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lunes, 2 de agosto de 2010

Todo comenzó con un pucho

No siempre entiendo como se dan las cosas. Bueno, tal vez pocas veces entienda como y porqué pasan. Esta cadena de eventos es un claro ejemplo... Todo comenzó en mayo, creo, aunque ya no lo recuerdo con claridad. Había salido un toque más temprano de la escuela y como tenía pocas ganas de leer, fui a dar una vuelta por el centro. Era un día lindo pero la costanera estaba extrañamente ventosa. Así que después de intentar caminar unos metros decidí refugiarme en algún negocio de música. Fue entonces cuando pensé en pasar por la tabaquería donde trabaja Caro, una amiga que también es profe de español y - por si fuera poco - preceptora.

Debo reconocer que desde que la conozco a Caro sólo pasé por la tabaquería dos veces... Llego, tiro mis cosas en un sillón, Caro empieza a hacer mate, comenzamos a charlar, intercalamos un par de mates y entre todos los clientes que van llegando a la tabaquería (son más de los que yo hubiera pensado) aparece una amiga de Carolina que viene a visitarla. "Celeste, mi amiga politóloga", me dice Caro. No sé si fue el hecho de que hubiera dicho "mi amiga politóloga" o qué pero automáticamente su cara me resultó más que familiar. "Nicolás, pensá, de dónde la conocés", me dije hasta que tuve una iluminación. Iluminación, sinapsis en cadena, como quieran. Celeste había sido profesora mía en la facu. Debo haber tenido tres o cuatro clases con ella pero no muchas más que ésas.

"¿Perdón, vos no das clases en Ciencia Política en la UBA?", le pregunto y mientras ella me miraba, le agrego con un poco más de memoria y sumando datos, "¿Sistemas políticos comparados?".


De repente recordé todo, que ella una clase ella había dicho que viajaba de Bariloche a Bs As, qué alguien más me había comentado al pasar que estaba viviendo acá, que había sufrido con ese oral, que tuve que aprenderme el sistema electoral alemán -cuco de entre los cucos en cuanto a sistemas electorales respecta- y que aún recuerdo, que cuando aprobé el examen sentí que era como recibirme por anticipado ya que sólo me quedaban entonces las optativas.

Y bueno, empezamos a charlar, hablamos del consabido tema Conicet, evaluamos posibilidades, nos colgamos hablando. No, no es el comienzo de una historia de amor. Pero sí de una historia...


Seguimos en contacto pero no super asiduo. Hasta que un día recibo un e-mail de Celeste donde me contaba que la había contactado de la Universidad de Río Negro para ofrecerle que se hiciera cargo de la materia Fundamento de Ciencia Política. Requisito importante, ella tendría que dar teóricos y prácticos ya que desde la universidad querían un docente para todos los cargos. Sin embargo, Celeste tiene un congreso en Canadá y posiblemente una estadía de un mes o más en una universidad en Estados Unidos. Explica toda esta situación y queda en reponder. Ya en su casa piensa en proponer que entre los dos hagamos una cátedra y no encarguemos de las clases. Me escribe la responsable de la parte de ciencias sociales y humanidades para tener una entrevista. Semana de locos; 32 estudiantes en la escuela, yo con el grupo de literatura, armando los cuadernillos, ni un requicio de espacio en la escuela, diluvio universal, yo disfrazado de intelectual... pero lo logramos.

Propuesta de la universidad, hacer una excepción y pedir la aprobación del equipo, designación ad honorem para Celeste, rentada para mí y la posibilidad de volver a la universidad pública por la puerta grande... Hoy me llegó la "bienvenida" a "nuestra institución" y la larga lista de papelitos que debo presenter en estos días. Universidad de Río Negro, preparate, que allá vamos.
Diferente. Ese sería el estado en el que está nuestro programa de Fundamentos de Ciencia Política

jueves, 22 de julio de 2010

Misterios de la Fe. Parte I

Lo reconozco. Tengo prontuario. Tuve una época de creyente. Época que, afortunadamente, quedó enterrada hace bastante tiempo y que no creo que vuelva a pasar. Y si volviera a pasar, cualquiera está autorizado/a para golpearme hasta volver a entrar en razón. Lo cierto es que con el curso de los acontecimientos de los últimos meses mi posición pareciera reforzarse. Definitivamente la "fe" es un misterio para mí. No sólo porque no puedo creer, porque no quiero. También porque los traficantes de la fe me tienen "ligeramente" asqueado.

Strike one

Una chica es abusada sexualmente y queda embarazada. Se presenta con su madre en un juzgado X de Bariloche. Denuncian que la chica fue violada por su padre y su tío y que, producto de esas violaciones quedó embarazada. Pide permiso a la justicia (¿debería ir con mayúsculas?) para abortar.

Misterios del sistema judicial, el juez actúa con celeridad. Martín Lozada, juez que entendió en el caso, dicta la prisión preventiva del padre y del tío, seguidamente (y en apenas una semana) autoriza el aborto que se realizó dos semanas después de la presentación judicial (Sí, todo en DOS semanas). Cuando escuché la noticia no pude creerlo. Por primera vez en mucho, mucho tiempo un caso de entre muchos tenía una respuesta rápida por parte del sistema judicial. Y no sólo una respuesta rápida. Una respuesta lógica, aceptable y rápida. Es extraño. Se siente extraño cuando las cosas funcionan como debieran, como es lógico. ¿Por qué debiera, me pregunto yo, una menor, una mujer, alguien, continuar un embarazo no deseado, producto de una violación? ¿Por qué debiera continuar un embarazo no querido? Claro, esta última pregunta ya va mucho más allá de la primera y probablemente pase mucho, mucho tiempo antes de que como sociedad podamos legalizar el aborto.

La verdad, no se me ocurre ninguna respuesta que justifique esto. Lamentablemente buena parte de la iglesia local salió a responder una variedad de idioteces para esta pregunta. Y todas ellas parecían acusar más a la víctima que comprenderla. Todas anteponían los derechos de un feto no-nato a los de una chica abusada. Todas parecían tomar la Biblia como jurisprudencia y ninguna parecía atender a un drama social como este. Increible. Claro, como no son sus cuerpos los que fueron violentados, ningún representante del obispado barilochense esbozó el más mínimo atisbo de comprensión. Sin embargo el juez mantuvo su decisión y la chica abortó.

Dos días después del aborto la cámara del crimen de Bariloche (esta sí que no se merece las mayúsculas) anulo el fallo. ¿Es posible? ¿Cómo puede ser que esperaran a que se concretara el aborto para anular el fallo?. "Es muy de garca", fue lo primero que pensé. Esperar a que se realizara el aborto para anular el fallo post-facto es muy de garca. Es de ser garca, pero garca en serio, y ni siquiera querer pagar el costo político de salir a obligar a una mujer a continuar el embarazo producto deuna violación.

No lo entendí. No lo entiendo. Me parece bárbaro que si la Iglesia Católica está en contra del aborto que le recomienden a sus fieles no practicarlos. Ahora, que salgan a querer imponernos al resto de la sociedad sus puntos de vistas arcaicos e integristas, bueno, eso es un tema bien diferente. Que los jueces juzguen en función de sus valores pseudo cristianos es terrible. Y que, por si fuera poco, jueces cristianoides y jerarquía eclesiástica se festejen mutuamente sus cruzadas pro medievales es prácticamente inverosímil.

Resultado: el juez Lozada fue removido de la causa, su fallo anulado y el nuevo juez levantó la prisión preventiva de los acusados.

The devil wears Prada. La hipocresía, política de estado del Vaticano. Condenan el aborto pero el Papa usa zapatos hechos con cuerdo de novillo nonato. (Frivolidad aparte, el Emperador de Star Wars sí aprueba hacer abortar a una vaca para poder tener sus zapatitos rojos)

miércoles, 14 de julio de 2010

Brasiloche

No es difícil reconocerlos/as. A ellas las ubicás por las botas de cuero con infaltables tacos o plataformas. Altos, siempre tacos altos, pienso que incluso para las pantuflas. Con lluvia, con nieve, por Belgrano, por entre los charcos, en el Cerro Otto o donde sea. Siempre con tacos. Tacos y pantalones justos, de jean o de cuero. A veces mini shorts de sarga con medias de lana, pero en general largos. Y gorro de lana o de cuero, y seguramente cartera y guantes al tono, posiblemente algo con algún detalle de piel. Siempre tienen algún detalle en piel. Y maquilladas y con aros. Aros grandes, preferiblemente dorados. Casi siempre maquilladas, con aros y tacos, producidas, muy producidas. Como si necesitaran producirse para salir a pasear por la ciudad más elegante del globo. Como si no se dieran cuenta de que en Bariloche podés ir a trabajar en joggineta y nadie te va a decir nada.
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A veces pienso que lo único que justifica todo este exceso de producción es la brevedad o inexistencia del invierno en Brasil, por lo cual las brasileras de dinero aprovechan su semana en Bariloche para ponerse todo lo que siempre quisieron ponerse, todo aquello que fueron comprando invierno tras invierno y nunca pudieron usar. Como si tuvieran esta única oportunidad para usar todas esas pieles, esos gorros de cuero y piel, esos guantes combinados con las bufandas, todo, todo junto.
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Pero mientras ellas parecen echarse todo el guardarropas encima, ellos están en jean, jogging y remeras o buzos de fútbol. No sé si siempre, pero sí en el 70% de los casos. Y no es que vengan a Bariloche las mujeres con plata por un lado y los fanáticos del fútbol, por el otro. Por el contrario, pareciera que son familia, y no sólo parejas, también hermanos/as, o amigos/as o lo que fuere. Y que invariablemente ellos usan remeras y buzos de equipo de fútbol. Y si no usan equipos de fútbol usan los enteritos para la nieve. No los equipos de pantalón y campera. No. Los enteritos, los de colores flúo, los ochentosos, los que ves por la calle y no entendés como hicieron esas reliquias de los ochenta para sobrevivir todos estos años. Bueno, en Bariloche no son comunes las polillas. Y a veces se nota.

Y finalmente, la combinación, cuando el todo es más que la suma de las partes. La horda, la caja de garotos, los micros de TIP y CVC, los grupos. Cientos, cientos de miles de brasileros/as bajando de los micros, gritándose de esquina a esquina de la Mitre, llegando al cerro, todos/as uniformados/as. Hablando, gritando, bailando, sacándose fotos junto a los más diminutos copos de nieve, saltando sobre un charco de nieve barrosa. Todos/as con el mismo equipete. Todos de azul y un color más (este año ví dos combinaciones, azul y verde y azul y celeste). Todos/as juntos/as de un lado para el otro, llegando al cerro, copando los hoteles, haciendo Brasiloche de Bariloche.
Garotos. Un clásico del invierno barilochense.

jueves, 1 de julio de 2010

Splinter, las llaves y la lluvia.

¿Por donde empiezo? Sí, mejor empiece por el tema vedette del blog en este último tiempo. No, no, no... no es el mundial. Nop, tampoco cereal fort. SPLINTER. Tal el nombre con el que fuera bautizado el ratoncito de la casita en honor al entrañable roedor radioactivo y karateca de una serie de dibujitos que (me contaron) daban antes de mi nacimiento y que se llamaba las tortugas ninja o algo así. En fín, luego de más de un mes de lucha, toneladas de cebo, kilos de queso, centenares de botellas destrozadas, docenas de muebles corridos mil y una vez, finalmente hemos dado al roedor por "desaparecido/a en acción". ¿Será posible qué ni siquiera tengamos certeza sobre su deceso?. Claro, después de todo el material bélico invertido en esta guerra sin cuartel hemos decidido que, luego de no haber atacado más al bonsai ni haber sido visto ni encontradas sus heces, bien podemos darlo por fenecido. No sabemos si murió envenenado, se cansó de volvernos locos, se apiadó de nuestro patetismo o simplemente se murió de la risa. Sea como fuere, Splinter ya nos acompaña, y si bien nadie va a lamentar su ausencia en casa -si alguien lo hace, pues que se compre uno de estos bichos para su casa y ya- se irá con él uno de los temas que más ha animado el blog.
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En otro orden de cosas, y en sintonía con la ola de idiotez que amenaza con consumirlo todo, nuestro hijo actual ya tuvo su primer temita con las llaves dejando la puerta abierta del hall de forma tal que con el viento se abrió y se mojó todo el calzado. ¿Y a que no saben quién apareció hace 10 días? ¿No? ¿Ninguna idea? Ella... La Señora. No, no, no Ernestina Herrera de Noble. Otra señora. Aquella que se ofreciera a traernos las llaves que Miss Wisconsin (ya ni recuerdo como cazzo se llamaba y tampoco me interesa hacerlo) le habría dado en el aeropuerto. La señora existe y resultó ser bastante amable y hasta simpática. Igual no la exime a la otra idiota de la magánima estupidez de haberle dado las llaves de casa a una mujer cuyo nombre ni siquiera conoce, haberle escrito la dirección y pedirle por favor que "fuera a llevarlas por la tarde ya que ellos no están en todo el día".
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También, continuando con las buenas noticias, acaba de dejar de llover. Ya ni siquiera recuerdo cuando empezó. Me acuerdo que el sábado no llovió porque fui con Flavia al Cerro Otto. Pero creo que el domingo sí lloviznó un poquito, el lunes no, el martes sí... y por más de 24 horas sin parar ni medio segundo. Obviamente los momentos de mayor intensidad siempre coinciden con mis horarios de salida y entrada del trabajo, de modo tal que me muevo en campera, pantalones impermeables y botas de goma para todos lados. El último grito de la moda local.
Risa. Podría ser la causal del deceso de Splinter.

martes, 8 de junio de 2010

¿Por qué? Why? Warum? Pourquoi?

¿Por qué? Seguramente nunca tenga la respuesta a esta pregunta, pero estadísticamente no es posible que alguien sea naturalmente tan idiota si no es a través de un riguroso entranamiento.

Día sábado 29 de mayo. Llega Kristen / Cristie o como sea. Estadounidense, 21 años recién cumplidos, de Wisconsin, estudia en Michigan. Nunca debe haber visto más de 50 personas juntas a no ser que cuente los aeropuertos. Le explico que hay dos llaves, una para la puerta del hall, otra para el living. "Es un barrio tranquilo, pero de todos modos cerramos ambas puertas. SIEMPRE. C-O-N L-L-A-V-E ... L-L-A-V-E". ¿Qué hace? Sale, va al centro y nunca cierra la puerta con llave. Vuelve, entra y no cierra con llave. Le explico que tiene que cerrar la puerta con llave. "Ahhh ... ¿no es automático?"
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Domingo 30 de mayo; Llega Luisa, alemana, 20 años recién cumplidos. Misma explicación, pero en inglés porque en español sólo dice "Hola" y "chau". "This key is for that door, this other key is for this door..." Sí, sí. Todo claro. ¿Qué hace? Va al centro, vuelve a casa, abre la puerta del hall, entra, la cierra, abre la puerta del living , saca las llaves, entra y cuando va a cerrar no se le ocurre cerrarla usando la misma llave con la que acababa de abrir la puerta. No, por supuesto. Eso hubiera sido tan normal, tan fácil, tan simple para todos/as. Claro, no, decide usar la otra llave, la que uso para abrir la puerta del hall. Desde el estudio escucho que el ruido de forcejeo de llaves se extiende más allá de lo debido. Obviamente iba a ser así, si había puesto en la cerradura una llave mucho más grande.

Tironeo un poco, saco la llave pero la cerradura aún está trabada con media vuelta. ¿por qué? Saco la cerradura, la abro, trato de desarmarla, nada. Listo, al día siguiente fui a la cerrajería con la cerradura y la llave, dispuesto a hacer dos copias de media llave, pero, afortunadamente la solución es mucho más fácil de lo que parecía y el cerrajero la destraba enseguida. Para colmo es macanudo, así que no me cobra nada.

Lunes 7 de junio. Mientras estoy en clase recibo un mensajito y una llamada perdida. Ambos de Angie. Salgo al recreo. Mensaje de Skype de Angie. Llamame urgente. Fernando me pasa el mismo mensaje. Lo primero que pensé fue que había habido una tragedia en escala mayor. La llamo. "No te preocupes, pero..." alcanzo a oir. "Cagamos", pensé.

¿Qué había pasado? Angie acababa de recibir un mensajito de Kristen / Kirsten / Cristie o como cazzo fuera informándole que se había llevado las llaves de casa por error y que cuando se dio cuenta ya estaba en Aeroparque. Una vez en el aeropuerto la niña trata de pensar qué hacer con las llaves y en lugar de pensar "ok, ya fue, que los latinos se jodan y hagan un juego extra de copias" se pone a hablar con una mujer que también esperaba en el aeropuerto. Le explica la situación y la mujer le responde, "ah, yo voy para Bariloche, si querés las llevo".

¿Y qué dice nuestra Einstein? ¿qué le responde Madame Curie? "Ahhhh, muchas gracias", le da las llaves (sí, pero no se preocupen que aún no llega lo peor), le da la dirección de la casa y le aconseja "no vaya temprano porque ellos no están en todo el día. Recién llegan a la tarde, así que vaya de noche".

No, no, no... ¿Cómo se puede ser tan imbécil naturalmente? Porque esto no es inocencia, esto no es ser naif. Es esforzarse por alcanzar y rebasar los umbrales humanamente posibles de imbecilidad. Darle las llaves a una completa extraña a quien acabás de conocer en el aeropuerto, anotarle la dirección de la casa y además recomendarle que vaya tarde porque nadie está en casa en tooooooooooodo el día...

¿Alguien me puede decir por qué? Mejor dicho, ¿hay una razón capaz de explicar esto?, ¿qué podría llegar a provocar tal grado de alienación mental que le sugiera a alguien que ésto que acabo de describir es una idea maravillosa?

De más está decir que ya cambiamos la combinación de las cerraduras.
Llaves. Un desafío para las ¿inteligencias? extranjeras...

miércoles, 26 de mayo de 2010

Terapia de grupo


Hace tres semanas terminamos de hacer un curso en la escuela; "Gramática en la clase de Español como Lengua Extranjera". Estuvo muy bueno, pero no sólo por el contenido. No sólo por la posibilidad de juntarse con gente que trabaja conmigo y que no, que hace el mismo laburo o parecido, que la tiene clara, que encara las cosas en forma similar o no tanto.

También estuvo bueno por la terapia que esto implica. Siempre que nos juntamos terminamos en la misma; terapia. Al parecer las clases de español son una fábrica de anécdotas que están en ese delgado límite que separa lo hilarante de lo (casi) irreal. Y más allá de ese compartir experiencias había otro compartir; compartir el "qué se supone que hacemos acá"...

"¿Qué es ser profe de español?"... ¿Soy un monigote que gesticula cada palabra que dice abriendo la boca más allá de lo que me dejan mis mandíbulas para pronunciar H-O-L-A a 2km por hora mientras con los brazos trato de simular la forma de las letras cual paso de baile de YMCA? A veces pienso que sí. H-O-L-A, ¿ C-Ó-M-O E-S-T-Á-S? Y-O E-S-T-O-Y B-I-E-N...

Otras veces pienso, ¿soy un guía turístico? Bueno, yo me meto solito a recomendar cosas, y claro, cada vez que alguien empieza a decir la palabra "refug..." ya me lo mandan non-stop para que le explique el ABC del Club Andino.

Pero otros días me concentro en lograr que mi estudiante no se bajonee. Que la imposibilidad de hacer nuestra RR vibrante no le arruine su alicaido ego y que no piense "ni esto puedo hacer bien". Tengo una puntería terrible para hacer preguntas incorrectas. Preguntas del tipo: "Y tu familia, ¿dónde vide?", para recibir una historia terrible de desunión familiar y tragedias que implican separaciones continentales. Incluso, la supuestamente inocua pregunta "¿cómo es el clima en tu ciudad?" puede generar respuestas del tipo; "es un problema, el clima está cambiando, hace dos meses hubo una tormenta, nos quedamos sin luz y cuando volvió la electricidad hubo un cortocirtcuito y se me incendió la casa". Cómo se llega a eso, no sé... pero sí sé que tuve estudiantes llorando en clase por un cúmulo de frustraciones arrastradas por kilómetros y kilómetros y que deben remontarse hasta su más tierna infancia.

Y también tuve alguna estudiante que me confesó con lágrimas en los ojos que estaba embarazada, que se lo había dicho a su familia y amigos, pero que yo era la primera persona real con quien hablaba. Y para que mi impulso automático fuera ir a abrazarla, imagínense...

Pero no sólo es una profesión payasesca con tendencia al drama y lo emotivo. También implica acompañar a los/as estudiantes a algún que otro lugar, ayudarlos a comprar esto o aquello, explicarles como ir a un negocio a cambiar algo o escribirles quejas para qe las lean con cara de "sé que no entiendo lo que digo, pero seguro que vos sí, así que hacé algo".

¿Y donde quedan quienes salen con la típica "eso no es lógico, este idioma no tiene sentido"? Porque la respuesta a esto no es gramatical. Sí, tiene sentido, pasa que no coincide con el sentido de TU idioma, que dicho sea de paso, no es EL ejemplo de la lógica aplicada a la construcción lingüística, ¿o te pensás que hablás esperanto? Porque si pensás eso, te anticipo que no.

Claro, como en todo, a veces uno pega buena onda con la gente, sale, va a un lugar, va a otros, se engacha, se divierte, y cuando después se va el grupo uno siente cierto vacío por lo que se promete no volver a engancharse, hasta que, finalmente se termina bajando la guardia, aparece otro grupito con buena onda y uno vuelve a recaer en aquello que se había prometido que no iba a hacer.

También están quienes vienen y se quedan por un largo tiempo, se convierten en amigos (Shhh, en voz baja, puede que incluso en terminen encontrando pareja y todo) y se suman a este omelette de cosas que ya bastante mezcladito estaba. Y todo esto sin meterse en las historias de estudiantes con y contra estudiantes ni en la dinámica de clases, ni las charlas de recreo donde hacemos, nosotros/as nuestro descargo emocional...
Y entonces, ¿en qué se supone que consiste lo que hago? ¿Qué hacemos acá en la escuela? Digo, además de luchar contra el ratón diabólico que amenaza con dejar mi vida en ruinas. Hay preguntas que no tienen respuesta. Hay otras que mejor ni plantearlas. Lo peor (o lo mejor) es que con todo (y pese en más de un caso) me sigo divirtiendo...

domingo, 23 de mayo de 2010

Juira bicho

A lo mejor el nuestro no es ni coli largo ni peli largo... ¡Parece que es un ratón imperialista! (Si, ya sé, si fuera imperialista realmente no se lo llevaría la pólicía sino que lo protegerían... Es que quería ver un ratón capturado, y esto es lo único que pude encontrar para tener mi venganza simbólica)

sábado, 22 de mayo de 2010

"Los Otros"

Me lavé los dientes, salí del baño, cerré la puerta, abrí la del estudio, la cerré, subí las escaleras, abrí la puerta de la habitación, entré, la cerré. Me acosté y me puse a leer un poquito. Estaba muerto porque no había dormido mucho en el viaje. Bueno, sí, había dormido, pero entrecortado, gracias al niño que viajaba en un asiento cercano al mío y cuyos padres no querían explicarle que las 3, 4 o 5 de la mañana no son horarios ni para cantar, gritar o tener berrinches. Leí un poco y me dieron ganas de ir al baño. Maldije al mate… Me levanté, abrí la puerta, cerré la puerta, bajé las escaleras, fui hacía el baño, abrí la puerta, cerré la puerta. El procedimiento habría de repetirse al día siguiente, Mientras abría y cerraba sistemáticamente todas las puertas que encontraba a mi paso tuve la impresión de que iba a encontrar a Nicole Kidman, vestida de época y cuidando que ningún rayo de sol entrara en la habitación y lastimara a su niño fotosensible. Angie habría de hacer alguna broma en sintonía, revelando la misma sensación.

A la mañana siguiente, y después de abrir y cerrar puertas llegué a la cocina, campo de la batalla de la noche anterior. El mueble verdulero, la heladera y el lavarropas oficiaban de pared interna, una isla en el medio de la cocina. Dominaba el ambiente una mezcla de olor a Gancia con lavandina, así que en cuanto pude abrí la ventana. Acto seguido, vi que el queso seguía tal y como lo habíamos dejado… Suspiré fuerte y me dispuse al que había de ser mi operativo para desayunar por los días siguientes: vacié la pava, la lavé, me hice el mate… saqué el cacharro para calentar la leche, lo lavé, tomé una cuchara del cajón, la lavé, me hice una leche chocolatada, pero me cuidé de lavar la taza antes de verter mi desayuno.

Acto seguido tomé la cuchara que había usado, la lavé, abrí la heladera que había re-enchufado al final de la noche anterior. Escarbé en una pared de hielo para sacar una mermelada. Maldije por lo bajo mientras untaba unas galletitas mientras escuchaba la temperatura y algunas noticias. Cuatro grados bajo cero. Como si nada hubiera pasado exclamé para mí mismo: “se acabó la fiesta” y me fui a trabajar.

jueves, 20 de mayo de 2010

Comienza la batalla

Para cuando comprendí lo que estaba sucediendo, cual era el lugar en donde Angie había visto al ratón y todo, el bicho ya debía estar en San Martín de los Andes o en cualquier lugar de la casa. Mi primer impulso fue correr hacia donde se había escabullido el ratón. Obviamente fue en vano porque entre la mesita para el jabón en polvo, las botellas vacías, el lavarropas y la heladera, el roedor en cuestión tenía lugar más que suficiente para esconderse y no ser jamás encontrado. Para cuando miré a mis espaldas no pude encontrar a Angie en el lugar en el había estado hasta hacía unos segundos... Al instante la vi subida a una de las sillas del comedor, armada con un escobillón y con cara de “esto no puede estar pasando”. La insté a que bajara de aquella fortaleza que ella parecía considerar inexpugnable pero que seguramente sería de fácil acceso para nuestro intruso. Para que no me acusen de malo, no se lo dije… Sin embargo, lo que sí le di a entender era que si corría los muebles necesitaría de su ayuda para atontar al ratón. Yo mismo me armé con el seca pisos, listo para golpear a cualquier cosa que se moviera por el suelo. Pero la hora de la acción seguramente ya había pasado hacía mucho tiempo. Angie me sugirió que si yo quería matarlo, el secador seguramente no fuera suficiente. Abrí el cajón de la cocina y empuñé el cuchillo como si fuera a protagonizar la escena de la ducha de “Psicosis”.

Fue entonces cuando empezó el comienzo del fin. Corrimos la heladera, el lavarropas, el mueble con los cajones de mimbre y empezamos a desalojar la mesita y todas las botellas. En la movida tiré una botella que apenas tenía un poco de Gancia. No importó lo poco que fuera lo derramado ya que fue suficiente como para inundar la cocina con su olor dulzón y generar una ola que amenazaba con cubrir todo. Automáticamente desenchufé la heladera y todos los electrodomésticos cercanos para proseguircon la evacuación de la zona. Mientras sacaba la mesa rompí una botella de chirimoya colada. Me puse de mal humor porque no era el mejor momento para ponerme catrasca y arrasar con todas las botellas que tenemos. Me aseguré de sacar ilesa la botella de Baileys que nos había regalado un chico que estuvo en casa y empecé a limpiar la inundación en ciernes mientras que Angie trataba de detener la mezcla de Gancia y Chirimoya que amenazaba con extenderse hacia el living. Ella corría en busca de los trapos de piso para hacer una barrera - eso sí, sin siquiera atreverse a solar el escobillón, defensa natural ante la aparición del ratón- mientras yo me apresuraba a ir absorbiendo con otros trapos la mezcla alcohólica que empezaba a emborracharnos.

Después de despejar el líquido empecé a limpiar con lavandina. El olor que emanaba del piso era fuertísimo y pensé que si la rata no moriría producto de un coma alcohólico, la lavandina la haría llorar hasta morir deshidratada. Finalmente estuvo casi todo seco, pero la cocina aún era un campo minado. Tratando de sacar algunas cosas más me di vuelta y rompí otra botella con un poco de cerveza. Con las botellas que rompí esa noche cubrí mi cuota anual. A esa altura, podrán imaginar… yo ya estaba de muy mal humor. Mi primera noche de vuelta en Bariloche se limitaba a una seguidilla de hechos bochornosos que incluían a un ratón, un montón de alcohol desparramado en el piso, un olor intolerable a lavandina y vaya a saber uno cuantos pedazos de vidrios rotos danzando por el suelo.

Me contuve, bueno, no tanto, estuve un buen rato puteando mientras secaba la cerveza del suelo. Angie debe haberse asustado con mi reacción ya que ni siquiera esbozó una broma en relación a mi innegable habilidad para romper las botellas. El punto positivo - si es que podía ser llamado de esa forma - era que no había ningún estudiante en casa. A esa altura hubiera sido lo único que faltaba.

Manos a la obra, otra vez; continuaba el plan “evacuación” de la cocina. Recogidas las botellas “caídas en acción”, secado el piso, y medianamente desinfectado el campo de batalla… volvíamos a las acciones bélicas. Armado con una linterna, el escobillón y el cuchillo introduje un palo por debajo de la heladera. Angie cuidaba mi retaguardia. Nada, ni un ruido ni una sombra que se moviera allí abajo. Mismo procedimiento abajo del lavarropas. En vista de la tregua que intuimos decidimos que lo mejor sería comer y después veríamos que pasaba…

Cenamos rápido. Nadie habló mucho. Nadie, se sobre entiende, se limita a nosotros dos… Volvimos al campo de batalla para lavar los platos. Dejamos un pedazo de queso embebido en lavandina. No sé cómo se nos ocurrió que el bicho había de comerlo… Hablábamos en voz alta: “como el ratón seguro que ya se fue, vamos a dejar este pedazo de queso acá … mmm … que rico el queso”. Acordamos que Angie compraría el veneno al día siguiente, que tendríamos que lavar todo y que habríamos de procurar mantener todas las puertas cerradas. Obviamente, el ombú fue trasladado a otra habitación. Habíamos perdido la primera batalla…

domingo, 16 de mayo de 2010

El misterio de la maceta

Día sábado; día en el que debía iniciar mi regreso a Bariloche. Entre el caos de cosas que se desparramaban por la pieza recibo un mensajito de Angie. Misterio... mi concubina se había levantado y había encontrado un pozo cavado en la maceta del ombú-bonsái. Ninguna otra planta había sufrido un ataque similar. Total ausencia de ideas acerca de lo podría haber pasado. No me preocupé mucho y seguí con mis preparativos de viaje; aún me quedaba una mochila por armar, una caja por ordenar y ganas de dedicarme a la investigación a la distancia escaseaban.

El domingo recibo otro mensajito. El pozo misterioso se había repetido; nuevamente el ombú era la única planta atacada... Un halo de misterio descendía sobre la casita.

Mi micro se acercaba a Bariloche y Angie me informaba que ella había decidido estar fuera de la casa hasta que yo volviera. Le informé que ya no estaba lejos, mientras miraba en dirección al río Limay por la ventana y me sorprendía por lo despejado que estaba el cielo. Después de la bifurcación a Villa La Angostura el micro subió esa pequeña colina que tapa la visual y se dejaron ver el Nahuel Huapi, de azul intenso, la ciudad y algunos cerros circundantes, incluso un par con las cimas aún blancas por las nevadas recientes.

Algunos minutos después ya estaba bajando del taxi. Me sorprendí por la velocidad con la que el otoño había avanzado en mi ausencia. Las hojas secas se amontonaban en la escalera y bajo donde se suponía que debían estar las copas de los árboles. Afortunadamente mi llegada no me deparó sorpresas; ni monstruos que me esperaran al abrir la puerta ni gritos apenas audibles que perturbaran mi entrada. Aunque sí, debo admitir, me esperaba el consabido pozo en el bonsái. Mientras el agua para el mate se calentaba y Angie se demoraba su regreso a fin de encontrarme cuando llegara, revisé las plantas. Encontré, no sin sorpresa, que el del ombú no era el único pozo. En una de las macetas que están junto a la ventana de la cocina había otro pequeño, que apuntaba directo a las raíces de un brote de guinda.

Sin embargo, no me demoré mucho en el tema; seguí verificando las macetas sólo para encontrar que ninguna otra tenía pozos ni nada que se le pareciera. Ahora lo sé, debería haber buscado algún rastro de algo en los cajones. Sin embargo no lo hice y empecé tranquilo a tomar mate. Mientras desplegaba mi sin fin de cachivaches, llegó Angie, que me explicó lo terrible de la situación. Pese a que para mí el pozo era obra de un roedor, insistió en el hecho de que parecía cavado con una cuchara. Explico su hipótesis; alguien -que tenía acceso a la casa- había entrado para cavar en la maceta del bonsái con el objeto de asustarla. Sí ése era el objetivo del pozo, bien logrado estaba ya que “Corazón Valiente” salió disparada en cuánto vio el segundo pozo y no volvió hasta estar segura de que yo habría regresado.

No sé que cara debo haber puesto pero me explicó “Sí, ya sé, Miguel me dijo que se ve que miro demasiadas películas de terror”. Respiré aliviado. Acto seguido me contó la hipótesis de Miguel; seguramente un gusano habría estado viviendo bajo tierra y cuando le llegó la hora de convertirse en mariposa hizo su túnel de salida y plaf, se transformó y ahora habría de andar, aleteando por ahí.

Como dos hipótesis parecieran no ser suficientes. Catherine, una ex-estudiante de ECELA y ahora asistente de la directora de la nueva escuela en Mendoza había adelantado también la suya; el pozo era igual a los que los armadillos realizaban en la zona de Texas donde ella vivía. Evidentemente no podía tratarse de un mini armadillo (creo que Angie se refirió a él como “peque-armadillo”), esto era obvio, pero el animal que cavaba no parecía una idea tan desatinada.

Mi primer plan fue brutalmente rechazado: subir el ombú-bonsái a la habitación y que durmiera con nosotros. No hizo falta armar otros planes porque la trama misteriosa habría de revelarse un poco más tarde. En efecto, algunos minutos después, mientras Angie cocinaba y yo revolvía un puré que no quería espesarse siento que me toman del brazo con fuerza… Inmediatamente un grito de Angie, que estaba a mi lado y que hasta pocos segundos antes había estado hablándome. “Aaaaaaaahhhhhhh”. No puedo negar que me asusté… Siento que entre sus gritos Angie se esconde atrás mío. “¿Qué?”, grité, entre nervioso y alterado. Por respuesta sólo hube de obtener más gritos. En ese segundo que pareció larguísimo me vino a la mente un recuerdo fugaz de Pablo y Gus gritando “El vudú, el vudú” hace ya muchos años. Mientras me deshacía del recuerdo inoportuno volví a gritar; “¿qué?, sin saber aún hacia donde mirar. Mientras Angie articulaba algo para mí incomprensible me alivié al constatar que ningún humo negro estaba en la cocina y que los muebles persistían en su lugar. Finalmente obtuve respuesta; “una rata, una rata”, mientras su dedo índice señalaba hacia la esquina donde están la pileta y el lavarropas. La batalla por la cocina apenas comenzaba a librarse.

jueves, 22 de abril de 2010

Rucaco II (Modelo 2010)

Si me había sorprendido durante el camino no haber vistos rastros de un otoño que no terminaba de llegar, más habría de sorprenderme después de llegar a la "cancha de fútbol". No, no se preocupen, no cambié mis hábitos y sigo sin pisar una cancha de un equipo dedicado a tal deporte... es sólo que así se llama el lugar al que se llega después de continuar el ascenso desde la laguna Schmoll.

No voy a negar que no estaba ligeramente orgulloso de mi por haberme bancado el tramo caminado hasta entonces y, más aún, por el buen tiempo que llevaba (Nota: Buen tiempo para mí, que la primera vez que subí al Frey me casi me muero antes de llegar... No comparado con la gente "pro" de la montaña). La vista desde el filo era buenísima y aproveché para experimentar con el temporizador de mi máquina.

A pesar del cielo azul, sabía que la temperatura era relativamente baja, pero a fuerza de cargar con mi mochila (y por ende con la bolsa de dormir, la carpa, el calentador, la ollita y la comida) no dejaba de sentir cierto calor que me llevaba a continuar la marcha en camiseta.
No importa cuántas veces lo vea, el Rucaco siempre parece mágico
Jakob a la izquierda, Lynch a la derecha... Sigo mi senda y me encuentro con la siempre impactante imagen del valle del Rucaco... El arroyo serpenteando, su andar ondulado por el valle, el bosque de lengas y la pradera. Me sorprendió que, en contraste con el año anterior todo estuviera tan verde. Si no fuera por la temperatura que no permitía que me engañara hubiera pensado que estábamos en verano. Hacía un año que había estado allí y no había visto ni dos lengas con hojas verdes, el valle inundado de amarillos, rojos, ocres... tan diferente de lo que ahora se extendía frente a mi.

Me dispuse a bajar por entre las piedras con la certeza de que si no quería romperme nada tendría que tener cuidado. Ya lo saben, tengo cierta tendencia a la torpeza, razón que me obliga a tener cuidados extra -básicamente mirar y concentrarme- en este tipo de circunstancias. Piedras, piedras y más piedras. Grandes y firmes al principio, más pequeñas y sueltas a medida que veía que me acercaba al bosque. Hasta que finalmente llegué al lecho seco del arroyo que marca el camino a seguir.

Las piedras fueron disminuyendo y las lengas ganaron en altura. Las más achaparradas fueron quedando atrás mientras poco a poco me adentraba en este bosque tan especial. Cada vez que estoy ahí recuerdo por qué me gusta tanto ese lugar. No será la primera vez que lo diga, casi seguro tampoco la última... pero tiene esto tan especial que me hace volver una y otra vez. Esta sensación de vacaciones mezclada con la certeza de estar (casi) solo en medio del bosque, ver la luz filtrándose por entre las lengas, salir del bosque y entrar abruptamente, sin avisos ni transiciones, a la pradera que está en el centro del valle.
Embebido e idiotizado en esta sensación que me invadía llegué a la zona de acampe. Miro los distintos lugares para acampar y elijo uno que me parecía que estaba bueno. Tiro mi mochila ahí y me pongo a elongar. Mientras iba elongando miraba tratando de averiguar si había alguien más en la zona. Nadie por aquí, nadie por allá... y mientras iba terminando de elongar unas risas se dejaban oir a lo lejos. Las risas no tardaron en adquirir formas humanas que llegaron y se quedaron a unos 6 ó 7 metros de donde yo estaba. Nos saludamos y cruzamos un par de palabras.

Mientras ellos terminaban de elongar tomé mi botella de agua, mi libro y mis anteojos de sol para tirarme a leer algo, hidratarme y relajarme un poco mientras el aire del valle aún estaba cálido. Llevaba leídas dos o tres páginas cuando noté cierto movimiento entre mis compañeros de acampe. Los colores de sus comperas y mochilas se movían de un lado para el otro, yendo a parar extrañamente cerca de donde mi mochila había quedado tirada. Me llamó la atención tanto como para pararme y chequear la situación.

Para mi sorpresa habían dejado sus cosas a dos metros de mi mochila y empezaban a buscar su carpa. Miré con cara de extrañeza en ese dirección tratando de ser visto. Nada, ninguna reacción. Vuelvo a repetir el procedimiento mientras empiezo a pensar si iba a encararlos preguntándoles si no habían visto mi michila o si iba a armar mi carpa a escasos dos metros de la de ellos... o tal vez dar por perdida la batalla y buscar otro lugar. Casi con intuición provinciana pensé "porteño maleducado, ¿no podía buscarse su lugar?".

Mientras me sorprendía a mi mismo por haber concebido semejante idea ví que finalmente la mujer de la pareja me había visto y le comentaba al hombre: "Creo que él quería acampar acá...". La respuesta que obtuvo de su compañero de caminata - no me consta ni me interesa su estado civil - fue "¡Qué me diga algo!¡Qué venga y me diga algo!".

Ah no ... no, no, no ... yo no había ido y vuelto de mi casa al centro dos veces y mucho menos caminado por 5 horas para que este porteño maleducado me arruinara mi fin de semana con un "¡Qué venga a decirme algo!". Ahí mismo me di cuenta de que yo no estaba dispuesto, a diferencia de este sujeto, a dejarme arruinar la travesía. "Ma' si maleducado, quedate con ese lugar...".

Fui hasta donde estaba mi mochila, agarré las cosas, miré con irónica simpatía a la gente y me busqué un lugarcito... Algo sencillito porque yo con cualquier cosita me arreglo, ¿vieron?. En ese momento me sentí feliz porque me había dado cuenta de que mientras este tipo sí podría haberse arruinado el trekking, yo sabía que no quería que mancharan el mío. Y así me encontré un lindo lugar donde me dispuse a armar mi extravagante carpa (ya aprendí a armarla solo sin confundirme, todo un éxito) y donde más tarde habría de cenar no tan frugal pero si tan rápidamente como había almorzado.

Afortunadamente no tuve que ir al baño de noche (curioso: "ir al baño" ¿a qué baño, me pueden decir?) porque, como quien dice, estuvo fresco pa' chomba. Al menos eso demostró el hielo que se había condensado debajo de mi carpa. Dicho sea de paso, cambié mi plan de levantarme temprano (léase a las 8) por un poco más tarde (léase a las 9.15) por el frío que pensaba que hacía afuera. No sin razón, entonces, desayuné adentro de la carpa y para cuando me digné a salir de mi escondrijo tan sólo tuve que desarmar mi toldería y empacarla. Muy a mi pesar mis compañeritos de zona de acampe -nadie más había llegado- terminaron de empacar casi al mismo tiempo que yo.

Empecé a caminar relativamente rápido como para ir separándome de ellos y empecé a salir del bosque y llegué a las lengas achaparradas que anunciaban el próximo ascenso... interrumpido alguna que otra vez para mirar el valle que ahora se extendía a mis espaldas y saludar al Rucaco hasta mi próxima travesía... a sabiendas de que lo mío aún terminaba y de que después de trepar las últimas piedras se iba a abrir ante mi otro panorama igualmente alucinante.
El Refugio Jakob, allá lejos
Último descanso antes de empezar a bajar
El refugio Jakob, una parada técnica obligada
Sí, lo sé... pero no puedo sonreír en las fotos sin poner cada de idiota. Si me río en forma natural es otra historia, pero no importan cuanto lo intente, simplemente, no sale.


Con el refugio (sí, se llama San Martín, pero le va mejor el nombre de la laguna) Jakob al final de mi senda y acercándose continué la marcha con cuidado ya que, nuevamente, iba por entre las piedras...

lunes, 19 de abril de 2010

Rucaco I (Modelo 2010)

El plan era simple. Hacer la travesía Frey-Jakob en dos días acampando en Rucaco. Así aprovecharía el fin de semana largo y aún tendría tiempo para las otras cosas que debía hacer. Tenía que levantarme temprano, tomarme el colectivo de las 8.30 (+/- 45 minutos), empezar a caminar cerca de las 9, almorzar en Frey, seguir a Rucaco y pasar noche allí. Durante el segundo día de travesía debía seguir hasta el Jakob, almorzar frugalmente y continuar los 18 km hasta la ruta y ver como, desde allí, llegaba a Bustillo.

Sí, no dije que el plan no fuera intenso. Dije que era simple. Iría solo y no tenía que hacer muchas cosas. Bueno, básicamente sólo dos eran necesarias: tomarme el bondi y después caminar.

Error. El primer cambio de planes me llegó durante la noche anterior. Me di cuenta de que tenía que darle de comer a Helga, la gata de mis amigos Zig y Austin. O.K. ... Me levantaría más temprano, me vestiría e iría al departamento de los chicos/as, alimentaría al minino y caminaría una cuadra más hasta llegar a la parada del colectivo. Bueno, una parada más en mi plan.

Nuevamente estaba equivocado. Me levanté temprano, desayuné rápidamente, me vestí, agarré mi mochila y fui a lo de los chicos. "Abro, le dejo la comida y me voy" me repetía a mi mismo mientras subía las escaleras. Era simple, no podría perder tiempo. Claro, no contaba con que la llave girara sin acertar a abrir la puerta. "No puede ser", me dije. Nuevo intento. Nuevo fracaso. Repito el procedimiento con igual falta de éxito. Me digno entonces a mirar la llave. Punto positivo; enseguida identifiqué que le faltaba una patita y que por eso no lograba abrirla. Punto negativo, sábado a las 08.10, no tenía muchas esperanzas de solucionar el problema a tiempo para tomarme el colectivo en cuestión.

"No es tan terrible", pienso, y me dispongo a seguir viaje con rumbo "al pueblo", o sea, al centro de la ciudad, en dirección a mi cerrajería amiga. Llego y, obviamente, estaba cerrada. Me digo a mi mismo que era lo esperable y pienso que podría tomar un segundo desayuno en la YPF de Moreno. Antes de entrar hago una pausa técnica en la entrada para sacar mi billetera. Sabía que tenía mi tarjeta del colectivo en el bolsillo y 20 pesos en el otro, pero de todos modos busco la billetera para pagar con débito.

"No puede ser", me digo, mientras busco la billetera en el sobre de mi mochila. Vuelvo a chequear los bolsillos. Nada. Y bueno, habrá que volver a casa a buscar la billetera. No porque necesite débito, sino porque sólo tengo 20 pesos, de los cuales 10 tendría que destinar a la copia.

Llego a casa. Nadie despierto aún. La luz apenas se filtraba por las ventanas cerradas. Sobre la mesa, solitaria, mi billetera. Vamos de nuevo hasta el centro... Mientras bajaba pensaba que aún sin haber empezado a caminar ya llevaría andados más o menos 5 kilómetros.

Mientras me acerco a la cerrajería veo que se acerca mi colectivo. ¡Eran las 8.50! El bondi ya venía con más de media hora de atraso, y se suponía que era el primer servicio... Debo reconocer que había analizado la posibilidad de irme sin chequear que Helga tuviera comida suficiente. Pero, pobre gata, no la dejaría muriéndose de hambre, cuando ya había tomado el compromiso.(Sí, lo sé, tampoco soy la madre Teresa).

Aparentemente el cerrajero había llegado antes porque aún no eran las 09.00 y el negocio ya estaba abierto. Hago la copia. Le pago con un billete de $50. "Uh, me mataste" me repone con cara de sorpresa el comerciante. No sé que cara pusé, pero me propuso ir a buscar cambio al supermercado cercano. Sobra decir que volvió inmediantemente. El supermercado abre religiosamente a las 9, habría de estar cerrado aún por 5 minutos. Convenicido de la necesidad de tomar medidas extremas voy a la "Casita de Mani" (Sí, el hogar de las medialunas, las facturas 'radioactivas' y los mejores grisines de Bariloche) y me sacrifico en el altar de los grisines. Obtengo cambio y algo como para ir comiendo... Vuelvo a la cerrajería y le pago al señor.

Nuevamente llego al departamento de Zig y Austin. Entro y Helgame recibe como si fuera su mejor amigo. No tengo que aclarar que tenía comida y agua de sobra... Le cambio el agua, le limpio las piedritas... Miro el reloj, 9.20 (Sí, debo reconocer que estuve más que eficiente) y pensé que el colectivo estaría pasando a esa hora por el centro y que no podría llegar a tiempo a la parada de San Martín. "Y bueno, total, un poco más tarde, un poco menos" abro los grisines, como algunos, juego con Helga y aprovecho para leer algo. Decido que, definitivamente tomaría el colectivo de 10.15/20. A las 10 voy a la parada. En realidad salgo antes de la casa de los chicos para asegurarme de llegar a las 10 a la parada del Club Andino. Espero... espero ... espero...

Si esto hubiese pasado en una serie de dibujitos animados me hubieran mostrado sentado con el sol subiendo y bajando, nevando, lloviendo, con las flores creciendo y los árboles perdiendo nuevamente sus hojas. Baste con decir que finalmente decidí ir a la parada de Moreno donde a las 11.55 (Sí, 1hora 40' más tarde... esto ni siquiera califica de demora) pasa el susodicho transporte urbano de pasajeros. Urbano... mínimo calificaría de trasporte vacuno de pasajeros.

En fin, sin desanimarme (y bueno, todo sea por el Rucaco) empiezo a caminar cuando casi eran las 12. Es cierto que estuve casi a punto de arrepentirme y cambiar mi destino por el de playa Muñoz, pero me mantuve firme junto a mi plan original.
Empecé a caminar y automáticamente registré que aún el otoño no había llegado al Cerro Catedral. Las pocas lengas que se veían aún gozaban de un saludable color verde y a medida que me adentraba en la senda que me llevaba al refugio Frey se repetían las escenas en las que las flores se resistían a abandonar el paisaje...
Entre estas escenas de un verano que no fue y un otoño que aún no terminaba de llegar (No se preocupen que después llegó) seguía la senda tantas veces transitada. Con nieve, con hielo, con sólo algunos manchones blancos, en otoño, en primavera, con tábanos, con mochilas cargadas, con lo mínimo indispensable, para pasar la noche o volver en el día.
A las 14.30 llegué finalmente y me digné a almorzar. La última vez que había estado el lago estaba congelado y ni siquiera podía tenerse certeza de donde empezaba o terminaba. Definitivamente la escena mental que me recreaba parecía ser parte de un pasado más bien lejano, ya que de nieve, ni hablar en el refugio.
La laguna Toncek y el refugio Frey
Apenas terminé de comer, me dispuse a seguir. Aún me quedaban algunas horas hasta el valle del Rucaco, lugar en el que acamparía y desde donde continuaría, al día siguiente, mi travesía. Por las piedras resecas al sol o por entre la tierra mallinosa llegué a la subida que, desde la margen derecha de la laguna lleva a Schmoll.

La subida terminó siendo más cansadora de lo que esperaba o recordaba. Y nuevamente cuando estuvo la laguna Schmoll a la vista volví a sentir aquella sensación que había tenido durante el otoño anterior. "Se robaron la nieve..."
Laguna Schmoll. La nieve, te la debo...

jueves, 15 de abril de 2010

Encuentros cercanos

Yo sé que, en general, nadie me asociaría con un título así. Nunca tuve experiencias místicas, ni me crucé con un extraterrestre (aunque sí haya mucha gente que cree que soy uno). Tampoco fui abducido, ni vi un espíritu. Nada de eso jamás me había pasado. Pero como todo, a veces llegan momentos en los que algo cambia, como una puerta que se abre, y así se llega a ver algo que nunca se había ni siquiera imaginado.
Y fue así. Encontrábame yo en el terreno sacando las fotos previamente publicadas cuando se apereció ante mi el mismísimo espíritu de Isadora Duncan. A continuación la muestra de esta experiencia inenarrable...j

miércoles, 7 de abril de 2010

Mas vale tarde que nunca

Sí, ya sé. Por cincuagésima vez, y no sin cierto patetismo: soy de terror. O.K. Con mucho patetismo. Es que no sé quien ni cómo pero alguien (anche -léase anque- algo) se roba mi tiempo.

De todos modos no voy a continuar con el lastimoso intento de buscar redimirme. Si actualicé no es para pedir disculpas sino para finalmente presentarles el terrenín. Difícil, muy difícil, porque las fotos nunca retratan la realidad. O bueno, retratan una parte de algo, aunque sea difícil construir la imagen mental de ese algo.

A ver si los/as ayudo; primero el barrio. Villa Los Coihues, un barrio cerca de lago Gutiérrez, aunque yo estoy a 9 cuadras del lago, a 11 del centro de la ciudad. La parte del barrio donde está el terreno se caracteriza por ser bastante plana, no muy arbolada, y por lo tanto con bastante amplitud de vista. No se ve ningún lago pero si los cerros Otto, Ventana y Catedral. También el cerrito San Martín.

No hay mucha gente. En mi manzana habrá entre 10 y 12 casas. En una cuadra tengo dos vecinos, en la otra, tres. Ninguna casa muy lujosa, ninguna parece que vaya a derrumbarse.

Ahora figúrense una esquina, y en ella un terreno rectangular. Obviamente siendo un rectángulo en una esquina uno de los lados más largos da a una calle y uno de los cortos también. El lado corto tiene más o menos 16 metros y una tranquera que verán en las fotos. Ese lado se encuentra en dirección al lago Gutiérrez, que por supuesto no se ve. Entre ese lado y el otro que da a la calle hay una ochava de alrededor de 6 metros. De ahí empieza el costado largo que tiene más o menos treinti algo de metros. La parte que da a la calle mirá al cerro Catedral. El costado interno que da al vecino mira al cerro Otto.

Después trataré de escanear un plano como para que se hagan una mejor idea e iré colgando algunas fotos más...






viernes, 17 de julio de 2009

Una de Kafka

Los papeles volaban, el ruido de los teléfonos y los celulares tapaban el sonido de la radio y de la televisión. Caras de preocupación y desconcierto se alternaban con expresiones que dejaban entrever el conocimiento previo. “Por supuesto que lo sabía, pero no podía decir nada”, iban a comentar algunos más tarde… Pero en ese momento la atención se concentraba en las imágenes que el televisor transmitía en vivo. Carlos “Chacho” Álvarez había renunciado a su cargo como vicepresidente unas horas antes. Miraba desde su balcón las banderas de los manifestantes que, al pie de su edificio le expresaban su apoyo. Y mientras la farsa de su 17 de octubre que no fue tenía lugar, en las oficinas del FrePaSo otro era el panorama. Algunos pensaban integrarse definitivamente a la UCR en el gobierno, otros volverían al peronismo, había quienes analizaban emigrar al socialismo o al Ari.

Desde Buenos Aires se esparcían las noticias; primero a las capitales de provincia, de allí a las cabeceras de distrito, desde estas hacía las ciudades menos importantes hasta llegar a los más pequeños y alejados pueblos. La noticia corría rápido y las órdenes se sucedían respetando las jerarquías. Y en medio de esta maquinaria partidaria casi kafkiana alguien se olvidó de Bariloche. La orden nunca llegó hasta aquí por lo que, como todo sistema burocrático, nadie reaccionó ante la debacle nacional del partido, el local siguió abierto y el FrePaSo continuó presentándose a elecciones, ganando o perdiendo, según cambiara la opinión de los votantes…

Eso fue lo primero que pensé cuando comprobé, poco tiempo después de mi llegada que el Frente Grande tenía tres asientos en el Concejo Deliberante local. Después aprendí que la rama provincial del partido había sobrevivido pese a la desaparición (o mutación) de la dirección central y de buena parte de los distritos. Poco importaba saber eso, en cierto punto mi historia me gustaba más. La hipótesis kafkiana de la supervivencia del Frente Grande por el “olvido” de avisar que el partido colapsaba a nivel nacional seguía pareciéndome, en algún punto, extrañamente verosímil.

lunes, 13 de julio de 2009

Cumpleaños de Miqui

Hace ya tres semanas. Era de noche. Yo terminaba de cocinar la cena para Audra y Brian, nuestros hijos y tenía que apurarme. En realidad no debía hacerlo, sólo tenía si quería llegar a la hora que me habían dicho. Lamentablemente he desarrollado un problema crónico; llegar a todos lados con exceso de puntualidad; tenía que llegar a las nueve, llegué a las 9 y 2. Para un germano que va a una cena es una demora inaceptable. Para un argentino que va a un cumpleaños raya en la mala educación.

Todavía vivo acá, así que saquen sus conclusiones.

A continuación algunas fotos del evento como para que no se olviden de mi cara (¿EGO? No, para nada)

MIKA x 2. Todos/as tuvimos nuestras fotos de póster con la homenajeada.


Wie der Vatter so die Töchter. Con mi hija, dos gotas de agua.


¿Vieron qui-mona que está mi segunda cónyuge?

Las chicas sólo quieren divertirse. Angi, la cumpleañera y Claudina