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jueves, 11 de agosto de 2016

Suiza Sajona: de Königstein a Krippen

Otro fin de semana sin lluvia, otro día de trekking en la Suiza Sajona. El buen clima hay que aprovecharlo. No es que el verano sea terrible acá pero si suele ocurrir que después de cuatro o cinco días de sol y calor, al hilo suele sobrevenir una tormenta de verano. Con tal mala suerte que tal evento suele coincidir con los fines de semana. Pero hoy no. Como diría Fito Páez, arriba todos … es un día de sol. Suiza Sajona, ¡Allá vamos!

El plan de hoy es unir Königstein con Krippen a través del Camino del Pintor. EL tren nos deja en la estación de Königstein, muy cerca de la fortaleza. (Sobre la fortaleza podés leer aquí Königstein) y rápidamente se aleja del pueblo subiendo a las montañas de arenisca del Elba.
Mientras subíamos empezamos a escuchar algo de música, lo cual es raro ya que la montaña, ni aquí ni allá, suele ser un lugar habitual para andar con radio o equipo de audio. Después de continuar el camino descubrimos que un grupo de cinco personas habían subido con violines, chelo e instrumentos de percusión para jugar a los elfos del bosque y ensayarse algo. No nos podemos quejar. Parece que hoy la senda viene con banda sonora y todo.
Luego de buscar por diez minutos el mirador que se suponía estaba ahícito nomá nuestra senda comenzó a bajar hasta u bosque lindante con un prado.

Para mi sorpresa, entre el bosque y el prado hay una serie de mangrullos, como si se tratara de puestos de vigilancia u observación. Son de maderas y, realmente, no tengo ni idea de para qué se utilizarán, pero por un momento siento una especie de déjà vu. Luego me acuerdo de la película La Aldea. Pero no, no creo que sirvan para vigilar a las criaturas del bosque. O no al menos de ése modo.
El siguiente tramo del camino nos lleva directo hasta Pfaffenstein, una suerte de meseta rocosa desde la que hay una vista muy linda. También hay una serie de agujas de piedra y paredes que aquí y allá nos cortan el paso. De todos modos logramos dar con la salida y el camino nos devuelve al bosque.
Siguiendo la senda llegamos hasta una zona de reserva natural cerca de un pueblo que creemos que ni siquiera aparece en el mapa. Junto a la senda hay unos carteles que tardamos un buen rato en descifrar. El camino atraviesa terrenos privados y un santuario animal, por lo que no se puede salir de la senda. Si no significaba eso, no importa. Nos comportamos como si nuestra traducción fuese infalible y ya, seguimos el camino directo a Kleinhennrsdorf, otro pueblito indistinguible de los demás.
A esa altura debíamos alejarnos de la senda del pintor y dirigirnos hacia Krippen. Pero claro, lo que en nuestro mapa aparecía como una senda inconfundible en la realidad es una maraña misteriosa de caminos que se cruzan en todas las direcciones. Al este o al oeste, al norte o al sur, las flechas dicen que Krippen está en todas las direcciones. ¿Cómo es posible? No sé. Pero es.

Optamos finalmente por la que decía Krippen 15’. Luego de cinco minutos, un nuevo cartel. Krippen 15’. Lo seguimos. Tras otros cinco minutos de caminata otra señal. Krippen 15’. Y así dos veces más. No sé cual de todos ellos tenía la razón. Lo cierto es que llegamos al pueblo luego de los quince minutos más largos de la historia de la humanidad, decididos a coronar nuestra caminata con una cervecita. Después de haber yirado más de cinco horas por la montaña la tenemos bien merecida.

sábado, 18 de junio de 2016

La Suiza Sajona y el camino del pintor. Segunda parte.

Luego de descansar un poco y vérnoslas cara a cara con sendos conos de helado, encaramos la segunda parte del trayecto que habíamos diseñado, de Stadt Wehlen hasta Kurort Rathen, otro pueblo a orillas del Elba. En el medio nos esperaba el Bastei.

El Bastei es una de las joyas de la Suiza Sajona. Es como cuando buscas Bariloche en el Google y te aparecen mil fotos del Llao Llao. Bueno, quizás es un poco menos, pero la asociación está. Cuando buscás Suiza Sajona, aparece –casi siempre- el Bastei.
¿Qué es? Se supone que es una formación rocosa de casi doscientos metros de altura que se eleva ahí nomás del Elba. Ya a principios del siglo XIX era considerada como atracción turística de primer nivel, por lo que en 1824 se construyeron los primeros puentes de madera que unían las diferentes rocas. Poco después, en 1851 se construyó el puente actual hecho con la misma piedra caliza de la región.
Una vez allí descubrimos que no todos los visitantes llegan por el camino del pintor. De hecho, muy cerca hay un hotel, una cafetería y un restaurante, además de una parada de colectivos para el transporte local.
Obviamente, tanto desde el Bastei como desde los demás miradores del lugar hay vistas panorámicas de toda la región: el Elba, las montañas, las rocas y hasta la fortaleza de Königstein.
Desde allí también se accede a Neurathen, a una fortaleza del siglo XIII que fue abandonada en el siglo XV. De la fortaleza poco queda ya en pie y buena parte de lo que se ve es la reconstrucción de la empalizada exterior, que hoy cumple la doble función de recrear las defensas en su estado original como así también impedir la entrada de los turistas que no pagan la entrada.
Desde allí es todo en bajada hasta Kurort Rathen, otro de los pueblitos que se encuentra a orillas del Elba. En este caso, es famoso porque además es sede de uno de los teatros a cielo abierto más pintorescos de la región. Claro que -como estábamos a principios de la primavera- la temporada aún no había comenzado y estaba cerrado.
Para regresar sólo nos quedaba cruzar el Elba en ferry y esperar al tren que nos llevaría de vuelta a Dresden, cruzando los dedos para ver si conseguíamos asientos. Mal no nos iban a venir.

jueves, 16 de junio de 2016

La Suiza Sajona y el camino del pintor. Primera Parte

Desde tiempos ya inmemoriales (¿fines de marzo? ¿principios de abril?) veníamos posponiendo sistemáticamente nuestra primera salida al parque nacional de la Suiza Sajona. Que la lluvia, que el viento, que el frío. Hasta que se produjo el milagro. No, no era un pronóstico de ensueño. Era tan sólo la promesa de un día medianamente nublado, ligeramente fresco aunque no tan feo (léase, sin lluvia). A abril no se le puede pedir más.

Volviendo a la excursión, primero, lo primero. A definir opciones… Revista del Parque Nacional de la Suiza Sajona en mano, buscamos qué caminatas podíamos hacer en un día, empezando y terminando cerca de estaciones de tren o paradas de colectivo. Afortunadamente el archifamoso sendero del parque, el Camino del Pintor, tiene un par de etapas que bien se ajustaban a nuestros deseos. ¿El camino del pintor? Sí, el camino del pintor. ¿Qué tienen que ver los pintores con el parque? Mucho.

Al parecer las caminatas en la zona siempre estuvieron bastante vinculadas al arte (Para más información podés leer El Elba, las montañas y la Suiza (¡sajona!)). Y así como fueron dos suizos que estaban en la Academia de Música quienes le dieron el nombre a la región, otros tantos artistas han hecho de las suyas… Carl Maria von Weber –una de las glorias de la música local- era bastante afecto a salir a caminar por aquí. Tanto que ambientó una de sus óperas en la región. Otro de los visitantes que al parecer se inspiró en la Suiza Sajona para componer fue otro viejo conocido nuestro, Richard Wagner. Pero la Suiza Sajona no es tierra únicamente de músicos. Los pintores también han sido de la partida. Y en pleno romanticismo no fueron pocos los que vinieron a buscar inspiración por estos pagos. Como resultado existe “El Camino del Pintor”, una senda que recorre buena parte del parque (propuesta para hacer en cinco o seis días) pasando por todos los lugares que fueron pintados por alguno de los popes de la Academia Sajona de Artes Plásticas. 

Con el destino ya definido sólo faltaba prepararse.

-  Che, ¿qué decís? ¿tendríamos que comprar un mapa de sendas del parque?
-  No, no creo… tenemos el mapita de la revista del parque
-  Es cierto…
-  Pero si querés…
-  No, no, está bien… con el de la revista tiene que alcanzar. Es llegar a la senda del camino del pintor y seguirla. Tiene que estar bien señalizada, si es super famosa.
-  Supongo que sí

ERROR. O no del todo. Pero error al fin. Es cierto que el Malerweg (camino del pintor en alemán) es la senda más famosa. Pero ni es la única ni todos sus tramos se encuentran tan bien marcados… En fin, como decía Alanis Morisette allá lejos y hace tiempo; you live, you learn.

Fuimos en tren hasta Pirna y desde ahí, a empezar a caminar. Cruzamos el río, pasamos por Copitz y en dirección a otro pueblo nos encontramos con algo inesperado. Al parecer muchas de las rutas alemanas carecen de banquinas o de lugar para caminar. No es que haya un pedacito angosto o no muy cuidado. En este caso, simplemente, no hay nada. N-A-D-A. Así que en lugar de ir a Lohmen encaramos para otro pueblo que sí tenía una senda. Y de ahí a otro pueblo. Mejor dicho, un micropueblo, porque ni siquiera figuraba en nuestro “mapa”. Nota mental, HAY que comprar una guía de sendas del parque.

Con más intuición que conocimiento certero decidimos tomar otro camino en dirección a otro pueblo que -según nuestro vapuleado entender- debería estar en la dirección correcta. Sobra decir que me acordé de todas las situaciones vividas a lo largo de sendas y vacaciones en las que me o nos encontramos en situaciones semejantes. (Alguna vez incluso fuimos salvados por cierto afamado instinto bovino a la hora de seguir huellas ¿Alguien se acuerda?).

Y mientras empezábamos a pensar que éramos dos inconscientes incapaces de localizar nada,  mirácolo, un rayito de luz. Para ser honestos, dos rayitos de luz… luz solar y luz metafórica. Además de disfrutar de cierta mejoría climática, de repente vimos aparecer un grupo de gente que se dirigía en dirección a algo que nos pareció ser lo más cercano a una senda que hayamos visto en lo que llevábamos pateando. Obviamente fuimos hacia allí antes de que el hechizo se desvaneciera y los caminantes se esfumaran. Primero, hasta el comienzo de la senda y luego hasta un cañadón. Allí nos esperaba la claridad. Ya no la del día sino la otra.
Primer descubrimiento del día. Sí existe el Malerweg, pero también existen mil millones más de sendas y caminos. Ergo, más nos vale comprar la dichosa guía y prestar atención a señales y cartelitos.
Lo primordial ya estaba. Habíamos llegado a la primera referencia del Malerweg. Al menos ya estábamos en el camino. Y eso hicimos, seguimos la senda que empezó a bordear el arroyo que habíamos visto. Mientras avanzábamos de pronto empezamos a escuchar algo que parecía ser música clásica, una orquesta o algo. Qué raro. ¿Quién vendría hasta acá con un equipo de música? Claro, realmente nadie lo haría. Pero como aquí se encuentra uno de los quichicientos memoriales de Wagner, panel solar mediante, la opertura de Lohengrin suena informándonos que este es el mismísimo lugar en el que habría sido compuesta.
Desde allí el camino da una vuelta larguísima para rodear el dichoso pueblo de Lohmen. Ése mismo al que no habíamos podido llegar por la ruta. Más tarde se cruza otro arroyo y se ingresa al Parque Nacional propiamente dicho. 
La zona es famosa por sus montañas de arenisca. Rocas y paredes de piedra caliza que en esta parte del parque encajonan el Malerweg y lo hacen parecer una trampa digna de película al mejor estilo del Señor de los Anillos. Como -afortunadamente- nadie jamás ha visto un orco (no al menos en las inmediaciones) decidimos adentrarnos.
Se supone que la senda recorre esta parte del parque por cerca de dos horas avanzando entre las paredes de piedra y llegando a claros aquí y allá. Sobre el final se llega otro arroyo y comienzan a aparecer algunas casas. Más tarde se realiza un pequeño ascenso y desde allí se ven el Elba y Stadt Wehlen, nuestra primera escala técnica.

jueves, 19 de mayo de 2016

El Elba, las montañas y la Suiza (¡sajona!)

Casi siempre llega el momento en que uno cree haberlo escuchado todo. O casi. Yo ya había escuchado hablar de suizo-alemán, suizo-francés, suizo-italiano… ¡Hasta de suizo-argentino! … pero ¿suizo-sajón?, jamás en la vida. O no, al menos, hasta que vinimos a Dresden.

Pues bien, existe. Existe la Suiza Sajona o, cuando menos, su Parque Nacional. El Parque Nacional de la Suiza Sajona (preparen la garganta para las gárgaras que ahí va el nombre en alemán: Nationalpark Sächsische Schweiz). Queda en el sur de Sajonia, lindante con la República Checa. De hecho, al otro lado de la frontera hay otro parque nacional. El de la Suiza Bohemia, que ya es como un poquito demasiado.
Se trata de un área de reserva natural establecida en 1990 que ocupa casi 710 km2 y –en teoría- protege la zona boscosa que cubre las “Montañas de Arenisca del Elba”. Sí, definitivamente han estado consumiendo sustancias de dudosa legalidad a la hora de ir denominando las cosas por estos lares… Si bien la altitud del parque no es especialmente significativa (sus “picos” son de 560 mts de altura -Bariloche se encuentra a 600-) sí es llamativo el contraste que produce con el cercano río Elba (que se encuentra a 110 metros de altura), generando esos acantilados de piedra tan dignos de las aventuras de Frodo y Sam.
Aparentemente el nombre se debe a dos suizos que allá por el siglo XVIII formaron parte de la academia sajona de música. Cuenta la leyenda que un buen día habían decidido salir de trekking cuando allá lejos divisaron las mesetas de la arenisca y hacía allí se dirigieron. Cuando regresaron a la ciudad -después de su aventura- relataron a curiosos -y víctimas de sus charlas habituales- las maravillas visitadas y lo mucho que la región les hacía recordar a su país natal. No se sabe si al rey le pareció un motivo encantador para ponerle el nombre a la región o si optó por llamarlo así como una especie de chiste interno. La cuestión es que así se empezó a llamar a la zona.
Además de ríos, montañas, mesetas y bosques, el parque también alberga la fortaleza
de Königstein (para más información podés leer Königstein (Episodio I) y Königstein (Episodio II)). Se trata de una de las joyitas sajonas, famosa por ser una de las fortalezas de montaña más grande, por poseer el pozo de agua más profundo de Europa y por haber albergado a la nobleza sajona cada vez que a los austríacos o prusianos se les ocurría echar mano a sus ejércitos para reclamar algún territorio sajón o, simplemente, pasar a saquear.
Uno de los caminos más famosos que atraviesa el parque es el Malerweg (la senda del pintor) que visita muchos de los lugares más icónicos de la región. Sin embargo hay muchísimos más. En breve –mejora climática mediante- podremos adentrarnos un poco más por sus sendas. Por ahora deberá basta con las fotos que tomó Diego cuando vino a finales de junio del 2015.

jueves, 22 de abril de 2010

Rucaco II (Modelo 2010)

Si me había sorprendido durante el camino no haber vistos rastros de un otoño que no terminaba de llegar, más habría de sorprenderme después de llegar a la "cancha de fútbol". No, no se preocupen, no cambié mis hábitos y sigo sin pisar una cancha de un equipo dedicado a tal deporte... es sólo que así se llama el lugar al que se llega después de continuar el ascenso desde la laguna Schmoll.

No voy a negar que no estaba ligeramente orgulloso de mi por haberme bancado el tramo caminado hasta entonces y, más aún, por el buen tiempo que llevaba (Nota: Buen tiempo para mí, que la primera vez que subí al Frey me casi me muero antes de llegar... No comparado con la gente "pro" de la montaña). La vista desde el filo era buenísima y aproveché para experimentar con el temporizador de mi máquina.

A pesar del cielo azul, sabía que la temperatura era relativamente baja, pero a fuerza de cargar con mi mochila (y por ende con la bolsa de dormir, la carpa, el calentador, la ollita y la comida) no dejaba de sentir cierto calor que me llevaba a continuar la marcha en camiseta.
No importa cuántas veces lo vea, el Rucaco siempre parece mágico
Jakob a la izquierda, Lynch a la derecha... Sigo mi senda y me encuentro con la siempre impactante imagen del valle del Rucaco... El arroyo serpenteando, su andar ondulado por el valle, el bosque de lengas y la pradera. Me sorprendió que, en contraste con el año anterior todo estuviera tan verde. Si no fuera por la temperatura que no permitía que me engañara hubiera pensado que estábamos en verano. Hacía un año que había estado allí y no había visto ni dos lengas con hojas verdes, el valle inundado de amarillos, rojos, ocres... tan diferente de lo que ahora se extendía frente a mi.

Me dispuse a bajar por entre las piedras con la certeza de que si no quería romperme nada tendría que tener cuidado. Ya lo saben, tengo cierta tendencia a la torpeza, razón que me obliga a tener cuidados extra -básicamente mirar y concentrarme- en este tipo de circunstancias. Piedras, piedras y más piedras. Grandes y firmes al principio, más pequeñas y sueltas a medida que veía que me acercaba al bosque. Hasta que finalmente llegué al lecho seco del arroyo que marca el camino a seguir.

Las piedras fueron disminuyendo y las lengas ganaron en altura. Las más achaparradas fueron quedando atrás mientras poco a poco me adentraba en este bosque tan especial. Cada vez que estoy ahí recuerdo por qué me gusta tanto ese lugar. No será la primera vez que lo diga, casi seguro tampoco la última... pero tiene esto tan especial que me hace volver una y otra vez. Esta sensación de vacaciones mezclada con la certeza de estar (casi) solo en medio del bosque, ver la luz filtrándose por entre las lengas, salir del bosque y entrar abruptamente, sin avisos ni transiciones, a la pradera que está en el centro del valle.
Embebido e idiotizado en esta sensación que me invadía llegué a la zona de acampe. Miro los distintos lugares para acampar y elijo uno que me parecía que estaba bueno. Tiro mi mochila ahí y me pongo a elongar. Mientras iba elongando miraba tratando de averiguar si había alguien más en la zona. Nadie por aquí, nadie por allá... y mientras iba terminando de elongar unas risas se dejaban oir a lo lejos. Las risas no tardaron en adquirir formas humanas que llegaron y se quedaron a unos 6 ó 7 metros de donde yo estaba. Nos saludamos y cruzamos un par de palabras.

Mientras ellos terminaban de elongar tomé mi botella de agua, mi libro y mis anteojos de sol para tirarme a leer algo, hidratarme y relajarme un poco mientras el aire del valle aún estaba cálido. Llevaba leídas dos o tres páginas cuando noté cierto movimiento entre mis compañeros de acampe. Los colores de sus comperas y mochilas se movían de un lado para el otro, yendo a parar extrañamente cerca de donde mi mochila había quedado tirada. Me llamó la atención tanto como para pararme y chequear la situación.

Para mi sorpresa habían dejado sus cosas a dos metros de mi mochila y empezaban a buscar su carpa. Miré con cara de extrañeza en ese dirección tratando de ser visto. Nada, ninguna reacción. Vuelvo a repetir el procedimiento mientras empiezo a pensar si iba a encararlos preguntándoles si no habían visto mi michila o si iba a armar mi carpa a escasos dos metros de la de ellos... o tal vez dar por perdida la batalla y buscar otro lugar. Casi con intuición provinciana pensé "porteño maleducado, ¿no podía buscarse su lugar?".

Mientras me sorprendía a mi mismo por haber concebido semejante idea ví que finalmente la mujer de la pareja me había visto y le comentaba al hombre: "Creo que él quería acampar acá...". La respuesta que obtuvo de su compañero de caminata - no me consta ni me interesa su estado civil - fue "¡Qué me diga algo!¡Qué venga y me diga algo!".

Ah no ... no, no, no ... yo no había ido y vuelto de mi casa al centro dos veces y mucho menos caminado por 5 horas para que este porteño maleducado me arruinara mi fin de semana con un "¡Qué venga a decirme algo!". Ahí mismo me di cuenta de que yo no estaba dispuesto, a diferencia de este sujeto, a dejarme arruinar la travesía. "Ma' si maleducado, quedate con ese lugar...".

Fui hasta donde estaba mi mochila, agarré las cosas, miré con irónica simpatía a la gente y me busqué un lugarcito... Algo sencillito porque yo con cualquier cosita me arreglo, ¿vieron?. En ese momento me sentí feliz porque me había dado cuenta de que mientras este tipo sí podría haberse arruinado el trekking, yo sabía que no quería que mancharan el mío. Y así me encontré un lindo lugar donde me dispuse a armar mi extravagante carpa (ya aprendí a armarla solo sin confundirme, todo un éxito) y donde más tarde habría de cenar no tan frugal pero si tan rápidamente como había almorzado.

Afortunadamente no tuve que ir al baño de noche (curioso: "ir al baño" ¿a qué baño, me pueden decir?) porque, como quien dice, estuvo fresco pa' chomba. Al menos eso demostró el hielo que se había condensado debajo de mi carpa. Dicho sea de paso, cambié mi plan de levantarme temprano (léase a las 8) por un poco más tarde (léase a las 9.15) por el frío que pensaba que hacía afuera. No sin razón, entonces, desayuné adentro de la carpa y para cuando me digné a salir de mi escondrijo tan sólo tuve que desarmar mi toldería y empacarla. Muy a mi pesar mis compañeritos de zona de acampe -nadie más había llegado- terminaron de empacar casi al mismo tiempo que yo.

Empecé a caminar relativamente rápido como para ir separándome de ellos y empecé a salir del bosque y llegué a las lengas achaparradas que anunciaban el próximo ascenso... interrumpido alguna que otra vez para mirar el valle que ahora se extendía a mis espaldas y saludar al Rucaco hasta mi próxima travesía... a sabiendas de que lo mío aún terminaba y de que después de trepar las últimas piedras se iba a abrir ante mi otro panorama igualmente alucinante.
El Refugio Jakob, allá lejos
Último descanso antes de empezar a bajar
El refugio Jakob, una parada técnica obligada
Sí, lo sé... pero no puedo sonreír en las fotos sin poner cada de idiota. Si me río en forma natural es otra historia, pero no importan cuanto lo intente, simplemente, no sale.


Con el refugio (sí, se llama San Martín, pero le va mejor el nombre de la laguna) Jakob al final de mi senda y acercándose continué la marcha con cuidado ya que, nuevamente, iba por entre las piedras...

lunes, 19 de abril de 2010

Rucaco I (Modelo 2010)

El plan era simple. Hacer la travesía Frey-Jakob en dos días acampando en Rucaco. Así aprovecharía el fin de semana largo y aún tendría tiempo para las otras cosas que debía hacer. Tenía que levantarme temprano, tomarme el colectivo de las 8.30 (+/- 45 minutos), empezar a caminar cerca de las 9, almorzar en Frey, seguir a Rucaco y pasar noche allí. Durante el segundo día de travesía debía seguir hasta el Jakob, almorzar frugalmente y continuar los 18 km hasta la ruta y ver como, desde allí, llegaba a Bustillo.

Sí, no dije que el plan no fuera intenso. Dije que era simple. Iría solo y no tenía que hacer muchas cosas. Bueno, básicamente sólo dos eran necesarias: tomarme el bondi y después caminar.

Error. El primer cambio de planes me llegó durante la noche anterior. Me di cuenta de que tenía que darle de comer a Helga, la gata de mis amigos Zig y Austin. O.K. ... Me levantaría más temprano, me vestiría e iría al departamento de los chicos/as, alimentaría al minino y caminaría una cuadra más hasta llegar a la parada del colectivo. Bueno, una parada más en mi plan.

Nuevamente estaba equivocado. Me levanté temprano, desayuné rápidamente, me vestí, agarré mi mochila y fui a lo de los chicos. "Abro, le dejo la comida y me voy" me repetía a mi mismo mientras subía las escaleras. Era simple, no podría perder tiempo. Claro, no contaba con que la llave girara sin acertar a abrir la puerta. "No puede ser", me dije. Nuevo intento. Nuevo fracaso. Repito el procedimiento con igual falta de éxito. Me digno entonces a mirar la llave. Punto positivo; enseguida identifiqué que le faltaba una patita y que por eso no lograba abrirla. Punto negativo, sábado a las 08.10, no tenía muchas esperanzas de solucionar el problema a tiempo para tomarme el colectivo en cuestión.

"No es tan terrible", pienso, y me dispongo a seguir viaje con rumbo "al pueblo", o sea, al centro de la ciudad, en dirección a mi cerrajería amiga. Llego y, obviamente, estaba cerrada. Me digo a mi mismo que era lo esperable y pienso que podría tomar un segundo desayuno en la YPF de Moreno. Antes de entrar hago una pausa técnica en la entrada para sacar mi billetera. Sabía que tenía mi tarjeta del colectivo en el bolsillo y 20 pesos en el otro, pero de todos modos busco la billetera para pagar con débito.

"No puede ser", me digo, mientras busco la billetera en el sobre de mi mochila. Vuelvo a chequear los bolsillos. Nada. Y bueno, habrá que volver a casa a buscar la billetera. No porque necesite débito, sino porque sólo tengo 20 pesos, de los cuales 10 tendría que destinar a la copia.

Llego a casa. Nadie despierto aún. La luz apenas se filtraba por las ventanas cerradas. Sobre la mesa, solitaria, mi billetera. Vamos de nuevo hasta el centro... Mientras bajaba pensaba que aún sin haber empezado a caminar ya llevaría andados más o menos 5 kilómetros.

Mientras me acerco a la cerrajería veo que se acerca mi colectivo. ¡Eran las 8.50! El bondi ya venía con más de media hora de atraso, y se suponía que era el primer servicio... Debo reconocer que había analizado la posibilidad de irme sin chequear que Helga tuviera comida suficiente. Pero, pobre gata, no la dejaría muriéndose de hambre, cuando ya había tomado el compromiso.(Sí, lo sé, tampoco soy la madre Teresa).

Aparentemente el cerrajero había llegado antes porque aún no eran las 09.00 y el negocio ya estaba abierto. Hago la copia. Le pago con un billete de $50. "Uh, me mataste" me repone con cara de sorpresa el comerciante. No sé que cara pusé, pero me propuso ir a buscar cambio al supermercado cercano. Sobra decir que volvió inmediantemente. El supermercado abre religiosamente a las 9, habría de estar cerrado aún por 5 minutos. Convenicido de la necesidad de tomar medidas extremas voy a la "Casita de Mani" (Sí, el hogar de las medialunas, las facturas 'radioactivas' y los mejores grisines de Bariloche) y me sacrifico en el altar de los grisines. Obtengo cambio y algo como para ir comiendo... Vuelvo a la cerrajería y le pago al señor.

Nuevamente llego al departamento de Zig y Austin. Entro y Helgame recibe como si fuera su mejor amigo. No tengo que aclarar que tenía comida y agua de sobra... Le cambio el agua, le limpio las piedritas... Miro el reloj, 9.20 (Sí, debo reconocer que estuve más que eficiente) y pensé que el colectivo estaría pasando a esa hora por el centro y que no podría llegar a tiempo a la parada de San Martín. "Y bueno, total, un poco más tarde, un poco menos" abro los grisines, como algunos, juego con Helga y aprovecho para leer algo. Decido que, definitivamente tomaría el colectivo de 10.15/20. A las 10 voy a la parada. En realidad salgo antes de la casa de los chicos para asegurarme de llegar a las 10 a la parada del Club Andino. Espero... espero ... espero...

Si esto hubiese pasado en una serie de dibujitos animados me hubieran mostrado sentado con el sol subiendo y bajando, nevando, lloviendo, con las flores creciendo y los árboles perdiendo nuevamente sus hojas. Baste con decir que finalmente decidí ir a la parada de Moreno donde a las 11.55 (Sí, 1hora 40' más tarde... esto ni siquiera califica de demora) pasa el susodicho transporte urbano de pasajeros. Urbano... mínimo calificaría de trasporte vacuno de pasajeros.

En fin, sin desanimarme (y bueno, todo sea por el Rucaco) empiezo a caminar cuando casi eran las 12. Es cierto que estuve casi a punto de arrepentirme y cambiar mi destino por el de playa Muñoz, pero me mantuve firme junto a mi plan original.
Empecé a caminar y automáticamente registré que aún el otoño no había llegado al Cerro Catedral. Las pocas lengas que se veían aún gozaban de un saludable color verde y a medida que me adentraba en la senda que me llevaba al refugio Frey se repetían las escenas en las que las flores se resistían a abandonar el paisaje...
Entre estas escenas de un verano que no fue y un otoño que aún no terminaba de llegar (No se preocupen que después llegó) seguía la senda tantas veces transitada. Con nieve, con hielo, con sólo algunos manchones blancos, en otoño, en primavera, con tábanos, con mochilas cargadas, con lo mínimo indispensable, para pasar la noche o volver en el día.
A las 14.30 llegué finalmente y me digné a almorzar. La última vez que había estado el lago estaba congelado y ni siquiera podía tenerse certeza de donde empezaba o terminaba. Definitivamente la escena mental que me recreaba parecía ser parte de un pasado más bien lejano, ya que de nieve, ni hablar en el refugio.
La laguna Toncek y el refugio Frey
Apenas terminé de comer, me dispuse a seguir. Aún me quedaban algunas horas hasta el valle del Rucaco, lugar en el que acamparía y desde donde continuaría, al día siguiente, mi travesía. Por las piedras resecas al sol o por entre la tierra mallinosa llegué a la subida que, desde la margen derecha de la laguna lleva a Schmoll.

La subida terminó siendo más cansadora de lo que esperaba o recordaba. Y nuevamente cuando estuvo la laguna Schmoll a la vista volví a sentir aquella sensación que había tenido durante el otoño anterior. "Se robaron la nieve..."
Laguna Schmoll. La nieve, te la debo...