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jueves, 27 de julio de 2017

Alejandro Magno, el primer romano

Noviembre de 2015. Hostel de Berlín. Después de hacer el check-in vamos a la que nuestra habitación. Cuando entramos conocemos al que será uno de nuestros compañeros de cuarto; un italiano que habla hasta por los codos valiéndose del italiano mezclado con palabras en español, inglés, alemán y andá-a-saber qué más.

Se presenta e indaga cuánto puede acerca de nosotros, no sin dejar de interrumpirnos cada medio minuto. Explica, mientras se levante de la cama, que él es de Roma y que está en Berlín de vacaciones. Ma Berlín non é Italia. No, claro que no. Non a storia qui. Non a edifici romani, non a millenni y millenni di storia. Y, no. E questi tedeschi sono freddi. Sí, los alemanes son fríos. Y la pizza… questa non é vera pizza. La pizza en Italia é una altra cosa. Here, i turcci fazen pizza, indios, turcos, chinos. Ma non é pizza. I tedeschi non ho idea de cosa é una vera pizza. Comprende lo que digo? Capisce? Sí, sí. La pizza de Italia é una cosa spectaculare ma questo, questo non é vera pizza.

Parece que el muchacho hacía tiempo estaba esperando poder hacer terapia con alguien. Nos cuenta que en la habitación también hay una rusa. Ma questa rusa é fredda… Fredda. Por algún delirante motivo toma las preguntas de Diego sobre la rusa como un auténtico interés y aprovecha para ponerle cara picarona y prometerle que le va a hacer gancho con la rusa. Igual no quiere que Diego se haga falsas ilusiones con ella. Questa no rusa non é come noi. É fredda…

La rusa, los alemanes, Italia, Roma, el tano habla de todo a una velocidad imbatible y aunque no llegábamos a entenderle todo, lográbamos hacernos una idea bastante aproximada de que no eran sus mejores vacaciones. I tedeschi son freddi comme questa rusa. Non mi capiscen. No comme voi. No claro, ¿cómo iban a entenderle a este italiano que habla italiano con una o dos palabras en español o alemán aquí y allá? Es cierto que el tano es simpático, pero tampoco se pueden hacer milagros a base de simpatía. Para entender alemán es, casi por definición, necesario hablar algo del idioma.

Debo reconocer que el hecho de que cada vez que mencionaba a la rusa le guiñara un ojo a Diego y le dijera que él se la iba a presentar, que le dijera Dieco, Dieco… con cara de pícaro, fue uno de los mejores momentos de la conversación. Sin embargo, por lo visto, lo mejor estaba aún por venir. Mientras se terminaba de vestir (ya que los veinte minutos anteriores había estado en calzones dando vueltas por todo el cuarto) volvió a arremeter contra Berlín. Los edificios sin historia. La pizza mal hecha. La frialdad de los alemanes. Questo non é comme Italia. Italia é la storia viva. I romani, la chiesa, i renacimiento, Julio César, Augusto, Alessandro Magno, la pizza, la pasta, la storia…

¿¿Alejandro Magno?? ¿En Roma? Ninguno atinó a nada. Roma tiene bastante historia como para tener que robarse personajes históricos de otros lugares. ¿O nos habremos perdido de algo y Alejandro Magno fue el primer romano de la historia?

miércoles, 22 de junio de 2016

Foto de miércoles

Berlín. Restos del muro. Bloques desmontados y vueltos a armar.

domingo, 24 de enero de 2016

Sans Souci (o el relax de un gran pequeño)

Para los que alguna vez fueron a un Bazarfest, San Souci era el nombre de una de las orquestas alemanas que solía ir a tocar al Colegio Alemán de Quilmes para tales eventos. Que yo recuerde, San Souci, la Baden-Baden y alguna otra cuyo nombre ahora se me escapa... No es que haya prestado especial atención a ninguna de ellas (las orquestas de vientos y metales con gente disfrazada de tirolesa no es exactamente mi área musical) pero como bien sabrán, suelo recordar datos totalmente irrelevantes y carentes del más mínimo valor.

Sans Souci es también un parque y un palacio. Además de una expresión francesa. “Sin preocupaciones”, o algo por el estilo. Eso mismo era lo que quería el rey prusiano Federico “El Grande” (reyes y emperadores, todos necesitan algún adjetivo grandilocuente -o llegado el caso, despectivo- que los salve de confusiones y olvidos). Así que lejos -pero no tanto- de las obligaciones berlinesas construyó este palacio en medio de una zona que mandó a parquizar.
 
 A menudo se lo conoce como “el Versalles prusiano” (admite también la variante de “alemán”). Cuando me lleven a Versailles veremos si amerita o no semejante comparación. El conjunto incluye tres grandes palacios, iglesias, ruinas falsas, baños romanos, otras residencias para esposas no del todo deseables (pero no del todo indeseables, como le pasó a alguna que fue directamente desterrada de Sanssouci y tuvo que establecer su residencia al menos a 20 km de su esposo).
Los tres principales palacios son Sanssouci, el Neues Palais y La Orangerie. Este último, al igual que buena parte de las atracciones, está cerrado entre noviembre y febrero (Nota mental; ¿cuántas veces van ya?). Los otros dos están abiertos todo el año, aunque las cocinas, sorpresa, están cerradas también durante otoño-invierno. De los dos el Neues Palais es el más grande y más imponente. Y es el palacio en el que el rey que lo mandó construir jamás residió. El palacio fue construido para recibir visitantes y realizar eventos, y demostrarle al resto de países europeos que Prusia aspiraba a ser una potencia de primera línea y poseía, por tanto, una corte a la altura de sus expectativas. 
La postal clásica de Potsdam la constituye Sanssouci, el palacio que da nombre al parque, que tiene la mejor vista y que fue el favorito de Federico “el Grande”. Es más pequeño porque el rey no quería recibir en él más que a sus amigos más íntimos o invitados especiales, como Voltaire, que pasó algunas temporadas en la corte y, particularmente, en Sanssouci. De hecho, el nombre del palacio lo que intenta revelar es, precisamente, el ambiente que se esperaba flotara en el palacio. Sin apuros ni problemas, un lugar fuera de las obligaciones y el protocolo. Eso no implica que el palacio sea sencillito ni mucho menos. Tampoco es que le haya salido baratiiito. El palacio da a un desnivel escalonado en el que se plantaron vides, cerezas, moras, rosas, duraznos, frutillas y mil cosas más en unos gabinetes vidriados, de modo que las flores y las frutas pudieran estar a salvo por la noche de las heladas e inclemencias climáticas. Obviamente cuando llega el invierno ya no hay vidrio que salve a las plantas (Nueva nota mental, evitar visitar jardines palaciegos en invierno).

 
 
Amigo de Voltaire, modernizador de la economía y del ejército prusiano, criado en una disciplina estricta a la que hoy no dudaríamos en señalar de “prusiana” si no fuera porque en su caso sería una total redundancia, peleado con su padre, pequeñito (un metro sesenta y corto), lector compulsivo, Federico (aún no sé si el sobrenombre fue idea suya o de uno de sus enemigos) transformó a la lejana y rural Prusia en una especie de potencia de segundo orden y dejó buena parte del camino allanado para que sus sucesores siguieran construyendo sobre lo que él dejó, literal y figuradamente, porque también se dedicaron a ampliar el Neues Palais y Sanssouci y lo redecoraron una y otra vez. De hecho la decoración original fue realizada en un estilo de barroco que según nuestra audioguía se llama “rococó federiciano” y que fue preservado sólo en una o dos habitaciones. 
Luchando para descontracturar tanto dorado, tanta seda y tanto ambiente barroco.
 
 ¿Tanto palacio para esa camita? Aparentemente aún no habían inventado el concepto de colchón "king size" antes del 1800. O quizás sí pero los nobles prusianos que no hablaban inglés no se habrían enterado de la novedad.
De muestra para ilustrar el "rococó federiciano" basta un botón o, en este caso, mejor dicho, una colección de pajarracos… El motivo que más se repetía en este estilo. 
Y para el final de Sanssouci, el cuadro de Federico “el grande” de Andy Warhol, que se dedicó a intervenir uno de los retratos más tradicionales del pequeño Federico.
 Si Sanssouci era su refugio personal (su mujer no tenía una habitación para ella y había mandado que las bibliotecas fuesen de su altura para no necesitar ayuda para acceder a los libros) el Neues Palais estaba destinado a la lacra de cortesanos/as, amigos/as, visitantes ilustres y no tanto, familiares lejanos indeseables o otra gente encantadora que pululaba por los pasillos de la corte...
 

Uno de los puntos destacados del palacio es conocido como “la gruta”, un gran vestíbulo para los invitados, recubierto y decorado íntegramente con caracoles, coral y piedras preciosas (y no tanto).
 
Otras habitaciones tenían una decoración también barroca y rica en detalles aunque ligeramente menos rebuscada. Aquí sí se podía sacar fotos, así que nos dimos un panzazo. Aunque con el atardecer fuera y una iluminación mínima para no dañar las pinturas y telas originales muchas salieron ligeramente oscuras.
Más adelante los emperadores alemanes (después de 1871) también residieron en verano aquí, dejando Sanssouci como museo. Con el cambio en los estándares de higiene introdujeron algunas modificaciones, como las bañeras y baños. En efecto, en la época de Federico bastaba para baño una escupidera/bacinilla que estaba en un recoveco no ventilado de la habitación y para bañarse se llevaban una bañadera móvil de un lado al otro y se calentaba agua en las estufas… luego, adiós a la bañadera, el baño se desarmaba y san-se-acabó. Los últimos emperadores alemanes hicieron reformas el palacio para que tuviera baños con canillas de agua caliente y corriente, duchas con electricidad y comandos para llamar al personal de servicio cuando su majestad imperial necesitaba ser enjabonada asistida en la bañera. 
Entre otras cosas, cuenta la audioguía que nos dieron que parte de los cuadros que decoran las paredes fueron comprados por los reyes de Prusia ya que la emperatriz austríaca los había rechazado por “demasiado libertinos”. Más allá de aprovechar la oferta (el pintor debe haber hecho una linda rebaja en el precio producto de su caída en desgracia) querían demostrar que a diferencia de la pacata corte vienesa, en Prusia estaban abiertos a nuevas ideas. Después la revolución francesa demostró que tampoco estaban ni tan abiertos ni a tantas ideas. Para después de Napoleón terminaron bastante menos abiertos a cualquier idea política nueva, aunque en la economía se permitieron aceptar alguna que otra cosilla.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Berlín 1.2


Al domingo siguiente amanecimos bastante tempranito. Está bien, super temprano. Me cuesta quedarme en la cama a la mañana, me hago cargo. Supongo que después de haber de haber pasado un año levantándonos a las 5.30 de la mañana mi reloj biológico se sobreadaptó.

Nuestro hostel incluía desayuno así que aprovechamos para arrancar el día con todo; yogurt con cereales, café con leche, tostadas con nutella y, como nos esperaba una jornada larga, un sándwich de queso. En el desayuno acá es bastante normal también comer huevos duros o revueltos, salame, jamón, tomate, pepinos o algo por el estilo. Todavía no nos daba para tanto aunque antes de irnos probamos una fetita de salame.
El programa para el domingo consistía en atravesar la ciudad desde el centro de lo que fue Berlín oriental hasta el centro de lo que fue Berlín occidental, después ir hasta Charlottenburg y volver a Alexanderplatz a tiempo para tomarnos el micro que nos devolvería a Dresden. Por su historia Berlín es una ciudad especial; de pueblo olvidado a capital de Prusia primero y de Alemania después. Cada período fue dejando su huella en la ciudad, como así también las modas arquitectónicas, las ideologías y, obviamente, la riqueza relativa de la ciudad y del país a lo largo del tiempo. La segunda guerra mundial también dejó su huella y tanto la división de la ciudad como la construcción del muro hicieron lo propio. Como resultado la ciudad tiene dos centros, dos zonas de teatros, dos barrios universitarios, dos óperas, dos filarmónicas, dos áreas de museos, tres aeropuertos y quichicientas estaciones de tren. Todo esto sin mencionar la alternancia de edificios históricos con torres vidriadas, bloques de hormigón, cúpulas neoclásicas y torres de ladrillo. Y grúas. Grúas por todos lados. Quince años después de la reunificación la ciudad aún sigue en proceso de compaginar sus dos partes; nuevos edificios en la zona del muro, más estaciones de subte para combinar las dos redes de transporte, nuevos edificios de gobierno, mucho estilo pseudo modernoso que no siempre se integra bien al paisaje, reconstrucciones contemporáneas de edificios históricos, mantenimiento de los más antiguos. Pareciera que siempre hay algo más por hacer. Habrá que ver qué ocurre dentro de veinte años…
Primera parada del día de la fecha, embajada argentina. A pasitos nada más del Zoologischer Garten, el centro del ex Berlín occidental. Luego del trámite, directo hacia la Gedächnitskirche, también conocida en castellano como la “iglesia memorial”. Si la Alexanderplatz era el corazón de Berlín oriental, esta zona lo era para Berlín occidental. La Gedächnitskirche se preserva más o menos como quedó en 1945, a modo de recordatorio. No es la única ni la primera iglesia que cumple esa función, pero quizás sí sea la más famosa.
Muy cerca se encuentra el Jardín Zoológico, otra de las postales clásicas.
Desde ahí, directo hasta Charlottenburg, hoy un barrio de Berlín que alguna vez estuvo en las afueras de la ciudad. En el camino nos topamos con el puente de Charlotte y su mercado de pulgas. Nuevamente, vajilla vieja, muebles antiguos, cristalería y porcelana al por mayor, cosas de la DDR, pantuflas, cosas importadas, de todo.
La construcción del Palacio de Charlottenburg, al igual que la de muchos castillos y residencias, fue un proceso paulatino e inconstante. El eje del palacio se construyó entre 1695 y 1699 para Sofía Carlota esposa del príncipe elector heredero de Brandenburgo y futuro rey de Prusia. En principio fue su residencia de verano y, el resto del año la princesa vivía en el palacio de Berlín, imaginamos que con su esposo. Sin embargo muchos príncipes y reyes fueron "metiéndole mano" al palacio y con sucesivas ampliaciones llegó a su dimensión actual, de cerca de 300 metros de largo. Sí, es un poquito una exageración pero es  lo que hay de punta a punta del palacio.
Una parte del palacio estaba con obras de mantenimiento. Entre eso y que atardece super temprano, no tenemos hermosísimas fotos del palacio. Nota al pie: El fin del otoño europeo no es una buena época para planificar un viaje, al menos a Alemania. No sólo reducen parte de las exposiciones sino que realizan mantenimiento de edificios, cierran museos (o alas) y, además, a las cinco de la tarde ya es totalmente de noche.
Con el anochecer pisándonos los talones volvimos hasta el Zoologischer Garten y de ahí hasta Alexanderplatz. Un capítulo aparte merece el cuasi síncope que sufrimos al ver que uno de los relojes de la estación de tren nos informaba que ya eran más de las nueve de la noche y que, por lo tanto, estábamos a punto de perder nuestro micro. Y luego la incomprensión absoluta a ver que en la estación de trenes había por lo menos dos horas diferentes entre sí. Afortunadamente la explicación era más sencilla de lo que pensábamos; ese noche más tarde iba a haber cambio de horario y alguien había tenido la genial idea de comenzar a aplicarlo a los relojes de la estación. Con los corazones sin palpitaciones fuera de lo normal y las piernas cansadas de tanto trajinar os subimos aliviaos a nuestro micro en tiempo y forma para llegar a Dresden después de las once de la noche, preparadísimos para dormir como dos bebés.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Berlín 1.1

Día de elecciones en Argentina, fin de semana de visita en Berlín*

*Aún no tenemos del todo claro si aprovechamos que vamos a la embajada argentina a justificar que no votamos para visitar la ciudad o si vamos a justificar que no votamos aprovechando la visita a Berlín. Por el retraso crónico que acarrea este blog no es un detalle menor señalar que la jornada de elecciones referida no es la de la reciente segunda vuelta sino la de la aún más distante primera vuelta…

Nuestra aventura comienza en la Alexanderplatz, el corazón de lo que fue Berlín oriental, muy cerquita del Nickolai viertel, el barrio más antiguo de la ciudad. Dicho sea de paso, la ciudad de Berlín actual toma como fecha de fundación el año 1307, cuando dos pueblos se unieron para formarla.
Aparentemente fue una especie de rincón olvidado lejano del eje del poder del Sacro imperio romano germánico hasta que en 1415 se transformó en la capital del margraviato (sí,sí, MARGRAVIATO) de Brandenburgo, más tarde asiento del príncipe elector y desde 1701, fue la capital del reino de Prusia. Con la unificación alemana llevada a cabo por Prusia se transformó en la capital del imperio alemán. Actualmente tiene 3 millones y medio de habitantes y en la zona metropolitana habrá unos 6 millones.

Pero volvamos al recorrido… arrancamos donde nos dejó el micro que nos trajo desde Dresden; la Alexanderplatz. Durante la época de la Alemania Oriental este lugar fue el epicentro de la vida política, cultural y económica del país. Hoy es una plaza rodeada por centros de compras de varios pisos, shoppings, megatiendas y cadenas de negocios de toda la galaxia. Más allá de la ironía aún hay unos pocos edificios gubernamentales dando vueltas, principalmente los de la ciudad. Muy cerquita de la plaza se puede ver la bandera de la ciudad flameando: un oso negro (que por alguna razón saca la lengua) sobre un fondo blanco con dos bandas rojas más delgadas arriba y abajo.

El panorama de las inmediaciones a la plaza lo domina una de esas monstruosidades arquitectónicas a las que eran tan afectos los alemanes de los cincuenta y los sesenta: las mega antenas de televisión con confitería.
Sacándole el jugo a la guía de Berlín que compré hace 18 años (¡18 años!) seguimos viaje hacia la Isla Bode, también conocida como la isla de los museos. Pero antes de llegar, una foto con las esculturas de Marx y Engels a orillas del río Spree…
 
Si hay en Berlín un edificio que llama pronto la atención (positivamente hablando) es la catedral. Sufrió más reformas de las que Wikipedia puede contar, pasando por quichicientos estilos arquitectónicos hasta llegar a su actual apariencia. A diferencia de otras iglesias que se van reformando añadiendo una torre aquí y otro engendro allá, en su última renovación fue reconstruida casi desde cero, con lo cual el resultado final, además de imponente resulta armónico. En el Berlín del siglo XXI (Veintiuno, por si estás sumando cruces y palitos) eso no es poco
  
Frente a la catedral comienza el complejo de museos (que no están precisamente acomplejados, como ya verán) de la “Isla de los Museos”. Es una combinación de edificios de estilo neoclásico más o menos intenso, mucha inspiración griega y romana para el exterior e interior y unas colecciones bastante interesantes.
Los nombres no se condicen del todo con los contenidos ya que el nuevo y el viejo museo comparten muestras sobre Egipto, Grecia, Roma, etc, etc.

El que más nos interesaba era el Pergamon Museum. En su ala antigua tiene una reconstrucción de la entrada a la ciudad de Ur y el acceso (original) al mercado de Mileto, entre otras reliquias de Babilonia, Grecia y Egipto. Al parecer una práctica muy común para las potencias europeas consistía en financiar expediciones “arqueológicas” que se volvían con las manos llenas de artefactos, esculturas, momias, vasijas, columnas, edificios enteros y vaya a saber uno qué más.
Otra de las alas del mismo museo alberga la colección de arte islámico. También trasladaron el friso del palacio de ya-no-sabemos-qué sultán desde Damasco.
Junto a este museo está el Nuevo Museo. Nuevamente Egipto, Grecia, Troya, los etruscos. La joya de este museo es el busto de Nefertiti. Como toda joya de museo no puede ser fotografiada. Y sí, hay que promover la industria de la postal. Y las hay en blanco y negro, o pop al estilo Andy Warhol, desde cerca, desde lejos, maquetada, en fin, de todas las formas y colores.
El último museo de la isla que nos quedaba era el BodenMuseum, tiene principalmente escultura y pintura de índole religioso de la edad media y el renacimiento con algunos toques de modernidad aquí y allá.
Con la cuota de museos cubierta salimos al mercado de pulgas. Pinturas, cuadros, tazas, tacitas, libros, cds, discos, cosas de la DDR (República Democrática Alemania, más conocida como la Alemania oriental), autitos de colección, toda la cristalería habida y por haber. Sin embargo ya tendremos un poco más de tiempo para dedicarle al mercado el domingo. Por ahora el destino es la Puerta de Brandenburgo y el Reichstag, la “cámara de diputados” alemana. En mi estadía anterior en Berlín (éramos tan jóvenes…) el edificio del Reichstag estaba bajo andamios, y la cúpula vidriada aún en construcción y tuve que contentarme con ver únicamente su ubicación. 
Ahora finalmente puedo conocer el edificio que además de contar con mucha historia (su incendio “fortuito” le sirvió de excusa a Hitler para cerrarlo) forma parte del imaginario berlinés. Como cuenta con un ascenso espiralado que hace gala de su vista de 360° la cúpula vidriada es una atracción en si misma, razón por la cual había más de una hora de espera para poder subir y al menos dos controles que atravesar. Cúpula vidriada “qué lástima pero adiós… me despido de ti y me voy” … y no es que vayamos citando a Julieta Venegas por la vida pero semejante cola no se justificaba.
Así que aprovechando los últimos rayos de luz emprendimos la vuelta hacia el Berlín oriental previa nueva pasada por la puerta de Brandenburgo. Para quienes se estén preguntando en este momento por qué en esta foto Diego y yo parecemos de la misma altura, sí, estoy parado sobre el cordón de la vereda.
Además del descanso en nuestro hostel nos aguardaba el Nickolaiviertel, o sea, el Barrio de Nickolai, teóricamente el más antiguo de la ciudad. Debe su nombre a la iglesia de torres “diferentes” que allí se encuentra. "Diferentes" porque ambas torres se encuentras pegadas una a la otra. Además, como buena parte de otros edificios pintorescos pero de naturaleza no esencial, la iglesia no fue reconstruida durante el período de la DDR, (La República Democrática Alemana) sino recién en 1996. Tanto por sus calles como por las de otros barrios de Berlín es posible toparse con osos pintados más o menos simpáticamente (se acuerdan, el oso es el animal heráldico de Berlín y está en la bandera de la ciudad). Y se ve que no todo el mundo puede resistir la tentación de fotografiarse con ellos.