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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cambio climático. Episodio II

Con el tiempo fui aprendiendo algunas cosas. Algunas pueden parecerme muy obvias ahora, otras me costaron un poco más aprenderlas y aún no me parecen tan evidentes. Ya sea que esté en la montaña o en casa, con amigo/as o solo, en la escuela o en la universidad, siempre hay pequeños trucos o detalles que uno va aprendiendo a los golpes o razonando y que te ayudan a ir haciendo mejor las cosas (como a retomar el blog después de una pausa de tres meses haciéndome el boludo). Una de esas cosas que aprendí es no discutir con los estudiantes, y aprovechar las declaraciones más inverosímiles para transformarlas en un ejercicio provechoso. Aprendí que cuando - en clase - alguien dispara un “no existe tal cosa como el calentamiento global”, mi respuesta no debe ser “sí que existe porque…” sino “ahá, ¿en qué sentido lo decís?, ¿por qué lo decís?”. Tratar de ayudar al estudiante a ordenar su razonamiento, justificar sus opiniones, conectar ideas, armar un discurso coherente en el que pueda expresar correctamente su punto de vista, más allá de que me parezca el/la más garca entre los/as garcas. Me sirvió para tolerar cosas de las más insólitas, con la negación del calentamiento global y el efecto invernadero incluida (Mucho temo que el episodio se repitió en, al menos, tres situaciones y no es que yo vaya hablando sobre el tema todo el día).

Estaba contento porque nuevamente había esquivado el bulto de discutir con un estudiante, y además contaba con la ventaja de que otros dos estudiantes iban a plantear una posición sino exacta, al menos bastante similar a la mía. Fue con ese sentimiento que comencé la clase al día siguiente, con la idea de tratar de concentrarme en la corrección de errores y en el uso de conectores. La primera en despacharse fue la francesa. Se concentró en la cuestión del cambio climático y los problemas que traía en poblaciones en las que, como Australia, la necesidad de protegerse del sol es una cuestión de salud de primer orden. Estuvo un buen rato hablando de estas cuestiones, de los casquetes polares, el aumento del nivel del mar…

Para mi sorpresa, el suizo estuvo bastante diplomático. No porque los suizos no lo sean (en general son bastante educados y correctos) sino porque muchos/as tienden a detestar a los/las yanquis en este tipo de situaciones. Pero estuvo bastante contemporizador y si bien dejó clara su posición acerca de la responsabilidad de los humanos sobre el proceso de cambio climático, evitó ser categórico.

Le llegaba el turno a nuestro amigo del país del norte. Los otros habían preparado sus discursos, buscado vocabularios previamente en el diccionario, habían escrito algunas frases, en fin, habían hecho bien su tarea. Éste, en cambio, no había traído nada. Bueno, en realidad sí había elaborado algo, una propuesta; simular en clase una reunión mundial por el cambio climático. Él representaría a Estados Unidos (y para él bastante esfuerzo ya era tener que encarnar a Obama), Benedicte representaría a Europa, Stefan a China y yo a Sudamérica. La posición no me convencía; quería evitar mi participación en el debate. No porque no quisiera dar mi opinión respecto del tema, sino porque me parecía desleal discutir en situación de paridad y, además, el ejercicio no era para mí sino para ellos. De todos modos, accedí.

Creo que cantidad de sinsentidos semejantes jamás había escuchado. Se repitieron los del día anterior y se sumaron otros nuevos: que no hay evidencia que relacione efecto invernadero con cambio climático, que el clima siempre ha cambiado, que aún cuando cambie eso puede ser positivo, como en las regiones donde ahora el invierno no es tan duro, que cambiar las fuentes de energía implicaría un caos tecnológico, que no podemos volver a la edad media tecnológica, que nadie quiere tener autos que no funcionen con nafta….

Cuando le mencioné el plan argentino de reconvertir la iluminación a lámparas de bajo consumo estalló. “Es una locura, es imposible, ningún país puede garantizar eso, esas lámparas son un peligro”. La francesa me volvió a salvar. Francia tiene un propuesta de reconversión similar y un plan gubernamental de ahorro de energía. Solamente deslicé un “Si Francia puede, e incluso Argentina se lo propone, Estados Unidos tiene que poder”. Para que… casi me come crudo. Le recordé que yo estaba representando la postura oficial del país y no mi opinión personal… al margen de que lo fuera o no, no le estaba mintiendo tampoco.

Para cuando dijo que estaba bien que Estados Unidos no firmara el protocolo de Kyoto, Stefan, que ya tenía se había frotado los ojos dos o tres veces mostrando su incredulidad frente a las aseveraciones de su compañero, me puso cara de “bueno, pienso que con esto ya no se puede hacer nada”. Coincidí con su gesto – o lo que yo quise interpretar de él - y les pedí que cada quien diera un alegato final.

No hace falta dar detalles sobre los de los europeos. El de él fue increíble; su conclusión era que la mayoría del mundo había decidido que, gracias a una suerte de cambios azarosos en el clima y la insistencia de un par de hippies, el mundo obligaba a Estados Unidos a desmantelar buena parte de su industria para aventurarse en una suerte de era en la que careceríamos de buena parte de las bondades de la vida moderna.

No sé porque pero cuando hace algunos días escuché que ya se sabe que no habrá un acuerdo claro en la cumbre de cambio climático en Copenhague, no me llamó mucho la atención.

jueves, 6 de agosto de 2009

Cambio climático. Episodio I

Hay gente que tiene un extraño instinto que la guía a hacer las preguntas incorrectas. Como si tuvieran la necesidad impostergable de preguntar por algo que no deberían. Bueno, yo pertenezco a ese grupo. Meto la pata con una frecuencia mayor a la imaginable, especialmente en mi trabajo…

Como me gusta que mis estudiantes traten de expresarse lo máximo posible normalmente hago preguntas, consulto, juego al periodista averiguando datos e información sobre su vida. Y, en ocasiones esta tendencia suele meterme en problemas.

Uno de estos episodios comenzó de la forma más inimaginable que puede existir. Había escuchado con mis tres estudiantes de esa semana un audio sobre el clima. Acto seguido le pedí a cada uno/a de ellos/as que describiera un poco el clima en su región. La primera en contestar fue Benedicte, una francesa que vive en el sur de Francia. Contó que en su región el clima estaba cambiando muchísimo, que habían tenido un invierno inusitadamente seco y caluroso hasta que se desató una tormenta de nieve, una de las más frías de los últimos años. Hizo una pausa, nos miró y detalló como a raíz de la tormenta de nieve se había cortado la electricidad y la calefacción, y había tenido que abandonar su casa. Yo, que ya empezaba a preguntarme por qué se me había ocurrido preguntar por el clima, no supe donde esconderme cuando Benedicte remató su historia contando que cuando volvió la electricidad a su casa hubo un cortocircuito y se incendió buena parte de la misma…

A esa altura me preguntaba como, si mi pregunta era tan naif, había desencadenado una charla donde mi estudiante comentaba que se había enterado del incendio mientras se dirgía al aeropuerto, que había tenido el impulso de cancelar todo y volver a ver las cenizas de lo que había sido su casa, que su novio le había sugerido que se fuera de vacaciones de todos modos, que lo quemado ya estaba perdido y que a su regreso seguramente estaría más tranquila y podría encarar mejor la situación… “¿Cómo puede ser que pasen estas cosas?”, pensaba yo cuando Benedicte dijo con una calma admirable. “Y bueno, es el cambio climático, nosotros somos responsables de estas cosas”. Pensé que antes de que los otros dos contaran tragedias climáticas en sus países podría desviar la atención de la conversación hacia aquel tópico.

“Pero nosotros no somos responsables de que el clima cambie”, sentenció otro de los estudiantes del grupo. No hace falta que aclare que él era el único estadounidense de la clase. La francesa lo miró sobresaltada, el otro estudiante, un chico se Suiza abrió los ojos y no sé que cara debo haber puesto yo, pero debe haber reflejado sorpresa mezclada con indignación.

Los argumentos que habría de usar eran los mismos que señala Al Gore en el documental “Una verdad incómoda”: El clima siempre ha cambiado (como ejemplo, los/as defensores/as de esta postura indefectiblemente citan las glaciaciones); no hay relación entre la producción de dióxido de carbono y el cambio climático, el cambio no necesariamente sea negativo...

Nos miramos. Lo miramos. Yo sabía que él estaba diciendo concienzudamente que no había evidencia científica de que hubiera alguna relación entre emisión de dióxido de carbono, calentamiento global y cambio climático. La francesa lo miró con cara de “no puede ser que estés haciendo una broma sobre esto”; el suizo no sabía que pensar.

Faltaban 5 minutos para terminar la clase y comenzaba a generarse un debate que se presentaba promisorio. Promisorio, claro está, para los fines didácticos, ya que yo esperaba encauzar la discusión hacia la justificación de las opiniones, el uso de nexos y conectores… Hace tiempo que aprendí, no sin esfuerzo, que en estos casos lo mejor es no sentarme a debatir uno-a-uno con un/a estudiante, menos aún cuando hay otros/as personas en el grupo. Los dejé debatir un rato, fui anotando correcciones en el cuaderno que uso (sí, también juego al psicólogo frustrado) para estos casos, los ayudé con las palabras, les corregía errores importantes y otros los anotaba para tratarlos más tarde.

La clase había terminado hacía 10 minutos y estos tres seguían sacándose chispas… los miré y les propuse seguirla al día siguiente. Su tarea sería armar su discurso, justificar sus puntos de vista y debatir al día siguiente. Todos/as asintieron, algunos/as más agradecidos por salvar sus pellejos, otros/as porque no habían tenido que asesinar a nadie.

jueves, 30 de abril de 2009

Diarios de un profesor de español. Parte II

Jueves 23 de abril

Observación de campo: Revisar mis concepciones sobre las fiestas sorpresa

Sabrina no sospechaba nada. No sé cómo ni porque pero no sospechó acerca de nuestras inverosímiles excusas para no ir a cenar esa noche a su casa.

Angie, Miguel y yo habíamos llegado a la casa de la anfitriona y “homestay” de Sabrina, Mara, algunos minutos antes de las nueve. Empezamos a poner la mesa mientras esperábamos la llegada del resto de la comitiva. Pronto deberían llegar mis compañeros/as de trabajo; Gloria, Flavia y Fernando. La trouppe habría de completarse con Ron, nuestro jefe. Finalmente habrían de llegar Sabrina y Matías, cuya tarea era entretener a la suiza para que llegara más tarde. Pienso que nunca le habíamos asignado a Matías una tarea para la que estuviera mejor preparado. Si alguien habría de retrasarla y que pareciera natural, pues bien, ése era él.

Efectivamente cumplió su tarea al pie de la letra y para cuando Sabrina entró en la casa, nosotros ya estábamos escondidos/as en el living. “¿Qué es esto?”, escuchamos en la voz inconfundible de Sabrina. “¿Qué pasa?”, volvió a preguntar casi al instante. En ese momento aparecimos gritando. Pienso que jamás lo había sospechado, o al menos bastante bien nos convenció de eso.

Había de todo para comer, así que no discriminamos a nada ni a nadie y nos dedicamos a la tarea que debíamos completar; arrollados de queso con ciervo o trucha ahumada, quesos saborizados, luego ensaladas y finalmente, fideos con salsas varias. Entre ellas merece especial mención la salsa de hongos con panceta de Mara. Esa misma noche descubrimos que no por casualidad era ésta la comida favorita de Sabrina. (En vano voy a tratar de imitarla ya que nuca podré reproducirla. Pero no por eso voy a dejar de intentarlo)

Comimos, hablamos, tomamos, reímos y nos divertimos. Y comimos y hablamos. Y comimos y nos reímos … y así seguimos hasta que se hizo la hora de dejar a Sabrina, que ya había entrado en la cuenta regresiva para abandonar Bariloche con rumbo a Buenos para tomar finalmente su avión a Suiza. De todos modos, no fue esta la primera ni sería la última despedida de nuestra amiga. Pero eso queda para otro post…

lunes, 27 de abril de 2009

Diarios de un profesor de español. Parte I

Miércoles 22 de abril.

Son las 8.05 de la noche. Ya no sé si llueve, si estamos inmersos en una nube o si se despejó pero las ventanas insisten en permanecer empañadas. El viento golpea las despobladas copas de los árboles. No distingo si es el ruido de la lluvia o el del viento que hace caer el agua que está en las hojas de los árboles. Ya terminé de leer y decidí hacer una pausa mientras esperamos a que nos vengan a buscar. Hoy tenemos una cena en la casa de familia donde se hospedó Sabrina durante todos estos meses en los que vivió y trabajó en Bariloche. En teoría es sorpresa. En teoría se supone que cuando lleguemos, deberíamos sorprenderla. Pienso que sospecha algo, pero creo también que siempre tememos que el/la sorprendido/a siempre sospeche algo.

Sabrina empezó a trabajar en la escuela donde trabajo a mediados de diciembre del año pasado. Si bien hacía más de un año que la conocía, recién con la convivencia del trabajo y las salidas, los espacios compartidos y el tiempo que pasamos desde entonces nos hicimos amigos. Y ahora sé que la voy a extrañar cuando ya no esté en Bariloche. Ya lo escribí, es lo peor de mi trabajo, conocer gente, relacionarnos, conocernos y verlos/as partir. Es una parte inherente a mi trabajo en la escuela, y es algo que no dejo de asociar, en cierto punto, a Bariloche.

Como tanta otra gente que hay en mi vida, Sabrina es suiza. Como tantos otros, es una suiza especial. Es desordenada, es impuntual, es caótica. Pero también es espontánea, alegre e irradia energía. Siempre tiene ganas, tiempo y ánimo para organizar algo. Siempre está alegre y (casi) nada parece afectarle. Sabrina puede ir a una cena, sentarse al lado de la única persona que no conoce y comenzar a hablarle en menos de 5 minutos. Es simpática, conversadora y puede hacerle frente a cualquier desafío social y salir victoriosa. Obviamente, al igual que otra tanta gente de Suiza, Sabrina se queja. El correo no funciona, los/as argentinos/as somos indecisos/as; organizamos nuestros planes a último momento… Pero su queja es como la nuestra, casi deportiva, no es la queja de quien toma su país como modelo de eficiencia y perfección. Pienso que es por eso que no me molestan sus quejas, ya que en algún punto son también las mías. Pero, por sobre todo, no lo hace con desdén o desprecio, se nota en su tono, en su forma de hablar. Se queja de aquello que, sabe, pronto va a extrañar.

martes, 4 de septiembre de 2007

El Pase del año

¿Va a haber un cambio estratégico en la televisión? ¿Brasil abandona el Mercosur? ¿La Patagonia se independiza y formará un país independiente?


No... con un poco mas de egocentrismo que pasión por la televisión (Seguimos firmes en nuestra idea de decirle NO a la tele en la casita) y un poco mas de amarillismo que la serena objetividad de la ciencia (Sic) me he permitido titular así mi cambio de trabajo. Efectivamente el próximo mes no nos encontrará unidos ni dominados (Bueno, dominados tal vez sí, pero eso no sería un cambio sino por el contrario una continuidad) sino que me encontrará a mi mismo trabajando en otra escuela.

Se trata de "La Montaña", la primera escuela de español de Bariloche (Digo, primera y más antigua no revela una centenaria tradición en la enseñanza, ya que la historia -en este caso- se remonta al año 2002). Así que a partir de octubre estaré trabajando allí. La decisión fue difícil... bueno, no en el sentido económico, y la verdad es que tampoco quería seguir trabajando para mis actuales jefes. Episodios como el de Angie, la negativa a pagarme un curso de certificación y demases me desmostraron que yo no quería continuar acá. Pero mas allá de ello es obvio que sí estoy muy encariñado con mis compañeritos/as de trabajo y que los/las extrañaré muchísimo. Se han convertido en mi familia local y la verdad es que, con todo, nos llevamos mas que bien...


Además, lo positivo era que era un desafío el hecho de trabajar para sacar adelante la escuela. Claro, como todo desafío se supone que debería tener sus recompensas... ¿Alguien las vio? Porque yo no. Y cometí el error de identificarme a fondo con una escuela que no hizo lo propio conmigo. No me arrepiento de haber trabajado con el resto del equipo de Bariloche, a haber contribuido a que la escuela creciera. Pero también debo crecer yo también y creo que llegó el momento de pasar a otra etapa. Y si la montaña no viene a mí, pues, yo iré a la montaña... (cuak)