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miércoles, 25 de abril de 2018

Foto de miércoles

Roma. Ladrillo, mármol y piedra. Capa tras capa, en una ensalada que habla de la historia que cada edificio lleva a cuestas.

miércoles, 11 de abril de 2018

Foto de miércoles

Ciudad del Vaticano. Una ¿boutique obispal?

sábado, 7 de abril de 2018

Dos semanitas en Italia: Vaticano (la posta)


En general hay gente que tiene el don de viajar sin proponerse planificar mucho. Lamentablemente nosotros no entramos en ese grupo. Iba a decir que yo no entro en ese grupo pero, en honor a la verdad, creo que se trata de un bien conyugal.
Claro que habiendo escrito semejante juicio ahora pareceremos dos maniáticos de calibre importante. Me gustaría pensar que no es el caso. Quizás suene a excusa pero... en ciudades inabarcables donde -para colmo- tenés pocos días, bueno, creo que bien vale el esfuerzo de planificar. No a rajatabla. Tampoco planes que deben ser realizados de forma inapelable. Pero sí, al menos, algunos lineamientos. Un mapa con los lugares a los que queremos ir, una idea de los lugares que nos gustaría visitar, museos a los que entrar, cosas que queremos ver sí o sí, otras optativas...
En general también nos hacemos un mapa donde volcamos (todos) esos lugares. Tratamos de ver cuáles son las distancias, cuáles ameritan tomarse transporte, cuáles se caminan, cómo funciona el transporte, horarios posibles, costos... A lo largo de semejante proceso, quieras o no, te vas interiorizando con el lugar qué vas a visitar. Aprendés sobre su historia, la gastronomía, revisás blogs para comprobar que no se te escapa nada o para sacar más ideas. En nuestro caso también tratamos de escribirnos un pequeño resumen histórico. Qué pasó allí. Dónde, cómo, cuándo. Obviamente, otro entre los muchísimos recortes (por demás subjetivos) que se hacen en estas circunstancias.
Hacer todo este laburo lleva su tiempo. Más si planificas dos semanas en Italia donde hasta el menor cascote que ves tiene su historia detrás. ¿A dónde voy? A la excusa. No tuvimos tuve tiempo para todo y Roma y el Vaticano quedaron medio a la deriva. Roma se quedó en la leyenda y el Vaticano, bueno, ni siquiera eso.
Hay que reconocerlo, años (de estudiar y dar clases) de Historia Contemporánea en Sociales ayudan a pilotear ciertos huecos pero, con todo, el Vaticano ha quedado (y quedará) huérfano de historia, al igual que buena parte de la Roma contemporánea. Así que ya sin más, los/as dejo visitando la basílica de San Pedro.

jueves, 5 de abril de 2018

Dos semanitas en Italia: Vaticano (la previa)


Me voy a ahorrar un esfuerzo enorme al saltearme la historia de Roma y los Estados Pontificios, como se conoció al territorio controlado por los Papas. Bastará con decir que se trató de uno de los tantos estados italianos que controló una buena porción de la península y que, como el resto, tenía su ejército, su policía, sus impuestos... todo bastante terrenal, es cierto. Y como el resto de los poderes terrenales, se inmiscuía en las cuestiones internas de otros estados. Esta historia vino a terminar gracias a la unidad italiana, un preoceso por demás complejo que terminó en 1871 con el Papa considerándose “prisionero” dentro de Roma cuando el rey de Piamonte Italia dio el golpe de gracia y se quedó con lo (casi) último que le faltaba para completar la unificación de la península.

Desde entonces tuvieron que pasar casi cincuenta años para que el Papa de turno se sentara con el gobierno italiano para llegar a algún tipo de acuerdo, normalizar las relaciones y, básicamente, reconocer quién tenía la batuta y cómo estaban las cosas. Lamentablemente para la historia italiana el acuerdo en cuestión fue logrado por el primer ministro italiano de aquel entonces, Benito Mussolini. Podría hacerme un festín con este dato. Sólo diré que, entre toda la gente con la que podrían los Papas para sentarse a negociar, que eligieran hacerlo con Mussolini resulta, cuando menos, bastante esclarecedor. Fin del paréntesis.

Los acuerdos se conocen como “El Pacto de Letrán”. Como en tantas ocasiones, el pacto tomó el nombre del lugar en el que fue firmado; Letrán o, en italiano, Laterano. Más exactamente, el palacio papal de Letrán, una de las tantas residencias de los Papas en la ciudad. Bueno, no una de las tantas sino, más bien, una de las más importantes (entre las tantas).
¿La razón? Bastante simple. Junto al palacio se encuentra la Archibasílica de San Juan de Laterano que es ¡sorpresa! la catedral de Roma. ¿Cómo? ¿y la basílica de San Pedro? San Pedro es la mayor iglesia de la ciudad, la más visitada, la más fomosa y un largo etcétera. Es dónde se realizan la mayoría de los actos papales por su proximidad con la residencia de los pontífices, su valor simbólico, su mayor capacidad pero no, no es ni sede del Papado ni la primera basílica de Roma.
De hecho, Letrán ostenta el (rimbombante) título oficial de madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y el mundo enteros. O sea, catedral de Roma y principal iglesia del cristianismo.
Alimentando la confusión generalizada, desde la época barroca en que la basílica fue remodelada, presenta una apariencia demasiado bastante similar a la de San Pedro aunque, claro, la escala y las dimensiones sean otras.
Hoy Letrán sigue siendo parte del Vaticano, o sea, pertenece a ese micro estado que cuenta con -tan sólo- ochocientos habitantes y cuya superficie es, al fin de cuentas, tan reducida que la Plaza San Pedro y la basílica representan el 20% del total. 

miércoles, 4 de abril de 2018

Foto de miércoles


Museos Vaticanos. Estatua de la Fecundidad. O alguien exageró con las siliconas. 

lunes, 2 de abril de 2018

Dos semanitas en Italia: Piazza Navona


Roma debe de ser una de las ciudades con más capas de cebolla que existe. Cada rincón de la ciudad actual se encuentra sobre capas y capas de edificios y construcciones. Las modernas sobre las barrocas, éstas sobre las renacentistas, las renacentistas sobre las góticas y las medievales sobre las ruinas romanas. A veces se ven unas, a veces otras, a veces todas juntas.
Piazza Navona no es la excepción. La plaza se levanta sobre lo que fue el estadio de Domiciano, construido en el año 85. En el estadio se presentaban los juegos que se conocían como "agones". De agones a navones y de allí a Navona. No es la única huella del pasado en la Roma actual.
En la edad media el estadio fue abandonado y comenzó a ser utilizado como casi todos los grandes edificios romanos de la época: como cantera para la construcción de nuevos edificios. Y así comenzó a desmantelarse el estadio para construir los edificios circundantes. Tan circundantes eran los edificios que se construyeron que, finalmente, terminaron rodeando en casi todos sus lados el predio, que finalmente terminó quedando vacío. Y así para el siglo XV terminó definiéndose la plaza.
En el centro de la plaza se encuentra la fuente de los cuatro ríos. ¿Los cuatro ríos? Sí. Cuatro. Una que representa cada continente. ¿Pero no son cinco los continentes? ¿o seis? Hay que decirlo, en el siglo XVII no eran tantos... Sin Oceanía en el mapa, los escultores respiraron aliviados, ya que podían hacer una fuente simétrica sin volverse locos. Así decidieron que serían representados los cuatro grandes ríos, uno por cada continente: El Danubio (Europa), el Ganges (Asia), el Nilo (África) y ... ¡sorpresa! el río de la Plata por América. Ni el Amazonas ni el Mississippi. No señor, ni señora.

sábado, 31 de marzo de 2018

Dos semanitas en Italia: El coliseo romano


Como toda gran ciudad Roma tiene sus atracciones, sus trampas caza turistas, sus atractivos y sus símbolos. Y si hubiera que hacer una lista, muy posiblemente, el coliseo la encabezaría. Pocos edificios son tan representativos de una ciudad como el coliseo lo es de Roma.
Originalmente se lo llamó “anfiteatro Flavio”, ya que fue la dinastía de los flavios la que lo construyó entre los años 70 y 80. Más tarde lo ampliaron más de una vez edificando más niveles o incorporando las jaulas subterráneas.
El nombre “coliseo” le fue otorgado popularmente, ya que se encontraba cerca de una estatuta llamada “el Coloso de Nerón”. Curiosamente, la escultura que le dio su nombre no ha sobrevivido hasta nuestra época. Como en tantos otros casos, es interesante ver cómo algo que sirvió para bautizar algo tan importante como el coliseo sucumbió en el proceso y fue prácticamente olvidado como referencia.
En fin, dejando de lado las divagaciones histórico lingüísticas, cuenta la leyenda que las festividades por la inauguración del coliseo duraron cerca de 100 días en los que hubo de todo. Mejor dicho, en los que hubo, principalmente, mucha sangre. Cacerías, combates a muerte (hombres contra hombres, hombres contra animales, animales contra animales), sacrificios, recreaciones de batallas y eventos mitológicos. No hay cifras exactas pero solamente en esos 100 días se estima que murieron cerca de 9000 animales. ¡Nueve mil! ¡Sólo en las festividades inaugurales! De hecho, se considera que entre combates de gladiadores, cacerías, luchas con animales y sacrificios, cerca de 200.000 personas murieron durante los quinientos años en que fue utilizado.
En el siglo VI es coliseo dejó de albergar espectáculos, lo cual no quiere decir que fuera abandonado. Como fortaleza, residencia real, bastión, depósito y hasta lugar para acopio de animales, el edificio siguió siendo utilizado hasta que, con los siglos, comenzó a ser desmontado para re utilizar piedras, mármoles y travertinos en otras construcciones.
Curiosamente lo salvo de ser enteramente desmontado la que había sido una de sus principales víctimas. En efecto, la iglesia católica, lo declaró santuario en honor a los cristianos martirizados y sacrificados en su arena, asegurando su supervivencia.

jueves, 29 de marzo de 2018

Dos semanitas en Italia: Roma de leyenda III


Cuando fueron ya grandecitos el pastor les contó toda la historia. Obviamente Rómulo y Remo hicieron lo que cualquier leyenda que se precie de tal indicaría: asesinaron a su tío abuelo, liberaron a su abuelo y lo reinstauraron en el trono de Alba Longa.
Parece que, a pesar de haber pasado unos cuántos años en prisión, el abuelo de Rómulo y Remo poseía una salud de hierro y que no daba señales de ir a estirar la pata necesitar un sucesor pronto. Por su parte, los hermanos -sabiendo ahora de su noble origen- querían reinar. Así que, repitiendo la historia de su tatara-tatara-tatara abuelo Ascanio, partieron de Alba Longa para fundar su propio reino. De nuevo, no se alejaron tantísimo… Decidieron que fundarían su ciudad en donde habían sido encontrados por el pastor. Sí, allí donde la loba (y el pájaro carpintero) los habían protegido.
Claro que no había forma de saber cuál era el lugar exacto y, además, por motivos estratégicos, era mejor fundar la ciudad en lo alto de una colina y no en lo profundo del valle. Ambos hermanos exploraron la zona y, por primera vez, tuvieron una diferencia. Rómulo quería fundar la ciudad sobre el Monte Palatino y llamarla Roma. Remo quería fundarla sobre el Aventino y llamarla Remoria. Remoria, qué nombre, por favor…
Como hoy la capital de Italia se llama Roma y no Remoria imaginarán que Rómulo se salió con la suya. ¿Cómo hizo? Fácil. Los hermanos no sabían quién había nacido antes y quién después, por lo que tuvieron que buscar otro método para decidir quién realizaría sus planes y quien sería el segundón. Decidieron que quién viera la mayor cantidad de buitres al día siguiente sería el afortunado. Ganó Rómulo por goleada. Doce a seis. Rómulo fundó Roma y decidió que mientras se efectuara la consagración de la ciudad nadie podría entrar en ella.
Nuevo momento de tensión y nuevo cliché. Remo lo desafía, viola la ceremonia de consagración y termina batiéndose a duelo con Rómulo. Rómulo lo hiere y al poco tiempo Remo muere producto de las heridas... Sin más contendientes a la vista Rómulo termina la fundación de la ciudad y se dispone a gobernarla.