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miércoles, 16 de mayo de 2018

Foto de miércoles

Brno, Moravia, República Checa. Cuidado, la pantera rosa está a punto de atacar.

jueves, 12 de octubre de 2017

Finde largo en Moravia: Brno, entre dos siglos

La última mitad del siglo XIX y la primera parte del XX fueron para muchas algunas ciudades europeas, años de crecimiento. Y no para todas por igual. Mientras que algunas veían aparecer nuevos barrios para comerciantes o industriales adinerados, otras se llenaba de talleres y viviendas insalubres. Otras, alejadas de las nacientes zonas industriales y de las vías ferroviarias siguieron menguando o, en el mejor de los casos, continuaron su letargo centenario.

Que hayan sido años de crecimiento no necesariamente significa que haya habido un enriquecimiento equitativo. Ni que todas las ciudades crecieran del mismo modo ni con la misma intensidad. Pero, en mayor o menor medida, con más o menos intensidad y planificación, no fueron pocas las ciudades que vieron extender sus límites más allá de las murallas que antes las habían protegido pero que para mediados del siglo XIX las constreñían.
Uno de los más claros ejemplos es, precisamente, que tras derribas las murallas de Barcelona el nuevo barrio que surgió adoptara el nombre de el ensanche. Y no sólo la ciudad se ensanchó. También sus calles, que se volvieron más amplias; las veredas, que se hicieron más espaciosas y hasta los edificios, que se volvieron más ampulosos. Incluso en nuestro lado del Atlántico la moda terminó instalándose y, epidemia de cólera y Sarmiento mediante, las clases que podían elegir donde vivían terminaron abandonando San Telmo y Montserrat para instalarse en Barrio Norte y Recoleta.
Ciudades como París se permitieron una cirgugía mayor en toda la ciudad. Otras, se contentaron con disponer de sus nuevos barrios a continuación de los más viejos, normalmente separados de los cascos históricos por esas grandes avenidas y parques que vinieron a reemplazar el lugar en el que se encontraban las viejas murallas.
A pesar de no haber sido una de las economías más descollantes de su época, el imperio austrohúngaro disfrutó de cierta bonanza económica durante ese período. O al menos sus clases medias y altas lo hicieron. Viena, Praga, Budapest, todas ellas crecieron. Brno tampoco fue una excepción. Lo hizo en otra escala, claro, pero el resultado no difiere mucho. 
Edificios de estilo neoclásico, art nouveu, Jugenstil y sus variantes descafeinadas (y menos arriesgadas) invadieron entonces los más afortunados (económicamente) de los nuevos barrios que fueron surgiendo.  

miércoles, 11 de octubre de 2017

Foto de miércoles

Olomuc. Ya ni los murales de salvan de las selfies ni de los selfie-sticks, o como sea que se llamen esos palitos diabólicos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Finde largo en Bohemia: las fuentes de Olomuc

Personalmente no soy un gran fanático de las fuentes. A las más modernas me cuesta entenderlas, por decirlo de algún modo. A las más viejas puedo encontrarlas más o menos lindas (dependiendo de la fuente, claro está) pero casi todas me provocan una serie de ideas semejantes. Primero pienso en el desperdicio de agua. Sí, lo sé, soy un Grinch. A esta altura no debería ser una novedad para nadie. En segundo lugar, me llevan a preguntarme acerca de qué misterios de la mente humana llevan a cientos (y más también) de personas a arrojar monedas a las mismas de modo (casi) sistemático.

Justo es decirlo, pese a mis reparos, no dejo de considerarlas interesantes, lindas, fotogénicas o lo que sea. Siempre y cuando que la fuente en cuestión amerite. Otras veces suelen parecerme (especialmente algunas de las más modernas) un derroche de agua y un monumento incomprensible que no ni siguiera vale la pena ser descifrado.

Claro que muy a pesar mío las fuentes han ejercido fascinación en la humanidad por siglos y posiblemente un poco más también. ¿A qué se debe esto? Probablemente a una conjunción de factores. Por un lado representaban una proeza de ingeniería. Pero, por sobre todo, eran necesarias para las ciudades que carecían de una red de agua corriente domiciliaria. No era extraño en la antigüedad clásica que, llegado el caso, palacios o templos tuvieran agua corriente. Pero para el resto de la gilada población, la red de agua implicaba tan sólo la existencia aquí y allá de fuentes a las que iban a abastecerse de agua (presumiblemente) potable.

Cuentan los libros de historia, los/as guías turísticos/as y la leyenda (que vendrían a ser más o menos lo mismo) que para los árabes eran, además, un símbolo de poder. En un mundo signado por la escasez de agua potable, las fuentes (especialmente las que se encontraban en residencias y palacios) eran una forma material de expresar el status de la persona. A mayor tamaño o cantidad de agua en una fuente, mayor la riqueza de su propietario/a. También suele señalarse que tenían un efecto refrescante. Yo aún no logro comprender como el sentir agua saliendo de una fuente y cayendo en una gran bañera tiene un efecto refrescante pero bueno, tampoco me quita el sueño descubrirlo.

De todos modos, a medida que las ciudades fueron desarrollando redes domiciliarias de agua corriente, la función de las fuentes como lugar de acopio y abastecimiento de agua comenzó a perder importancia. En muchos lugares eso conllevó una reducción en el número de fuentes urbanas. Por otra parte, implicó que las fuentes supervivientes adquirieran el valor de monumentos y así salvaran el pellejo justificaran su existencia. 
La ciudad de Olomuc no es la excepción a la regla. Las fuentes del casco histórico (siete en total) que llegaron hasta nuestros días perdieron su función de almacenamiento y distribución de agua y se transformaron en elementos decorativos. Y, a pesar del derroche, debo reconocer que en su gran mayoría ha sido una suerte para nosotros.

sábado, 7 de octubre de 2017

Finde largo en Bohemia: Olomouc

Capital histórica de Moravia, la ciudad de Olomouc (¡al fin una ciudad checa con más vocales que consonantes!) es también una de las más antiguas del país. Cuenta la leyenda que nació como campamento romano con el nombre de Iuliomontium, algo así como el Monte de Julio.
 Arriba y abajo, algunos edificios de Olomuc de finales del siglo XIX y comienzos del XX, a mitad de camino entre la estación de trenes y el centro histórico de la ciudad.
Desde el siglo VI diversas tribus de eslavos fueron asentándose en la región. Normalmente el proceso es bastante repetitivo. Llega una tribu, se instala, llega otra, la conquista, y así sucesivamente. Desde el siglo X Olomouc fue estableciéndose como capital de Moravia y asiento de los grandes duques de Moravia.
No sólo los romanos son parte de las leyendas de la ciudad. También los reyes. En este caso, uno de los reyes de Bohemia de la última gran dinastía checa (luego fueron gobernados por nobles germanos). Cuenta la leyenda que Wenceslao III (de Bohemia) paró en Olomouc durate su (último) viaje a Polonia. Al parecer iba al reino vecino a ponerle los puntos sobre las íes al recientemente electo rey polaco, una cargo al que él también aspiraba. Sin embargo nunca logró salir de Olomuc, ciudad en la que fue asesinado mientras dormía en una en el palacio de los obispos, situado al lado de la catedral.
La catedral y el palacio de los obispos forman el mayor monumento histórico de Olomouc, aunque el exterior de la iglesia que vemos hoy es producto de la última remodelación que sufrió el edificio en el siglo XIX. Sin embargo, en su interior todavía hay algunos rastros de sus orígenes, en el siglo XI.
Los siglos XV y XVI vieron florecer el pueblo, que se enriqueció tanto que atrajo la mirada de los suecos quienes aprovecharon su presencia en la región producto de la Guerra de los Treinta. A diferencia de Brno, la campana no salvó el destino de Olmouc, que fue finalmente tomada, saqueada y -cuando ya no hubo botín que tomar- abandonada.
En el siglo XVIII entraron en acción dos viejos conocidos nuestros. Federico el Grande de Prusia y la Emperatriz María Teresa de Habsburgo. Para aquella época el reino de Bohemia pertenecía a Austria. Por entonces el reino incluía Bohemia, Moravia y Silesia, esta última una región minera que se disputaban Prusia y Austria. La guerra entre ambos estados se extendió por Silesia y Moravia y la ciudad anduvo dando vueltas de un lado al otro hasta que ambos países negociaron la paza. Casi toda Silesia pasaba a Prusia, una parte chiquita seguíría del lado austríaco y los Habsburgo segurían gobernando Bohemia y Moravia.
Más o menos por esa misma época fue construida la columna de la Santísima Trinidad, patrimonio histórico y cultural de UNESCO.
No es la única columna que hay. En general se ve que los Habsburgo eran bastante afectos a la erección de monumentos religiosos en forma de columnas o bien que los arquitectos austríacos preferían no innovar en el área de los monumentos religiosos:
Otro de los atractivos de Olomouc es antigua municipalidad -que para variar estaba bajo andamios-, con su torre y su reloj astronómico. 
No es como el de Praga pero no por eso deja de ser interesante. Originalmente fue construido en el siglo XV pero fue severamente dañado por los alemanes durante la segunda guerra. Después de la guerra fue reconstruido y el gobierno aprovechó para cambiar un poco el carácter del mismo. Los santos fueron reemplazados por proletarios y algunos detalles góticos fueron desplazados por la sobriedad del realismo soviético.

jueves, 5 de octubre de 2017

Las delicias de la Moravia profunda. Parte II

Un tema no menor a la hora de viajar por Moravia es el de la infraestructura de transporte. Y no me refiero a que algunos trenes sean viejos, estén desvencijados y haya estaciones sin andenes donde subís y bajás al tren desde el pasto. Todo eso es real. Y seguramente para alguien que viaja con un cochecito, muletas, andador o silla de ruedas sean obstáculos difíciles de sortear. En comparación con la infraestructura germana donde buena parte del sistema de transporte está pensado en términos bastante inclusivos, resulta todo un cambio. Claro que desde la perspectiva argentina es casi como sentirse en casa. Hay locomotoras diesel, trenes altos como el Roca previo a la electrificación y estaciones que son básicamente un cartel en el medio de un pastizal. No hay andenes ni plataformas. Quizás, un edificio abandonado.

Sin embargo, buena parte de la infraestructura tranviaria de Moravia está siendo renovada y/o modernizada. Mal que le pese al gobierno checo, en gran medida, gracias los subsidios de la Unión europea. Para los/as habitantes de la región son excelentes noticias, obviamente. Para nosotros, no tanto... ¿por qué? Porque eso significa que podés subirte al tren en el punto A, luego, durante elviaje, te avisan (en checo) que tenés que bajarte en la estación B (que no es tu destino), ahí te tenés que subir a un bondi que te lleva al punto C y de ahí volvés a tomarte otro tren. Todo en checo. Se ve que para los locales el proceso es bastante habitual. En Roma hay que hacer como los romanos. Y en Moravia, como los/as moravos/As... Ante estas situaciones siempre reaccionamos del mismo modo: nos dejamos llevar por el instinto ovino y seguimos al rebaño.

Es cierto que sabíamos que esta situación existía pero no sabíamos entre qué estaciones podía ocurrir. Puede variar cada día y las interrupciones que experimentás a la ida no necesariamente coincidan con las de la vuelta.

Nuestra primera excursión en tren comenzó con la aventura de descifrar en qué colectivo teníamos que subirnos antes de llegar al tren. Al vendernos los pasajes la señora de la boletería de la estación fue clara: No train. Bus. 20 meters. Station. Con las manos nos hizo las señas correspondientes para hacernos entender en qué dirección teníamos que ir para encontrar el colectivo.

A doscientos metros de la estación de trenes de Brno se encuentra la terminal de ómnibus. ¿Partiría de ahí el colectivo? ¿Habrá confundido veinte con doscientos? Vamos, miramos, pero no hay nada que parezca ser un colectivo que reemplaza a un tren. Volvemos a la estación. Miramos. Caminamos lo que suponemos serán 20 metros. Hay tres o cuatro colectivos blancos. Ninguno dice nada que se parezca al número de nuestro tren, pero la empresa es la misma. Los colectivos están parados frente a unos carteles que, luego de mirarlos con (mucha) buena voluntad parecen indicar que son reemplazos del tren. Elegimos uno. El chófer no habla inglés. Entonces le muestro el pasaje y le señalo el colectivo. Dice algo en checo. Claro, no hablo checo, le respondo en inglés. Seguramente él tampoco me entiende. De nuevo, recurrimos a las señas hasta que entendemos que sí, que es ése el micro. Algo es algo. Por lo menos podemos empezar el viaje. 

A la hora señalada el colectivo arranca (es una buena señal) y nos lleva a través de la Moravia profunda hasta un pueblo cuyo nombre desconocemos absolutamente. Allí la gente se baja. Por imitación hacemos lo mismo. No sólo nos bajamos, sino que también seguimos la fila en dirección al andén al que todos/as van. Si hacia allí se dirigen por algo deberá ser. Se suben a un tren, nos subimos al tren. Es un tren de hace por lo menos cuarenta o cincuenta años. Nos sentimos casi como en Argentina, viajando en el tren que va a Tucumán...

Aún no sabemos si estamos en el tren correcto o no. Si vamos en la dirección correcta o no. Tengo anotado el nombre del lugar (y la hora) en el que nos tenemos que bajar para esperar quince o viente minutos y tomarnos otro tren que nos lleve a Telc. Al menos por ahora no hemos visto el nombre del pueblo. Cruzo los dedos y espero que en algún momento aparezca. 

Por lo pronto, el que aparece es el guarda que (supongo) nos saluda en checo. Le sonreímos a modo de saludo y cuando le damos nuestros boletos empieza a hablar, obviamente, en checo. Lo miramos con cara de carnero degollado y le explicamos (en inglés) que no hablamos checo. Nos sonrié, dice un par más de cosas (en checo) y se retira. 

Algunas paradas más tarde respiro aliviado. Llegamos a la estación intermedia. Estación es una forma de decir. Bajamos del tren al pasto y cruzamos por entre las vías hasta el anden al que llegará el tren que debe llevarnos a Telc. No es terrible. Unos minutos más tarde llega. Casi en horario. La formación es pequeña y super moderna. Media hora más tarde llegamos a nuestro primer destino. Nuevamente, respiro aliviado. Al menos la primera parte de la travesía ha concluido y llegamos a donde queríamos llegar.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Foto de miércoles

Brno. ¿Será éste el Mimo de las bicicletas? No parece. Y si lo es, ¿dónde está la bici?

lunes, 2 de octubre de 2017

Las delicias de la Moravia profunda. Parte I

Nuestro viaje por Moravia nos encuentra con la misma preparación linguïstica que nuestras anteriores aventuras en Europa oriental. Básicamente, cero. Null, Zero, cero. O sea que partimos, una vez más, sin la más remota idea del idioma del lugar. En este caso, el checo.

Oficialmente la República Checa es parte de la Unión Europea. Tanto como Polonia o Hungría, países que también hemos visitado y que comparten algunas características. Primero, todos ellos han estado del lado comunista de la cortina de hierro y pertenecen a esa suerte de vaguedad geográfica que se ha dado en llamar Europa oriental.

Segundo, todos estos países son de incorporación relativamente reciente a la Unión Europea. Los tres se han beneficiado utilizando los fondos y subsidios de los que dispone la unión y han comenzado a modernizar su infraestructura (aunque a un ritmo que no ha sido el de la Alemania oriental o el de los países del Báltico). Además, por una razón u otra, ninguno de ellos ha adoptado aún el euro.  

En nuestro caso se suma un tercer factor común. En los tres países se hablan lenguas de las que no tenemos ni la más remota idea. El polaco y el checo son lenguas eslavas y en algo se parecen. Pero lo escueto de mi vocabulario polaco (hola y gracias) no me reporta mayor ventaja a la hora de vérmelas con un(a) hablante de checo. De hecho, de este último idioma sólo conozco dos palabras: pivo (que es cerveza) y pivovar (que es el lugar en el que se la bebe). Ergo, estoy (¡estamos!) al horno.

Es cierto que en Praga nadie necesita hablar checo para moverse por la ciudad. Bueno, casi que no es necesario hacer nada para moverse por la ciudad. Basta con ubicar el río humano que fluye llevando turistas de un lado al otro y -simplemente- dejarse arrastrar. En general, tanto en el circuito más turístico como fuera de él, con inglés (y/o alemán) alcanza y sobra. Tampoco es imposible cruzarse con alguien que también hable español.

En la Moravia profunda la historia es otra. En Brno (la ciudad n la que hicimos base) está relativamente (palabra clave: relativamente) extendido el conocimiento de rudimentos de inglés. Es posible dar con gente que habla alemán también. Como en todo, hay gente que habla mejor y casos en los que la palabra rudimentos parece por demás apropiada. 

Saliendo de Brno el panorama se complejiza. Los museos, castillos y palacios, por ejemplo, que deben ser visitados únicamente con visita guiada no tienen visitas en inglés. Ni hablar de otros idiomas. Se realiza la visita en checo y a cada quien le dan un papel con la traducción de lo que dice el/la guía. O un extracto. O algo.

Ir al restaurante tampoco es fácil. No todos los restaurantes tienen menúes en inglés. Reformulo la frase. Apenas algunos restaurantes poseen ofrecen cartas en otro(s) idioma(s) que no sean checo. No me refiero a lugares a kilómetros de distancia del centro de la ciudad. En general, si te salís de la plaza principal y de los bares que están justo al lado de la atracción del lugar ya estás metido/a en la Moravia profunda. AL menos en cuanto al idioma se refiere.

Quizás sea yo que estoy un poco sugestionado pero, en general, fuera de Praga (y aún allí tampoco siempre) es difícil encontrar un trato que (nosotros) podamos identificar como amable para con los turistas, al menos, los extranjeros. Es cierto que en este momento la República Checa tiene un gobierno un tanto conservador con una política fuertemente antiinmigratoria y especialmente antirefugiados. Pero el tema parece ir más allá de eso.

Polonia y Hungría comparten un panorama similar, al punto de quejarse sistemáticamente de la tiranía de la unión que los obliga a adoptar normas que consideran casi dictatoriales. No quieren recibir refugiados, realizan controles exagerados en las fronteras y se resisten a adoptar algunas reglas del resto del bloque. Eso sí, ninguno de los tres países rechaza ni un solo euro de los subsidios. Y más de una vez se quejan de las intromisiones de las autoridades europeas, como cuando un funcionario de la unión criticó la decisión del gobierno húngaro de prohibir (¡con multa y todo!) que las parejas del mismo sexo se besasen en la vía pública. Tal cual lo leés. 

Pero al margen de esta cuestión, es como si (casi) cada persona a la que le hablás en inglés te respondiera bufando, poniendo cara de otro que no habla nuestro idiomaY no es que nos dedicásemos a charlar con la gente por la calle. Por el contrario, nuestra interacción con los locales estuvo bastante acotada. Principalmente nos limitamos a tratar con el personal de las oficinas turísticas, cajeros/as de museos, de supermercados, de estación de tren y no mucho más que eso. Sí, también con mozos y mozas, pero con ellos/as la comunicación fue mucho mejor. 

Tampoco es tan grave. No necesito que la señora que vende las entradas del castillo  sea amable. Y si quiere suspirar con cara de suplicio porque no hablo checo, que lo haga. Cada quien es feliz como puede y quiere. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

Finde largo en Moravia: Třebíč

Nuestro itinerario por las ciudades y pueblos de Moravia es bastante tirano. Disponemos de cuatro días en total y hay que sacarles el jugo. Después de almorzar en Telč nos dirigimos -no sin cierta resignación- a la estación de trenes. La resignación viene dada porque nuestro siguiente destino, la ciudad de Třebíč, está a -más o menos- treinta kilómetros de dónde nos encontramos. Sin embargo no hay conexión directa de tren entre ambas ciudades. Es necesario combinar dos líneas distintas con un transbordo y una espera entre los dos trenes.

Afortunadamente para nosotros, cuando le pedimos a la cajera de la estación de trenes dos pasajes para ir a Třebíč nos sugirió que esperásemos el micro (que va directo y por tanto resulta mucho más rápido). ¿Hay micro a Třebíč? Sí, sí... Perfecto. Si a alguien le sirve al dato, la empresa es Regiobus, el pasaje se le compra al chofer y ya. Vale aclarar que en su momento no logré encontrar en internet información alguna de este servicio.
Uno de los principales atractivos Třebíč es su basílica, que lleva el poco frecuente nombre de San Procopio (no confundir con Cronopio). De hecho, desde el año 2003 tanto la basílica como el antiguo barrio judío de Třebíč son patrimonio histórico y cultural de la UNESCO. 
La basílica tiene su origen en el siglo X, cuando fue creada como monasterio. Alrededor del monasterio se fue formando un asentamiento que cien años más tarde dío origen a la ciudad de Třebíč.
Como corresponde a cualquier iglesia con cierta tradición (y se precie de tal) la basílica fue sucesivamente modernizada y hoy combina elementos románicos, góticos y hasta algún que otro detalle barroco.
En el caso del barrio judío de Třebíč, se trata del único patrimonio histórico judío ubicado fuera de Israel. Está formado por un conjunto de edificios de viviendas, sinagogas, hospital, cementerio y rabinato. Los primeros habitantes del barrio se establecieron a principios del siglo XIV. Para principios del siglo XX el barrio llegó a albergar a cerca de 1500 judíos. Posteriormente este número comenzó a disminuir producto de la asimilación y la migración.

Con la segunda guerra mundial y la anexión de la actual República Checa por parte de Alemania, el barrio fue transformado primero en un guetto y más tarde su población entera fue enviada a campos de concentración. Sólo diez (¡diez!) de sus habitantes sobrevivieron al genocidio.