos rápido, y yo tenía el atontamiento (si es posible aún mas) propio de la gente que durmió un poco y está peor que si no hubiera dormido, así que volví a la cama. Mientras intentaba dormir el viento golpeaba con fuerza y la nieve caía de los árboles. Puse música de Cesaria Evora y me quedé dormido.


Había silencio, había soñado con algo raro, para variar yo era profesor y daba clases de francés (sic). Busqué el celular, la electricidad seguía cortada. Eran las tres de la mañana. Miré por la ventana, blanco, todo blanco; los árboles, la calle, la ruta. No se veía nada, seguía nevando… y yo que debía dormir para ir a trabajar miraba por la ventana como caía la nieve, casi sin poder hacer otra cosa (continuará…)