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jueves, 10 de mayo de 2018

Großsedlitz

Allá lejos y hace tiempo, tanto Sajonia como Dresden en particular, se caracterizaron por cierta tendencia al barroco, los excesos de la corte y el derroche. Al menos, en la arquitectura. Particularmente durante los siglos XVII y principios del XVIII, que fueron económicamente positivos para la región. O al menos para sus ricos. Y si hay algo que les gustaba a los ricachos nobles era -precisamente- presumir de su poder y riqueza. Eso hace que la ciudad y Sajonia conserven aquí y allá pequeños tesoros del período barroco. Es cierto que no todos son igual de majestuosos o impactantes. Pero eso no hacen que sean menos interesantes.
Supongo que el jardín barroco de Großsedlitz es un buen ejemplo. No está en el top ten de las grandes atracciones de la ciudad pero para haber sido residencia de un conde menor hay que reconocer que no está nada mal.
Construido primero entre 1719 y 1723 y ampliado sucesivamente, la propiedad cayó bajo las garras en las dulces manos del duque de Sajonia (y rey de Polonia) Augusto el fuerte, que vendría a ser algo así como el personaje histórico más notable de la dinastía que gobernó Sajonia por más de seiscientos años. Creo que ya hablé de él tantas veces que no amerita seguir agregando trocitos de su biografía.
Para este caso alcanza con decir que Augusto el fuerte fue un conocido amante de las fiestas y la buena vida. A nadie le sorprenderá entonces que convirtiera el jardín de Großsedlitz en lugar de eventos, cacerías y celebaraciones de las cortes sajonas y polacas. Principalmente en eventos que se realizaban al aire libre (léase, celebrados en primavera-verano).

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Foto de miércoles

Milagro. La Semper-Oper (alias, la ópera) de Dresden sin andamios. Por supuesto, dos semanas después de haber tomado la foto comenzaron nuevas obras de restauración.

miércoles, 19 de julio de 2017

Foto de miércoles

Dresden, finales de invierno. Por tres meses hubo una intervención con motivo del aniversario del bombardeo que sufrió la ciudad. En este caso haciendo referencia a la guerra en Siria, donde se hacen barricadas con colectivos para proteger a la población civil.

miércoles, 28 de junio de 2017

Foto de miércoles

Alerta turística. Usted está ingresando al barrio barroco de Dresden.

lunes, 26 de junio de 2017

El balcón del trompetista

Febrero de 2017. Más o menos, a las ocho de la mañana. Las veredas, los techos y los jardines están cubiertos por algo que ya no es nieve pero que aún no termina de ser hielo. Sólo las piedritas que tiran sobre esta trampa hace que no llegue a mi trabajo resbalando sobre el hielo y con el cuerpo adolorido por las caídas. Y sí, estoy yendo a trabajar a pie. La distancia que me separa es de media hora de caminata en invierno y de 45 minutos en verano si es que no quiero llegar sudado.

En el camino a este instituto hay un gran complejo de viviendas compuesto por dos edificios que tienen cada uno, fácilmente, ciento cincuenta o doscientos metros de largo. Diez pisos de alto. Sí, no es tan monstruoso. Pero Dresden es una ciudad en la que la mayoría de los edificios tienen cinco o seis pisos (máxima altura mentalmente posible para edificios pensados en una época sin ascensor, algo que en la época socialista era considerado como un lujo). Así las cosas, el bloque sobresale horriblemente. Por encontrarse en la calle Budapester, normalmente nos referimos a la construcción como los monobloques de la Budapester. Sí, no es muy creativo, lo reconozco, pero es efectivo.
Precisamente, a la altura de los monobloques de la Budapester escucho algo que parece ser una trompeta. Más avanzo en mi camino, más parece una trompeta. Dirijo mi vista a los balcones del monobloque y en un destello dorado distingo el brillo inconfundible de un instrumento de viento que -creo- es una trompeta.

El señor está, efectivamente, tocando en su balcón la trompeta, de cara a la claridad que comienza a ganar el cielo y que anuncia el inminente amanecer.

¿Qué hace alguien tocando la trompeta a las ocho de la mañana en una mañana de febrero con una temperatura por debajo de cero? Mientras me formulo semejante pregunta me acuerdo de una película que vimos hace relativamente poco. Trata de un director de orquesta ruso que debido a su oposición a las políticas antijudías y anti gitanas de Brezhnev –secretario general del Partido- se ve obligado a trabajar en la limpieza del teatro Bolshói. Hasta que, por una de esas casualidades, encuentra un día un fax en el que un teatro parisino invitaba al Bolshói a reemplazar a una orquesta que les había cancelado en último momento.

De más está decir que el director acepta y comienza la odisea que lo lleva a buscar a los músicos que, como él, fueron apartados de la orquesta en su día. En su gran mayoría se trata de gitanos y judíos rusos. Más allá de las idas y vueltas de la historia, muchos de esos músicos comparten su pasión por la música mientras viven y trabajan haciendo cualquier otra cosa. No sé si el trompetista de los monobloques de la Budapester es músico o si sólo toca como pasatiempo, pero su postura, de pie en el balcón, mirando al amanecer y tocando la trompeta me hace pensar en ellos.

Sigo caminando. No quiero llegar tarde. Atrás va quedando el sonido de la trompeta. Me pregunto si el resto de los vecinos del señor le estarán tan agradecidos como yo por acompañarme algunos metros y distraerme un poco del frío que desde hace días es parte de nuestra cotidianidad.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Foto de Miércoles

Dresden, finales de otoño. No son más de las cuatro de la tarde y el atardecer ya se siente en la Theaterplatz.

sábado, 20 de mayo de 2017

¿Sobreprotección latina?

Dresden, a principios de primavera. Hay que decirlo, una primavera particularmente amarreta que, muy a pesar de lo que decía el calendario, a duras penas ofrecía algún que otro rayo de sol. Si era amarreta respecto de la cuestión solar, ni hablar de la temperatura. Es cierto que ya había dejado de usar el segundo pulóver que me acompaña a todos lados en invierno... pero la camiseta térmica seguía, más allá de algún feriado ocasional, tatuada sobre mi cuerpo.

En este escenario climático me encuentro caminando por la calle principal de la Innere Neustadt. Al final de la calle hay una de esas fuentes modernas que, básicamente, consiste en una serie de chorros iluminados que funcionan intermitentemente para –se supone- generar la ilusión de estar bailando.

Sobre los chorros esporádicos de agua hay dos o tres nenes/as corriendo de un lado al otro. Mi interlocutora, que entre otras cosas es una madre argentina, me mira preocupada. Estos nenes se están mojando todo –me dice- ¿Qué están haciendo los padres? Se les van a mojar las zapatillas. Ya las deben tener empapadas y con este frío seguro que se engripan. ¿Cómo puede ser?

Mientras tanto una nena se acerca a la fuente. Viene de la mano de la que parece ser su mamá. Apenas ve a los otros chicos saltando y corriendo le pregunta a la madre –en alemán- si puede ir a jugar a la fuente. La mamá no lo duda ni un segundo. Sí, le dice y la mira alejarse mientras sonríe. Parecería claro que, efectivamente, los padres sabrían qué estarían haciendo sus hijos.

Apenas unos segundos después después escuchamos la voz de un nene que habla en español con su padre. El chico quiere, básicamente, lo mismo. Ir a jugar a la fuente. La respuesta que recibe de su padre es tajante: No, porque te vas a mojar las zapatillas, después se te arruinan y seguro que te resfrías. Con el frío que hace andar mojado después…

Nos miramos y nos reímos. Y bueno, los estereotipos no nacen de los repollos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Encuentre las siete diferencias: las nevadas

Número Uno. Efecto sorpresa
Por lejos, una de las mayores diferencias cuando nieva. En Bariloche parece habitual que las empresas de transporte, el gobierno y todos en general descubramos que nevó cuando nos levantamos para desayunar. Eso no quiere decir que en Alemania el pronóstico sea exacto y lo sepan a ciencia cierta desde la semana anterior. No. El pronóstico es una lotería aquí y allá. La diferencia pasa en que si a la noche está empezando a neviscar, las máquinas empiezan a pasar entonces y no a las ocho de la mañana del día siguiente. Como resultado, muchas de las calles principales se mantienen libres de nieve.
Número dos: Don barredora y el tránsito
Hay máquinas que sacan la nieve de las calles. Quizás no sean el ejército que muchos quisieran pero son suficientes, al menos, para que las principales calles y avenidas estén libres de nieve.  Y parece que les deben hacer cierto mantenimiento porque las máquinas aparecen ya con las primeras nevadas. (No sé por qué tengo la imagen mental de alguien que se levanta a la hora de siempre, ve que está todo blanco y se dirige al galpón donde yace la barredora tal y como la dejó después de la última nevada del invierno anterior).

Número tres: Transporte público
Como consecuencia de los puntos número uno y dos, el transporte público funciona con (casi) total regularidad. El hecho de que muchas líneas sigan funcionando regularmente aún de noche hace que las rutas se mantengan libres de nieve. Para las que no, hay barredoras. Y, por las dudas, el proceso empieza temprano. No es perfecto, obviamente, y si puede que hayan algunas demoras pero ni se cancelan servicios ni los empresarios protestan como chiquilines. Bueno, las empresas de transporte público son propiedad de la ciudad, la provincia o el estado federal y si hay una nevada, todos saben que tienen que salir a prestar un servicio que el resto de la población necesita.
Número cuatro: Las pidedritas para la vereda
Algo que pasa en buena parte de la ciudad. La calle se limpia de nieve y para que la vereda no se transforme en una trampa para peatones/as, se tiran unas piedritas. Pasan en unas máquinas que hacen eso pero también el procedimiento puede realizarse en forma manual y aún por vecinos/As. Antes de que comience la temporada de nevada, la ciudad dispone unos tachos con piedritas en distintos lugares. Cuando cae la nevada, los tachos ya están ahí, lo único que hace falta es que alguien vaya y tire las piedritas.
Número cinco: Cotidianeidad
No se trata de si la nieve es o no es algo extraordinario en la ciudad, cosa que por cierto, no lo es. Se trata de la reacción de las personas. Todo el mundo reacciona con normalidad y prevé cumplir con su rutina habitual. La escuela, la universidad o lo que fuera siguen funcionando con normalidad, el transporte también lo hace. Los/as que iban a salir a correr, lo hacen (con la nieve ¡con qué ganas!). Todo el mundo ventila la casa como si fuera nada pasara, todos los negocios (incluso las florerías) abren según su horario habitual y las personas sacan a pasear al perro o a los nenes. Nadie deja de hacer nada. Eso sí, puede que legado el caso, para los más chiquitos/as haya trineo y los vistan con ropa de nieve. Pero de salir a ventilarse, nadie se salva.
Número seis: las bicicletas
No sé como. Podrían usar el colectivo o el tranvía... por un día no le va a pasar nada a nadie, pero no. La gente sale en bici lo mismo aunque esté nevando, haya nieve acumulada o, llegado el caso, las dos cosas. Parece que hay unas ruedas especiales para nieve pero su carencia no impide a nadie salir en bicicleta. Como si nada. Como si no estuvieran avanzando a la mitad de la velocidad o con el doble de esfuerzo.

Número siete: el cuelgue
Empieza a neviscar, a lloviznar o lo que fuera, la reacción lógica sería entrar la ropa que tenés tendida, poner a resguardo la bici y guardar las cosas que tenés en la vereda. Bueno, acá no. Tenías ropa tendida, la dejás tendida. Se nevará, helará y algún día se descongelará. Tenías la bici en la vereda, bueno, que se tape de nieve. Tenés una mesa y sillas en el patio con un cenicero y un centro de mesa, que se cubran de nieve. Más allá de ciertos casos personales, pareciera que nadie se preocupa sobremanera por lo que tenga fuera a la hora de la nevada. Si está ahí, se la bancará.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Foto de miércoles

Dresden. Noviembre de 2016. Son cerca de las tres de la tarde y la luz amarillenta que anuncia el pronto comienzo del atardecer empieza a teñir los edificios.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Encuentre las siete diferencias: Navidad

Número uno. Adviento
Se supone que el período previo a la Navidad. Dura cuatro domingos y en las casas suele haber una corona de adviento donde hay cuatro velas que se van prendiendo los días domingo. Una para cada domingo de adviento. Se supone que cada vela significa alguna virtud que debería ponerse en práctica durante su respectiva semana: amor, paz, tolerancia y fe.
Más cerca del consumismo, se regalan calendarios de adviento que incluyen pequeños regalos para cada uno de los días de adviento. En general con la forma de un póster o imagen con puertitas que se van abriendo cada día 

Número dos. Duración
Navidad dura, esencialmente, lo mismo, o sea, el 25 de diciembre. Lo que dura más es el circo de la Navidad, es decir, la previa. Los mercados de Navidad comienzan con el adviento, cuatro domingos antes. A partir de esa fecha ya está la decoración de navidad dispuesta. Pero el circo empieza aún antes. Entre finales de septiembre y principios de octubre empiezan a venderse decoración navideña y algunos de los productos típicos, como Lebkuchen, Stollen, Spekulatius y Glühwein. Entre finales de octubre y principios de noviembre se dispone la decoración navideña.

Número tres. Árbol
Nada de arbolitos de plástico. Esto es Alemania y a la gente le gusta consumir. Y si te venden uno de plástico seguro que más de uno/a termina usándolo más de un año. ¡Horror! Pinos y abetos naturales y ya. Como te lo venden talado no es que lo podés tener en el patio o en el balcón el resto del año. Cuando se acaba el circo todos tiran sus árboles y san-se-acabó. Una de las más antiecológicas tradiciones en un país que se supone sensibilizado por el tema hasta el colmo de clasificar la basura en cinco categorías diferentes. En fin, ¿quién dijo que ser coherente es fácil?
Número cuatro. Nochevieja
Normalmente el veinticuatro se hace una cena con la familia más íntima y por demás frugal. Ni ensalada rusa ni matambre o vitel toné... Como el día en el que se matan comiendo es el veinticinco, el veinticuatro a la noche la cena es más bien amarreta ligera. De hecho, lo más tradicional es más de lo mismo; ensalada de papas y wurst (salchichas) y cada familia en su casa. Nada de comilonas interminables ni mesas larguísimas (¡ni discusiones familiares!).

Número cinco. Comida
Hay comidas típicas de Navidad, por supuesto. Pero eso no significa que sean exactamente como las nuestras, que están muchísimo más influidas por los hábitos de España e Italia. Así que a olvidarse del turrón, la sidra y el pan dulce. El veinticuatro hay papas y wurst. De postre hay naranjas, mandarinas, nueces y maní. Durante la época de la DDR, era casi el único día del año en que se consumían mandarinas dulces, que se importaban de España especialmente para la ocasión.
La lista de clásicos del mundo germano para Navidad incluyen también el Stollen, las Lebkuchen, los Spekulatius, una larga serie de postres a base de mazapán y el Glühwein. Las Lebkuchen son una suerte de galletitas esponjosas hechas a base de harina, clara de huevo, cáscara de naranja o limón, jenjibre, clavo de olor, canela, almendras y nueces con base de hostia y bañadas en chocolate o glacé. Los Spekulatius son unas galletitas más convencionales que también llevan harina y especias varias. El Glühwein… bueno, es vino caliente especiado, una de las mejores armas inventadas por la humanidad para luchar contra el frío en las calles.

Número seis. Decoración
Cada región tiene lo suyo. Los clásicos de Sajonia incluyen las pirámides de Navidad, los cascanueces, las estrellas luminosas y los Schwibbogen (unos candelabros de madera con forma de arco), entre otros juguetes y decoraciones hechos de madera. Por supuesto que también hay pinos, abetos, muérdago y demás bolas navideñas pero para los/as sajones/as no hay con qué darle, la Navidad implica decoración de madera típica de la región (y de la República Checa también).

Número siete. Regalos
Se compra a lo loco. Más que de costumbre y eso ya es mucho decir en Alemania. Pero la diferencia principal es que los regalos los trae, para los protestantes, el Christkind, es decir, el niño Cristo. La costumbre se está relajando de a poco y se está aceptando que el Weichnachtsman (literalmente el Hombre de Navidad, que no hay que confundir con San Nicolás o Santa Klaus, que viene el seis de diciembre) traiga regalos. De todos modos, sea el Christkind o el Weichnachstman, los regalos se traen, normalmente, el veinticinco de diciembre.

Yapa: Los mercados
Toda ciudad alemana que se precie de tal suele tener NECESITA su mercado de Navidad. Normalmente tienen lugar en la Plaza del mercado, que suele ser la más grande. Una parte del mercado vende más de lo mismo de siempre; wurst, cerveza, schnitzel y chocolates. Otra parte es más característica de la navidad; juguetes de madera, stollen, lebkuchen, castañas, garrapiñadas, glühwein y ¡sorpresa! cepillos de los más diversos tipos. Supongo que querrán comenzar el año con la casa bien limpia.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Fotos de miércoles

Último fin de semana de octubre, estación de trenes de Dresden. Ajusten sus cinturones. El circo de la navidad ya está por despegar. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Del Blog a la realidad, ida y vuelta

Este fin de semana tuve mi cuarta visita guiada en la ciudad. No, no estoy recorriendo Dresden. O sí, pero no como turista sino como guía. Señoras y señores, así como lo leen, empecé a hacer visitas guiadas por el casco histórico de la ciudad.

Como tantas otras cosas, la oportunidad se dio del modo menos convencional posible. Hablando un día con Ricarda, una profesora de español con la que trabajo, le comenté que para escribía un blog, destinado a familia y amigos, que escribía un poco sobre nuestras vidas, sobre la ciudad, los lugares que visitábamos y la mar en coche. Claro que para hacerlo había tenido que leer un poco sobre la historia de Dresden, de Sajonia y de Alemania en general. Así que, a la larga, había logrado un conocimiento bastante decente sobre las idas y vueltas del pago. 

Bastó que dijera eso para que ella contara que alguna vez había trabajado como guía junto a otra colega de nuestro trabajo. Qué bueno. A mí me encantaría poder hacer algo así. Me parece super interesante y por demás divertido. Le conté de mi experiencia haciendo las visitas en Bariloche para los estudiantes y zás, de repente Ricarda se estaba ofreciendo para contactarme con su amiga. Obviamente a las dos milésimas de segundo yo ya estaba agradeciéndole y diciéndole que sí, que por favor, que sería buenísimo, que me encantaría.

Y funcionó. Así que me leí el libraco de Dresden que Ricarda me pasó, nuestro librito de historia del Zwinger, busqué más información en Internet y cuando estuve listo como para rendir un examen final me di por satisfecho y tuve mi primera visita.

Claro que, a diferencia de los finales de la universidad, no suele haber preguntas tramposas ni interlocutores especializados en el área. De hecho, a fin de cuentas, como turista ocasional, a nadie le interesa tanto el detalle. Especialmente cuando se viene de Berlín y se van a pasar tres o cuatro horas en la ciudad antes de seguir viaje en dirección a Praga o a Nurenberg... Así las cosas, los datos que más venden son las amantes de Augusto el fuerte, los sobornos que pagó para ser rey de Polonia, las presiones de los polacos para que dejara a sus amantes protestantes… y las reemplazara por amantes católicas.

El otro gran tema que genera interés es la vida en la época socialista, la DDR y la reconstrucción… que cómo se reconstruyó esto, que quién lo financió, que por qué no se reconstruyó inmediata la Frauenkirche, que a quién se le ocurrió poner ovejas a pastar en el centro de la ciudad.

Y así, de a poquito, el chiste del quiosquito de las visitas guiadas que alguien alguna sugirió en algún comentario terminó siendo un trabajo más real de lo que hubiera podido imaginar.

lunes, 22 de agosto de 2016

Las campanas de Plauen

Si hay algo que forma parte del paisaje sonoro de Dresden son, ciertamente, las campanadas, tanto de edificios públicos como de iglesias. Todos los edificios públicos que se precien poseen campanas. Ni que hablar de las iglesias. Y todas suenan, aunque no necesariamente al mismo tiempo ni del mismo modo. Algunas suenan un par de veces a cada hora en punto, otras lo hacen en horarios especiales, por ejemplo, a las 12 del mediodía y a las seis de la tarde (como las del museo de la porcelana), otras también suenan a las y media, o incluso cada quince minutos.

En Plauen -nuestro barrio- hay básicamente dos edificios particularmente sonoros. Uno es la ex Rathaus (casa del Consejo de la Ciudad, o sea, la municipalidad) de Plauen. Una campanada marca cada hora y cuarto, dos cada y media, tres a la menos cuarto y cuatro marca las en punto. Todos los días, y hasta donde sabemos, todas las horas. Tenemos la hipótesis de que a la noche tarde deja de sonar pero nos ha fallado el esmero científico para comprobar la hipótesis… nunca salimos a las tres y media para ver si aún sigue sonando o no. También, afortunadamente, la doble ventana y la construcción … mmm … robusta nos aíslan bastante bien.

Al otro edificio lo tenemos en frente. Es la iglesia de Plauen, tenemos cocina y living comedor con vista directa. Es una suerte porque la iglesia tiene todo un parque a su alrededor y constituye una muy linda vista. Por raro que suene, la iglesia tiene un campanario que, hasta donde sabemos, funciona en forma diferente dependiendo del día. De lunes a viernes, siempre a las siete de la mañana. Pero los sábados, hasta donde nos damos cuenta, escuchamos las campanadas tres veces... La primera es a las siete, la segunda a las ocho y la tercera a las nueve. A modo de broma decimos que son la hora de levantarse, la de prepararse para salir de casa y la de inicio de la misa.

Por alguna de esas razones misteriosas que no terminamos de entender, también son particularmente intensas las campanadas que marcan las doce del mediodía y las seis de la tarde -en días de semana- y siete de la tarde -sábados y domingos-. ¿Qué significan? Bueno, las de las doce parece más lógica, pero la de las siete, aún no tenemos ni idea.
A todo esto, había dicho que las campanadas variaban cada día. Quizás a nadie le extrañe pero los domingos no toca a las siete. Tampoco a las ocho. Lo hace a las 8.30. Y luego a las 9.30. Nunca a las nueve.

Y por raro que parezca, los sábados y los domingos la gente va a misa. Grandes, chicos, en auto, a pie, en bici y hasta en monopatín. Se saludan, hablan un rato y para cuando toca la tercera tanda de campanadas ya están todos adentro.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Foto de miércoles

Dresden. Detalle de un mural en un estacionamiento de taxis. El que le está dando un codazo al otro le dice algo así como "Ése es mi taxi, ¿está claro?". Por suerte, para pedir un taxi por teléfono el procedimiento es más tranquilo.

sábado, 6 de agosto de 2016

Moritzburg

Los duques, electores y reyes de Sajonia tenían para cada situación el castillo apropiado. Uno en Dresden, para vivir en la ciudad (Residenzschloss). Uno en las afueras de la ciudad, junto al río, para pasar el verano (Pillnitz). Uno donde refugiarse cuando algún ejército invasor se acercaba demasiado o estallaba una revolución en la capital (ver Königstein). Y también, como corresponde a su posición, uno para ir a cazar.

¿Por qué tanta fijación con la caza? La deportiva estaba reservada a la nobleza. Legalmente, me refiero. En cada lugar cambian los detalles pero en buena parte de Europa existieron regulaciones similares. En tal período del año sólo pueden cazar los nobles, en tan bosque sólo el duque de esto o aquello, tal animal sólo puede ser cazado por el rey. Uno de los casos más famosos es el de los cisnes en Inglaterra, que teóricamente son propiedad del rey, por lo que sólo la familia real pudo cazarlos por cerca de ochocientos años.
Por lo visto la nobleza europea ha disfrutado, no sólo de la caza sino también de demostrar sus beneficios. Como todo ejercicio de poder, parte del show es también mostrarles a otros que ellos sí pueden. O podían.

Dejando la caza de lado, la apariencia actual del castillo le fue dada en la remodelación de 1723, cuando se ampliaron y modernizaron las habitaciones que existían allí desde 1541, cuando se construyó la primera residencia en el coto de caza de los duques de Sajonia.
Entre otras cuestiones, el palacio hoy es famoso por haber albergado en 1972 la filmación de Tres deseos para Cenicienta o Tres nueces para Cenicienta. Se trata de una coproducción fílmica germano-checa inspirada en el cuento de Cenicienta y que es un clásico de la Europa oriental. 

jueves, 4 de agosto de 2016

Pillnitz y el carnaval de las azaleas

Definitivamente, cuando regresemos a Bariloche vamos a tener que comprarnos una azalea de exteriores. Y un rododendro. Bueno, quizás, ya que estamos, más tarde encarguemos un par más. Pero por algún lugar hay que empezar.
 No sé si el presupuesto nos va a dar para tanto pero ya veremos hasta donde llegamos.
Dicho sea de paso, con la cantidad de veces que hemos vuelto a Pillnitz ya hemos amortizado nuestro pase de castillos y palacios, que incluye cerca de cuarenta jardines, palacios y fortalezas.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Foto de miércoles

Residenzschloss de Dresden ¿quién dijo que portarse como un angelito era sinónimo de buena conducta?

jueves, 14 de julio de 2016

Los tiempos de la ópera

En otro país, la publicidad de los eventos culturales suele tener por objetivo convencer a las personas de asistir al acontecimiento en cuestión. En Alemania eso sólo es parcialmente cierto y únicamente aplicable a cierto tipo eventos (fiestas, exposiciones) o cuando la campaña publicitaria tiene lugar con siete u ocho meses de anticipación. ¿A qué me refiero? Alemanes y alemanas planifican con antelación. A veces, exageradamente. A veces, tan exageradamente que en enero la opera ya ha vendido buena parte de (cuando no todas) las localidades de las obras que se presentarán en junio, julio y agosto. O quedan las entradas que salen 100 o 200 euros. Sobra decir que no son -precisamente- las que nosotros queremos comprar.
Entiendo que la SemperOper (la ópera local) tiene cierto renombre y que su público suele planificar con tiempo qué ver. Y cuándo. Ir a la ópera no es como hacer zapping el sábado a la noche para ver si encuentro algo. Eso lo entiendo. Está claro. Pero lanzarse sobre los tickets del año próximo en julio o agosto ya no puedo. Tanto me parece un poco mucho. El año pasado, cuando veíamos (en noviembre) las publicidades de los eventos que habrían de ocurrir en junio nos pareció un poquito exagerado. Ahora vemos que no. Pero ¿cómo saber que voy a hacer dentro de seis o siete meses? Agendas y calendarios. Todos/as los tienen y se venden al por mayor en las librerías. Esto es Alemania y acá se planifica. Por si fuera poco se planifica con tiempo.

Con los meses descubrimos que, en general, la ópera (pero también el teatro estatal de Sajonia, la filarmónica y ciertos festivales afines) tienen doble período de publicidad. Primero hacen publicidad siete u ocho meses antes del evento (puede ser más) y  luego repiten la campaña con tan sólo un mes de anticipación. Esta segunda publicidad no tiene por objeto convencer a nadie. ¿Para qué? Si las entradas ya están vendidas o agotadas y no hay más lugares salvo que se esté dispuesto/a a pagar unos precios ridículos. Asumimos que el objetivo debería ser otro. Imaginamos que lo que buscan es decir “Hey, quizás las hayas comprado hace diez meses, pero no te olvides de que tenés entradas para este evento”. Y sí, ¿quién puede recordar a diario todo lo que ha planificado diez meses atrás?


La verdad, el esquema nos complica la existencia. No es que necesitemos ir a la ópera. Pero queremos ir, al menos una vez. Ver que onda. Y justificar nuestros sacos y zapatos. Por suerte contamos con un dato. Un dato del que pocos alemanes/as pueden valerse. No porque no lo conozcan sino porque va en contra de todos sus principios de planificación. Ir al lobby de la ópera diez minutos antes de que empiece la obra (¡diez minutos antes! ¡horror!) y ver si hay entradas devueltas en reventa (a precios irrisorios). Hay que reconocerlo, es un poco más riesgoso que el método tradicional pero, definitivamente, me resulta más simple imaginarme haciendo eso un fin de semana que pensar qué voy a estar haciendo dentro de diez meses.

viernes, 1 de julio de 2016

Los jardines del señor Schreber

Los Jardines del señor Schreber son un clásico del mundo alemán y germano parlante en general. También existen en otros países europeos (Escandinavia, Inglaterra, varios países eslavos) y en cada lugar tienen, como siempre, un nombre diferente. Aquí se los conoce como Kleine Gärten (Pequeños jardines) o GartenVerein (Asociación o Comunidad de Jardines). En Sajonia particularmente también se los llama Schrebegärten en honor al médico que impulsó su establecimiento.

Allá lejos y hace tiempo, (o no tan lejos y no hace tanto) en plena revolución industrial germana muchas familias empezaron a migrar del campo a la ciudad. En general estas familias se establecían como podían en donde podían. Las condiciones de salubridad eran cero, la infraestructura nula y muchas veces las familias terminaban viviendo hacinadas en construcciones sin servicios y mal ventiladas en las inmediaciones de las fábricas. Es esa misma imagen de Tiempos Modernos o de cualquier otra película de Charlie Chaplin donde la familia comparte habitación y la existencia de la comida está sujeta a la continuidad laboral de sus distintos miembros.

En general las condiciones de vida de los sectores trabajadores urbanos (¿se seguirián reivindicando como proletarios?) dejaban bastante que desear y a mediados del Siglo XIX un médico de Leipzig, el doctor Schreber llamó la atención sobre la malnutrición y la desnutrición infantil en las clases obreras. Además, acorde a los tiempos que corrían, manifestó  otra preocupación típica de la época… resaltó la importancia de que niños y niñas pudieran ejercitarse en espacios verdes, abiertos y bien oxigenados.

Obviamente el señor Schreber no descubrió la pólvora. Por la misma época movimientos similares comenzaron a surgir en otros lugares de Alemania (que aún no era Alemania propiamente dicha) y de Europa. Socialdemócratas, socialistas, algún que otro rico filántropo y algunos sacerdotes aquí y allá empezaron a impulsar la creación de jardines y huertas comunitarias. La idea era ofrecer a las familias pobres la posibilidad de producir algunas verduras para enriquecer su dieta y proveer a los niños de un espacio al aire libre donde jugar y hacer otras actividades.
En Sajonia el movimiento que inició el doctor Schreber (y que llevó su nombre) alcanzó un momento de gran popularidad alrededor de 1860. Poco después el gobierno decidió darle luz verde (y carácter oficial) al proyecto.
Desde entonces los pequeños jardines han formado parte del paisaje urbano alemán. La idea es simple y a los/as alemanes/as les encanta. Es que un Schrebegarten es algo simple. Es como alquilar una pequeña parcela destinada a ser una jardín/huerta. Muchas de estas parcelas forman parte de una asociación o comunidad. Un gran terreno con muchas de estas parcelas loteadas. No se trata de grandes extensiones. Normalmente tienen una superficie que oscila entre 100m2 y –excepcionalmente- 800m2. De la superficie total hay una parte del lote destinada a árboles (normalmente frutales que no pueden ser muy altos para no dar sombra a otros vecinos) plantas y flores, huerta y una pequeña casita o quincho donde la familia puede quedarse a dormir durante los fines de semana. Como esto es Alemania, el estado garantiza que los jardines tengan un costo realmente bajo y que cualquiera pueda acceder a ellos. De nuevo, como esto es Alemania, los jardines están sumamente regulados; hay porcentajes del terreno que deben usarse para huerta, plantación, flores, césped y quincho. Hay alturas máximas estipuladas para los árboles (¡y los quinchos!) y hay horas de trabajo en espacios comunes que cada miembro de la asociación debe donar al año. Es más, si la persona no quiere trabajar en el mantenimiento de los espacios comunes, también está estipulado cuánto debe pagar para librarse de la obligación.
Más allá de lo intrínsecamente germano de pensar tu jardín como porcentajes de zonas de cultivo, zonas de plantas y zonas de césped, hay que reconocer que la normativa cumple con su función. Muchas personas de Dresden (donde los pequeños jardines son particularmente populares) y de Alemania en general que viven en departamentos pueden disfrutar de su pequeño espacio verde por una cifra irrisoria, cultivar verduras, proveerse de ciertas frutas y disfrutar de su rinconcito al aire libre. Y todo sabiendo que ninguna constructora puede venir y arrasar con otros jardines ya que no está permitido transformar las Gartenverein en condominios, torres de departamentos o pajareras de monoambientes. Básicamente los terrenos de los Schrebergärtner no se pueden convertir en nada más que no sea, precisamente, lo que es, un pequeño jardín en una comunidad de pequeños jardines.
¿Será por eso que funcionan y son populares? No lo sé. Pero están. Están, existen y los hay aquí y allá, junto a rutas y vías, cerca de ríos y parques, en las afueras de la ciudad y a veces en lo que hace años serían las afueras y hoy ya no lo son tanto. 

miércoles, 15 de junio de 2016

Foto de miércoles

La primavera junto al palacio del Groβen Garten, acá en Dresden.