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jueves, 11 de enero de 2018

Yapa de Cracovia: la colina de Wawel

Se supone que fue el hogar de Smok Wawelski, el dragón que aterrorizaba a la población del lugar sin ton ni son. Pero es más. La colina de Wawel fue el centro de la política de Polonia por más de quinientos años y el santuario nacional por cerca de un milenio. Sede de palacios y museos, mausoleo real y símbolo del reino, es por derecho propio, un punto obligado de cualquier visita a Cracovia.
El primer habitante conocido de la colina es el único dragón conocido que tiene nombre y apellido: Smók Wawelski. Muchos fueron los caballeros que intentaron asesinar (o cuando menos echar) al dragón, pero allí donde los nobles fracasaban triunfó un plebeyo con ingenio. Un zapatero llamado Dratewka dejó cerca de la cueva una oveja llena de azufre, que el dragón devoró de un solo bocado. Aparentemente asqueado por el sabor de la peculiar oveja Smók se dirigió hacia el Vístula y en cuanto bebió agua, ¡patafufete! ¡kabúm! explotó… sí, así nomás.
Ya libre de dragones, la colina fue habitada por los reyes y reinas de Polonia –al menos hasta que la capital se trasladó a Varsovia-. Así Wawel (y por añadidura, Cravocia) se transformó en el centro político, militar y religioso del reino.
El acceso es gratis, aunque claro, si después se quieren visitar los museos y palacios, hay que gatillar. Pero no cuesta mucho y bien vale la pena.
La catedral de Cracovia es una de las joyitas de la fortaleza. Con sus mil años, la iglesia da cuenta de buena parte de los estilos arquitectónicos que estuvieron de moda a lo largo de su existencia. Extrañamente el resultado, lejos de ser un cocoliche, constituye un todo bastante armónico interesante.

jueves, 22 de junio de 2017

Polaco para principiantes

Muy frecuentemente tengo la loca idea de aprender algo del idioma de los lugares a los que vamos a viajar. Obviamente me refiero a aprender cosas ultra básicas. Saludar, agradecer. Después pienso un poco... quizás también nos vendría bien alguna que otra cosa más del estilo; cómo pedir una pizza en en húngaro, cómo comprar boletos de colectivo en polaco. Inmediatamente se disparan mil preguntas. O no mil pero sí bastantes. ¿Hablarán inglés los/as mozos/as? ¿servirá más el alemán? ¿habrá máquinas para comprar boletos o hay que pedírselos al chofer? Y así, ad infinitum.

Claro que, a la larga, siempre pasa lo mismo. Llega la fecha del viaje y el tiempo destinado al aprendizaje de los rudimentos lingüísticos es de cero horas con cero minutos. O sea, ni siquiera busqué como decir hola. 

Fue lo que ocurrió antes de la vuelta por Europa oriental. Mejor dicho, la que iba a ser nuestra gran vuelta pero que al final se convirtió en una vueltita. Pese a no haber dedicado ni cinco minutos a interiorizarme con el polaco, a nuestra llegada al hostel de Cracovia tuve -lo que en ese momento pensé- sería una excelente idea:

Hola, buen día, dice la recepcionista.
¡Buen día! -respondo y mientras le entrego a la recepcionista el papelucho con nuestra reserva agrego- Tenemos una reserva por dos noches...
Sí, perfecto. Por dos noches.
Exacto.
Muy bien. Aquí están sus llaves, la habitación es la número XX.
Perfecto, muchas gracias.
El desayuno se sirve en la cocina y blablabla… y también blablabla… ¿algo más en lo que los pueda ayudar?
 (sonrío) ¿cómo digo hola en polaco?
Cześć
¿tchiesta?
mmm… más como tschest. Cześć!
¿y gracias?
Dziękuję!
¿cómo?
Dziękuję
¿tchin-kuie?
Sí, sí…
Perfecto, muchas gracias. Sonrío y pongo a prueba mis recién adquiridos conocimientos: Dziękuję!

La recepcionista me sonríe y pone una cara que bien podría significar qué simpático o -igualmente posible- pobre flaco, no entiende nada. Acto seguido responde algo que asumo significará de nada (aunque bien podría haber dicho casi cualquier otra cosa) y me siento realizado.

Habiéndome provisto de mis nuevos amuletos lingüísticos, salimos del hostel con rumbo a la plaza del mercado. Para no olvidar las palabras que acabo de aprender las voy repitiendo por la calle mientras camino.

Tchin-kuie. Tschest. Tchin-kuie. Tschest.

Tengo que acordarme, me digo, mientras me repito una y otra vez las palabras, como si fueran una invocación mágica. En realidad, más que recitando un mantra, me siento como una especie de Pokemón condenado a comunicarme únicamente repitiendo lo mismo infinitas veces. Al poco tiempo dejo de repetir las palabras. No sólo el efecto Pokemón me incomoda. También me imagino a los/as polacos que caminan a nuestros alrededor oyéndome decir: ¡hola! ¡gracias! ¡hola !¡gracias! en un auténtico diálogo monólogo de locos.

Tras una pausa de cinco minutos lo miro a Diego y le pregunto:
¿Te acordás de cómo se decía gracias?
¿qué? ¿ya te olvidaste?
Emmmm… creo que sí. Pero una de las dos sonaba como t-siesta
Jajaja ¿siesta?
Bueno, o algo parecido.


Claro que no me acordé hasta bastante después. En ese momento tomé una decisión. Cuando llegáramos a Budapest, mejor no preguntar palabras que después no puedo recordar. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Foto de Miércoles

Cracovia. Patio de la universidad. ¿Quién dijo que el polaco es difícil? Si se entiende re fácil. 

Ah, me olvidaba... hoy empezó el otoño en el hemisferio norte. Por suerte, acá en el blog, aún quedan unas cuantas semanas de verano.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Foto de miércoles

Cracovia. Ni idea de qué dice. Lo que sí, me pregunto si será de algo legal.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Fotos de miércoles

Miedo y desesperación. Smok Wawelski, el dragón legendario de Cracovia ataca de nuevo. Claro que esta vez, como atracción turística.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Iglesias de Cracovia

Cracovia fue la primera ciudad europea donde vimos monjas por la calle. No sólo una o dos sueltas, sino cantidades de monjas.  Solas o en grupos, con distintos hábitos que asumimos propios de distintas órdenes. A pesar de haber estado en ciudades atestadas de iglesias –e incluso de iglesias llenas- es la primera vez que vemos tal cantidad de monjas y curas por la calle. La respuesta es clara. Más allá del barrio judío, la ciudad es eminentemente católica.

Como tal tiene un ejército de iglesias que funcionan a diario. A diferencia de Bélgica y Holanda, dónde vimos iglesias convertidas en restaurantes, cervecerías, gimnasios o simplemente tapiadas, en Cracovia todas parecen ser utilizadas cotidianamente.
La catedral está en la colina de Wawel y es una extraña pero atractiva combinación de torres y cúpulas de diferentes estilos que no dejan de constituir un todo bastante armónico.
Pero en la plaza del mercado, la que sobresale es la basílica de Santa María, un edificio de ladrillos de seiscientos cincuenta años que tiene torres desiguales, una altura de ochenta metros y un interior que resultó ser una grata sorpresa.

sábado, 20 de agosto de 2016

Cracovia. Segunda Parte

En 1572 se acabó lo que se daba al morir el último de los reyes polacos de la dinastía Jagellion. Desde allí en adelante los reyes de Polonia serían nobles extranjeros elegidos por los nobles polacos -o en su defecto- por voluntad propia y sustento militar. Así fue que Polonia contó con reyes franceses, suecos y, recordarán, también sajones. Uno de estos reyes de origen sueco trasladó la capital de Cracovia a Varsovia. Fue el comienzo de un largo período de decadencia que desembocó –junto a una pésima posición estratégica- en las sucesivas particiones en las que Rusia, Prusia y Austria terminaron por engullirse a Polonia-Lituania.
Edificio del mercado con la torre de la vieja municipalidad
Plaza del mercado con la basílica de Santa María
Para cuando estalló la revolución francesa ya casi nada quedaba del reino de Polonia-Lituania y la ciudad de Cracovia fue a engrosar los dominios de nuestros omnipresentes y viejos conocidos, los Habsburgo.  Y mientras en Francia Luis XVI y María Antonieta iban derecho a la guillotina, en Cracovia comenzaba una insurrección destinada a liberar los territorios ocupados y unirlos a lo que quedaba de Polonia. O al menos eso pensaban los insurrectos. Se ve que tuvieron un ligero error de cálculo porque frente a este intento Rusia, Prusia y Austria decidieron volver a unir sus fuerzas, señalarles a los rebeldes cómo venía la mano y, de paso, terminar de repartirse lo que quedaba del reino.
Así las cosas los polacos dependieron de factores externos para tener mínimas chances de independencia. La primera  oportunidad la generaron las guerras napoleónicas. De sus victorias sobre Prusia y Austria Napoleón juntó un par de territorios y dio nacimiento al ducado de Varsovia. Obviamente, ensanguichado entre enemigos el ducado tenía un único aliado posible, el imperio francés. Como a tantos otros aliados de Napoleón, la derrota de aquél implicó una nueva caída en dresgracia. Así que en el congreso de Viena (para más información podés leer Viena. Capítulo 2) ¡sorpresa! Austria, Rusia y Prusia volvieron a dividir y repartirse los territorios polacos.
Así las cosas, no fue sino hasta el fin de la primera guerra mundial que volvió a existir Polonia como estado independiente. Con su capital en Varsovia y su centro académico y cultural en Cracovia.

jueves, 18 de agosto de 2016

Cracovia. Primera parte

Cuenta la leyenda que, allá lejos y hace tiempo fue concebido un plan. Un plan para viaje para recorrer Europa oriental incluyendo ciudades y pueblos en Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría y más allá. Como todo gran plan, al principio pareció realizable. Intenso, sí, pero factible. Lamentablemente pronto el plan demostró ser en realidad demasiado ambicioso y humanamente imposible en el tiempo del que disponíamos, por lo que –muy a nuestro pesar- tuvo que ser descartado. Ello no significa que los destinos tentativos hayan corrido la misma suerte. Sólo que fieles al principio de que  quien mucho abarca, poco aprieta, la gran vuelta fue particionada en múltiples viajes.

A pesar de todo, la idea de la vuelta se las arregló para sobrevivir. Así pues, el comienzo del verano del hemisferio norte nos vio partir con rumbo a Cracovia. De Dresden a Cracovia en micro, de Cracovia a Budapest en tren nocturno (¡con camarote y camas!), de Budapest a Salzburgo con una parada estratégica en Viena. Luego de Salzburgo a Munich y, finalmente, de la capital bávara de vuelta a Dresden.

Como dije antes, nuestro primer destino fue Cracovia. En la actualidad es la segunda ciudad más grande de Polonia, además de una de las más antiguas y un importante centro  económico, académico y cultural. Pero no siempre fue así. Por cerca de quinientos años fue la capital del reino de Polonia, en el siglo IX ya era un centro comercial importante, aunque en el siglo VII era apenas un pueblito perdido en los confines del mundo. Se cuenta que mucho antes de eso, había sido la morada de un dragón. Con un pasado tan rico (en historia e imaginación) está claro por qué la ciudad es considerada una de las joyitas de Polonia. Pero vayamos en orden.

Carbono catorce y evidencia arqueológica en mano sabemos hoy que la colina de Wawel ha estado habitada desde el Neolítico pero recién en el siglo VII  el asentamiento fue reconocido como pueblo. La leyenda, en cambio, nos dice que fue un tal Krakus (de allí el nombre Krákow) quien fundó la ciudad luego de matar a Smok Wawelski, quien además de ser uno de los pocos dragones del universo con nombre y apellido, vivía en una cueva ubicada en la colina de Wawel y aterrorizaba a la población. Luego de dar muerte al bicho cavernícola, Krakus habría fundado la ciudad sobre esa misma colina. Hoy Smok tiene su propia escultura y una variedad de souvenires que serían la envidia e Nahuelito y otros bichos míticos.

Sea como fuere, para el siglo VII el pueblo de Cracovia empezó a sacudirse la modorra y para finales del siglo IX era un centro comercial de relativa importancia controlado por Moravia.  Cien años más tarde, en el 955 el duque de Bohemia se hizo con la ciudad, que ya era uno de los principales centros comerciales de la región y un punto importante en las rutas de comercio con el Mar Báltico.

En teoría, hacia el final de su reinado Mieszko I -que se supone habría sido el primer rey de Polonia-  tomó Cracovia y la incorporó a sus dominios. En 1038 la ciudad se transformó en la capital del reino y cien años después era el principal centro comercial del país.

De esta época son los primeros edificios de ladrillos; el castillo Wawel, la catedral, la basílica y otras iglesias.
Castillo de Wawel
Catedral de Cracovia

Pero, y sin importar lo raro que suene, en 1241 la ciudad fue invadida –y en gran medida destruida- por los mongoles. Sí, sí, los mongoles. Diez años después la ciudad había sido reconstruida siguiendo, teóricamente, los planos originales. Parece que la recuperación fue tan rápida que en 1259 los mongoles volvieron a saquear la ciudad. Para cuando intentaron un tercer ataque en 1287 Cracovia ya contaba con defensas suficientes como para hacerles frente.
En 1364 el rey Casimiro III contribuyó a delinear el perfil académico de la ciudad al fundar la Universidad de Cracovia, la segunda más antigua de Europa Central luego de la Universidad de Praga.
El hijo pródigo de la Universidad fue Nicolás Copérnico, que nunca fue docente aquí sino tan sólo estudiante.
Cuando los reinos de Polonia y Lituania se unieron (sí, se unieron y formaron uno de los reinos europeos más extensos de su época) Cracovia asistió a un nuevo período de esplendor y construcción. Como resultado la ciudad cuenta con un vasto patrimonio que aún hoy preserva; edificios románicos, góticos y renacentistas atestiguan la época dorada de Polonia.

Más o menos por la misma época la comunidad judía comenzó a crecer numéricamente y a construir las primeras sinagogas. Sinagogas, comercios y viviendas se fueron agrupando en el barrio que luego dio origen a Kazimirenz, en su momento declarada ciudad independiente por el rey ¡sorpresa! Casimiro (Kazimir) que quería que alguna una ciudad llevara su nombre. Hoy Kazimirenz es uno de los barrios más animados de Cracovia y tiene cierta movida cultural y culinaria que, al menos a nosotros, nos hizo pensar en la Neustadt de Dresden.