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sábado, 16 de junio de 2018

Manual básico de supervivencia turística


LETRA S

Sajón
Dialecto germano inventado por el mismísimo Belcebú y que se habla (en distintas sub-variedades a su vez) en Sajonia, Sajonia-Anhalt y regiones de Turingia. Claro que como los lingüistas no quieren ventilar el origen demoníaco del dialecto, Wikipedia nos quiere hacer creer que es producto de la evolución lingüística regional. Nosotros sabemos que nos es así... En fin, se trata de un verdadero desafío para los hablantes no nativos (y para los germanoparlantes de otras regiones también) en el que hasta las cosas más fáciles se ven alteradas. En lugar de NEIN para negar se dice Ne, o eventualmente, Ne ne. Por otra parte, para decir que sí, en lugar del clásico JA se usa Nu o sus variantes: Nu nu (en Dresden) o Nu ja (en Leipzig). Por si fuera poco, el dialecto (que se escucha a diario en la calle) tiende a sobrepronunciar algunas letras, omitir otras y a transformar todas las CH y G finales en algo así como SHH. Incluso cosas tan básicas como el mismísimo nombre del dialecto cambia respecto del Hoch-deutsch (el Alto alemán -eehhh ameo, alto alemán- o alemán-alemán). En alemán se llama sächsisch, en dialecto se dice seggschs (o algo así, porque como es un dialecto, carece de normas inequívocas de escritura). Si querés saber más sobre esta entelequia diabólica podés leer El dialecto de Sajonia.

Sábanas escandinavas
Tienen sus detractores/as y sus críticos/as. Lo que es seguro es que es una tecnología diferente de dormir... Tenés la sábana que va sobre el colchón y luego una sábana que es en realidad una funda dentro de la cual se pone la colcha o plumón. Entre tu cuerpo y esta funda no hay otra capa y -por lo general- no suele haber capas de frazadas y mantas sobre esta funda ya que aún en invierno entre la calefacción y el plumón suele bastar (hay excepciones, ejém). La sábana para la almohada suele ser también diferente ya que en lugar de las (rectangulares) que conocemos, aquí suelen ser todas las almohadas más bien cuadradas (70x70 / 80x80).

Schengen, espacio
Acuerdo diplomático europeo que permite a los/as ciudadanos/as de los países miembros (como así también a los turistas) cruzar libremente las fronteras internas de los países que la componen. ¿No se supone que la Unión Europea garantiza lo mismo? Ni. Es cierto que la unión debería garantizar el libre tránsito para mercancías y ciudadanos, pero... bueno, la abolición de los controles fronterizos se debe al acuerdo Schengen. De todos modos no todos los países del espacio Schengen están en la unión. En el espacio Schengen están también Suiza, Noruega, Islandia y Liechenstein (que no están en la unión) y no está Inglaterra el Reino Unido, que... mmm... bueno, en teoría estaba en la unión, aunque ahora está en una suerte de limbo zona gris porque post Brexit los ingleses tienen que salir, pero aún no se van. En fin, el espacio te garantiza poder viajar de un lado al otro (siempre que te muevas dentro de las fronteras de países miembros sin mayor problema).

Schnitzel
No menos que en otros campos, la cocina es también un escenario de disputas. Los milaneses dicen que las inventaron ellos y los austríacos les robaron la receta. Hay también alguna leyenda en la cual los milaneses cedieron la receta a los ejércitos imperiales austríacos. Los vieneses dicen que no, que fueron ellos quienes las inventaron. ¿De qué hablo? De las milanesas. En Alemania, una Schnitzel (a secas) es normalmente de cerdo, sino se aclara.

Suizo-alemán
Dialecto helvético del alemán que, llegado el caso, podría devenir idioma, si es que los suizos deciden ponerse de acuerdo en su escritura. Mientras tanto seguirá siendo un dialecto pero por momentos la distancia que hay del Hochdeutsch (Alto Alemán, conocidos por todos como el alemán formal) es tan grande (o casi) como la que existe entre el alemán y el holandés. Si el sajón es ua pesadilla para los hablantes no nativos del alemán, el suizo alemán DEFINITIVAMENTE está en otro nivel. Digamos que es el Freddy Kruger de quienes intentamos chapucear en alemán y aún es complejo entenderlo para los alemanes (con excepción de los bávaros) que deciden acercarse al país de Heidi. Ya sé, mal de muchos...

lunes, 11 de junio de 2018

Yapa de Chemnitz: Villa Esche

Henry van de Velde fue un arquitecto belga que, junto a Victor Horta y Paul Hankar, es considerado como uno de los padres del art nouveu en Bélgica. ¿Y qué hace un belga en Sajonia? Van de Velde estuvo yirando largo y tendido por Alemania, donde entabló buenas relaciones con una serie de industriales y adinerados varios que estaban bastante interesados por su trabajo.
Van de Velde trabajó también en Gante, puntualmente diseñó la torre de la biblioteca, un edificio que durante nuestra visita a Bélgica estaba tapiado y en obra de renovación, así que no pudimos ver. Pero en Chemnitz tuvimos más suerte y pudimos visitar la villa Esche.
Villa Esche fue el hogar de una rica familia de industriales que dieron a Van de Velde rienda suelta para diseñar su hogar. Van de Velde se tomó la orden al pie de la letra. No porque haya creado un edificio en extremo delirante ni mucho menos. No, para nada. Van de Velde creía que no había que sobre ornamentar ni decorar, que todo cuanto se pusiese en la casa debería poder usarse y tener una función.
¿Entonces? Van de Velde diseñó la casa. La casa y todo lo que hay en ella. La casa, la pintura de las paredes, las lámparas, los muebles, la vajilla. Todo.
Para van de Velde vivir en un hogar implicaba una experiencia total, por lo tanto todo contribuía a generar un conjunto armónico. La única excepción fueron los cuadros familiares del comedor. Del resto, nada escapó a sus manos.
Algo es cierto, no se le puede negar la armonía a la casa. Eso sí, bastante cara les salió a sus dueños.

sábado, 9 de junio de 2018

Ránking de surrealidades viajeras


Le debe haber pasado a (casi) todo el mundo. Mientras viajás, cada tanto vivís alguna situación que, por lo recóndita, inverosimil, kitsch o clara y francamente surreal parece más salida de una película de Fellini que de la cotidianeidad de esta década a la que ya no le quedan tanto años. Y, sin embargo, pasan. De eso se trata esto, de las cosas más increíbles que nos han ocurrido viajando, sin ningún orden en especial.

Inaugurando el ránking... una sorpresa musical, en medio de la nada sajona.

Situación: Finde largo viajando en Vogtland, una región del sudoeste de Sajonia, casi-casi en la frontera con Baviera. Es sábado a las 10 de la mañana. Pasamos por un pueblo recóndito para ver un castillo que, dicho sea de paso, estaba en proceso de ser decorado para una feria medival. Luego de haber visto la atracción local regresamos a la estación de trenes para dirigirnos al destino siguiente. La estación, como tantas otras de los pueblos de la Alemania profunda está clausurada. Es una práctica común en pueblos donde la cantidad de pasajeros no justifica (a los ojos de la compañía de trenes, se entiende) mantener una una estación abierta y atendida por personas. Normalmente estas estaciones se cierran, quedan clausuradas y se ponen un par de maquinolas. Listo.

Volviendo a la historia... Estación clausurada en un pueblo N de Sajonia. Sábado, 10 de la mañana. La playa de estacionamiento de la estación está prácticamente vacía. Sólo hay un instructor dando clases de conducción de motos a una adolescente y dos personas que miran.

De la estación desierta llega un rumor de música electrónica. Se ve, pensamos, que han alquilado algún espacio como sala de ensayo o boliche. Es otra práctica que suele ser bastante común en este tipo de situaciones. Nos sentamos a esperar la llegada de nuestro tren mientras escuchamos el punchi punchi electrónico que viene de algún rincón de la estación.

De pronto, la música se corta. Se hace una pausa y por unos segundos el silencio se impone. De repente comienza a sonar una melodía. Parece extrañamente familiar. A los pocos segundos entiendo por qué. Es Sólo le pido Dios. Se lo digo a Diego. Me mira, lo miro. Y se escucha una voz de mujer que comienza a cantar el tema. Unos minutos más tarde el tema termina y vuelve a sonar la música electrónica. El paisaje sigue siendo el mismo. Una mañana gris de sábado en un pueblo recóndito de una región de los márgenes de la Sajonia profunda.

jueves, 10 de mayo de 2018

Großsedlitz

Allá lejos y hace tiempo, tanto Sajonia como Dresden en particular, se caracterizaron por cierta tendencia al barroco, los excesos de la corte y el derroche. Al menos, en la arquitectura. Particularmente durante los siglos XVII y principios del XVIII, que fueron económicamente positivos para la región. O al menos para sus ricos. Y si hay algo que les gustaba a los ricachos nobles era -precisamente- presumir de su poder y riqueza. Eso hace que la ciudad y Sajonia conserven aquí y allá pequeños tesoros del período barroco. Es cierto que no todos son igual de majestuosos o impactantes. Pero eso no hacen que sean menos interesantes.
Supongo que el jardín barroco de Großsedlitz es un buen ejemplo. No está en el top ten de las grandes atracciones de la ciudad pero para haber sido residencia de un conde menor hay que reconocer que no está nada mal.
Construido primero entre 1719 y 1723 y ampliado sucesivamente, la propiedad cayó bajo las garras en las dulces manos del duque de Sajonia (y rey de Polonia) Augusto el fuerte, que vendría a ser algo así como el personaje histórico más notable de la dinastía que gobernó Sajonia por más de seiscientos años. Creo que ya hablé de él tantas veces que no amerita seguir agregando trocitos de su biografía.
Para este caso alcanza con decir que Augusto el fuerte fue un conocido amante de las fiestas y la buena vida. A nadie le sorprenderá entonces que convirtiera el jardín de Großsedlitz en lugar de eventos, cacerías y celebaraciones de las cortes sajonas y polacas. Principalmente en eventos que se realizaban al aire libre (léase, celebrados en primavera-verano).

lunes, 8 de enero de 2018

Kriebstein

Ya sé. Otro nombre que no te suena. Tampoco debería hacerlo. Kriebstein no es ni una de esas mecas de turistas ni un punto obligado de visitas y viajes. De hecho, llegar a Kriebstein es -si no tenés auto- una tarea que -sin ser imposible- tampoco es tan simple. Desde Dresden tenés que tomarte el tren, bajarte en un pueblo absolutamente desconocido, tomarte un bondi (que es -en realidad- una combi), bajarte en un polideportivo, esperar un colectivo que te lleva a pasear por entre pueblos, lagos y colinas y que te deja, si tenés suerte, a un kilómetro de este castillo.
Digamos que no tuvimos tanta suerte como para que nos dejara tan cerca pero tampoco tuvimos tan poca como para que nos dejara a más de dos kilómetros. De hecho, considerando todos los medios de transporte involucrados, el hecho de que hayamos llegado a dónde queríamos en tiempo y forma lo vivimos más bien como una victoria. El que la ruta estuviera cortada por tareas de repavimentación fue más bien una nimiedad frente a todas las cosas que podrían habernos envíado a la loma del cu... a cualquier otro lado.
Como tantos otros castillos, Kriebstein se encuentra en una colina rodeada a uno de sus lados por un río. Dicho de forma simple, un lugar fácil dónde defenderse en caso de ataque. La historia de su fundación tampoco difiere de la de tantos otros lugares de la región. Propiedad del señor feudal local, tenía la función de ser asiento de la familia, sede del gobierno del lugar, fortaleza militar y lugar para protegerse en caso de invasión enemiga.
Mencionado por primera vez en el siglo XIV, el castillo fue ampliado sucesivamente a lo largo de los siglos (y de las familias que lo ocuparon), siendo una de las más importantes la que sufrió en el siglo XV y que le dio buena parte del perfil que hoy lo caracteriza. Aquellas obras fueron dirigidas por un tal Arnold von Westphalien, dato que únicamente traigo a colación porque es el arquitecto maestro constructor del Albrechtsburg de Meissen (Si querés, podés leer El último grito de la moda (gótica)).
Como dato (totalmente) anecdótico, en el año 2009 se filmó aquí una otra versión (alemana) de Blancanieves y los siete enanitos. Para bien o para mal, en nuestra visita no hemos dado ni con una ni con otros y, ante la duda, nos abstuvimos de comer manzanas o dialogar con espejos parlanchines.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Nossen

En nuestra cruzada para sacarle el jugo aprovechar nuestro pase de castillos de Sajonia llegamos al casi desconocido pueblo de Nossen, a mitad de camino entre Dresden y Leipzig. Lo reconozco, oficialmente es una ciudad pero no sé si es porque es domingo o qué pero el lugar no deja de transmitir la sensación de ser un pueblo.
Como Nossen pasó buena parte de sus más de setecientos años de historia durmiendo la siesta ajeno a los grandes centros de poder, tiene -básicamente- dos atractivos: el castillo del lugar y los restos del monasterio de Altzella.
El castillo existe desde el año 1185, cuando se estableció en la región un tal Petrus de Nozin, que le dió (su) nombre al señorío. Desde entonces el castillo de Nossen tuvo una historia más que accidentada. Disputado entre numerosos señores locales (incluidos los obispos de Meissen) el castillo pasó de mano en mano a lo largo de los siglos.
Incluso los prusianos lo ocuparon alguna vez y hasta Napoleón Bonaparte utilizó (ejém, por un día nomás) el castillo como cuartel general.
El otro atractivo del lugar son las ruinas del antiguo monasterio de Altzella, creado en el siglo XII y que por casi doscientos años fue el lugar de entierro de los márgraves de Meissen y posteriormente de los duques de Sajonia.
En su época fue uno de los monasterios más ricos de la región y contaba con una de las mayores iglesias de la zona. ¿Qué pasó con todo eso? Reforma y Martín Lutero mediante, el monasterio fue abandonado, la iglesia desmontada para reutilizar piedras y ladrillos en la construcción de la iglesia de Nossen y las tierras pasaron a engrosar las propiedades de la familia ducal.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Radeberg

Sí, ya sé... el nombre de esta ciudad no te suena. Tampoco debería. Salvo que, por alguna razón, hayas pasado alguna vez por Sajonia, donde la cerveza que lleva el nombre de la ciudad es especialmente popular. Pero no todo en Radeberg es cerveza. El pueblo, ubicado en las afueras de Dresden, cuenta con una historia mucho más larga de lo que podría imaginarse.
 La plaza del mercado y la municipalidad, con el estilo barroco típico de Sajonia

Ya a principios del siglo XIII el pueblo aparece mencionado por primera vez como un asentamiento instalado -cuando no- en torno al castillo local. Claro que para aquella época el castillo, más que una fortaleza propiamente dicha, era una suerte de torre rodeada por una empalizada con un par de cabañas.
Pero el pueblo prosperó y tan sólo doscientos años más tarde recibió el título de ciudad y la autorización para tener un mercado. Paralelamente el castillo fue ampliándose y las empalizadas de madera fueron reemplazadas por paredes de piedra rodeadas, adicionalmente, por fosas.
 El castillo de Radeberg
Doscientos años más (ya en el siglo XVI) Radeberg llegó a la cumbre de su (acotado) espledor: se halló en la región una mina de plata que acrecentó su riqueza. Lamentablemente para sus habitantes (y fundamentalmente para los señores y ricos locales) la mina se agotó pronto y el pueblo entró en una suerte de decadencia aletargada que duró unos cuantos siglos, hasta que la revolución industrial hizo su entrada triunfal en Sajonia.
Desde entonces Radeberg se ha convertido en sinónimo de vidrio y -principalmente- de cerveza. De hecho, la Radeberger fue la primera cerveza pilsen de Alemania, como así también la primera de este tipo en producirse fuera del territorio de la actual República Checa. 

Por muchísimos años fue una de las más importantes de Sajonia y de Alemania oriental después. Con la reunificación la fábrica -al igual que tantas otras- enfrentó tiempos bastante complejos y casi quiebra. Afortunadamente para sus trabajadores/as (y consumidores/as) la Radeberger logró sobrevivir y volvió a instalarse como una de las cervezas más populares, al menos en Sajonia.  

miércoles, 3 de mayo de 2017

Fotos de miércoles

 Radeberg, cerca de Dresden. Otoño. Me parece que encontramos la aldea de los pitufos.