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jueves, 11 de agosto de 2016

Suiza Sajona: de Königstein a Krippen

Otro fin de semana sin lluvia, otro día de trekking en la Suiza Sajona. El buen clima hay que aprovecharlo. No es que el verano sea terrible acá pero si suele ocurrir que después de cuatro o cinco días de sol y calor, al hilo suele sobrevenir una tormenta de verano. Con tal mala suerte que tal evento suele coincidir con los fines de semana. Pero hoy no. Como diría Fito Páez, arriba todos … es un día de sol. Suiza Sajona, ¡Allá vamos!

El plan de hoy es unir Königstein con Krippen a través del Camino del Pintor. EL tren nos deja en la estación de Königstein, muy cerca de la fortaleza. (Sobre la fortaleza podés leer aquí Königstein) y rápidamente se aleja del pueblo subiendo a las montañas de arenisca del Elba.
Mientras subíamos empezamos a escuchar algo de música, lo cual es raro ya que la montaña, ni aquí ni allá, suele ser un lugar habitual para andar con radio o equipo de audio. Después de continuar el camino descubrimos que un grupo de cinco personas habían subido con violines, chelo e instrumentos de percusión para jugar a los elfos del bosque y ensayarse algo. No nos podemos quejar. Parece que hoy la senda viene con banda sonora y todo.
Luego de buscar por diez minutos el mirador que se suponía estaba ahícito nomá nuestra senda comenzó a bajar hasta u bosque lindante con un prado.

Para mi sorpresa, entre el bosque y el prado hay una serie de mangrullos, como si se tratara de puestos de vigilancia u observación. Son de maderas y, realmente, no tengo ni idea de para qué se utilizarán, pero por un momento siento una especie de déjà vu. Luego me acuerdo de la película La Aldea. Pero no, no creo que sirvan para vigilar a las criaturas del bosque. O no al menos de ése modo.
El siguiente tramo del camino nos lleva directo hasta Pfaffenstein, una suerte de meseta rocosa desde la que hay una vista muy linda. También hay una serie de agujas de piedra y paredes que aquí y allá nos cortan el paso. De todos modos logramos dar con la salida y el camino nos devuelve al bosque.
Siguiendo la senda llegamos hasta una zona de reserva natural cerca de un pueblo que creemos que ni siquiera aparece en el mapa. Junto a la senda hay unos carteles que tardamos un buen rato en descifrar. El camino atraviesa terrenos privados y un santuario animal, por lo que no se puede salir de la senda. Si no significaba eso, no importa. Nos comportamos como si nuestra traducción fuese infalible y ya, seguimos el camino directo a Kleinhennrsdorf, otro pueblito indistinguible de los demás.
A esa altura debíamos alejarnos de la senda del pintor y dirigirnos hacia Krippen. Pero claro, lo que en nuestro mapa aparecía como una senda inconfundible en la realidad es una maraña misteriosa de caminos que se cruzan en todas las direcciones. Al este o al oeste, al norte o al sur, las flechas dicen que Krippen está en todas las direcciones. ¿Cómo es posible? No sé. Pero es.

Optamos finalmente por la que decía Krippen 15’. Luego de cinco minutos, un nuevo cartel. Krippen 15’. Lo seguimos. Tras otros cinco minutos de caminata otra señal. Krippen 15’. Y así dos veces más. No sé cual de todos ellos tenía la razón. Lo cierto es que llegamos al pueblo luego de los quince minutos más largos de la historia de la humanidad, decididos a coronar nuestra caminata con una cervecita. Después de haber yirado más de cinco horas por la montaña la tenemos bien merecida.

sábado, 18 de junio de 2016

La Suiza Sajona y el camino del pintor. Segunda parte.

Luego de descansar un poco y vérnoslas cara a cara con sendos conos de helado, encaramos la segunda parte del trayecto que habíamos diseñado, de Stadt Wehlen hasta Kurort Rathen, otro pueblo a orillas del Elba. En el medio nos esperaba el Bastei.

El Bastei es una de las joyas de la Suiza Sajona. Es como cuando buscas Bariloche en el Google y te aparecen mil fotos del Llao Llao. Bueno, quizás es un poco menos, pero la asociación está. Cuando buscás Suiza Sajona, aparece –casi siempre- el Bastei.
¿Qué es? Se supone que es una formación rocosa de casi doscientos metros de altura que se eleva ahí nomás del Elba. Ya a principios del siglo XIX era considerada como atracción turística de primer nivel, por lo que en 1824 se construyeron los primeros puentes de madera que unían las diferentes rocas. Poco después, en 1851 se construyó el puente actual hecho con la misma piedra caliza de la región.
Una vez allí descubrimos que no todos los visitantes llegan por el camino del pintor. De hecho, muy cerca hay un hotel, una cafetería y un restaurante, además de una parada de colectivos para el transporte local.
Obviamente, tanto desde el Bastei como desde los demás miradores del lugar hay vistas panorámicas de toda la región: el Elba, las montañas, las rocas y hasta la fortaleza de Königstein.
Desde allí también se accede a Neurathen, a una fortaleza del siglo XIII que fue abandonada en el siglo XV. De la fortaleza poco queda ya en pie y buena parte de lo que se ve es la reconstrucción de la empalizada exterior, que hoy cumple la doble función de recrear las defensas en su estado original como así también impedir la entrada de los turistas que no pagan la entrada.
Desde allí es todo en bajada hasta Kurort Rathen, otro de los pueblitos que se encuentra a orillas del Elba. En este caso, es famoso porque además es sede de uno de los teatros a cielo abierto más pintorescos de la región. Claro que -como estábamos a principios de la primavera- la temporada aún no había comenzado y estaba cerrado.
Para regresar sólo nos quedaba cruzar el Elba en ferry y esperar al tren que nos llevaría de vuelta a Dresden, cruzando los dedos para ver si conseguíamos asientos. Mal no nos iban a venir.

jueves, 16 de junio de 2016

La Suiza Sajona y el camino del pintor. Primera Parte

Desde tiempos ya inmemoriales (¿fines de marzo? ¿principios de abril?) veníamos posponiendo sistemáticamente nuestra primera salida al parque nacional de la Suiza Sajona. Que la lluvia, que el viento, que el frío. Hasta que se produjo el milagro. No, no era un pronóstico de ensueño. Era tan sólo la promesa de un día medianamente nublado, ligeramente fresco aunque no tan feo (léase, sin lluvia). A abril no se le puede pedir más.

Volviendo a la excursión, primero, lo primero. A definir opciones… Revista del Parque Nacional de la Suiza Sajona en mano, buscamos qué caminatas podíamos hacer en un día, empezando y terminando cerca de estaciones de tren o paradas de colectivo. Afortunadamente el archifamoso sendero del parque, el Camino del Pintor, tiene un par de etapas que bien se ajustaban a nuestros deseos. ¿El camino del pintor? Sí, el camino del pintor. ¿Qué tienen que ver los pintores con el parque? Mucho.

Al parecer las caminatas en la zona siempre estuvieron bastante vinculadas al arte (Para más información podés leer El Elba, las montañas y la Suiza (¡sajona!)). Y así como fueron dos suizos que estaban en la Academia de Música quienes le dieron el nombre a la región, otros tantos artistas han hecho de las suyas… Carl Maria von Weber –una de las glorias de la música local- era bastante afecto a salir a caminar por aquí. Tanto que ambientó una de sus óperas en la región. Otro de los visitantes que al parecer se inspiró en la Suiza Sajona para componer fue otro viejo conocido nuestro, Richard Wagner. Pero la Suiza Sajona no es tierra únicamente de músicos. Los pintores también han sido de la partida. Y en pleno romanticismo no fueron pocos los que vinieron a buscar inspiración por estos pagos. Como resultado existe “El Camino del Pintor”, una senda que recorre buena parte del parque (propuesta para hacer en cinco o seis días) pasando por todos los lugares que fueron pintados por alguno de los popes de la Academia Sajona de Artes Plásticas. 

Con el destino ya definido sólo faltaba prepararse.

-  Che, ¿qué decís? ¿tendríamos que comprar un mapa de sendas del parque?
-  No, no creo… tenemos el mapita de la revista del parque
-  Es cierto…
-  Pero si querés…
-  No, no, está bien… con el de la revista tiene que alcanzar. Es llegar a la senda del camino del pintor y seguirla. Tiene que estar bien señalizada, si es super famosa.
-  Supongo que sí

ERROR. O no del todo. Pero error al fin. Es cierto que el Malerweg (camino del pintor en alemán) es la senda más famosa. Pero ni es la única ni todos sus tramos se encuentran tan bien marcados… En fin, como decía Alanis Morisette allá lejos y hace tiempo; you live, you learn.

Fuimos en tren hasta Pirna y desde ahí, a empezar a caminar. Cruzamos el río, pasamos por Copitz y en dirección a otro pueblo nos encontramos con algo inesperado. Al parecer muchas de las rutas alemanas carecen de banquinas o de lugar para caminar. No es que haya un pedacito angosto o no muy cuidado. En este caso, simplemente, no hay nada. N-A-D-A. Así que en lugar de ir a Lohmen encaramos para otro pueblo que sí tenía una senda. Y de ahí a otro pueblo. Mejor dicho, un micropueblo, porque ni siquiera figuraba en nuestro “mapa”. Nota mental, HAY que comprar una guía de sendas del parque.

Con más intuición que conocimiento certero decidimos tomar otro camino en dirección a otro pueblo que -según nuestro vapuleado entender- debería estar en la dirección correcta. Sobra decir que me acordé de todas las situaciones vividas a lo largo de sendas y vacaciones en las que me o nos encontramos en situaciones semejantes. (Alguna vez incluso fuimos salvados por cierto afamado instinto bovino a la hora de seguir huellas ¿Alguien se acuerda?).

Y mientras empezábamos a pensar que éramos dos inconscientes incapaces de localizar nada,  mirácolo, un rayito de luz. Para ser honestos, dos rayitos de luz… luz solar y luz metafórica. Además de disfrutar de cierta mejoría climática, de repente vimos aparecer un grupo de gente que se dirigía en dirección a algo que nos pareció ser lo más cercano a una senda que hayamos visto en lo que llevábamos pateando. Obviamente fuimos hacia allí antes de que el hechizo se desvaneciera y los caminantes se esfumaran. Primero, hasta el comienzo de la senda y luego hasta un cañadón. Allí nos esperaba la claridad. Ya no la del día sino la otra.
Primer descubrimiento del día. Sí existe el Malerweg, pero también existen mil millones más de sendas y caminos. Ergo, más nos vale comprar la dichosa guía y prestar atención a señales y cartelitos.
Lo primordial ya estaba. Habíamos llegado a la primera referencia del Malerweg. Al menos ya estábamos en el camino. Y eso hicimos, seguimos la senda que empezó a bordear el arroyo que habíamos visto. Mientras avanzábamos de pronto empezamos a escuchar algo que parecía ser música clásica, una orquesta o algo. Qué raro. ¿Quién vendría hasta acá con un equipo de música? Claro, realmente nadie lo haría. Pero como aquí se encuentra uno de los quichicientos memoriales de Wagner, panel solar mediante, la opertura de Lohengrin suena informándonos que este es el mismísimo lugar en el que habría sido compuesta.
Desde allí el camino da una vuelta larguísima para rodear el dichoso pueblo de Lohmen. Ése mismo al que no habíamos podido llegar por la ruta. Más tarde se cruza otro arroyo y se ingresa al Parque Nacional propiamente dicho. 
La zona es famosa por sus montañas de arenisca. Rocas y paredes de piedra caliza que en esta parte del parque encajonan el Malerweg y lo hacen parecer una trampa digna de película al mejor estilo del Señor de los Anillos. Como -afortunadamente- nadie jamás ha visto un orco (no al menos en las inmediaciones) decidimos adentrarnos.
Se supone que la senda recorre esta parte del parque por cerca de dos horas avanzando entre las paredes de piedra y llegando a claros aquí y allá. Sobre el final se llega otro arroyo y comienzan a aparecer algunas casas. Más tarde se realiza un pequeño ascenso y desde allí se ven el Elba y Stadt Wehlen, nuestra primera escala técnica.

jueves, 19 de mayo de 2016

El Elba, las montañas y la Suiza (¡sajona!)

Casi siempre llega el momento en que uno cree haberlo escuchado todo. O casi. Yo ya había escuchado hablar de suizo-alemán, suizo-francés, suizo-italiano… ¡Hasta de suizo-argentino! … pero ¿suizo-sajón?, jamás en la vida. O no, al menos, hasta que vinimos a Dresden.

Pues bien, existe. Existe la Suiza Sajona o, cuando menos, su Parque Nacional. El Parque Nacional de la Suiza Sajona (preparen la garganta para las gárgaras que ahí va el nombre en alemán: Nationalpark Sächsische Schweiz). Queda en el sur de Sajonia, lindante con la República Checa. De hecho, al otro lado de la frontera hay otro parque nacional. El de la Suiza Bohemia, que ya es como un poquito demasiado.
Se trata de un área de reserva natural establecida en 1990 que ocupa casi 710 km2 y –en teoría- protege la zona boscosa que cubre las “Montañas de Arenisca del Elba”. Sí, definitivamente han estado consumiendo sustancias de dudosa legalidad a la hora de ir denominando las cosas por estos lares… Si bien la altitud del parque no es especialmente significativa (sus “picos” son de 560 mts de altura -Bariloche se encuentra a 600-) sí es llamativo el contraste que produce con el cercano río Elba (que se encuentra a 110 metros de altura), generando esos acantilados de piedra tan dignos de las aventuras de Frodo y Sam.
Aparentemente el nombre se debe a dos suizos que allá por el siglo XVIII formaron parte de la academia sajona de música. Cuenta la leyenda que un buen día habían decidido salir de trekking cuando allá lejos divisaron las mesetas de la arenisca y hacía allí se dirigieron. Cuando regresaron a la ciudad -después de su aventura- relataron a curiosos -y víctimas de sus charlas habituales- las maravillas visitadas y lo mucho que la región les hacía recordar a su país natal. No se sabe si al rey le pareció un motivo encantador para ponerle el nombre a la región o si optó por llamarlo así como una especie de chiste interno. La cuestión es que así se empezó a llamar a la zona.
Además de ríos, montañas, mesetas y bosques, el parque también alberga la fortaleza
de Königstein (para más información podés leer Königstein (Episodio I) y Königstein (Episodio II)). Se trata de una de las joyitas sajonas, famosa por ser una de las fortalezas de montaña más grande, por poseer el pozo de agua más profundo de Europa y por haber albergado a la nobleza sajona cada vez que a los austríacos o prusianos se les ocurría echar mano a sus ejércitos para reclamar algún territorio sajón o, simplemente, pasar a saquear.
Uno de los caminos más famosos que atraviesa el parque es el Malerweg (la senda del pintor) que visita muchos de los lugares más icónicos de la región. Sin embargo hay muchísimos más. En breve –mejora climática mediante- podremos adentrarnos un poco más por sus sendas. Por ahora deberá basta con las fotos que tomó Diego cuando vino a finales de junio del 2015.

martes, 26 de abril de 2016

Königstein (Episodio II)

Con el paso los años, las obras en la fortaleza de Königstein han generado una especie de capas de cebolla que se acumulan sobre el edificio original. Desde el año 1300 hasta el 1900 se fueron incorporando defensa tras defensa, construcciones al último grito de la moda militar. Primero contra flechas y armas de asedio, luego contra disparos de infantería o cañones y -más contemporáneamente- proyectiles de tipo más moderno. Las defensas dejaron de ser las troneras y torres fortificadas y pasaron a ser cada vez más los edificios primero puestos a resguardo del fuego enemigo, que luego comenzaron a estar cubiertos por capas de piedra y arena y –finalmente- enterrados bajo de metros de tierra y concreto.
Durante las revoluciones liberales de 1830 y 1848 la familia real sajona huyó de Dresden, que se encontraba en plena ebullición. Con liberales, socialistas y hasta anarquistas pululando por la ciudad, proliferaron las barricadas y juntas populares. Horrorizados por tanta agitación social, los Wettin vinieron al lugar al que iban siempre que necesitaban sentirse seguros, Königstein. Paradójicamente, cuando las tropas reales controlaron la situación y reprimieron a cuanto revolucionario hubiera por ahí, la parte vieja del castillo hospedó –entre otros- al anarquista Mikhail Bakunin. No porque Bakunin quisiera sentirse seguro sino porque, para que ricos y nobles se sintieran seguros, la justicia real lo había castigado a reclusión y aislamiento civil en una institución militar. De donde yo vengo, a eso se llama cárcel por razones políticas. Eso sí, hay que reconocerlo, como sentencia es un tanto original.
En 1866 tuvo lugar un evento fundamental para la historia de Alemania (que aún no existía como tal), la guerra austro-prusiana. En este enfrentamiento Sajonia participó del lado austríaco, que resultó perdedor. No es que los sajones tuvieran un gran amor por los austríacos. Simplemente, los preferían a los prusianos, que tenían un claro plan para unificar Alemania desde Berlín. Eso sin mencionar cierto rencor histórico ya que luego de las guerras napoleónicas los prusianos se habían anexionado la mitad de lo que había sido el reino de Sajonia. Estaba claro para los sajones que si Prusia ganaba la guerra, su margen de independencia se iba a ver reducido, como, efectivamente, ocurrió. Los acontecimientos de 1866 fueron la última movilización masiva en la fortaleza. Apenas comenzado el tole-tole, el rey y el alto mando sajón se retiraron al campamento militar mientras que los tesoros de la bóveda, la recaudación y el dinero de bancos y empresas fue enviado en tren hasta el pueblo de Königstein y desde allí subido en carretas hasta la fortaleza.
Según la folletería del museo, la operación estuvo coordinada por los servicios secretos sajones, que no dudaron en usar la última tecnología disponible para poner a resguardo el dinero. Así llegaron a informar vía telégrafo el recorrido del tren que traía tan valioso cargamento y mantuvieron al tanto al mando de la fortaleza de cuanto ocurría.
Sin embargo, más allá de poner los barriles repletos de monedas de plata y otros tesoros a resguardo,  nada ocurrió en la fortaleza. El resultado de la guerra fue decidido en batallas que ocurrieron a varios kilómetros de distancia y Könisgtein se mantuvo -nuevamente- fuera del frente de guerra. Una vez más, la fortaleza no había sido puesta a prueba. Hay que decirlo, seguía manteniendo el título de inexpugnable, pero -básicamente- porque nadie jamás había intentado conquistarla.
A pesar de no haber intervenido activamente en la guerra, el resultado de los acontecimientos sí afectó a la fortaleza, que por primera vez en cerca de cuatrocientos años dejó de tener comandante y guarnición sajona y pasó a depender del ejército prusiano. Finalmente en 1871, cuando Alemania terminó de unificarse, el mando prusiano fue reemplazado por… un mando prusiano que ahora representaba al recientemente nacido Imperio Alemán. Lo único que el gobierno de Sajonia conservó fue “la casa del tesoro”, es decir, el depósito donde se guardaban los barriles de monedas (según el cálculo de la audioguía, cuando estaban llenos de monedas pesaban 235 kilos) y los lingotes de oro del tesoro real.
Llegado el caso de estar bajo sitio  el tesoro debería ser trasladado a otro lugar más seguro ya que luego de 1870 ni la altura de la meseta ni las paredes de 1,70 metros de espesor hubieran sido protección suficiente contra los proyectiles.
A comienzos del siglo XX la fortaleza se había vuelto obsoleta. No porque no contase con las obras necesarias sino porque por más esfuerzos que realizaran, el mismísimo concepto de fortaleza inexpugnable había dejado de existir. Con el desarrollo de la aviación y de proyectiles capaces de recorrer mayores distancias (y generar más daño) la idea de Königstein como bastión amurallado carecía de sentido. Claramente hubiera sido un lugar de importancia estratégica y por eso continuó siendo asiento de un destacamento militar hasta después de la primera guerra mundial, pero ya no se realizaron más obras ni se intentó modernizar las defensas. Tampoco hubiera tenido sentido hacerlo.
Durante la primera guerra mundial la fortaleza sirvió como campo de detención para oficiales franceses, belgas y rusos. Mientras que nada dice la audioguía acerca de los suboficiales, sabemos que los oficiales recibían un trato bastante diferente al de sus subordinados. La sociedad jerárquica de la época incluso repetía sus diferencias entre los prisioneros de guerra. Capturado y todo, un general seguía siendo, esencialmente, distinto de un soldado raso, y por tanto el trato recibido era inmensamente mejor.
El fin de la primera mundial marcó el ocaso definitivo de Königstein. De acuerdo con lo establecido en el tratado de Versalles la fortaleza debió ser desmilitarizada. Eso significó que por primera vez en seiscientos años no estuvo a cargo de un comandante militar y que su guarnición fue reubicada.