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jueves, 22 de abril de 2010

Rucaco II (Modelo 2010)

Si me había sorprendido durante el camino no haber vistos rastros de un otoño que no terminaba de llegar, más habría de sorprenderme después de llegar a la "cancha de fútbol". No, no se preocupen, no cambié mis hábitos y sigo sin pisar una cancha de un equipo dedicado a tal deporte... es sólo que así se llama el lugar al que se llega después de continuar el ascenso desde la laguna Schmoll.

No voy a negar que no estaba ligeramente orgulloso de mi por haberme bancado el tramo caminado hasta entonces y, más aún, por el buen tiempo que llevaba (Nota: Buen tiempo para mí, que la primera vez que subí al Frey me casi me muero antes de llegar... No comparado con la gente "pro" de la montaña). La vista desde el filo era buenísima y aproveché para experimentar con el temporizador de mi máquina.

A pesar del cielo azul, sabía que la temperatura era relativamente baja, pero a fuerza de cargar con mi mochila (y por ende con la bolsa de dormir, la carpa, el calentador, la ollita y la comida) no dejaba de sentir cierto calor que me llevaba a continuar la marcha en camiseta.
No importa cuántas veces lo vea, el Rucaco siempre parece mágico
Jakob a la izquierda, Lynch a la derecha... Sigo mi senda y me encuentro con la siempre impactante imagen del valle del Rucaco... El arroyo serpenteando, su andar ondulado por el valle, el bosque de lengas y la pradera. Me sorprendió que, en contraste con el año anterior todo estuviera tan verde. Si no fuera por la temperatura que no permitía que me engañara hubiera pensado que estábamos en verano. Hacía un año que había estado allí y no había visto ni dos lengas con hojas verdes, el valle inundado de amarillos, rojos, ocres... tan diferente de lo que ahora se extendía frente a mi.

Me dispuse a bajar por entre las piedras con la certeza de que si no quería romperme nada tendría que tener cuidado. Ya lo saben, tengo cierta tendencia a la torpeza, razón que me obliga a tener cuidados extra -básicamente mirar y concentrarme- en este tipo de circunstancias. Piedras, piedras y más piedras. Grandes y firmes al principio, más pequeñas y sueltas a medida que veía que me acercaba al bosque. Hasta que finalmente llegué al lecho seco del arroyo que marca el camino a seguir.

Las piedras fueron disminuyendo y las lengas ganaron en altura. Las más achaparradas fueron quedando atrás mientras poco a poco me adentraba en este bosque tan especial. Cada vez que estoy ahí recuerdo por qué me gusta tanto ese lugar. No será la primera vez que lo diga, casi seguro tampoco la última... pero tiene esto tan especial que me hace volver una y otra vez. Esta sensación de vacaciones mezclada con la certeza de estar (casi) solo en medio del bosque, ver la luz filtrándose por entre las lengas, salir del bosque y entrar abruptamente, sin avisos ni transiciones, a la pradera que está en el centro del valle.
Embebido e idiotizado en esta sensación que me invadía llegué a la zona de acampe. Miro los distintos lugares para acampar y elijo uno que me parecía que estaba bueno. Tiro mi mochila ahí y me pongo a elongar. Mientras iba elongando miraba tratando de averiguar si había alguien más en la zona. Nadie por aquí, nadie por allá... y mientras iba terminando de elongar unas risas se dejaban oir a lo lejos. Las risas no tardaron en adquirir formas humanas que llegaron y se quedaron a unos 6 ó 7 metros de donde yo estaba. Nos saludamos y cruzamos un par de palabras.

Mientras ellos terminaban de elongar tomé mi botella de agua, mi libro y mis anteojos de sol para tirarme a leer algo, hidratarme y relajarme un poco mientras el aire del valle aún estaba cálido. Llevaba leídas dos o tres páginas cuando noté cierto movimiento entre mis compañeros de acampe. Los colores de sus comperas y mochilas se movían de un lado para el otro, yendo a parar extrañamente cerca de donde mi mochila había quedado tirada. Me llamó la atención tanto como para pararme y chequear la situación.

Para mi sorpresa habían dejado sus cosas a dos metros de mi mochila y empezaban a buscar su carpa. Miré con cara de extrañeza en ese dirección tratando de ser visto. Nada, ninguna reacción. Vuelvo a repetir el procedimiento mientras empiezo a pensar si iba a encararlos preguntándoles si no habían visto mi michila o si iba a armar mi carpa a escasos dos metros de la de ellos... o tal vez dar por perdida la batalla y buscar otro lugar. Casi con intuición provinciana pensé "porteño maleducado, ¿no podía buscarse su lugar?".

Mientras me sorprendía a mi mismo por haber concebido semejante idea ví que finalmente la mujer de la pareja me había visto y le comentaba al hombre: "Creo que él quería acampar acá...". La respuesta que obtuvo de su compañero de caminata - no me consta ni me interesa su estado civil - fue "¡Qué me diga algo!¡Qué venga y me diga algo!".

Ah no ... no, no, no ... yo no había ido y vuelto de mi casa al centro dos veces y mucho menos caminado por 5 horas para que este porteño maleducado me arruinara mi fin de semana con un "¡Qué venga a decirme algo!". Ahí mismo me di cuenta de que yo no estaba dispuesto, a diferencia de este sujeto, a dejarme arruinar la travesía. "Ma' si maleducado, quedate con ese lugar...".

Fui hasta donde estaba mi mochila, agarré las cosas, miré con irónica simpatía a la gente y me busqué un lugarcito... Algo sencillito porque yo con cualquier cosita me arreglo, ¿vieron?. En ese momento me sentí feliz porque me había dado cuenta de que mientras este tipo sí podría haberse arruinado el trekking, yo sabía que no quería que mancharan el mío. Y así me encontré un lindo lugar donde me dispuse a armar mi extravagante carpa (ya aprendí a armarla solo sin confundirme, todo un éxito) y donde más tarde habría de cenar no tan frugal pero si tan rápidamente como había almorzado.

Afortunadamente no tuve que ir al baño de noche (curioso: "ir al baño" ¿a qué baño, me pueden decir?) porque, como quien dice, estuvo fresco pa' chomba. Al menos eso demostró el hielo que se había condensado debajo de mi carpa. Dicho sea de paso, cambié mi plan de levantarme temprano (léase a las 8) por un poco más tarde (léase a las 9.15) por el frío que pensaba que hacía afuera. No sin razón, entonces, desayuné adentro de la carpa y para cuando me digné a salir de mi escondrijo tan sólo tuve que desarmar mi toldería y empacarla. Muy a mi pesar mis compañeritos de zona de acampe -nadie más había llegado- terminaron de empacar casi al mismo tiempo que yo.

Empecé a caminar relativamente rápido como para ir separándome de ellos y empecé a salir del bosque y llegué a las lengas achaparradas que anunciaban el próximo ascenso... interrumpido alguna que otra vez para mirar el valle que ahora se extendía a mis espaldas y saludar al Rucaco hasta mi próxima travesía... a sabiendas de que lo mío aún terminaba y de que después de trepar las últimas piedras se iba a abrir ante mi otro panorama igualmente alucinante.
El Refugio Jakob, allá lejos
Último descanso antes de empezar a bajar
El refugio Jakob, una parada técnica obligada
Sí, lo sé... pero no puedo sonreír en las fotos sin poner cada de idiota. Si me río en forma natural es otra historia, pero no importan cuanto lo intente, simplemente, no sale.


Con el refugio (sí, se llama San Martín, pero le va mejor el nombre de la laguna) Jakob al final de mi senda y acercándose continué la marcha con cuidado ya que, nuevamente, iba por entre las piedras...

lunes, 19 de abril de 2010

Rucaco I (Modelo 2010)

El plan era simple. Hacer la travesía Frey-Jakob en dos días acampando en Rucaco. Así aprovecharía el fin de semana largo y aún tendría tiempo para las otras cosas que debía hacer. Tenía que levantarme temprano, tomarme el colectivo de las 8.30 (+/- 45 minutos), empezar a caminar cerca de las 9, almorzar en Frey, seguir a Rucaco y pasar noche allí. Durante el segundo día de travesía debía seguir hasta el Jakob, almorzar frugalmente y continuar los 18 km hasta la ruta y ver como, desde allí, llegaba a Bustillo.

Sí, no dije que el plan no fuera intenso. Dije que era simple. Iría solo y no tenía que hacer muchas cosas. Bueno, básicamente sólo dos eran necesarias: tomarme el bondi y después caminar.

Error. El primer cambio de planes me llegó durante la noche anterior. Me di cuenta de que tenía que darle de comer a Helga, la gata de mis amigos Zig y Austin. O.K. ... Me levantaría más temprano, me vestiría e iría al departamento de los chicos/as, alimentaría al minino y caminaría una cuadra más hasta llegar a la parada del colectivo. Bueno, una parada más en mi plan.

Nuevamente estaba equivocado. Me levanté temprano, desayuné rápidamente, me vestí, agarré mi mochila y fui a lo de los chicos. "Abro, le dejo la comida y me voy" me repetía a mi mismo mientras subía las escaleras. Era simple, no podría perder tiempo. Claro, no contaba con que la llave girara sin acertar a abrir la puerta. "No puede ser", me dije. Nuevo intento. Nuevo fracaso. Repito el procedimiento con igual falta de éxito. Me digno entonces a mirar la llave. Punto positivo; enseguida identifiqué que le faltaba una patita y que por eso no lograba abrirla. Punto negativo, sábado a las 08.10, no tenía muchas esperanzas de solucionar el problema a tiempo para tomarme el colectivo en cuestión.

"No es tan terrible", pienso, y me dispongo a seguir viaje con rumbo "al pueblo", o sea, al centro de la ciudad, en dirección a mi cerrajería amiga. Llego y, obviamente, estaba cerrada. Me digo a mi mismo que era lo esperable y pienso que podría tomar un segundo desayuno en la YPF de Moreno. Antes de entrar hago una pausa técnica en la entrada para sacar mi billetera. Sabía que tenía mi tarjeta del colectivo en el bolsillo y 20 pesos en el otro, pero de todos modos busco la billetera para pagar con débito.

"No puede ser", me digo, mientras busco la billetera en el sobre de mi mochila. Vuelvo a chequear los bolsillos. Nada. Y bueno, habrá que volver a casa a buscar la billetera. No porque necesite débito, sino porque sólo tengo 20 pesos, de los cuales 10 tendría que destinar a la copia.

Llego a casa. Nadie despierto aún. La luz apenas se filtraba por las ventanas cerradas. Sobre la mesa, solitaria, mi billetera. Vamos de nuevo hasta el centro... Mientras bajaba pensaba que aún sin haber empezado a caminar ya llevaría andados más o menos 5 kilómetros.

Mientras me acerco a la cerrajería veo que se acerca mi colectivo. ¡Eran las 8.50! El bondi ya venía con más de media hora de atraso, y se suponía que era el primer servicio... Debo reconocer que había analizado la posibilidad de irme sin chequear que Helga tuviera comida suficiente. Pero, pobre gata, no la dejaría muriéndose de hambre, cuando ya había tomado el compromiso.(Sí, lo sé, tampoco soy la madre Teresa).

Aparentemente el cerrajero había llegado antes porque aún no eran las 09.00 y el negocio ya estaba abierto. Hago la copia. Le pago con un billete de $50. "Uh, me mataste" me repone con cara de sorpresa el comerciante. No sé que cara pusé, pero me propuso ir a buscar cambio al supermercado cercano. Sobra decir que volvió inmediantemente. El supermercado abre religiosamente a las 9, habría de estar cerrado aún por 5 minutos. Convenicido de la necesidad de tomar medidas extremas voy a la "Casita de Mani" (Sí, el hogar de las medialunas, las facturas 'radioactivas' y los mejores grisines de Bariloche) y me sacrifico en el altar de los grisines. Obtengo cambio y algo como para ir comiendo... Vuelvo a la cerrajería y le pago al señor.

Nuevamente llego al departamento de Zig y Austin. Entro y Helgame recibe como si fuera su mejor amigo. No tengo que aclarar que tenía comida y agua de sobra... Le cambio el agua, le limpio las piedritas... Miro el reloj, 9.20 (Sí, debo reconocer que estuve más que eficiente) y pensé que el colectivo estaría pasando a esa hora por el centro y que no podría llegar a tiempo a la parada de San Martín. "Y bueno, total, un poco más tarde, un poco menos" abro los grisines, como algunos, juego con Helga y aprovecho para leer algo. Decido que, definitivamente tomaría el colectivo de 10.15/20. A las 10 voy a la parada. En realidad salgo antes de la casa de los chicos para asegurarme de llegar a las 10 a la parada del Club Andino. Espero... espero ... espero...

Si esto hubiese pasado en una serie de dibujitos animados me hubieran mostrado sentado con el sol subiendo y bajando, nevando, lloviendo, con las flores creciendo y los árboles perdiendo nuevamente sus hojas. Baste con decir que finalmente decidí ir a la parada de Moreno donde a las 11.55 (Sí, 1hora 40' más tarde... esto ni siquiera califica de demora) pasa el susodicho transporte urbano de pasajeros. Urbano... mínimo calificaría de trasporte vacuno de pasajeros.

En fin, sin desanimarme (y bueno, todo sea por el Rucaco) empiezo a caminar cuando casi eran las 12. Es cierto que estuve casi a punto de arrepentirme y cambiar mi destino por el de playa Muñoz, pero me mantuve firme junto a mi plan original.
Empecé a caminar y automáticamente registré que aún el otoño no había llegado al Cerro Catedral. Las pocas lengas que se veían aún gozaban de un saludable color verde y a medida que me adentraba en la senda que me llevaba al refugio Frey se repetían las escenas en las que las flores se resistían a abandonar el paisaje...
Entre estas escenas de un verano que no fue y un otoño que aún no terminaba de llegar (No se preocupen que después llegó) seguía la senda tantas veces transitada. Con nieve, con hielo, con sólo algunos manchones blancos, en otoño, en primavera, con tábanos, con mochilas cargadas, con lo mínimo indispensable, para pasar la noche o volver en el día.
A las 14.30 llegué finalmente y me digné a almorzar. La última vez que había estado el lago estaba congelado y ni siquiera podía tenerse certeza de donde empezaba o terminaba. Definitivamente la escena mental que me recreaba parecía ser parte de un pasado más bien lejano, ya que de nieve, ni hablar en el refugio.
La laguna Toncek y el refugio Frey
Apenas terminé de comer, me dispuse a seguir. Aún me quedaban algunas horas hasta el valle del Rucaco, lugar en el que acamparía y desde donde continuaría, al día siguiente, mi travesía. Por las piedras resecas al sol o por entre la tierra mallinosa llegué a la subida que, desde la margen derecha de la laguna lleva a Schmoll.

La subida terminó siendo más cansadora de lo que esperaba o recordaba. Y nuevamente cuando estuvo la laguna Schmoll a la vista volví a sentir aquella sensación que había tenido durante el otoño anterior. "Se robaron la nieve..."
Laguna Schmoll. La nieve, te la debo...

martes, 21 de abril de 2009

Frey, Jakob y el Rucaco. Episodio III

La bajada por el pedrero no fue ardua ni difícil, pero tenía verdaderas ganas de llegar al refugio. Avanzaba y avanzaba y el refugio parecía igual de distante. Yo seguía tomando fotos, evento extraño en mi, a medida que seguía el camino. Cada tanto algunas piedras se desprendían y hacían un ruido amplificado por todas las piedras que entraban, como consecuencia, en movimiento. Tim, que había cometido la imprudencia de ir primero me miraba para saber si yo seguía vivo o para comprobar que ningún peligro de avalancha masiva amenazara con arrastrarlo a él también.

Finalmente nuestra senda abandonó las piedras, nuestro camino se hizo más perpendicular y comenzamos a bordear el arroyo casa de piedra. En un vado poco profundo y bien surtido de piedras cruzamos y nos acercamos al refugio. Era territorio familiar. Alguna vez escribí que durante mi primer tiempo aquí cada lugar al que volvía me devolvía recuerdos de viejas (y no tanto) vacaciones… eventualmente empezaron a devolverme recuerdos de visitas que realizara desde que vivo aquí. Jacob siempre es el caso. Tanta gente, tantas caminatas. Viajes con amigos y estudiantes, paisajes de primavera, de diciembre, del verano, del otoño.

La laguna ya no estaba tan calmada pero seguía reflejando en forma alucinante los cerros, las lengas, las nubes. La laguna algo calma, un cinturón naranja salpicado por el verde de las lengas que se resistían a perder sus hijas frente a la llegada del otoño. Todo rodeado por los nudos de piedra que lo encierran. Con esa vista y armados de sándwiches (¿o zámbuches?) de jamón y queso nos dispusimos a recuperar energías. Eran las 12.30 cuando llegamos; estábamos bien de tiempo pero no nos sobrara. Tendríamos 5 horas más hasta el tambo. Si no teníamos suerte y ninguna combi funcionaba, deberíamos ir a pie a Colonia Suiza o bien hasta Bustillo. Teníamos tiempo suficiente para seguir tranquilos y para que Tim pudiera disfrutar de esta parte del camino, que era para él enteramente nueva.

Terminado nuestro almuerzo nos aprestamos a terminar la tarea que emprendiéramos el día anterior, terminar nuestra travesía. El caracol, luego el bosque, la zona de cañas con sus pequeños desniveles, la vista del valle que se abre, nada era una sorpresa. Todo estaba donde tenía que estar. Más tarde el puente colgante, lugar obligado para tomar fotos… Empecé a chequear con cierta mecanicidad mi celular. Sí, sé que es raro y a mucha gente puede costarle trabajo creer, pero sí. Un servicio necesitaba de él, tener un dejo de señal para enviar un mensaje a la gente que hace servicio de combi entre el tambo y el centro o bien entre el comienzo de la picada y Puerto Moreno. Como es de esperarse, en la medida en que más necesarios son, menos servicios tienen a prestar. No había señal.

Tarde o temprano tenía que pasar; no tenía señal suficiente para hacer una llamada pero sí para mandar un mensaje. Pero, como era de esperarse, la señal era intermitente. Era necesario seguir avanzando y perdí la señal luego de haber enviado el mensaje. Ya no caminábamos bajo el rayo del sol y nos adentrábamos nuevamente en el bosque, caminando a orillas del arroyo que entre sus vados y saltos muestra su agua de color casi turquesa. Música de los expedientes X. Respuesta en mi celular, “¿Quién sos?” era el mensaje. Intenté llamar pero con notable falta de éxito. Intenté un mensaje. Error. Nuevo intento, logro comunicarme telefónicamente en posición de contorsionista. Busque a Tim con la mirada como para compartir una sonrisa por mi situación “especial” de parabólica humana pero él había continuado el camino. Entretanto fui informado de que no iba a haber servicio de transporte ese día. El fin de la caminata no sería entonces el destino habitual.

Apuré el pasó para alcanzarlo a mi compañero de aventuras que, desde hacía unas cuántas horas estaba bastante silencioso. “No problemo”, respondió cuando le expliqué la situación. Sabía que su respuesta era sincera. Para ese entonces él ya me había agradecido en más ocasiones que las que puedo recordar el haberlo llevado conmigo. Así que continuamos la marcha. Paramos en el tambo, vimos algunos autos estacionados entre los álamos amarillos que se movían con el viento que comenzaba a soplar y seguimos viaje.

Nos lanzamos a la tarea de obtener transporte mientras avanzábamos. Por supuesto que nuestros únicos recursos eran nuestros dedos pulgares extendidos. ¡No! ¡No estábamos imitando al (alicaído) Piñón Fijo! Hicimos dedo… Y funcionó, porque al cabo de un par de kilómetros fuimos levantados y dejados minutos después en la parada del 50/51 del Santuario de Virgen de las Nieves. En media hora nuestra perspectiva cambió por completo ya que nuestro panorama nos llevó del arroyo Casa de Piedra hasta la puerta de la casita que finalmente nos recibía luego de dos largos días.
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viernes, 17 de abril de 2009

Frey, Jakob y el Rucaco. Episodio II

Nos adentramos en el bosque y pasamos las primeras lengas, pero aún seguíamos avanzando por el lecho seco de un arroyo que ya no llevaba agua. A medida que continuábamos la marcha descendíamos y penetrábamos en el valle. Las lengas poco a poco se hacían más altas y el suelo se volvía menos pedregoso. Estábamos cerca, lo sabía. Pero, por ser otoño era diferente de lo que recordaba. En mi memoria era de un verde claro salpicado por el color intenso y brillante de las lengas. Ahora era el valle era amarillento y opaco, las lengas ofrecían una enorme variedad de tonos otoñales, la luz se filtraba por entre las hojas pardas y cada tanto un rayo iluminaba un suelo tapizado de hojas secas.

Continuamos por unos minutos y volví a encontrar algo que siempre recuerdo. No sé el nombre, no se me ocurre ninguna forma de definirlo más que como “el límite del bosque”, el lugar en el que el bosque abruptamente termina y empieza la pradera. Es increíble como se pasa sin pausas, sin transiciones, de un espacio al otro. Caminamos un poco y nos salimos del techo de árboles que nos había dado sombra. Nos paramos bajo el sol y respiré el aire que se había entibiado por el sol cálido de un día otoñal sin nubes. Continuamos avanzando unos minutos bajo el sol para volver a adentrarnos en el bosque. Seguimos por nuestra senda hasta dar con la zona de acampe. El escenario era un poco diferente, pero aún estaba allí, igual pero diferente, como si sólo unos pocos meses hubieran pasado desde que estuviera allí por primera vez.

Tiramos las mochilas e hicimos un poco de reconocimiento del lugar. Pude usar tanto mi carpa surrealista (Y hasta pudimos armarla bien de entrada) como el calentador. Dejamos la carpa armada y, aprovechando la luz que ofrecía el sol que empezaba a declinar, abandonamos el bosque para merendar en la pradera. Mate, sol del atardecer, merienda… Sé que habría sido perfecto si hubieran estado allí mis compañeritos/as de viaje. De algún modo estaban allí, pero no es lo mismo. Hoy pensé bastante en eso. Sabía que no era posible. También sé que nuestras decisiones tienen consecuencias, y conozco cuales son las de mis decisiones.

Pero en ese momento no me dediqué a analizarlo al extremo. Sé que a veces intelectualizo demasiado las cosas. Pero en ese momento sólo me dediqué a disfrutar del escenario que se proyectaba delante de mis ojos.

Las sombras se extendían y la temperatura empezaba a bajar. Fuimos a cocinar. Casi entro en pánico cuando descubrí que había olvidado los fósforos. Me tranquilizó saber que no éramos los únicos en el valle. Otra tres personas habían acampado a unos 20 metros de nosotros, pero casi no los veíamos porque su carpa estaba del otro lado del arroyo y los árboles nos protegían. Mientras armaba el calentador recordé (o se me hizo presente) que el calentador tenía encendedor. Bueno, no tendríamos que ir a pedir fuego (tampoco era una tragedia) ni intentar frotar palos o piedras para obtener una llama. Súbitamente recordé a Pablo hablandome del encendedor incorporado y de que, eventualmente, algún día dejaría de funcionar. A alegré al ver que ese día aún no había llegado.

Cenamos en silencio, hablamos un poco y fuimos a ver como la luna (casi) llena se levantaba desde atrás del Cerro Catedral. Al principio no la veíamos, tan solo un resplandor que iluminaba algunas de las paredes del valle, y que sumía a otras en las penumbras. Poco a poco, la luz le fue ganando a la sombra y quedamos iluminados por el brillo de una luna entera y blanca. Con esta imagen nos fuimos a dormir, cansados pero satisfechos. La mañana siguiente debía comenzar temprano y así lo hizo. A las 9 de la mañana ya habíamos desayunado, desarmado la carpa y guardado todo. Tomamos un par de fotos y salimos.

La primera parte de la caminata transcurrió tranquila, oscilando entre el bosque y algunos claros. En algunos encontramos los restos de la helada de la noche anterior. Seguimos avanzando hacia el oeste, ganando altura y dejando atrás el bosque. Las lengas se achaparraban a medida que avanzábamos, y también eran cada vez menos frecuentes. Las marcas rojas seguían guiando nuestro ascenso y alejándonos del valle. Con frecuencia miraba hacia atrás para volver a verlo al calor del sol del día que comenzaba. La imagen cambiaba cada vez no sólo porque cambiaba la intensidad y posición del sol. También nuestra altura era mayor, y la vista ganaba en perspectiva a costa de los detalles que se perdían.

Finalmente llegamos a un llano de piedras desde donde se veía el largo pedrero de debíamos ascender. Tomamos agua, descansamos antes de empezar el último gran ascenso, y empezamos. Serían cerca de las 10 de la mañana cuando empezamos a subir por entre las piedras y lajas. El sol ya brillaba en lo alto y comenzábamos a sentirlo a nuestras espaldas. Nuestro camino continuaba trepando en el zigzag marcado por las manchas rojas que marcaban la senda. También recordaba que había habido nieve aquí, pero nada quedaba ahora de ella. A cada instante parecía que estábamos a punto de alcanzar nuestro objetivo inmediato, el paso a Jakob. Y sin embargo, cada vez que parecíamos estar llegando descubríamos que la perspectiva nos jugaba una broma.

Pero finalmente vimos a lo lejos en el oeste la cordillera que se extendía, ancha y larga frente a nosotros. Y hacia abajo cerca, muy cerca, la laguna Jakob. El agua, como un espejo, reflejaba el cielo y las montañas circundantes. Y entre las lengas de colores estaba él, el refugio San Martín, más conocido por todos (nosotros/as) como “el Jakob”. Si hubiera sido un águila hubiera llegado en 10 o 15 minutos. Mi camino era un poco más largo y requeriría más tiempo, así que descansamos y nos preparamos para continuar...

Frey, Jakob y el Rucaco. Episodio II (Fotos)



jueves, 16 de abril de 2009

Frey, Jakob y el Rucaco. Episodio I

Miguel se fue el jueves mismo con rumbo a El Bolsón. Angie se fue esa misma mañana algunas horas antes que yo. Yo debía salir con Tim, un estudiante alemán que vive en casa, a las 8. Un poco más tarde, a las 8.15 tenía que pasar nuestro colectivo. Tenía que pasar y, como era de esperarse, no pasó a la hora indicada. No habría de pasar hasta media hora después. El colectivo esteba casi lleno, y entre los pasajeros estaban Erin y Graeme, una pareja de Inglaterra que habían sido mis estudiantes durante la semana que acababa de terminar. Su plan original, imagino, debe haber sido pasar un día haciendo una caminata más o menos tranquila yendo al refugio. Mucho temo haber arruinado su plan, ya que el nuestro era empezar a caminar a las nueve con la idea de llegar al refugio antes de la una de la tarde. Por esas razones que uno nunca termina de entender, no se quejaron ni plantearon sugerencia alguna de ir más lento. Los cuatro, Tim, la pareja de Inglaterra y yo subimos a Frey en buen tiempo, permitiéndonos incluso algunas pausas. Disfrutamos de las ventajas que ofrecía el otoño; un sol cálido pero no abrasante, ausencia de tábanos y avispas y una variedad de colores en las lengas que acompañan buena parte de la senda. El camino hasta el refugio no me era desconocido. Ya no sé cuántas, pero lo hice bastantes veces. Pero después… después era otra historia.


Lo que planeábamos hacer después de llegar al Frey – y luego de haber almorzado, claro está – era continuar con rumbo al valle del Rucaco, un arroyo pequeño que serpentea tranquilo por una pradera encerrada entre las montañanas. La última – y única – vez que había hecho la travesía se remonta a cinco (¿o seis?) años atrás. Mis compañeros de ese entonces (Chili, Sissi y Pancho) y yo habíamos comenzado allí las aventuras que quedaron recogidas en un -entonces- célebre diario de viaje, uno de los que más disfruté escribir.

Ahora, tantos años después me encuentro ante una tarea similar, y al mismo tiempo, diferente. Con todas estas expectativas y los recuerdos de aquella travesía en mi mente partimos con rumbo al valle.

Ya en el refugio, la primera etapa era simple, al menos en los papeles. A la izquierda del refugio comenzaba una senda casi escondida entre las lengas achaparradas teñidas de ocre, siempre bordeando la laguna Toncek por la derecha. La senda casi se pierde entre las piedras y, guiados más por el instinto y el sentido común antes que por las marcas llegamos a un pedrero por donde el camino comienza a subir piedra a piedra hasta llegar a la meseta donde se encuentra la laguna Schmoll. A pesar de que en mi recuerdo se encontraba rodeada de nieve y tenía hielo flotando en su superficie, ahora se nos presentaba en un escenario semi desértico, rodeada de piedras y reflejando el azul intenso del cielo.

Paramos a descansar. Mi compañero de caminata y yo aprovechamos para tomar un poco de agua y comer algo. Cargamos nuestras botellas con el agua de la laguna. Una marca roja sobre una piedra ubicada a nuestra izquierda nos mostraba por donde continuaba nuestro camino. La parte que seguía daba un aspecto en todo diferente a lo que había experimentado cuando realizara la travesía por primera vez. El viento soplaba y en lugar de llegar fresco como cuando avanzamos resbalando sobre la nieve ahora llegaba más caliente. De la nieve no quedaban casi vestigios, tan solo piedras y más piedras. La tarea se presentaba monótona pero distaba de ser imposible.

Luego de unos pocos metros por la playa emprendimos el nuevo ascenso. Trepamos, volviéndonos de tanto en tanto para admirar las lagunas Schmoll y Toncek, que iban quedando atrás, a nuestras espaldas. Finalmente nuestro camino dejó de ascender y llegamos a un espacio desértico, encajonado, cerrado por paredes de piedas que impedían cualquier tipo de visión panorámica, hasta que, luego de dos minutos de caminar la vimos… Las paredes se abrieron y la cordillera se mostró. Primero las montañas más alejadas, de entre ellas, pintado de blanco por sus glaciares, el Tronador. Más cerca pudimos reconocer el valle del Rucaco que se extendía a nuestra izquierda, debajo de las montañas… y en medio, el arroyo con sus curvas y meandros, serpenteando en la pradera, las paredes del valle tapizadas de lengas verdes, amarillas, anaranjadas, rojas y marrones. Y en el centro del valle, rodeados de pastizales amarillos, el dibujo que hacían las lengas achaparradas de todos colores. Nos detuvimos, miramos y nos miramos. La escena resultaba casi increíble, pero era tan real como nosotros. Hicimos otra pausa.

Por primera vez me di cuenta de que sacaba fotos en forma casi sistemática, sin quedar nunca satisfecho, porque la parcialidad de las fotos no alcanzaba a hacer justicia a la escena que tenía ante mis ojos. Entonces fue cuando pensamos que aún nos quedaba poco más de una hora de caminata frente a nosotros. Serían pasadas las tres y media cuando comenzamos el descenso por el pedrero. Esa parte del camino guardaba bastante similitud con lo que recordaba; piedras sueltas, lajas y tierra por doquier. Piedras sueltas que bajaban acompañándonos y Tim que me miraba con cara de interrogarse acerca de cómo hacía yo para estar vivo a pesar de mi estilo poco ortodoxo. Él bajaba a ritmo regular, ayudado por sus bastones de trekking, prolijo y sistemático. Yo, en cambio, lo hacía en medio de una nube de polvo y rodeado de una avalancha de piedras de diversos tamaños. Mi estilo de surfista de la avalancha contrastaba con el suyo. Media hora más tarde entrábamos en el bosque de lengas.