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jueves, 16 de noviembre de 2017

Asado, mate ...¿y country?

Llegamos en el libro de principantes a la lectura sobre Argentina. Jojó. No voy a decir nada sobre que hay sólo dos textos sobre latinoamérca (Uno es sobre Argentina y el otro sobre Puerto Rico) mientras que para España temas como las tapas, Madrid, la siesta en España, la cocina española, Baltazar Garzón y Marbella tienen sus propias lecturas. Dije que no iba a decir nada de esto y no lo voy a hacer. Tan sólo me voy a limitar a transcribir el texto sobre Argentina:

La Argentina es un país de inmigración. Muchos inmigrantes son de origen italiano, por eso la pasta es muy popular. Pero la comida nacional es el asado y muchas familias tienen una parrilla en el patio de la casa. Hacer el asado es cosa de hombres. Las mujeres preparan la ensalada o hacen un postre.
Algunos van a hacer el asado al club social y comen allí con los amigos. Muchos clubs tienen todavía nombres ingleses por los antiguos inmigrantes de ese país. Los clubs son ideales para descansar, tomar el sol, hacer vida social y también un poco de deporte.
Por otro lado, los fines de semana, las plazas y los parque están siempre llenos. Lo importante es estar entre amigos. Y el mate nunca falta. El mate es un té verde que se toma en un recipiente que también se llama mate. Hay uno para todos y se pasa de una persona a otra. La idea principal es la de compartir.
En los último años muchas familias se hacen una casa de fin de semana en un country, que es una urbanización cerrada con policía privada día y noche. Allí los niños van en bicicleta, juegan en la calle o hacen deporte y los padres preparan el asado o charlan con los vecinos y descansan del estrés de la semana.

Mi primera sensación fue: no es de lo mejor pero tampoco venía tan mal… aunque al final derrapa. Así que lo volví a leer. Reproduce demasiados lugares comunes pero no pretende ser un texto sociológico sino una lectura básica. Es normal que reproduzca clichés y demases. Lo de los clubes clubs sociales parece salido de Luna de Avellaneda. No sé, quizás, como Darín es super popular en España alguien habrá visto la peli y pensará que todo el mundo en Argentina vive en un club. De ahí a ir al club a hacer el asado hay una diferencia, pero bueno, no sé, ponele que tal vez pueda llegar a ser así y que no me represente a mí pero que aún así describa a mucha gente. Ok, sigo.

¿Pero el country? ¿y cómo lugar de fin de semana? Obvio que hay countries, pero ¿se merece uno de los cuatro párrafos sobre el país? Vuelvo a leer. De hecho, más allá de los lugares comunes parece claro que el texto más que sobre Argentina describe Buenos Aires. Específicamente. Mejor respiro hondo. Se ve que este será un semestre lleno de lecturas emocionantes. 

sábado, 28 de octubre de 2017

No me gusta, no me gusta y no me gusta

Ya lo dije alguna vez y lo sigo sosteniendo. No me gusta el libro de español que tengo que usar con mis estudiantes principiantes. No sólo porque tiene instrucciones, explicaciones ¡y hasta lecturas! en alemán... ¡en alemán! A ver, decime, ¿cuándo en la vida tuviste un libro de inglés (o de otro idioma) que estuviera escrito en español? Dejame adivinar... ¿nunca? Pero acá sí. Hay libros (en alemán) para aprender español. Pero no es eso lo que me saca. Mejor dicho, no sólo eso. Por si fuera poco, el libro está demasiado centrado en España y es, por momentos, sumamente ilógico en el orden y estructura que presenta.

Por ejemplo, empieza con cuestiones básicas de presentación. Hasta ahí, todo bien. Después hay temas elementales de pronunciación. Vamos bien. Después vuelve a la presentación e introduce dos verbos. Ser y estar. Acto seguido presenta un diálogo:

Miguel: ¡Hombre! ¿Andrés!
Andrés: ¡Hola! ¡Qué sorpresa! ¿Qué tal estáis?
Miguel: Bien, como siempre
Laura: ¿Y tú? ¿Qué tal?
Andrés: Muy bien. Mira… esta es Kerstin, una amiga de Berlín.
Laura: Ah, hola, ¿qué tal? Yo soy Laura, y este es Miguel.
Kerstin: Hola, mucho gusto.
Miguel: Hola.

No suena natural pero no está mal tampoco. Hay quizás demasiada gentes pero no es un problema. Hay que explicar lo de mira pero bueno, no es complejo. Yo reconozco haber hecho unos diálogos horribles para libros y actividades de clase. Peores que este y más forzados. Pero bueno, la escala era otra. Y ni hablar del tiempo ni del presuesto. En fin, nada terrible. El tema es que a continuación sigue el siguiente diálogo:

Miguel: Oiga por favor…
Camarero: Hola, buenas tardes… ¿qué toman?
Miguel: Una caña, un vino blanco y dos tintos, por favor.
Camarero: Muy bien. ¿Y de tapa?
Miguel: Unas aceitunas, unos calamares, un pincho de tortilla y …
Kerstin: Pues yo no sé… ¿qué es esto?
Laura: pulpo
Kerstin: Ah, no, no, para mí también tortilla, por favor.
[…]
Camarero: ¿la caña?
Miguel: Para mí, gracias.
Andrés: Y el vino tinto es para ti, ¿no?
Kerstin: Sí, sí, gracias.
Camarero: La tortilla, los calamares… ¿y las aceitunas?
Miguel: Pues, para todos.

O sea… una caña ¿una caña? ¿y oiga, qué toman no sé? ¿cómo se supone que puedan entenderlo? Si sólo conocen ser y estar. Más trabajo para mí, obvio, que también tengo que explicar qué significan un pincho salir de tapas. Ah, sí, porque el audio se titula Salimos de tapas. Si en todo el universo hispano parlante la gente entiende la palabra cerveza... ¿es necesario pedir una caña? ¿en la primera unidad? ¿en serio?


O sea, primer audio que tienen en español y ya estamos saliendo de tapas y bebiendo caña. No parece especialmente internacional. Menos si después leemos en alemán (¡en alemán! ¡en un libro para aprender español!) sobre Alfonso X y el origen de las tapas. Mejor respiro hondo. Algo me dice que voy a terminar este curso hablando como el gato con botas de Shrek Antonio Banderas. Suspiro. Mejor eso que tener que imitar a Barney o a algún pseudo periodista de la CNN hablando ese Frankenstein lingüístico que han llamado español neutro.

jueves, 13 de julio de 2017

Castellano y español

Trabajando como profesor de español, cada tanto, me encuentro con la misma pregunta. Algún(a) estudiante me mira con los ojos entrecerrados y luego dispara: ¿cuál es la diferencia entre el español y el castellano?

Por lo general sonrío y después de esperar unos segundos para generar un poco de expectativa, le respondo que ninguna. Es divertido porque siempre hay alguien que dice que el español es el de España y el castellano el de América (¿y entonces por qué no se llama americano?). O al revés, que el castellano es el de Castilla y el español, el de América latina.

La realidad es que el castellano era el idioma de la corte de Castilla. Cuando Isabel de Castilla (también conocida como la católica) se casó con Fernando de Aragón (casualmente también conocido como el católico), ambos monarcas unieron sus reinos y dieron nacimiento a la España moderna. La verdad es que residieron mucho más en Castilla que en tierras de Aragón, donde se hablaba aragonés y catalán. Como resultado, el idioma de la corte era, en términos generales, el castellano. En Castilla estaban la mayoría de las ciudades donde residían los reyes, entre otras, Toledo y Madrid.

Pues bien, para evitar herir susceptibilidades, si el nuevo reino se llamó España, alguien pensó que quizás lo mejor fuera referirse al idioma como el idioma del reino de España, o sea, el español. Así que se trata, básicamente, de lo mismo.

Es interesante porque, en general, por cuestiones de marketing, se usa más español para referirse al idioma que aprenden los extranjeros y castellano para nombrar al que estudiamos en la escuela, pero siguen siendo la misma cosa.

En España, sin embargo, pareciera que la cuestión sigue despertando pasiones encontradas. No casualmente, en la Cataluña modelo 2017 nadie se refiere al idioma como el español salvo que quiera enseñar la lengua a extranjeros. Para el resto de los mortales está claro que dicho idioma es el castellano. De hecho, son frecuentes los diálogos del tipo:

¿En qué idioma quiere la guía?
En español, por favor.
Acá tiene en castellano.

Claro que para darse cuenta hay que estar un poco atento. La mayoría de los hispanoparlantes (los latinoamericanos, por caso) pasaría la corrección por alto y listo. Sin embargo, los/as catalanes/as lo recalcan. El castellano es el idioma de Castilla. En Madrid, en cambio, se usa indistintamente uno u otro nombre. Más de seiscientos años después del casamiento de Isabel y Fernando, pareciera que para algunos/as el español sigue siendo, como nombre, una entelequia.

lunes, 3 de julio de 2017

Encuentre las siete diferencias: enseñando español

Número uno. El español
Quienes estudian español en Alemania tienen -en general- un objetivo de bastante claro, léase, viajar a España. No es el de todos/as, obviamente, pero en el proceso siempre pueden hacerlo. Como resultado, la mayoría de los/as estudiantes está especialmente interesada en aprender español de España. Con vosotros, el ceceo y la mar en coche. Es cierto que yo sigo hablando a lo argentino, pero no menos cierto es que a pesar de que yo no lo use, muchos ya usan el vosotros, el tú y el ceceo.

Número dos. El libro
Hay libros buenos pero en general… Mamita… unas cosas aburridísimas sin la menor lógica. Empiezan por cualquier lado y cuando están enseñando los primeros verbos regulares salen con cosas del estilo de “venga tío, que nos vamos de tapas” o “este bar está que flipa”. Esa es otra cosa que no me gusta. Los libros son españolísimos. No porque vengan necesariamente de España (muchos se imprimen en Alemania y traen ¡horror! instrucciones, consignas y lecturas en alemán) sino porque los diálogos, la pronunciación, los personajes famosos, las expresiones y las lecturas están excesivamente centradas en España. Está bien que haya mucha información de España, estamos en Europa. Pero que la mitad (o más) del libro esté dedicado a lecturas, personajes e historia de España no me parece. Más cuando son en su mayoría ediciones –teóricamente- internacionales. ¡Y olé!

Número tres. El idioma de la clase
En general, buena parte de los/as estudiantes espera que su profesor/a les hable en alemán. No way José. Es tur mir Leid ¡pero no! Es una clase de español, el idioma principal de aprendizaje debería ser el español. Sí, estamos en Alemania, pero igual. ¿Quién aprendió inglés en una clase en la que se habla principalmente español? De todos modos, si a la segunda o tercera explicación en español no está claro, bueno, lo vemos. Claro que dependiendo de mi alemán, están medio al horno…

Número cuatro. Formalidad
Como todo en Alemania, las clases suelen desenvolverse en un clima de mayor formalidad. Al menos al inicio. Pasar del USTED al TÚ cuesta. Igual, no me puedo quejar. Casi siempre me han tocado estudiantes muy simpáticos/as y, quien más, quien menos, al poco tiempo de clases, todos/as nos sentimos más cómodos. Es cierto que el hecho de que nos veamos una vez por semana hace que tardemos más tiempo en crear cierta familiaridad que cuando ves a alguien casi a diario en seguida sentís. Pero no menos cierto es que cuando el grupo funciona, en el largo plazo terminamos viéndonos por mucho más tiempo, por caso, hay grupos que funcionan por años con el mismo docente. 

Número cinco. La lista
La lista de clase -tanto para los cursos de español como para cualquier otra cosa en general- siempre aclara cuando alguien es doctor o doctora. Es curiosa la fijación que parece haber con el tema. No dice si alguien es licenciado/a, ingeniero/a, panadero/a, verdulero/a o analista. Pero si es doctor/a, sí. Y si es un Herr Doktor Professor / Frau Doktor Professor, también. Claro que cuando paso lista, lo mismo da. No leo el título de nadie y listo, a otra cosa, mariposa.   

Número seis. Las dudas
¿Está todo claro? ¿alguien tiene alguna duda? Crick, cick (léase, sonido de grillo)… ¿ninguna duda? crick, crick … Al principio cuesta que alguien diga emmm, perdón, no entendí nada. Y juro que no miro a la gente con odio cuando no entiende. A veces nadie dice nada, y si no miro las caras de desesperación, ni me entero de cómo viene la mano. Como el clima de la clase, es otro tema que vamos construyendo a lo largo del tiempo.

Número siete. El ceceo
Uno de los grandes misterios de la humanidad. La energía que los profesores/as españoles/as (léase, de España) ponen en que sus estudiantes ceceen. Y si hay algo que les cuesta a los alemanes es cecear. Muy seguido de hablar con la ese española, que no es la nuestra. Y se vuelven locos/as… Y sus profesores/as siguen insistiendo con la zeta. ¿Para qué? Decimesi al final, hacer o no hacer la zeta española no le cambia la vida a nadie. En América latina nadie cecea y todos vivimos felices (al menos en relación con este tema). ¿Qué necesidad tenés de arruinarle la clase a tus estudiantes insistiendo con la zeta (y las ce y ci)? O sea, entiendo que para los/as españoles/as el ceceo sea lo más normal del mundo, que hablen así y que enseñen a hacerlo. Perfecto. Pero que se ensañen en lograr un ceceo perfecto por parte de sus estudiantes, no. En general, cuando les digo que los latinoamericanos no solemos diferenciar s de z/c abren los ojos y cuando preguntan si no es un error no hacerlo y les digo que no, suelen poner unas caras de felicidad y liberación que no dan lugar a dudas.

YAPA I. El/la jefe/a
Siguiendo el patrón de formalidad local, durante mi primer año, los mails con mi jefa iban dirigidos a Mi muy estimada Señora XX y, en su caso, a Mi muy estimado Señor Strangis. Ahora que ya hemos roto el hielo, nos dirigimos al otro como Querido Señor Strangis, Querida Señora XX. Y siempre de usted. De todos modos, y a pesar de tanta formalidad –que por otra parte es lo usual por estos pagos- tengo que decir que mi jefa en la Volkshochschule está en el top ten de las alemanas más simpáticas, amables y cálidas que conozco.

YAPA II. Horarios y cansancio
Después de años (una década en Argentina, parece mentira che) de dar clases a extranjeros que, principalmente, estaban de vacaciones, acá trabajo con personas que trabajan, estudian o, si están jubilados/as igual tienen sus obligaciones y compromisos. A las siete de la tarde la mayoría llega a la clase después de una jornada de trabajo y ya con cierto cansancio a cuestas. Atrás quedó arrancar las clases fresquitos/as a la mañana y más atrás todavía, la gente que está de vacaciones.

miércoles, 14 de julio de 2010

Brasiloche

No es difícil reconocerlos/as. A ellas las ubicás por las botas de cuero con infaltables tacos o plataformas. Altos, siempre tacos altos, pienso que incluso para las pantuflas. Con lluvia, con nieve, por Belgrano, por entre los charcos, en el Cerro Otto o donde sea. Siempre con tacos. Tacos y pantalones justos, de jean o de cuero. A veces mini shorts de sarga con medias de lana, pero en general largos. Y gorro de lana o de cuero, y seguramente cartera y guantes al tono, posiblemente algo con algún detalle de piel. Siempre tienen algún detalle en piel. Y maquilladas y con aros. Aros grandes, preferiblemente dorados. Casi siempre maquilladas, con aros y tacos, producidas, muy producidas. Como si necesitaran producirse para salir a pasear por la ciudad más elegante del globo. Como si no se dieran cuenta de que en Bariloche podés ir a trabajar en joggineta y nadie te va a decir nada.
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A veces pienso que lo único que justifica todo este exceso de producción es la brevedad o inexistencia del invierno en Brasil, por lo cual las brasileras de dinero aprovechan su semana en Bariloche para ponerse todo lo que siempre quisieron ponerse, todo aquello que fueron comprando invierno tras invierno y nunca pudieron usar. Como si tuvieran esta única oportunidad para usar todas esas pieles, esos gorros de cuero y piel, esos guantes combinados con las bufandas, todo, todo junto.
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Pero mientras ellas parecen echarse todo el guardarropas encima, ellos están en jean, jogging y remeras o buzos de fútbol. No sé si siempre, pero sí en el 70% de los casos. Y no es que vengan a Bariloche las mujeres con plata por un lado y los fanáticos del fútbol, por el otro. Por el contrario, pareciera que son familia, y no sólo parejas, también hermanos/as, o amigos/as o lo que fuere. Y que invariablemente ellos usan remeras y buzos de equipo de fútbol. Y si no usan equipos de fútbol usan los enteritos para la nieve. No los equipos de pantalón y campera. No. Los enteritos, los de colores flúo, los ochentosos, los que ves por la calle y no entendés como hicieron esas reliquias de los ochenta para sobrevivir todos estos años. Bueno, en Bariloche no son comunes las polillas. Y a veces se nota.

Y finalmente, la combinación, cuando el todo es más que la suma de las partes. La horda, la caja de garotos, los micros de TIP y CVC, los grupos. Cientos, cientos de miles de brasileros/as bajando de los micros, gritándose de esquina a esquina de la Mitre, llegando al cerro, todos/as uniformados/as. Hablando, gritando, bailando, sacándose fotos junto a los más diminutos copos de nieve, saltando sobre un charco de nieve barrosa. Todos/as con el mismo equipete. Todos de azul y un color más (este año ví dos combinaciones, azul y verde y azul y celeste). Todos/as juntos/as de un lado para el otro, llegando al cerro, copando los hoteles, haciendo Brasiloche de Bariloche.
Garotos. Un clásico del invierno barilochense.

martes, 8 de junio de 2010

¿Por qué? Why? Warum? Pourquoi?

¿Por qué? Seguramente nunca tenga la respuesta a esta pregunta, pero estadísticamente no es posible que alguien sea naturalmente tan idiota si no es a través de un riguroso entranamiento.

Día sábado 29 de mayo. Llega Kristen / Cristie o como sea. Estadounidense, 21 años recién cumplidos, de Wisconsin, estudia en Michigan. Nunca debe haber visto más de 50 personas juntas a no ser que cuente los aeropuertos. Le explico que hay dos llaves, una para la puerta del hall, otra para el living. "Es un barrio tranquilo, pero de todos modos cerramos ambas puertas. SIEMPRE. C-O-N L-L-A-V-E ... L-L-A-V-E". ¿Qué hace? Sale, va al centro y nunca cierra la puerta con llave. Vuelve, entra y no cierra con llave. Le explico que tiene que cerrar la puerta con llave. "Ahhh ... ¿no es automático?"
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Domingo 30 de mayo; Llega Luisa, alemana, 20 años recién cumplidos. Misma explicación, pero en inglés porque en español sólo dice "Hola" y "chau". "This key is for that door, this other key is for this door..." Sí, sí. Todo claro. ¿Qué hace? Va al centro, vuelve a casa, abre la puerta del hall, entra, la cierra, abre la puerta del living , saca las llaves, entra y cuando va a cerrar no se le ocurre cerrarla usando la misma llave con la que acababa de abrir la puerta. No, por supuesto. Eso hubiera sido tan normal, tan fácil, tan simple para todos/as. Claro, no, decide usar la otra llave, la que uso para abrir la puerta del hall. Desde el estudio escucho que el ruido de forcejeo de llaves se extiende más allá de lo debido. Obviamente iba a ser así, si había puesto en la cerradura una llave mucho más grande.

Tironeo un poco, saco la llave pero la cerradura aún está trabada con media vuelta. ¿por qué? Saco la cerradura, la abro, trato de desarmarla, nada. Listo, al día siguiente fui a la cerrajería con la cerradura y la llave, dispuesto a hacer dos copias de media llave, pero, afortunadamente la solución es mucho más fácil de lo que parecía y el cerrajero la destraba enseguida. Para colmo es macanudo, así que no me cobra nada.

Lunes 7 de junio. Mientras estoy en clase recibo un mensajito y una llamada perdida. Ambos de Angie. Salgo al recreo. Mensaje de Skype de Angie. Llamame urgente. Fernando me pasa el mismo mensaje. Lo primero que pensé fue que había habido una tragedia en escala mayor. La llamo. "No te preocupes, pero..." alcanzo a oir. "Cagamos", pensé.

¿Qué había pasado? Angie acababa de recibir un mensajito de Kristen / Kirsten / Cristie o como cazzo fuera informándole que se había llevado las llaves de casa por error y que cuando se dio cuenta ya estaba en Aeroparque. Una vez en el aeropuerto la niña trata de pensar qué hacer con las llaves y en lugar de pensar "ok, ya fue, que los latinos se jodan y hagan un juego extra de copias" se pone a hablar con una mujer que también esperaba en el aeropuerto. Le explica la situación y la mujer le responde, "ah, yo voy para Bariloche, si querés las llevo".

¿Y qué dice nuestra Einstein? ¿qué le responde Madame Curie? "Ahhhh, muchas gracias", le da las llaves (sí, pero no se preocupen que aún no llega lo peor), le da la dirección de la casa y le aconseja "no vaya temprano porque ellos no están en todo el día. Recién llegan a la tarde, así que vaya de noche".

No, no, no... ¿Cómo se puede ser tan imbécil naturalmente? Porque esto no es inocencia, esto no es ser naif. Es esforzarse por alcanzar y rebasar los umbrales humanamente posibles de imbecilidad. Darle las llaves a una completa extraña a quien acabás de conocer en el aeropuerto, anotarle la dirección de la casa y además recomendarle que vaya tarde porque nadie está en casa en tooooooooooodo el día...

¿Alguien me puede decir por qué? Mejor dicho, ¿hay una razón capaz de explicar esto?, ¿qué podría llegar a provocar tal grado de alienación mental que le sugiera a alguien que ésto que acabo de describir es una idea maravillosa?

De más está decir que ya cambiamos la combinación de las cerraduras.
Llaves. Un desafío para las ¿inteligencias? extranjeras...

miércoles, 26 de mayo de 2010

Terapia de grupo


Hace tres semanas terminamos de hacer un curso en la escuela; "Gramática en la clase de Español como Lengua Extranjera". Estuvo muy bueno, pero no sólo por el contenido. No sólo por la posibilidad de juntarse con gente que trabaja conmigo y que no, que hace el mismo laburo o parecido, que la tiene clara, que encara las cosas en forma similar o no tanto.

También estuvo bueno por la terapia que esto implica. Siempre que nos juntamos terminamos en la misma; terapia. Al parecer las clases de español son una fábrica de anécdotas que están en ese delgado límite que separa lo hilarante de lo (casi) irreal. Y más allá de ese compartir experiencias había otro compartir; compartir el "qué se supone que hacemos acá"...

"¿Qué es ser profe de español?"... ¿Soy un monigote que gesticula cada palabra que dice abriendo la boca más allá de lo que me dejan mis mandíbulas para pronunciar H-O-L-A a 2km por hora mientras con los brazos trato de simular la forma de las letras cual paso de baile de YMCA? A veces pienso que sí. H-O-L-A, ¿ C-Ó-M-O E-S-T-Á-S? Y-O E-S-T-O-Y B-I-E-N...

Otras veces pienso, ¿soy un guía turístico? Bueno, yo me meto solito a recomendar cosas, y claro, cada vez que alguien empieza a decir la palabra "refug..." ya me lo mandan non-stop para que le explique el ABC del Club Andino.

Pero otros días me concentro en lograr que mi estudiante no se bajonee. Que la imposibilidad de hacer nuestra RR vibrante no le arruine su alicaido ego y que no piense "ni esto puedo hacer bien". Tengo una puntería terrible para hacer preguntas incorrectas. Preguntas del tipo: "Y tu familia, ¿dónde vide?", para recibir una historia terrible de desunión familiar y tragedias que implican separaciones continentales. Incluso, la supuestamente inocua pregunta "¿cómo es el clima en tu ciudad?" puede generar respuestas del tipo; "es un problema, el clima está cambiando, hace dos meses hubo una tormenta, nos quedamos sin luz y cuando volvió la electricidad hubo un cortocirtcuito y se me incendió la casa". Cómo se llega a eso, no sé... pero sí sé que tuve estudiantes llorando en clase por un cúmulo de frustraciones arrastradas por kilómetros y kilómetros y que deben remontarse hasta su más tierna infancia.

Y también tuve alguna estudiante que me confesó con lágrimas en los ojos que estaba embarazada, que se lo había dicho a su familia y amigos, pero que yo era la primera persona real con quien hablaba. Y para que mi impulso automático fuera ir a abrazarla, imagínense...

Pero no sólo es una profesión payasesca con tendencia al drama y lo emotivo. También implica acompañar a los/as estudiantes a algún que otro lugar, ayudarlos a comprar esto o aquello, explicarles como ir a un negocio a cambiar algo o escribirles quejas para qe las lean con cara de "sé que no entiendo lo que digo, pero seguro que vos sí, así que hacé algo".

¿Y donde quedan quienes salen con la típica "eso no es lógico, este idioma no tiene sentido"? Porque la respuesta a esto no es gramatical. Sí, tiene sentido, pasa que no coincide con el sentido de TU idioma, que dicho sea de paso, no es EL ejemplo de la lógica aplicada a la construcción lingüística, ¿o te pensás que hablás esperanto? Porque si pensás eso, te anticipo que no.

Claro, como en todo, a veces uno pega buena onda con la gente, sale, va a un lugar, va a otros, se engacha, se divierte, y cuando después se va el grupo uno siente cierto vacío por lo que se promete no volver a engancharse, hasta que, finalmente se termina bajando la guardia, aparece otro grupito con buena onda y uno vuelve a recaer en aquello que se había prometido que no iba a hacer.

También están quienes vienen y se quedan por un largo tiempo, se convierten en amigos (Shhh, en voz baja, puede que incluso en terminen encontrando pareja y todo) y se suman a este omelette de cosas que ya bastante mezcladito estaba. Y todo esto sin meterse en las historias de estudiantes con y contra estudiantes ni en la dinámica de clases, ni las charlas de recreo donde hacemos, nosotros/as nuestro descargo emocional...
Y entonces, ¿en qué se supone que consiste lo que hago? ¿Qué hacemos acá en la escuela? Digo, además de luchar contra el ratón diabólico que amenaza con dejar mi vida en ruinas. Hay preguntas que no tienen respuesta. Hay otras que mejor ni plantearlas. Lo peor (o lo mejor) es que con todo (y pese en más de un caso) me sigo divirtiendo...

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cambio climático. Episodio II

Con el tiempo fui aprendiendo algunas cosas. Algunas pueden parecerme muy obvias ahora, otras me costaron un poco más aprenderlas y aún no me parecen tan evidentes. Ya sea que esté en la montaña o en casa, con amigo/as o solo, en la escuela o en la universidad, siempre hay pequeños trucos o detalles que uno va aprendiendo a los golpes o razonando y que te ayudan a ir haciendo mejor las cosas (como a retomar el blog después de una pausa de tres meses haciéndome el boludo). Una de esas cosas que aprendí es no discutir con los estudiantes, y aprovechar las declaraciones más inverosímiles para transformarlas en un ejercicio provechoso. Aprendí que cuando - en clase - alguien dispara un “no existe tal cosa como el calentamiento global”, mi respuesta no debe ser “sí que existe porque…” sino “ahá, ¿en qué sentido lo decís?, ¿por qué lo decís?”. Tratar de ayudar al estudiante a ordenar su razonamiento, justificar sus opiniones, conectar ideas, armar un discurso coherente en el que pueda expresar correctamente su punto de vista, más allá de que me parezca el/la más garca entre los/as garcas. Me sirvió para tolerar cosas de las más insólitas, con la negación del calentamiento global y el efecto invernadero incluida (Mucho temo que el episodio se repitió en, al menos, tres situaciones y no es que yo vaya hablando sobre el tema todo el día).

Estaba contento porque nuevamente había esquivado el bulto de discutir con un estudiante, y además contaba con la ventaja de que otros dos estudiantes iban a plantear una posición sino exacta, al menos bastante similar a la mía. Fue con ese sentimiento que comencé la clase al día siguiente, con la idea de tratar de concentrarme en la corrección de errores y en el uso de conectores. La primera en despacharse fue la francesa. Se concentró en la cuestión del cambio climático y los problemas que traía en poblaciones en las que, como Australia, la necesidad de protegerse del sol es una cuestión de salud de primer orden. Estuvo un buen rato hablando de estas cuestiones, de los casquetes polares, el aumento del nivel del mar…

Para mi sorpresa, el suizo estuvo bastante diplomático. No porque los suizos no lo sean (en general son bastante educados y correctos) sino porque muchos/as tienden a detestar a los/las yanquis en este tipo de situaciones. Pero estuvo bastante contemporizador y si bien dejó clara su posición acerca de la responsabilidad de los humanos sobre el proceso de cambio climático, evitó ser categórico.

Le llegaba el turno a nuestro amigo del país del norte. Los otros habían preparado sus discursos, buscado vocabularios previamente en el diccionario, habían escrito algunas frases, en fin, habían hecho bien su tarea. Éste, en cambio, no había traído nada. Bueno, en realidad sí había elaborado algo, una propuesta; simular en clase una reunión mundial por el cambio climático. Él representaría a Estados Unidos (y para él bastante esfuerzo ya era tener que encarnar a Obama), Benedicte representaría a Europa, Stefan a China y yo a Sudamérica. La posición no me convencía; quería evitar mi participación en el debate. No porque no quisiera dar mi opinión respecto del tema, sino porque me parecía desleal discutir en situación de paridad y, además, el ejercicio no era para mí sino para ellos. De todos modos, accedí.

Creo que cantidad de sinsentidos semejantes jamás había escuchado. Se repitieron los del día anterior y se sumaron otros nuevos: que no hay evidencia que relacione efecto invernadero con cambio climático, que el clima siempre ha cambiado, que aún cuando cambie eso puede ser positivo, como en las regiones donde ahora el invierno no es tan duro, que cambiar las fuentes de energía implicaría un caos tecnológico, que no podemos volver a la edad media tecnológica, que nadie quiere tener autos que no funcionen con nafta….

Cuando le mencioné el plan argentino de reconvertir la iluminación a lámparas de bajo consumo estalló. “Es una locura, es imposible, ningún país puede garantizar eso, esas lámparas son un peligro”. La francesa me volvió a salvar. Francia tiene un propuesta de reconversión similar y un plan gubernamental de ahorro de energía. Solamente deslicé un “Si Francia puede, e incluso Argentina se lo propone, Estados Unidos tiene que poder”. Para que… casi me come crudo. Le recordé que yo estaba representando la postura oficial del país y no mi opinión personal… al margen de que lo fuera o no, no le estaba mintiendo tampoco.

Para cuando dijo que estaba bien que Estados Unidos no firmara el protocolo de Kyoto, Stefan, que ya tenía se había frotado los ojos dos o tres veces mostrando su incredulidad frente a las aseveraciones de su compañero, me puso cara de “bueno, pienso que con esto ya no se puede hacer nada”. Coincidí con su gesto – o lo que yo quise interpretar de él - y les pedí que cada quien diera un alegato final.

No hace falta dar detalles sobre los de los europeos. El de él fue increíble; su conclusión era que la mayoría del mundo había decidido que, gracias a una suerte de cambios azarosos en el clima y la insistencia de un par de hippies, el mundo obligaba a Estados Unidos a desmantelar buena parte de su industria para aventurarse en una suerte de era en la que careceríamos de buena parte de las bondades de la vida moderna.

No sé porque pero cuando hace algunos días escuché que ya se sabe que no habrá un acuerdo claro en la cumbre de cambio climático en Copenhague, no me llamó mucho la atención.

jueves, 6 de agosto de 2009

Cambio climático. Episodio I

Hay gente que tiene un extraño instinto que la guía a hacer las preguntas incorrectas. Como si tuvieran la necesidad impostergable de preguntar por algo que no deberían. Bueno, yo pertenezco a ese grupo. Meto la pata con una frecuencia mayor a la imaginable, especialmente en mi trabajo…

Como me gusta que mis estudiantes traten de expresarse lo máximo posible normalmente hago preguntas, consulto, juego al periodista averiguando datos e información sobre su vida. Y, en ocasiones esta tendencia suele meterme en problemas.

Uno de estos episodios comenzó de la forma más inimaginable que puede existir. Había escuchado con mis tres estudiantes de esa semana un audio sobre el clima. Acto seguido le pedí a cada uno/a de ellos/as que describiera un poco el clima en su región. La primera en contestar fue Benedicte, una francesa que vive en el sur de Francia. Contó que en su región el clima estaba cambiando muchísimo, que habían tenido un invierno inusitadamente seco y caluroso hasta que se desató una tormenta de nieve, una de las más frías de los últimos años. Hizo una pausa, nos miró y detalló como a raíz de la tormenta de nieve se había cortado la electricidad y la calefacción, y había tenido que abandonar su casa. Yo, que ya empezaba a preguntarme por qué se me había ocurrido preguntar por el clima, no supe donde esconderme cuando Benedicte remató su historia contando que cuando volvió la electricidad a su casa hubo un cortocircuito y se incendió buena parte de la misma…

A esa altura me preguntaba como, si mi pregunta era tan naif, había desencadenado una charla donde mi estudiante comentaba que se había enterado del incendio mientras se dirgía al aeropuerto, que había tenido el impulso de cancelar todo y volver a ver las cenizas de lo que había sido su casa, que su novio le había sugerido que se fuera de vacaciones de todos modos, que lo quemado ya estaba perdido y que a su regreso seguramente estaría más tranquila y podría encarar mejor la situación… “¿Cómo puede ser que pasen estas cosas?”, pensaba yo cuando Benedicte dijo con una calma admirable. “Y bueno, es el cambio climático, nosotros somos responsables de estas cosas”. Pensé que antes de que los otros dos contaran tragedias climáticas en sus países podría desviar la atención de la conversación hacia aquel tópico.

“Pero nosotros no somos responsables de que el clima cambie”, sentenció otro de los estudiantes del grupo. No hace falta que aclare que él era el único estadounidense de la clase. La francesa lo miró sobresaltada, el otro estudiante, un chico se Suiza abrió los ojos y no sé que cara debo haber puesto yo, pero debe haber reflejado sorpresa mezclada con indignación.

Los argumentos que habría de usar eran los mismos que señala Al Gore en el documental “Una verdad incómoda”: El clima siempre ha cambiado (como ejemplo, los/as defensores/as de esta postura indefectiblemente citan las glaciaciones); no hay relación entre la producción de dióxido de carbono y el cambio climático, el cambio no necesariamente sea negativo...

Nos miramos. Lo miramos. Yo sabía que él estaba diciendo concienzudamente que no había evidencia científica de que hubiera alguna relación entre emisión de dióxido de carbono, calentamiento global y cambio climático. La francesa lo miró con cara de “no puede ser que estés haciendo una broma sobre esto”; el suizo no sabía que pensar.

Faltaban 5 minutos para terminar la clase y comenzaba a generarse un debate que se presentaba promisorio. Promisorio, claro está, para los fines didácticos, ya que yo esperaba encauzar la discusión hacia la justificación de las opiniones, el uso de nexos y conectores… Hace tiempo que aprendí, no sin esfuerzo, que en estos casos lo mejor es no sentarme a debatir uno-a-uno con un/a estudiante, menos aún cuando hay otros/as personas en el grupo. Los dejé debatir un rato, fui anotando correcciones en el cuaderno que uso (sí, también juego al psicólogo frustrado) para estos casos, los ayudé con las palabras, les corregía errores importantes y otros los anotaba para tratarlos más tarde.

La clase había terminado hacía 10 minutos y estos tres seguían sacándose chispas… los miré y les propuse seguirla al día siguiente. Su tarea sería armar su discurso, justificar sus puntos de vista y debatir al día siguiente. Todos/as asintieron, algunos/as más agradecidos por salvar sus pellejos, otros/as porque no habían tenido que asesinar a nadie.

jueves, 30 de abril de 2009

Diarios de un profesor de español. Parte II

Jueves 23 de abril

Observación de campo: Revisar mis concepciones sobre las fiestas sorpresa

Sabrina no sospechaba nada. No sé cómo ni porque pero no sospechó acerca de nuestras inverosímiles excusas para no ir a cenar esa noche a su casa.

Angie, Miguel y yo habíamos llegado a la casa de la anfitriona y “homestay” de Sabrina, Mara, algunos minutos antes de las nueve. Empezamos a poner la mesa mientras esperábamos la llegada del resto de la comitiva. Pronto deberían llegar mis compañeros/as de trabajo; Gloria, Flavia y Fernando. La trouppe habría de completarse con Ron, nuestro jefe. Finalmente habrían de llegar Sabrina y Matías, cuya tarea era entretener a la suiza para que llegara más tarde. Pienso que nunca le habíamos asignado a Matías una tarea para la que estuviera mejor preparado. Si alguien habría de retrasarla y que pareciera natural, pues bien, ése era él.

Efectivamente cumplió su tarea al pie de la letra y para cuando Sabrina entró en la casa, nosotros ya estábamos escondidos/as en el living. “¿Qué es esto?”, escuchamos en la voz inconfundible de Sabrina. “¿Qué pasa?”, volvió a preguntar casi al instante. En ese momento aparecimos gritando. Pienso que jamás lo había sospechado, o al menos bastante bien nos convenció de eso.

Había de todo para comer, así que no discriminamos a nada ni a nadie y nos dedicamos a la tarea que debíamos completar; arrollados de queso con ciervo o trucha ahumada, quesos saborizados, luego ensaladas y finalmente, fideos con salsas varias. Entre ellas merece especial mención la salsa de hongos con panceta de Mara. Esa misma noche descubrimos que no por casualidad era ésta la comida favorita de Sabrina. (En vano voy a tratar de imitarla ya que nuca podré reproducirla. Pero no por eso voy a dejar de intentarlo)

Comimos, hablamos, tomamos, reímos y nos divertimos. Y comimos y hablamos. Y comimos y nos reímos … y así seguimos hasta que se hizo la hora de dejar a Sabrina, que ya había entrado en la cuenta regresiva para abandonar Bariloche con rumbo a Buenos para tomar finalmente su avión a Suiza. De todos modos, no fue esta la primera ni sería la última despedida de nuestra amiga. Pero eso queda para otro post…

lunes, 27 de abril de 2009

Diarios de un profesor de español. Parte I

Miércoles 22 de abril.

Son las 8.05 de la noche. Ya no sé si llueve, si estamos inmersos en una nube o si se despejó pero las ventanas insisten en permanecer empañadas. El viento golpea las despobladas copas de los árboles. No distingo si es el ruido de la lluvia o el del viento que hace caer el agua que está en las hojas de los árboles. Ya terminé de leer y decidí hacer una pausa mientras esperamos a que nos vengan a buscar. Hoy tenemos una cena en la casa de familia donde se hospedó Sabrina durante todos estos meses en los que vivió y trabajó en Bariloche. En teoría es sorpresa. En teoría se supone que cuando lleguemos, deberíamos sorprenderla. Pienso que sospecha algo, pero creo también que siempre tememos que el/la sorprendido/a siempre sospeche algo.

Sabrina empezó a trabajar en la escuela donde trabajo a mediados de diciembre del año pasado. Si bien hacía más de un año que la conocía, recién con la convivencia del trabajo y las salidas, los espacios compartidos y el tiempo que pasamos desde entonces nos hicimos amigos. Y ahora sé que la voy a extrañar cuando ya no esté en Bariloche. Ya lo escribí, es lo peor de mi trabajo, conocer gente, relacionarnos, conocernos y verlos/as partir. Es una parte inherente a mi trabajo en la escuela, y es algo que no dejo de asociar, en cierto punto, a Bariloche.

Como tanta otra gente que hay en mi vida, Sabrina es suiza. Como tantos otros, es una suiza especial. Es desordenada, es impuntual, es caótica. Pero también es espontánea, alegre e irradia energía. Siempre tiene ganas, tiempo y ánimo para organizar algo. Siempre está alegre y (casi) nada parece afectarle. Sabrina puede ir a una cena, sentarse al lado de la única persona que no conoce y comenzar a hablarle en menos de 5 minutos. Es simpática, conversadora y puede hacerle frente a cualquier desafío social y salir victoriosa. Obviamente, al igual que otra tanta gente de Suiza, Sabrina se queja. El correo no funciona, los/as argentinos/as somos indecisos/as; organizamos nuestros planes a último momento… Pero su queja es como la nuestra, casi deportiva, no es la queja de quien toma su país como modelo de eficiencia y perfección. Pienso que es por eso que no me molestan sus quejas, ya que en algún punto son también las mías. Pero, por sobre todo, no lo hace con desdén o desprecio, se nota en su tono, en su forma de hablar. Se queja de aquello que, sabe, pronto va a extrañar.

jueves, 24 de julio de 2008

Último capítulo cordobés

“Menos mal que existe el psicoanálisis y que en mi terapia trabajamos para distinguir la envidia del deseo”. Esas fueron, más o menos, las palabras que dedicó una de las disertantes provenientes de la UBA al referirse al edificio de la facultad de Lenguas como así también a las aulas comunes. Habiendo estudiado en sociales, creo que (casi) cualquier instalación edilicia que preserve un mínimo de decencia puede bien estar a la altura de Versalles. Aunque debo reconocer que, aún comparada a la UNQ, la ciudad universitaria parece pertenecer a otro país. Con esta será ya la segunda o tercera referencia dedicada a este tema (Prometo no hacer más). Bueno, quien sabe, nunca puede descartarse un Master en la UNC, pionera en lo que respecta a la enseñanza de español para extranjeros (Tienen la carrera de grado más antigua y los mejores posgrados). Buena parte del Congreso estuvo destinado al auto-bombo, objetivo plenamente satisfecho, pero también fue sumamente interesante ver los caminos que transita la enseñanza del español para extranjeros en todo el país como así también entrar en contacto con otras tantas personas que se dedican a lo mismo, intercambiar experiencias, etc.

Fue impresionante el despliegue de mesas y ponencias dedicadas a “que no nos mientan con el español neutro”, ese invento que muchos adjudican a la industria editorial transnacional pero que debe estar már enraizado en CNN en español. ¿O no me van a decir que Carolina Cayazzo, Glenda Umaña y Jorge Gestoso no sonaban ridículos al usar ese lavado intento de cruce anémico entre el español de México y el del Caribe?. ¿Cómo enseñar un español que no es el que uno/a usa? La respuesta del congreso fue tajante, Corresponde enseñar el español del hablante, y por ende, enseñar las variantes locales. O al menos eso fue algo en lo que se hizo harto énfasis. Por otra parte, debo reconocer que me escucho a mi mismo hablándole de “tú” a los estudiantes y no lo puedo creer. ¡Contame! (O cuéntame), es como si tuviera un chip y apenas veo un extranjero se activa, es casi inevitable, y cuando uno de ellos quiere que le hable de vos, debo reconocer que me cuesta. Claro, que trabajando con ellos a diario, viviendo con ellos y saliendo con ellos uno puede acostumbrarse a adoptar los hábitos más recónditos, hablar de “tú”, como así también a identificar errores, posibles causas e intenciones del hablante (No siempre, ya que, como diría un recordado chanta televisivo, “puede fallar”). Por suerte, o por desgracia, no soy el único que sufre de este mal, nos hemos sincerado y poco más de la mitad del equipo docente de la escuela caemos en ello involuntariamente, aún cuando trabajamos con libros que deliberadamente usan “vos”...

A continuación la última tanda de fotos. Prometo que con esto se termina el tema Córdoba.

miércoles, 23 de julio de 2008

Un lego en la docta II

Luego de pasear por la ciudad fui a cenar y volví a mi hostel. El lunes empecé la semana visitando escuelas de español “amigas”, léase, los partners de La Montaña, la escuela donde yo trabajo. Aprovechando mi visita me invitaron a hacer el city tour de una de las escuelas. Vino bien pues aprendí unas cuantas cosas más y confirmé otras, como, por ejemplo, el hecho de que Córdoba es la ciudad de Argentina con mayor cantidad de iglesias en su casco histórico. Creo que tal cosa se va volviendo autoevidente en el blog en la medida en que se puebla de campanarios, torres y cúpulas. Coloniales, barrocas y góticas, las hay para todos los gustos, casi todas ellas comenzadas durante la primera época colonial y ampliadas y continuadas sucesivamente. La intuición no falla, la de los jesuitas es la más antigua. A decir verdad la catedral se comenzó a construir antes pero fue terminada después, mucho después.

Mientras tanto la fecha de inicio del congreso se acercaba, y por ende se terminaban mis días libres. Así que seguí aprovechando las posibilidades que la ciudad me ofrecía. A este punto debo reconocer que la vida urbana brinda muchísimas más posibilidades que la del pueblo donde vivo. A favor de Bariloche – y es que debo ser honesto – muchas de las casi innumerables oportunidades que brindan las grandes ciudades implican alguna erogación o gasto monetario de algún tipo. Sí, claro, está el parque, pero no es lo mismo. Ir a Cerro Otto no me cuesta nada (si es que no me afanan en el camino, obviamente) pero, en general, Bariloche ofrece oportunidades para todos los gustos y sabores, e incluso bolsillos. Córdoba, como toda ciudad, es un centro de consumo, y casi obliga a consumir para disfrutar, sentimiento con el que no me llevo muy bien, aunque a veces pueda sucumbir. (Sí, a veces pasa, no son muchas, pero existen).

Aprovechando también mi presencia en otra urbe de ese concepto residual y heterogéneo denominado “el interior” me dedique a estudiar algunos precios del costo de vida, sólo para confirmar lo obvio. Vivir en Bariloche “me sale carísimo”.

martes, 22 de julio de 2008

Un lego en la docta

“Nico ¿Tenés ganas de ir a Córdoba?”, me preguntó Gloria, la directora de La Montaña. Se ve que tanto mi respuesta como así también la cara con que la acompañé demostraron mi intención de salir en los siguientes 5 minutos si tal cosa fuera necesaria. Tal fue la impresión que le causé a Gloria que automáticamente tuvo que agregar, “bueno, habría que preguntarle a Ron”. Dispuesto a partir gasolero con rumbo a la docta establecimos un presupuesto, costas máximos, gastos mínimos. Todo aprobado. Estaba decidido que iría al Congreso de Enseñanza e Investigación en Español como Lengua Extranjera, que tendría lugar en Córdoba entre el 21 y el 23 de mayo. Cómo el Congreso empezaría el miércoles (y yo debería haber salido el lunes para llegar el martes a la noche) directamente salí el sábado. De haberlo podido habría salido el viernes anterior.

El viaje fue más corto de lo esperado y la tregua vigente en aquél momento entre el campo y el gobierno evitó retrasos. Viajar en micro por 20 horas ya es parte íntegra de mi vida y, hasta se podría decir, una actividad en parte relajante ya que me permite leer, mirar películas terribles que nunca alquilaría y tener la excusa perfecta para no hacer nada sin sentir la más mínima culpa ni remordimiento por mi pereza.

La llegada me sorprendió un poco dormido pero la necesidad de encontrar alojamiento rápidamente me despertó. Terminé encontrando un hostel a 4 cuadras de la ciudad universitaria (En la Facultad de Lenguas tendrían lugar tanto el Congreso como las jornadas y talleres que lo acompañaban). A 10 cuadras del centro, 4 de la facultad y dos del Parque Sarmiento (es el más grande de la ciudad, similar a los bosques de Palermo en versión local, sin rosas y por suerte sin rejas) parecía el lugar ideal. Dejé las cosas, agarré la mochila, me cambié y salí. Primero lo primero, reconocimiento del parque, ubicar la universidad, mate en mano y libro en la mochila. Primera impresión: “podría acostumbrarme a esto”. El barrio, Nueva Córdoba, es una especie de barrio coqueto, mezcla de Barrio Norte con Palermo combinado con un barrio universitario. El clima acompañaba, ése día – cómo el resto de la semana – entre 25 y 30 y hasta 32 grados. Por alguna razón extraña había llevado bermudas y alpargatas, casi como “por las dudas”. Al segundo día a la mañana estudiaba si por las dudas me llevaba un pullóver y sólo una o dos veces lo hice esa semana.

Extrañado de la buena impresión inicial me dediqué más tarde a hacer un breve reconocimiento del centro también. Al llegar la noche estaba seguro, sí ése era el clima típico de mayo definitivamente podría establecerme allí. Lamentable, o afortunadamente, la gente de Córdoba estaba casi tan sorprendida como yo por la temperatura, a la que definieron como totalmente atípica para esa época del año. De todos modos me encontré por demás fascinado por la ciudad; grande, mucho más de lo que podría haber imaginado pero sin sentir que me enfrentaba a un monstruo urbano interminable, combinando lo moderno con lo histórico y con una inmensa vida cultural. Así que así las cosas aproveché los días libres para hacer de todo. Claro está, también a actualizar el blog… pero especialmente para caminar la ciudad, para visitar algunas de las numerosas iglesias, la manzana jesuítica y también disfrutar de eventos que rara vez pueden hacerse en Bariloche, léase ir al teatro, festival de jazz, show al aire libre de flamenco, entre otros. También fui a escuchar un par de coros en la iglesia de los jesuitas y visité el museo de la universidad de Córdoba y la cripta jesuítica.

El domingo fue casi como un domingo barilochense, nada por aquí, nada por allá, sólo gente paseando por los parques. Durante la semana el ritmo cambia y me sorprendió la vida de la universidad; mucha, muchísima gente, sedes universitarias amplias y luminosas, todo en el parque, con árboles alrededor (y para los/las más detallistas, cableado subterráneo no sólo en la ciudad universitaria sino también en casi todo el centro de la ciudad). “Definitivamente podría habituarme a esto”, pensé.



martes, 4 de septiembre de 2007

El Pase del año

¿Va a haber un cambio estratégico en la televisión? ¿Brasil abandona el Mercosur? ¿La Patagonia se independiza y formará un país independiente?


No... con un poco mas de egocentrismo que pasión por la televisión (Seguimos firmes en nuestra idea de decirle NO a la tele en la casita) y un poco mas de amarillismo que la serena objetividad de la ciencia (Sic) me he permitido titular así mi cambio de trabajo. Efectivamente el próximo mes no nos encontrará unidos ni dominados (Bueno, dominados tal vez sí, pero eso no sería un cambio sino por el contrario una continuidad) sino que me encontrará a mi mismo trabajando en otra escuela.

Se trata de "La Montaña", la primera escuela de español de Bariloche (Digo, primera y más antigua no revela una centenaria tradición en la enseñanza, ya que la historia -en este caso- se remonta al año 2002). Así que a partir de octubre estaré trabajando allí. La decisión fue difícil... bueno, no en el sentido económico, y la verdad es que tampoco quería seguir trabajando para mis actuales jefes. Episodios como el de Angie, la negativa a pagarme un curso de certificación y demases me desmostraron que yo no quería continuar acá. Pero mas allá de ello es obvio que sí estoy muy encariñado con mis compañeritos/as de trabajo y que los/las extrañaré muchísimo. Se han convertido en mi familia local y la verdad es que, con todo, nos llevamos mas que bien...


Además, lo positivo era que era un desafío el hecho de trabajar para sacar adelante la escuela. Claro, como todo desafío se supone que debería tener sus recompensas... ¿Alguien las vio? Porque yo no. Y cometí el error de identificarme a fondo con una escuela que no hizo lo propio conmigo. No me arrepiento de haber trabajado con el resto del equipo de Bariloche, a haber contribuido a que la escuela creciera. Pero también debo crecer yo también y creo que llegó el momento de pasar a otra etapa. Y si la montaña no viene a mí, pues, yo iré a la montaña... (cuak)

martes, 17 de julio de 2007

Ficción y realidad

Tal como había adelantado en los últimos mensajes, estoy en proceso de reencontrarme con la escritura... Obviamente soy un desastre, pero me sirvió, en más de una ocasión, no sólo como un hobby divertido sino como una buena catarsis. A continuación se encuentra uno de mis primeras criaturas, surgida de la experiencia de ése mismo día, que pasó hace ya casi tres semanas. Por algún tiempo el episodio me dejó un tanto traumado, aunque ahora ya lo hemos superado bastante...

Él se sentó en su escritorio, revisó sus correos, no había noticias importantes, tampoco pedidos. “Perfecto”, pensó él, y se dispuso a empezar con sus tareas.
La tranquilidad duró poco, ella lo llamó y le pidió que mirara la comunicación que mantenía con uno de los jefes. “Tenemos que revisar los contratos”, decía el mensaje, y añadía “la vamos a tomar por 15 días y nada mas”… él sintió indignación y mientras miraba a la directora pensando en que deberían responder otro mensaje apareció. “En realidad no es necesaria. Re hagan el cronograma de trabajo sin ella”. Ella se quedó congelada, él no supo que hacer. “¿Cómo podía ser?”, pensó él mientras sentía que la desesperación comenzaba a ganarlo, aunque pensó que algo aún podría hacerse, rever la medida, hacer algo, intentarlo… podía, debía hacerlo.


Unos instantes pasaron (no hace falta decir que parecieron una breve eternidad), “Pero si ya le dijimos que viniera a trabajar”, le dijo a su jefa. “Éste tipo está loco”, dijo ella mientras ambos miraban atónitos la pantalla. Ambos explicaron que Ángela ya había renunciado a sus trabajos (Argentina, año 2007, era evidente que uno sólo no bastaba), que los plazos estaban vencidos, que ella viajaba al día siguiente desde su ciudad natal para instalarse allí, que ya estaba todo preparado.


“No es necesaria”, repuso el dueño, “podemos hacerlo sin ella…”, y al momento explicó que él no estaba al tanto y que no entendía porqué habrían de contratarla. Pero sí lo sabía, aunque hizo falta repetir sus palabras de hacía un mes y luego dos semanas, cuando consultó si eran necesarias nuevas entrevistas o si la chica estaba confirmada. Reconoció que lo sabía, pero con los problemas que tenían en Buenos Aires debía haberlo olvidado, que allá la situación era bastante más compleja, que tenía varios despidos más por disponer.


Los mensajes iban y venían por la fría rapidez de la comunicación digital que acorta las distancias pero deja a los interlocutores sin poder ver la expresión y el tono de voz del otro. En el planteo del jefe todo parecía muy obvio; problemas mas importantes en la sede mas importante, reducción de clientes, había personal innecesario, la reducción era la obvia salida, la salida para salvar el ejercicio.


Mientras tanto, detrás del escritorio, sus dos interlocutores se miraban y no podían creer lo que leían en el monitor de la computadora. “éste tipo no se da cuenta que ella ya renunció, que viene en dos días… no puede hacer esto”. “Puede”, le respondió ella, él era el dueño y podía hacerlo. Intermitente ambos se sentían impotentes y derrotados, pero al cabo de unos segundos volvían a contraatacar. Él la imaginaba firmando sus telegramas de renuncia, empacando, despidiéndose y se sentía sobrepasado. Ambos explicaron que ella era necesaria, que la necesitaban, que era necesario tener un resguardo, y que, en todo caso, que si era tan evidente que no hacía falta, hacía un mes era igual de innecesaria. “Puede ser, pero la situación es otra”, decía el mensaje, y la tranquilidad con que las palabras aparecían intranquilizaban más de lo que podía creer. Le explicaron las razones una a una otra vez, detallaron la situación de Ángela, ella ya había renunciado, en un día llegaría a la ciudad, en tres días comenzaría a trabajar.


“No, no se puede”, leyó ella. Explicó que era un bajón, una falta de respeto, una irresponsabilidad, un mal manejo. Le escribí un mensaje en el celular, le conté a Ángela que estaba pasando, que nos diera algunos minutos para que el dueño entrara en razón. Ella respondió al instante diciendo que no podía creerlo, que el tipo era un hijo de puta, que …


Yo estaba de acuerdo, pero a él parecían no importarle nuestras razones. “Tendré que llamarla a Angie y explicarle que …”, pero la interrumpí para decirle que no podía ser, y decimos reemprender nuestro frente de campaña. Para nuestro asombro las respuestas del dueño pronto dejaron de justificar lo que había decidido y comenzaron a objetar los frutos de nuestro trabajo, a sugerir que ciertas decisiones tomadas no tenían sentido, a que las asignaciones del personal no se condecían con los principios de la empresa. Ninguna de sus objeciones tenía un fundamento ligeramente sólido, e incluso algunas se debían a propias confusiones. “Si todo se pone difícil acusás a los demás”, recordé las líneas de una película que había visto unas horas antes. Todo se había puesto difícil, así que él había acusado a los demás, o sino era así, no lo parecía en lo mas mínimo.


El teléfono sonó, mi jefa atendió la llamada; tuvimos una pequeña tregua. Aproveché para contarle a Ángela cómo iba la negociación. Creo que él fue el primero en violar la tregua, porque mientras mi jefa hablaba por teléfono continuaban apareciendo mensajes; en Buenos Aires despedirían 10 personas, era una lástima, pero problemas mas serios ocupaban su mente, no podía preocuparse por esta situación, y más preguntas acerca de nuestras asignaciones para la próxima semana. Cuando mi jefa se reincorporó a la batalla sus órdenes fueron claras, debía rearmar el cronograma, creo haber dicho un “pero …”, aunque su mirada me respondió antes. Mientras yo volvía a asignar a mis compañeros ella continuaba su charla cibernética. Entretanto yo aprovechaba para espiar lo que decían los mensajes.


Mi imaginación proyectaba momentos que habían pasado o bien, deberían pasar: Angie en sus fiestas de despedida, armando sus valijas, nosotros recibiéndola, yo explicándole la situación. Las imágenes fueron cortadas por el teclear incesante y cada vez más violento de Eleonora. “La puta madre, que Jota hable con ella, ya que él se comprometió…” Pero no hubo respuesta, Brian tampoco hablaría con ella. Ya no recuerdo cuantas veces lo dijimos, o lo dijo uno de los dos, o los dos al mismo tiempo, tampoco importa, pero fue un desfile de insultos. Entre tanto desde Buenos Aires nos llegaban noticias, “Ingrid ya no está con nosotros”, dijo Jota, como si se tratara de la necesidad de buscar el mas grande eufemismo para decir que había sido despedida. Otras personas a las que apenas conocía habían sido despedidas, otras, sin nombre, sólo denominadas a través de sus cargos completaban la lista.


Salimos a fumar. Yo no fumaba, pero sin embargo salía a fumar armado de mate y termo. “El pibe no tiene idea de cómo dirigir una empresa” dijo Leo. Ya no recuerdo las palabras que siguieron pero intentó calmarme, yo no debía sentirme mal, ni mucho menos culpable, ya que no era responsable. Sin embargo el pensamiento no parecía ayudarme a buscar una solución al problema. Ángela había renunciado a sus trabajos, había empacado sus cosas, y también sus ilusiones, ella vendría a vivir a casa, compartiríamos los mates y las cenas, las charlas y los fines de semana. Mientras tanto, en Buenos Aires, en 5 minutos alguien decidió que la chica no era necesaria.


“Para él –intentaba explicarme Leo- ella no es Ángela, ella es un número, una bolsa de dinero que cuesta plata, y si ese dinero es negativo, se descarta”. Y agregó “Él no piensa en ella, no piensa en Ángela, Angie, que viene acá, trabaja, se caga de risa, es nuestra amiga y todo eso… no, ahí él ve un número”. Yo podía entender que para los dueños de la empresa todos seamos números, o bolsas de dinero, ecuaciones que tienen un costo y una ganancia y que deben asegurar, para su supervivencia que el resultado de la ganancia menos el costo diera positivo. Pero si eso era así, ellos deberían haberlo sabido antes, y hace un mes el comentario no debería haber sido “si estábamos seguros que la chica iba a poder”.


Brian, uno de los dueños, no iba a hablar con ella, no iba a considerar nada más. Volví a sentirme terriblemente agotado. Junté coraje y encaré lo inevitable; hablé con Ángela, le expliqué con detalles lo ocurrido. No es necesario aclarar su reacción, como tampoco hace falta explicar que ella estaba más indignada que yo, y aunque ambos compartiéramos el ultraje, en última instancia, era ella la perjudicada.
Entonces yo comprendí, comprendí que no quería trabajar más en ese lugar, comprendí que tan pronto terminara mi comunicación telefónica con Angie buscaría trabajo en los clasificados.