martes, 8 de junio de 2010

¿Por qué? Why? Warum? Pourquoi?

¿Por qué? Seguramente nunca tenga la respuesta a esta pregunta, pero estadísticamente no es posible que alguien sea naturalmente tan idiota si no es a través de un riguroso entranamiento.

Día sábado 29 de mayo. Llega Kristen / Cristie o como sea. Estadounidense, 21 años recién cumplidos, de Wisconsin, estudia en Michigan. Nunca debe haber visto más de 50 personas juntas a no ser que cuente los aeropuertos. Le explico que hay dos llaves, una para la puerta del hall, otra para el living. "Es un barrio tranquilo, pero de todos modos cerramos ambas puertas. SIEMPRE. C-O-N L-L-A-V-E ... L-L-A-V-E". ¿Qué hace? Sale, va al centro y nunca cierra la puerta con llave. Vuelve, entra y no cierra con llave. Le explico que tiene que cerrar la puerta con llave. "Ahhh ... ¿no es automático?"
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Domingo 30 de mayo; Llega Luisa, alemana, 20 años recién cumplidos. Misma explicación, pero en inglés porque en español sólo dice "Hola" y "chau". "This key is for that door, this other key is for this door..." Sí, sí. Todo claro. ¿Qué hace? Va al centro, vuelve a casa, abre la puerta del hall, entra, la cierra, abre la puerta del living , saca las llaves, entra y cuando va a cerrar no se le ocurre cerrarla usando la misma llave con la que acababa de abrir la puerta. No, por supuesto. Eso hubiera sido tan normal, tan fácil, tan simple para todos/as. Claro, no, decide usar la otra llave, la que uso para abrir la puerta del hall. Desde el estudio escucho que el ruido de forcejeo de llaves se extiende más allá de lo debido. Obviamente iba a ser así, si había puesto en la cerradura una llave mucho más grande.

Tironeo un poco, saco la llave pero la cerradura aún está trabada con media vuelta. ¿por qué? Saco la cerradura, la abro, trato de desarmarla, nada. Listo, al día siguiente fui a la cerrajería con la cerradura y la llave, dispuesto a hacer dos copias de media llave, pero, afortunadamente la solución es mucho más fácil de lo que parecía y el cerrajero la destraba enseguida. Para colmo es macanudo, así que no me cobra nada.

Lunes 7 de junio. Mientras estoy en clase recibo un mensajito y una llamada perdida. Ambos de Angie. Salgo al recreo. Mensaje de Skype de Angie. Llamame urgente. Fernando me pasa el mismo mensaje. Lo primero que pensé fue que había habido una tragedia en escala mayor. La llamo. "No te preocupes, pero..." alcanzo a oir. "Cagamos", pensé.

¿Qué había pasado? Angie acababa de recibir un mensajito de Kristen / Kirsten / Cristie o como cazzo fuera informándole que se había llevado las llaves de casa por error y que cuando se dio cuenta ya estaba en Aeroparque. Una vez en el aeropuerto la niña trata de pensar qué hacer con las llaves y en lugar de pensar "ok, ya fue, que los latinos se jodan y hagan un juego extra de copias" se pone a hablar con una mujer que también esperaba en el aeropuerto. Le explica la situación y la mujer le responde, "ah, yo voy para Bariloche, si querés las llevo".

¿Y qué dice nuestra Einstein? ¿qué le responde Madame Curie? "Ahhhh, muchas gracias", le da las llaves (sí, pero no se preocupen que aún no llega lo peor), le da la dirección de la casa y le aconseja "no vaya temprano porque ellos no están en todo el día. Recién llegan a la tarde, así que vaya de noche".

No, no, no... ¿Cómo se puede ser tan imbécil naturalmente? Porque esto no es inocencia, esto no es ser naif. Es esforzarse por alcanzar y rebasar los umbrales humanamente posibles de imbecilidad. Darle las llaves a una completa extraña a quien acabás de conocer en el aeropuerto, anotarle la dirección de la casa y además recomendarle que vaya tarde porque nadie está en casa en tooooooooooodo el día...

¿Alguien me puede decir por qué? Mejor dicho, ¿hay una razón capaz de explicar esto?, ¿qué podría llegar a provocar tal grado de alienación mental que le sugiera a alguien que ésto que acabo de describir es una idea maravillosa?

De más está decir que ya cambiamos la combinación de las cerraduras.
Llaves. Un desafío para las ¿inteligencias? extranjeras...

jueves, 27 de mayo de 2010

InVasión


Diana y Lidia, ¿Podrían ser una solución para el problema del ratón de la casita? Yo creo que sí. ¿Quién no recuerda a las malas de V -Invasión extraterrestre- comiéndose un blanco ratoncito? Ok. Reformulo, ¿quién con al menos 25 años y que no haya vivido parte de su infancia en un tupper no se acuerda? En la serie nueva de V (Sí, las remakes excedieron a Hollywood y la tele también adoptó la idea de imitarse a si misma, aunque cada vez esperan menos... y si faltan ideas, que no se note. ¿Cuánto van a tardar en hacer una remake de Lost?) todavía nadie se comió un ratón. Bueno, todavía se refiere al episodio en el que estamos en la casita, que vendría a ser el 6. Sí, no es mucho, lo sé. Pero bueno, aún no vi nada al respecto.

Y volviendo al roedor, ¿cuántas batallas perdidas son la guerra? Ya no las cuento en relación con el ratón-gate porque no tendría sentido pero, les pido, si alguien tiene a mano un alienígena come-roedores, por favor, mándenlo.

En otro orden de cosas, con bastante timidez pero con copo firme ayer nevó. Nevar, nevar como en una tormenta no, pero nevó. Y algo es algo. Obviamente esta mañana Videla estaba toda blanca. No fue una gran nevada, ni mucho menos una memorable, pero bien puede ser un principio de temporada. El alerta termina hoy a la tarde/noche. Ya veremos que nos depara el fin de semana.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Terapia de grupo


Hace tres semanas terminamos de hacer un curso en la escuela; "Gramática en la clase de Español como Lengua Extranjera". Estuvo muy bueno, pero no sólo por el contenido. No sólo por la posibilidad de juntarse con gente que trabaja conmigo y que no, que hace el mismo laburo o parecido, que la tiene clara, que encara las cosas en forma similar o no tanto.

También estuvo bueno por la terapia que esto implica. Siempre que nos juntamos terminamos en la misma; terapia. Al parecer las clases de español son una fábrica de anécdotas que están en ese delgado límite que separa lo hilarante de lo (casi) irreal. Y más allá de ese compartir experiencias había otro compartir; compartir el "qué se supone que hacemos acá"...

"¿Qué es ser profe de español?"... ¿Soy un monigote que gesticula cada palabra que dice abriendo la boca más allá de lo que me dejan mis mandíbulas para pronunciar H-O-L-A a 2km por hora mientras con los brazos trato de simular la forma de las letras cual paso de baile de YMCA? A veces pienso que sí. H-O-L-A, ¿ C-Ó-M-O E-S-T-Á-S? Y-O E-S-T-O-Y B-I-E-N...

Otras veces pienso, ¿soy un guía turístico? Bueno, yo me meto solito a recomendar cosas, y claro, cada vez que alguien empieza a decir la palabra "refug..." ya me lo mandan non-stop para que le explique el ABC del Club Andino.

Pero otros días me concentro en lograr que mi estudiante no se bajonee. Que la imposibilidad de hacer nuestra RR vibrante no le arruine su alicaido ego y que no piense "ni esto puedo hacer bien". Tengo una puntería terrible para hacer preguntas incorrectas. Preguntas del tipo: "Y tu familia, ¿dónde vide?", para recibir una historia terrible de desunión familiar y tragedias que implican separaciones continentales. Incluso, la supuestamente inocua pregunta "¿cómo es el clima en tu ciudad?" puede generar respuestas del tipo; "es un problema, el clima está cambiando, hace dos meses hubo una tormenta, nos quedamos sin luz y cuando volvió la electricidad hubo un cortocirtcuito y se me incendió la casa". Cómo se llega a eso, no sé... pero sí sé que tuve estudiantes llorando en clase por un cúmulo de frustraciones arrastradas por kilómetros y kilómetros y que deben remontarse hasta su más tierna infancia.

Y también tuve alguna estudiante que me confesó con lágrimas en los ojos que estaba embarazada, que se lo había dicho a su familia y amigos, pero que yo era la primera persona real con quien hablaba. Y para que mi impulso automático fuera ir a abrazarla, imagínense...

Pero no sólo es una profesión payasesca con tendencia al drama y lo emotivo. También implica acompañar a los/as estudiantes a algún que otro lugar, ayudarlos a comprar esto o aquello, explicarles como ir a un negocio a cambiar algo o escribirles quejas para qe las lean con cara de "sé que no entiendo lo que digo, pero seguro que vos sí, así que hacé algo".

¿Y donde quedan quienes salen con la típica "eso no es lógico, este idioma no tiene sentido"? Porque la respuesta a esto no es gramatical. Sí, tiene sentido, pasa que no coincide con el sentido de TU idioma, que dicho sea de paso, no es EL ejemplo de la lógica aplicada a la construcción lingüística, ¿o te pensás que hablás esperanto? Porque si pensás eso, te anticipo que no.

Claro, como en todo, a veces uno pega buena onda con la gente, sale, va a un lugar, va a otros, se engacha, se divierte, y cuando después se va el grupo uno siente cierto vacío por lo que se promete no volver a engancharse, hasta que, finalmente se termina bajando la guardia, aparece otro grupito con buena onda y uno vuelve a recaer en aquello que se había prometido que no iba a hacer.

También están quienes vienen y se quedan por un largo tiempo, se convierten en amigos (Shhh, en voz baja, puede que incluso en terminen encontrando pareja y todo) y se suman a este omelette de cosas que ya bastante mezcladito estaba. Y todo esto sin meterse en las historias de estudiantes con y contra estudiantes ni en la dinámica de clases, ni las charlas de recreo donde hacemos, nosotros/as nuestro descargo emocional...
Y entonces, ¿en qué se supone que consiste lo que hago? ¿Qué hacemos acá en la escuela? Digo, además de luchar contra el ratón diabólico que amenaza con dejar mi vida en ruinas. Hay preguntas que no tienen respuesta. Hay otras que mejor ni plantearlas. Lo peor (o lo mejor) es que con todo (y pese en más de un caso) me sigo divirtiendo...

domingo, 23 de mayo de 2010

Juira bicho

A lo mejor el nuestro no es ni coli largo ni peli largo... ¡Parece que es un ratón imperialista! (Si, ya sé, si fuera imperialista realmente no se lo llevaría la pólicía sino que lo protegerían... Es que quería ver un ratón capturado, y esto es lo único que pude encontrar para tener mi venganza simbólica)

sábado, 22 de mayo de 2010

"Los Otros"

Me lavé los dientes, salí del baño, cerré la puerta, abrí la del estudio, la cerré, subí las escaleras, abrí la puerta de la habitación, entré, la cerré. Me acosté y me puse a leer un poquito. Estaba muerto porque no había dormido mucho en el viaje. Bueno, sí, había dormido, pero entrecortado, gracias al niño que viajaba en un asiento cercano al mío y cuyos padres no querían explicarle que las 3, 4 o 5 de la mañana no son horarios ni para cantar, gritar o tener berrinches. Leí un poco y me dieron ganas de ir al baño. Maldije al mate… Me levanté, abrí la puerta, cerré la puerta, bajé las escaleras, fui hacía el baño, abrí la puerta, cerré la puerta. El procedimiento habría de repetirse al día siguiente, Mientras abría y cerraba sistemáticamente todas las puertas que encontraba a mi paso tuve la impresión de que iba a encontrar a Nicole Kidman, vestida de época y cuidando que ningún rayo de sol entrara en la habitación y lastimara a su niño fotosensible. Angie habría de hacer alguna broma en sintonía, revelando la misma sensación.

A la mañana siguiente, y después de abrir y cerrar puertas llegué a la cocina, campo de la batalla de la noche anterior. El mueble verdulero, la heladera y el lavarropas oficiaban de pared interna, una isla en el medio de la cocina. Dominaba el ambiente una mezcla de olor a Gancia con lavandina, así que en cuanto pude abrí la ventana. Acto seguido, vi que el queso seguía tal y como lo habíamos dejado… Suspiré fuerte y me dispuse al que había de ser mi operativo para desayunar por los días siguientes: vacié la pava, la lavé, me hice el mate… saqué el cacharro para calentar la leche, lo lavé, tomé una cuchara del cajón, la lavé, me hice una leche chocolatada, pero me cuidé de lavar la taza antes de verter mi desayuno.

Acto seguido tomé la cuchara que había usado, la lavé, abrí la heladera que había re-enchufado al final de la noche anterior. Escarbé en una pared de hielo para sacar una mermelada. Maldije por lo bajo mientras untaba unas galletitas mientras escuchaba la temperatura y algunas noticias. Cuatro grados bajo cero. Como si nada hubiera pasado exclamé para mí mismo: “se acabó la fiesta” y me fui a trabajar.

jueves, 20 de mayo de 2010

Comienza la batalla

Para cuando comprendí lo que estaba sucediendo, cual era el lugar en donde Angie había visto al ratón y todo, el bicho ya debía estar en San Martín de los Andes o en cualquier lugar de la casa. Mi primer impulso fue correr hacia donde se había escabullido el ratón. Obviamente fue en vano porque entre la mesita para el jabón en polvo, las botellas vacías, el lavarropas y la heladera, el roedor en cuestión tenía lugar más que suficiente para esconderse y no ser jamás encontrado. Para cuando miré a mis espaldas no pude encontrar a Angie en el lugar en el había estado hasta hacía unos segundos... Al instante la vi subida a una de las sillas del comedor, armada con un escobillón y con cara de “esto no puede estar pasando”. La insté a que bajara de aquella fortaleza que ella parecía considerar inexpugnable pero que seguramente sería de fácil acceso para nuestro intruso. Para que no me acusen de malo, no se lo dije… Sin embargo, lo que sí le di a entender era que si corría los muebles necesitaría de su ayuda para atontar al ratón. Yo mismo me armé con el seca pisos, listo para golpear a cualquier cosa que se moviera por el suelo. Pero la hora de la acción seguramente ya había pasado hacía mucho tiempo. Angie me sugirió que si yo quería matarlo, el secador seguramente no fuera suficiente. Abrí el cajón de la cocina y empuñé el cuchillo como si fuera a protagonizar la escena de la ducha de “Psicosis”.

Fue entonces cuando empezó el comienzo del fin. Corrimos la heladera, el lavarropas, el mueble con los cajones de mimbre y empezamos a desalojar la mesita y todas las botellas. En la movida tiré una botella que apenas tenía un poco de Gancia. No importó lo poco que fuera lo derramado ya que fue suficiente como para inundar la cocina con su olor dulzón y generar una ola que amenazaba con cubrir todo. Automáticamente desenchufé la heladera y todos los electrodomésticos cercanos para proseguircon la evacuación de la zona. Mientras sacaba la mesa rompí una botella de chirimoya colada. Me puse de mal humor porque no era el mejor momento para ponerme catrasca y arrasar con todas las botellas que tenemos. Me aseguré de sacar ilesa la botella de Baileys que nos había regalado un chico que estuvo en casa y empecé a limpiar la inundación en ciernes mientras que Angie trataba de detener la mezcla de Gancia y Chirimoya que amenazaba con extenderse hacia el living. Ella corría en busca de los trapos de piso para hacer una barrera - eso sí, sin siquiera atreverse a solar el escobillón, defensa natural ante la aparición del ratón- mientras yo me apresuraba a ir absorbiendo con otros trapos la mezcla alcohólica que empezaba a emborracharnos.

Después de despejar el líquido empecé a limpiar con lavandina. El olor que emanaba del piso era fuertísimo y pensé que si la rata no moriría producto de un coma alcohólico, la lavandina la haría llorar hasta morir deshidratada. Finalmente estuvo casi todo seco, pero la cocina aún era un campo minado. Tratando de sacar algunas cosas más me di vuelta y rompí otra botella con un poco de cerveza. Con las botellas que rompí esa noche cubrí mi cuota anual. A esa altura, podrán imaginar… yo ya estaba de muy mal humor. Mi primera noche de vuelta en Bariloche se limitaba a una seguidilla de hechos bochornosos que incluían a un ratón, un montón de alcohol desparramado en el piso, un olor intolerable a lavandina y vaya a saber uno cuantos pedazos de vidrios rotos danzando por el suelo.

Me contuve, bueno, no tanto, estuve un buen rato puteando mientras secaba la cerveza del suelo. Angie debe haberse asustado con mi reacción ya que ni siquiera esbozó una broma en relación a mi innegable habilidad para romper las botellas. El punto positivo - si es que podía ser llamado de esa forma - era que no había ningún estudiante en casa. A esa altura hubiera sido lo único que faltaba.

Manos a la obra, otra vez; continuaba el plan “evacuación” de la cocina. Recogidas las botellas “caídas en acción”, secado el piso, y medianamente desinfectado el campo de batalla… volvíamos a las acciones bélicas. Armado con una linterna, el escobillón y el cuchillo introduje un palo por debajo de la heladera. Angie cuidaba mi retaguardia. Nada, ni un ruido ni una sombra que se moviera allí abajo. Mismo procedimiento abajo del lavarropas. En vista de la tregua que intuimos decidimos que lo mejor sería comer y después veríamos que pasaba…

Cenamos rápido. Nadie habló mucho. Nadie, se sobre entiende, se limita a nosotros dos… Volvimos al campo de batalla para lavar los platos. Dejamos un pedazo de queso embebido en lavandina. No sé cómo se nos ocurrió que el bicho había de comerlo… Hablábamos en voz alta: “como el ratón seguro que ya se fue, vamos a dejar este pedazo de queso acá … mmm … que rico el queso”. Acordamos que Angie compraría el veneno al día siguiente, que tendríamos que lavar todo y que habríamos de procurar mantener todas las puertas cerradas. Obviamente, el ombú fue trasladado a otra habitación. Habíamos perdido la primera batalla…

domingo, 16 de mayo de 2010

El misterio de la maceta

Día sábado; día en el que debía iniciar mi regreso a Bariloche. Entre el caos de cosas que se desparramaban por la pieza recibo un mensajito de Angie. Misterio... mi concubina se había levantado y había encontrado un pozo cavado en la maceta del ombú-bonsái. Ninguna otra planta había sufrido un ataque similar. Total ausencia de ideas acerca de lo podría haber pasado. No me preocupé mucho y seguí con mis preparativos de viaje; aún me quedaba una mochila por armar, una caja por ordenar y ganas de dedicarme a la investigación a la distancia escaseaban.

El domingo recibo otro mensajito. El pozo misterioso se había repetido; nuevamente el ombú era la única planta atacada... Un halo de misterio descendía sobre la casita.

Mi micro se acercaba a Bariloche y Angie me informaba que ella había decidido estar fuera de la casa hasta que yo volviera. Le informé que ya no estaba lejos, mientras miraba en dirección al río Limay por la ventana y me sorprendía por lo despejado que estaba el cielo. Después de la bifurcación a Villa La Angostura el micro subió esa pequeña colina que tapa la visual y se dejaron ver el Nahuel Huapi, de azul intenso, la ciudad y algunos cerros circundantes, incluso un par con las cimas aún blancas por las nevadas recientes.

Algunos minutos después ya estaba bajando del taxi. Me sorprendí por la velocidad con la que el otoño había avanzado en mi ausencia. Las hojas secas se amontonaban en la escalera y bajo donde se suponía que debían estar las copas de los árboles. Afortunadamente mi llegada no me deparó sorpresas; ni monstruos que me esperaran al abrir la puerta ni gritos apenas audibles que perturbaran mi entrada. Aunque sí, debo admitir, me esperaba el consabido pozo en el bonsái. Mientras el agua para el mate se calentaba y Angie se demoraba su regreso a fin de encontrarme cuando llegara, revisé las plantas. Encontré, no sin sorpresa, que el del ombú no era el único pozo. En una de las macetas que están junto a la ventana de la cocina había otro pequeño, que apuntaba directo a las raíces de un brote de guinda.

Sin embargo, no me demoré mucho en el tema; seguí verificando las macetas sólo para encontrar que ninguna otra tenía pozos ni nada que se le pareciera. Ahora lo sé, debería haber buscado algún rastro de algo en los cajones. Sin embargo no lo hice y empecé tranquilo a tomar mate. Mientras desplegaba mi sin fin de cachivaches, llegó Angie, que me explicó lo terrible de la situación. Pese a que para mí el pozo era obra de un roedor, insistió en el hecho de que parecía cavado con una cuchara. Explico su hipótesis; alguien -que tenía acceso a la casa- había entrado para cavar en la maceta del bonsái con el objeto de asustarla. Sí ése era el objetivo del pozo, bien logrado estaba ya que “Corazón Valiente” salió disparada en cuánto vio el segundo pozo y no volvió hasta estar segura de que yo habría regresado.

No sé que cara debo haber puesto pero me explicó “Sí, ya sé, Miguel me dijo que se ve que miro demasiadas películas de terror”. Respiré aliviado. Acto seguido me contó la hipótesis de Miguel; seguramente un gusano habría estado viviendo bajo tierra y cuando le llegó la hora de convertirse en mariposa hizo su túnel de salida y plaf, se transformó y ahora habría de andar, aleteando por ahí.

Como dos hipótesis parecieran no ser suficientes. Catherine, una ex-estudiante de ECELA y ahora asistente de la directora de la nueva escuela en Mendoza había adelantado también la suya; el pozo era igual a los que los armadillos realizaban en la zona de Texas donde ella vivía. Evidentemente no podía tratarse de un mini armadillo (creo que Angie se refirió a él como “peque-armadillo”), esto era obvio, pero el animal que cavaba no parecía una idea tan desatinada.

Mi primer plan fue brutalmente rechazado: subir el ombú-bonsái a la habitación y que durmiera con nosotros. No hizo falta armar otros planes porque la trama misteriosa habría de revelarse un poco más tarde. En efecto, algunos minutos después, mientras Angie cocinaba y yo revolvía un puré que no quería espesarse siento que me toman del brazo con fuerza… Inmediatamente un grito de Angie, que estaba a mi lado y que hasta pocos segundos antes había estado hablándome. “Aaaaaaaahhhhhhh”. No puedo negar que me asusté… Siento que entre sus gritos Angie se esconde atrás mío. “¿Qué?”, grité, entre nervioso y alterado. Por respuesta sólo hube de obtener más gritos. En ese segundo que pareció larguísimo me vino a la mente un recuerdo fugaz de Pablo y Gus gritando “El vudú, el vudú” hace ya muchos años. Mientras me deshacía del recuerdo inoportuno volví a gritar; “¿qué?, sin saber aún hacia donde mirar. Mientras Angie articulaba algo para mí incomprensible me alivié al constatar que ningún humo negro estaba en la cocina y que los muebles persistían en su lugar. Finalmente obtuve respuesta; “una rata, una rata”, mientras su dedo índice señalaba hacia la esquina donde están la pileta y el lavarropas. La batalla por la cocina apenas comenzaba a librarse.

lunes, 3 de mayo de 2010

A veces ni yo sé cómo...

Día Martes

Me levanto media hora antes de lo usual. Bueno, el despertador sonó a las 7.00, pero hasta las 7.15 no me digno a salir de la cama. Me visto rápido y desayuno más rápido todavía. Junto fuerzas -pero no tantas como para ponerme los lentes de contacto- y salgo satisfactoriamente temprano. Como siempre que llego al banco con bastante tiempo no había nada de cola. Es un éxito y a las 8.20 estoy llegando a la escuela con ganas de tomar mate. Error. A los 10 minutos entra una holandesa. "¿Graciela está?" ... Mientras la miro con mi cara de dormido pienso "Hola, buen día... ¿cómo estás?, Por supuesto que está... todas las personas que trabajamos en la escuela dormimos en el piso de arriba y estamos siempre sonrientes dispuestos a invertir todo el tiempo necesario escuchando tus quejas interminables..". Sin embargo no digo nada de eso sino que sonrío y amablemente le contesto que no. Lamentablemente hablar con esta chica a esa hora de la mañana termina por arruinarme mi intento de desayuno tempranero. Conclusión, no debería haber ido al banco, así habría llegado más tarde y me evitaba el bajón de explicarle a esta chica que por dudoso que le resulte, cada uno de nosotros tiene una vida que transcurre fuera de la escuela.

A las 9 casi casi que estoy de mal humor pero no importa. Clases por la mañana, clases por la tarde. No me puedo quejar, mis estudiantes son buenísimas, me divierto con ellas y me entienden si les hablo rápido. Vuelvo a casa y me pongo a escribir un trabajo para la UNQ. Ni por asomo lo termino pero me acerco al final. Bah, la conclusión queda aún incierta y tengo citas inconexas. A las dos de la mañana, rendido y quemado me doy por satisfecho y decido ir a dormir.
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Día Miércoles

El despertador suena 6.20. Pienso que no puede ser pero sé que efectivamente es. Tengo que ir a hacer trámites a la municipalidad y a Rentas y si no me levanto en este mismo momento probablemente nunca más lo haga. De algún modo desconocido logro vencer la inercia que me llevaba a quedarme en la cama. Salgo de casa y escucho un ruido de colectivo que se acerca. Nada circula por Pioneros y pienso que en medio del silencio de la madrugada yo puedo oir el sonido lejano de un colectivo que pese a estar a unos cuantos cientos de metros se deja oir en su camino hacia mí. Me apuro y un minuto después de haber llegado a la parada veo un 51 que se acerca. Debido al éxito de haber tomado el colectivo sin haberlo esperado llego mucho más temprano de lo imaginado al centro administrativo. En realidad no llego mucho más temprano sino que llego inconcebiblemente más temprano. Miro mi reloj: las siete... en teoría me falta una hora de espera. Hace frío así que me cierro bien la campera y me dispongo a esperar con paciencia.

Llega el primer empleado de Rentas. Me saluda y le respondo "Buenos días". Llega la segunda empleada... Me ilusiono, "a lo mejor empiezan 7.30", pero entonces veo un cartel que decía: "a partir del día X la oficina atenderá de 8.30 a 13". Mis ilusiones se desploman. Apenas llevaba 15 minutos de espera, y en lugar de los 45 minutos que pensaba que debería esperar, caigo en la cuenta de que aún me faltaban 1 hora y 15 minutos en la puerta de Onelli y Vilcapugio.

"No puedo irme. Es hoy o nunca", me repetí. Seguí esperando y 10 minutos después llega otra empleada. Me dice que ahí afuera me voy a congelar así que me invita a esperar adentro. Extasiado por la oferta acepto esperar dentro del edificio sin terminar de procesar lo que acababa de pasar. Alguien entra y me pregunta que hago, le cuento mi historia. Escucho que se la cuenta a un tercero. El tercero se me presenta y me pregunta que tenía que hacer para ver si podía ayudarme. Eran las 7.30 cuando encontró el formulario que yo necesitaba llenar. No lo podía creer.

A las 7.40 salí de Rentas con todo resuelto. Aprovecho el éxito de mi gestión para ir caminando a la oficina de fiscalización de la municipalidad donde más trámites me aguardaban. Llego a las 8.05. Cinco minutos más tarde me atienden y unos minutos después estoy saliendo. Nuevamente llego a las escuela 8.20. Tomo unos mates y a la media hora empiezo a trabajar.

Hay mucho que preparar para el día siguiente... pero tipo 17.15 salgo de la escuela, paso por el super y compro un par de cosas para la cena. A las 18.00 ya estoy en casa encendiendo la compu y poniéndome a trabajar otra vez en la maestría.
Vienen Zig y Austin a cocinar chile, cornbread y unos brownies. Cenamos y hacemos ronda de tequila. Comemos el postre y tomamos más tequila.
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Día jueves

01.00. Zig y Austin parten con rumbo a su hogar y en casa todos/as se van a dormir. Bueno, yo no. Aún tengo que terminar las conclusiones del trabajo. Con el tequila a cuestas las escribo. A las 02.00 finalmente voy a la cama. Pero apenas 5 horas después, a las siete y pico vuelve a sonar el despertador. A bañarme y vestirme que 08.30 tengo que estar en el hotel Villa Huinid porque hay una reunión con universidades.

Son 10 universidades de Estados Unidos, 10 escritorios, un representante de cada universidad por escritorio, 20 minutos para hablar con cada quien.

La reunión termina y mientras voy caminando hacia Bustillo pido un taxi para ir a casa. Me cambio, chequeo las cosas y ya me pasa a buscar otro remis para ir a la terminal. Llego media hora temprano, todo un éxito. Me tomo mi micro a las 15.00. Leo, miro las pelis. Ceno y en cuanto entrego la bandeja vacía, me duermo.
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Día Viernes

Me levanto el viernes a las 8.15. A las 9.00 el desayuno, a las 11.45 llegamos a Retiro. Con mi mamá tomamos el 22 hasta casa. Me pone al corriente, y acto seguido me dice que sacó mis dos trajes a tomar aire. Elijo camisa y corbata de entre las de mi papá y mi hermano. El traje y las medias son míos. Camisa, corbata, cinturon y zapatos no. Releo el trabajo que había terminado la noche anterior. Me sorprendo porque, a pesar del tequila no está terrible. Le hago un par de retoques y lo envío. Para entonces es hora de que me bañe y me vaya al casamiento. Eran las 19.30 cuando Nati Guarnacci pasó por casa. Aún me quedaba un casamiento al que asistir, una ceremonia por ver, una pareja por felicitar, mucho para hablar, algo por tomar y bastante por bailar.

jueves, 22 de abril de 2010

Rucaco II (Modelo 2010)

Si me había sorprendido durante el camino no haber vistos rastros de un otoño que no terminaba de llegar, más habría de sorprenderme después de llegar a la "cancha de fútbol". No, no se preocupen, no cambié mis hábitos y sigo sin pisar una cancha de un equipo dedicado a tal deporte... es sólo que así se llama el lugar al que se llega después de continuar el ascenso desde la laguna Schmoll.

No voy a negar que no estaba ligeramente orgulloso de mi por haberme bancado el tramo caminado hasta entonces y, más aún, por el buen tiempo que llevaba (Nota: Buen tiempo para mí, que la primera vez que subí al Frey me casi me muero antes de llegar... No comparado con la gente "pro" de la montaña). La vista desde el filo era buenísima y aproveché para experimentar con el temporizador de mi máquina.

A pesar del cielo azul, sabía que la temperatura era relativamente baja, pero a fuerza de cargar con mi mochila (y por ende con la bolsa de dormir, la carpa, el calentador, la ollita y la comida) no dejaba de sentir cierto calor que me llevaba a continuar la marcha en camiseta.
No importa cuántas veces lo vea, el Rucaco siempre parece mágico
Jakob a la izquierda, Lynch a la derecha... Sigo mi senda y me encuentro con la siempre impactante imagen del valle del Rucaco... El arroyo serpenteando, su andar ondulado por el valle, el bosque de lengas y la pradera. Me sorprendió que, en contraste con el año anterior todo estuviera tan verde. Si no fuera por la temperatura que no permitía que me engañara hubiera pensado que estábamos en verano. Hacía un año que había estado allí y no había visto ni dos lengas con hojas verdes, el valle inundado de amarillos, rojos, ocres... tan diferente de lo que ahora se extendía frente a mi.

Me dispuse a bajar por entre las piedras con la certeza de que si no quería romperme nada tendría que tener cuidado. Ya lo saben, tengo cierta tendencia a la torpeza, razón que me obliga a tener cuidados extra -básicamente mirar y concentrarme- en este tipo de circunstancias. Piedras, piedras y más piedras. Grandes y firmes al principio, más pequeñas y sueltas a medida que veía que me acercaba al bosque. Hasta que finalmente llegué al lecho seco del arroyo que marca el camino a seguir.

Las piedras fueron disminuyendo y las lengas ganaron en altura. Las más achaparradas fueron quedando atrás mientras poco a poco me adentraba en este bosque tan especial. Cada vez que estoy ahí recuerdo por qué me gusta tanto ese lugar. No será la primera vez que lo diga, casi seguro tampoco la última... pero tiene esto tan especial que me hace volver una y otra vez. Esta sensación de vacaciones mezclada con la certeza de estar (casi) solo en medio del bosque, ver la luz filtrándose por entre las lengas, salir del bosque y entrar abruptamente, sin avisos ni transiciones, a la pradera que está en el centro del valle.
Embebido e idiotizado en esta sensación que me invadía llegué a la zona de acampe. Miro los distintos lugares para acampar y elijo uno que me parecía que estaba bueno. Tiro mi mochila ahí y me pongo a elongar. Mientras iba elongando miraba tratando de averiguar si había alguien más en la zona. Nadie por aquí, nadie por allá... y mientras iba terminando de elongar unas risas se dejaban oir a lo lejos. Las risas no tardaron en adquirir formas humanas que llegaron y se quedaron a unos 6 ó 7 metros de donde yo estaba. Nos saludamos y cruzamos un par de palabras.

Mientras ellos terminaban de elongar tomé mi botella de agua, mi libro y mis anteojos de sol para tirarme a leer algo, hidratarme y relajarme un poco mientras el aire del valle aún estaba cálido. Llevaba leídas dos o tres páginas cuando noté cierto movimiento entre mis compañeros de acampe. Los colores de sus comperas y mochilas se movían de un lado para el otro, yendo a parar extrañamente cerca de donde mi mochila había quedado tirada. Me llamó la atención tanto como para pararme y chequear la situación.

Para mi sorpresa habían dejado sus cosas a dos metros de mi mochila y empezaban a buscar su carpa. Miré con cara de extrañeza en ese dirección tratando de ser visto. Nada, ninguna reacción. Vuelvo a repetir el procedimiento mientras empiezo a pensar si iba a encararlos preguntándoles si no habían visto mi michila o si iba a armar mi carpa a escasos dos metros de la de ellos... o tal vez dar por perdida la batalla y buscar otro lugar. Casi con intuición provinciana pensé "porteño maleducado, ¿no podía buscarse su lugar?".

Mientras me sorprendía a mi mismo por haber concebido semejante idea ví que finalmente la mujer de la pareja me había visto y le comentaba al hombre: "Creo que él quería acampar acá...". La respuesta que obtuvo de su compañero de caminata - no me consta ni me interesa su estado civil - fue "¡Qué me diga algo!¡Qué venga y me diga algo!".

Ah no ... no, no, no ... yo no había ido y vuelto de mi casa al centro dos veces y mucho menos caminado por 5 horas para que este porteño maleducado me arruinara mi fin de semana con un "¡Qué venga a decirme algo!". Ahí mismo me di cuenta de que yo no estaba dispuesto, a diferencia de este sujeto, a dejarme arruinar la travesía. "Ma' si maleducado, quedate con ese lugar...".

Fui hasta donde estaba mi mochila, agarré las cosas, miré con irónica simpatía a la gente y me busqué un lugarcito... Algo sencillito porque yo con cualquier cosita me arreglo, ¿vieron?. En ese momento me sentí feliz porque me había dado cuenta de que mientras este tipo sí podría haberse arruinado el trekking, yo sabía que no quería que mancharan el mío. Y así me encontré un lindo lugar donde me dispuse a armar mi extravagante carpa (ya aprendí a armarla solo sin confundirme, todo un éxito) y donde más tarde habría de cenar no tan frugal pero si tan rápidamente como había almorzado.

Afortunadamente no tuve que ir al baño de noche (curioso: "ir al baño" ¿a qué baño, me pueden decir?) porque, como quien dice, estuvo fresco pa' chomba. Al menos eso demostró el hielo que se había condensado debajo de mi carpa. Dicho sea de paso, cambié mi plan de levantarme temprano (léase a las 8) por un poco más tarde (léase a las 9.15) por el frío que pensaba que hacía afuera. No sin razón, entonces, desayuné adentro de la carpa y para cuando me digné a salir de mi escondrijo tan sólo tuve que desarmar mi toldería y empacarla. Muy a mi pesar mis compañeritos de zona de acampe -nadie más había llegado- terminaron de empacar casi al mismo tiempo que yo.

Empecé a caminar relativamente rápido como para ir separándome de ellos y empecé a salir del bosque y llegué a las lengas achaparradas que anunciaban el próximo ascenso... interrumpido alguna que otra vez para mirar el valle que ahora se extendía a mis espaldas y saludar al Rucaco hasta mi próxima travesía... a sabiendas de que lo mío aún terminaba y de que después de trepar las últimas piedras se iba a abrir ante mi otro panorama igualmente alucinante.
El Refugio Jakob, allá lejos
Último descanso antes de empezar a bajar
El refugio Jakob, una parada técnica obligada
Sí, lo sé... pero no puedo sonreír en las fotos sin poner cada de idiota. Si me río en forma natural es otra historia, pero no importan cuanto lo intente, simplemente, no sale.


Con el refugio (sí, se llama San Martín, pero le va mejor el nombre de la laguna) Jakob al final de mi senda y acercándose continué la marcha con cuidado ya que, nuevamente, iba por entre las piedras...

lunes, 19 de abril de 2010

Rucaco I (Modelo 2010)

El plan era simple. Hacer la travesía Frey-Jakob en dos días acampando en Rucaco. Así aprovecharía el fin de semana largo y aún tendría tiempo para las otras cosas que debía hacer. Tenía que levantarme temprano, tomarme el colectivo de las 8.30 (+/- 45 minutos), empezar a caminar cerca de las 9, almorzar en Frey, seguir a Rucaco y pasar noche allí. Durante el segundo día de travesía debía seguir hasta el Jakob, almorzar frugalmente y continuar los 18 km hasta la ruta y ver como, desde allí, llegaba a Bustillo.

Sí, no dije que el plan no fuera intenso. Dije que era simple. Iría solo y no tenía que hacer muchas cosas. Bueno, básicamente sólo dos eran necesarias: tomarme el bondi y después caminar.

Error. El primer cambio de planes me llegó durante la noche anterior. Me di cuenta de que tenía que darle de comer a Helga, la gata de mis amigos Zig y Austin. O.K. ... Me levantaría más temprano, me vestiría e iría al departamento de los chicos/as, alimentaría al minino y caminaría una cuadra más hasta llegar a la parada del colectivo. Bueno, una parada más en mi plan.

Nuevamente estaba equivocado. Me levanté temprano, desayuné rápidamente, me vestí, agarré mi mochila y fui a lo de los chicos. "Abro, le dejo la comida y me voy" me repetía a mi mismo mientras subía las escaleras. Era simple, no podría perder tiempo. Claro, no contaba con que la llave girara sin acertar a abrir la puerta. "No puede ser", me dije. Nuevo intento. Nuevo fracaso. Repito el procedimiento con igual falta de éxito. Me digno entonces a mirar la llave. Punto positivo; enseguida identifiqué que le faltaba una patita y que por eso no lograba abrirla. Punto negativo, sábado a las 08.10, no tenía muchas esperanzas de solucionar el problema a tiempo para tomarme el colectivo en cuestión.

"No es tan terrible", pienso, y me dispongo a seguir viaje con rumbo "al pueblo", o sea, al centro de la ciudad, en dirección a mi cerrajería amiga. Llego y, obviamente, estaba cerrada. Me digo a mi mismo que era lo esperable y pienso que podría tomar un segundo desayuno en la YPF de Moreno. Antes de entrar hago una pausa técnica en la entrada para sacar mi billetera. Sabía que tenía mi tarjeta del colectivo en el bolsillo y 20 pesos en el otro, pero de todos modos busco la billetera para pagar con débito.

"No puede ser", me digo, mientras busco la billetera en el sobre de mi mochila. Vuelvo a chequear los bolsillos. Nada. Y bueno, habrá que volver a casa a buscar la billetera. No porque necesite débito, sino porque sólo tengo 20 pesos, de los cuales 10 tendría que destinar a la copia.

Llego a casa. Nadie despierto aún. La luz apenas se filtraba por las ventanas cerradas. Sobre la mesa, solitaria, mi billetera. Vamos de nuevo hasta el centro... Mientras bajaba pensaba que aún sin haber empezado a caminar ya llevaría andados más o menos 5 kilómetros.

Mientras me acerco a la cerrajería veo que se acerca mi colectivo. ¡Eran las 8.50! El bondi ya venía con más de media hora de atraso, y se suponía que era el primer servicio... Debo reconocer que había analizado la posibilidad de irme sin chequear que Helga tuviera comida suficiente. Pero, pobre gata, no la dejaría muriéndose de hambre, cuando ya había tomado el compromiso.(Sí, lo sé, tampoco soy la madre Teresa).

Aparentemente el cerrajero había llegado antes porque aún no eran las 09.00 y el negocio ya estaba abierto. Hago la copia. Le pago con un billete de $50. "Uh, me mataste" me repone con cara de sorpresa el comerciante. No sé que cara pusé, pero me propuso ir a buscar cambio al supermercado cercano. Sobra decir que volvió inmediantemente. El supermercado abre religiosamente a las 9, habría de estar cerrado aún por 5 minutos. Convenicido de la necesidad de tomar medidas extremas voy a la "Casita de Mani" (Sí, el hogar de las medialunas, las facturas 'radioactivas' y los mejores grisines de Bariloche) y me sacrifico en el altar de los grisines. Obtengo cambio y algo como para ir comiendo... Vuelvo a la cerrajería y le pago al señor.

Nuevamente llego al departamento de Zig y Austin. Entro y Helgame recibe como si fuera su mejor amigo. No tengo que aclarar que tenía comida y agua de sobra... Le cambio el agua, le limpio las piedritas... Miro el reloj, 9.20 (Sí, debo reconocer que estuve más que eficiente) y pensé que el colectivo estaría pasando a esa hora por el centro y que no podría llegar a tiempo a la parada de San Martín. "Y bueno, total, un poco más tarde, un poco menos" abro los grisines, como algunos, juego con Helga y aprovecho para leer algo. Decido que, definitivamente tomaría el colectivo de 10.15/20. A las 10 voy a la parada. En realidad salgo antes de la casa de los chicos para asegurarme de llegar a las 10 a la parada del Club Andino. Espero... espero ... espero...

Si esto hubiese pasado en una serie de dibujitos animados me hubieran mostrado sentado con el sol subiendo y bajando, nevando, lloviendo, con las flores creciendo y los árboles perdiendo nuevamente sus hojas. Baste con decir que finalmente decidí ir a la parada de Moreno donde a las 11.55 (Sí, 1hora 40' más tarde... esto ni siquiera califica de demora) pasa el susodicho transporte urbano de pasajeros. Urbano... mínimo calificaría de trasporte vacuno de pasajeros.

En fin, sin desanimarme (y bueno, todo sea por el Rucaco) empiezo a caminar cuando casi eran las 12. Es cierto que estuve casi a punto de arrepentirme y cambiar mi destino por el de playa Muñoz, pero me mantuve firme junto a mi plan original.
Empecé a caminar y automáticamente registré que aún el otoño no había llegado al Cerro Catedral. Las pocas lengas que se veían aún gozaban de un saludable color verde y a medida que me adentraba en la senda que me llevaba al refugio Frey se repetían las escenas en las que las flores se resistían a abandonar el paisaje...
Entre estas escenas de un verano que no fue y un otoño que aún no terminaba de llegar (No se preocupen que después llegó) seguía la senda tantas veces transitada. Con nieve, con hielo, con sólo algunos manchones blancos, en otoño, en primavera, con tábanos, con mochilas cargadas, con lo mínimo indispensable, para pasar la noche o volver en el día.
A las 14.30 llegué finalmente y me digné a almorzar. La última vez que había estado el lago estaba congelado y ni siquiera podía tenerse certeza de donde empezaba o terminaba. Definitivamente la escena mental que me recreaba parecía ser parte de un pasado más bien lejano, ya que de nieve, ni hablar en el refugio.
La laguna Toncek y el refugio Frey
Apenas terminé de comer, me dispuse a seguir. Aún me quedaban algunas horas hasta el valle del Rucaco, lugar en el que acamparía y desde donde continuaría, al día siguiente, mi travesía. Por las piedras resecas al sol o por entre la tierra mallinosa llegué a la subida que, desde la margen derecha de la laguna lleva a Schmoll.

La subida terminó siendo más cansadora de lo que esperaba o recordaba. Y nuevamente cuando estuvo la laguna Schmoll a la vista volví a sentir aquella sensación que había tenido durante el otoño anterior. "Se robaron la nieve..."
Laguna Schmoll. La nieve, te la debo...

jueves, 15 de abril de 2010

Encuentros cercanos

Yo sé que, en general, nadie me asociaría con un título así. Nunca tuve experiencias místicas, ni me crucé con un extraterrestre (aunque sí haya mucha gente que cree que soy uno). Tampoco fui abducido, ni vi un espíritu. Nada de eso jamás me había pasado. Pero como todo, a veces llegan momentos en los que algo cambia, como una puerta que se abre, y así se llega a ver algo que nunca se había ni siquiera imaginado.
Y fue así. Encontrábame yo en el terreno sacando las fotos previamente publicadas cuando se apereció ante mi el mismísimo espíritu de Isadora Duncan. A continuación la muestra de esta experiencia inenarrable...j

miércoles, 7 de abril de 2010

Mas vale tarde que nunca

Sí, ya sé. Por cincuagésima vez, y no sin cierto patetismo: soy de terror. O.K. Con mucho patetismo. Es que no sé quien ni cómo pero alguien (anche -léase anque- algo) se roba mi tiempo.

De todos modos no voy a continuar con el lastimoso intento de buscar redimirme. Si actualicé no es para pedir disculpas sino para finalmente presentarles el terrenín. Difícil, muy difícil, porque las fotos nunca retratan la realidad. O bueno, retratan una parte de algo, aunque sea difícil construir la imagen mental de ese algo.

A ver si los/as ayudo; primero el barrio. Villa Los Coihues, un barrio cerca de lago Gutiérrez, aunque yo estoy a 9 cuadras del lago, a 11 del centro de la ciudad. La parte del barrio donde está el terreno se caracteriza por ser bastante plana, no muy arbolada, y por lo tanto con bastante amplitud de vista. No se ve ningún lago pero si los cerros Otto, Ventana y Catedral. También el cerrito San Martín.

No hay mucha gente. En mi manzana habrá entre 10 y 12 casas. En una cuadra tengo dos vecinos, en la otra, tres. Ninguna casa muy lujosa, ninguna parece que vaya a derrumbarse.

Ahora figúrense una esquina, y en ella un terreno rectangular. Obviamente siendo un rectángulo en una esquina uno de los lados más largos da a una calle y uno de los cortos también. El lado corto tiene más o menos 16 metros y una tranquera que verán en las fotos. Ese lado se encuentra en dirección al lago Gutiérrez, que por supuesto no se ve. Entre ese lado y el otro que da a la calle hay una ochava de alrededor de 6 metros. De ahí empieza el costado largo que tiene más o menos treinti algo de metros. La parte que da a la calle mirá al cerro Catedral. El costado interno que da al vecino mira al cerro Otto.

Después trataré de escanear un plano como para que se hagan una mejor idea e iré colgando algunas fotos más...






martes, 6 de abril de 2010

Es lo que hay

maru y ian dice:gggAh
gggche, viste el blog de Lara?

gggel tuyo ya fue, no?Nicolás dice:
gggNo, no vi el de Lari
ggglo otro, ¿querés que te lo conteste?
maru y ian dice:
gggufa, yo tenia esperanzas
Nicolás dice:gggAlgún día va a revivir
gggno sé ni cuándo ni cómo
gggseguramente cuando menos lo esperen

gggcomo el gato felix
gggque renace de sus cenizas
maru y ian dice:ggguh entonces tiene una esperanza
Nicolás dice:gggNunca digas nunca
gggAunque en este momento vos tenías que corregirme y decirme

ggg“pero el que renace es el ave fénix, no el gato félix”
gggy en ese momento yo te decía, “claro, se ve que por eso no
gggrenace”…

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cambio climático. Episodio II

Con el tiempo fui aprendiendo algunas cosas. Algunas pueden parecerme muy obvias ahora, otras me costaron un poco más aprenderlas y aún no me parecen tan evidentes. Ya sea que esté en la montaña o en casa, con amigo/as o solo, en la escuela o en la universidad, siempre hay pequeños trucos o detalles que uno va aprendiendo a los golpes o razonando y que te ayudan a ir haciendo mejor las cosas (como a retomar el blog después de una pausa de tres meses haciéndome el boludo). Una de esas cosas que aprendí es no discutir con los estudiantes, y aprovechar las declaraciones más inverosímiles para transformarlas en un ejercicio provechoso. Aprendí que cuando - en clase - alguien dispara un “no existe tal cosa como el calentamiento global”, mi respuesta no debe ser “sí que existe porque…” sino “ahá, ¿en qué sentido lo decís?, ¿por qué lo decís?”. Tratar de ayudar al estudiante a ordenar su razonamiento, justificar sus opiniones, conectar ideas, armar un discurso coherente en el que pueda expresar correctamente su punto de vista, más allá de que me parezca el/la más garca entre los/as garcas. Me sirvió para tolerar cosas de las más insólitas, con la negación del calentamiento global y el efecto invernadero incluida (Mucho temo que el episodio se repitió en, al menos, tres situaciones y no es que yo vaya hablando sobre el tema todo el día).

Estaba contento porque nuevamente había esquivado el bulto de discutir con un estudiante, y además contaba con la ventaja de que otros dos estudiantes iban a plantear una posición sino exacta, al menos bastante similar a la mía. Fue con ese sentimiento que comencé la clase al día siguiente, con la idea de tratar de concentrarme en la corrección de errores y en el uso de conectores. La primera en despacharse fue la francesa. Se concentró en la cuestión del cambio climático y los problemas que traía en poblaciones en las que, como Australia, la necesidad de protegerse del sol es una cuestión de salud de primer orden. Estuvo un buen rato hablando de estas cuestiones, de los casquetes polares, el aumento del nivel del mar…

Para mi sorpresa, el suizo estuvo bastante diplomático. No porque los suizos no lo sean (en general son bastante educados y correctos) sino porque muchos/as tienden a detestar a los/las yanquis en este tipo de situaciones. Pero estuvo bastante contemporizador y si bien dejó clara su posición acerca de la responsabilidad de los humanos sobre el proceso de cambio climático, evitó ser categórico.

Le llegaba el turno a nuestro amigo del país del norte. Los otros habían preparado sus discursos, buscado vocabularios previamente en el diccionario, habían escrito algunas frases, en fin, habían hecho bien su tarea. Éste, en cambio, no había traído nada. Bueno, en realidad sí había elaborado algo, una propuesta; simular en clase una reunión mundial por el cambio climático. Él representaría a Estados Unidos (y para él bastante esfuerzo ya era tener que encarnar a Obama), Benedicte representaría a Europa, Stefan a China y yo a Sudamérica. La posición no me convencía; quería evitar mi participación en el debate. No porque no quisiera dar mi opinión respecto del tema, sino porque me parecía desleal discutir en situación de paridad y, además, el ejercicio no era para mí sino para ellos. De todos modos, accedí.

Creo que cantidad de sinsentidos semejantes jamás había escuchado. Se repitieron los del día anterior y se sumaron otros nuevos: que no hay evidencia que relacione efecto invernadero con cambio climático, que el clima siempre ha cambiado, que aún cuando cambie eso puede ser positivo, como en las regiones donde ahora el invierno no es tan duro, que cambiar las fuentes de energía implicaría un caos tecnológico, que no podemos volver a la edad media tecnológica, que nadie quiere tener autos que no funcionen con nafta….

Cuando le mencioné el plan argentino de reconvertir la iluminación a lámparas de bajo consumo estalló. “Es una locura, es imposible, ningún país puede garantizar eso, esas lámparas son un peligro”. La francesa me volvió a salvar. Francia tiene un propuesta de reconversión similar y un plan gubernamental de ahorro de energía. Solamente deslicé un “Si Francia puede, e incluso Argentina se lo propone, Estados Unidos tiene que poder”. Para que… casi me come crudo. Le recordé que yo estaba representando la postura oficial del país y no mi opinión personal… al margen de que lo fuera o no, no le estaba mintiendo tampoco.

Para cuando dijo que estaba bien que Estados Unidos no firmara el protocolo de Kyoto, Stefan, que ya tenía se había frotado los ojos dos o tres veces mostrando su incredulidad frente a las aseveraciones de su compañero, me puso cara de “bueno, pienso que con esto ya no se puede hacer nada”. Coincidí con su gesto – o lo que yo quise interpretar de él - y les pedí que cada quien diera un alegato final.

No hace falta dar detalles sobre los de los europeos. El de él fue increíble; su conclusión era que la mayoría del mundo había decidido que, gracias a una suerte de cambios azarosos en el clima y la insistencia de un par de hippies, el mundo obligaba a Estados Unidos a desmantelar buena parte de su industria para aventurarse en una suerte de era en la que careceríamos de buena parte de las bondades de la vida moderna.

No sé porque pero cuando hace algunos días escuché que ya se sabe que no habrá un acuerdo claro en la cumbre de cambio climático en Copenhague, no me llamó mucho la atención.

jueves, 6 de agosto de 2009

Cambio climático. Episodio I

Hay gente que tiene un extraño instinto que la guía a hacer las preguntas incorrectas. Como si tuvieran la necesidad impostergable de preguntar por algo que no deberían. Bueno, yo pertenezco a ese grupo. Meto la pata con una frecuencia mayor a la imaginable, especialmente en mi trabajo…

Como me gusta que mis estudiantes traten de expresarse lo máximo posible normalmente hago preguntas, consulto, juego al periodista averiguando datos e información sobre su vida. Y, en ocasiones esta tendencia suele meterme en problemas.

Uno de estos episodios comenzó de la forma más inimaginable que puede existir. Había escuchado con mis tres estudiantes de esa semana un audio sobre el clima. Acto seguido le pedí a cada uno/a de ellos/as que describiera un poco el clima en su región. La primera en contestar fue Benedicte, una francesa que vive en el sur de Francia. Contó que en su región el clima estaba cambiando muchísimo, que habían tenido un invierno inusitadamente seco y caluroso hasta que se desató una tormenta de nieve, una de las más frías de los últimos años. Hizo una pausa, nos miró y detalló como a raíz de la tormenta de nieve se había cortado la electricidad y la calefacción, y había tenido que abandonar su casa. Yo, que ya empezaba a preguntarme por qué se me había ocurrido preguntar por el clima, no supe donde esconderme cuando Benedicte remató su historia contando que cuando volvió la electricidad a su casa hubo un cortocircuito y se incendió buena parte de la misma…

A esa altura me preguntaba como, si mi pregunta era tan naif, había desencadenado una charla donde mi estudiante comentaba que se había enterado del incendio mientras se dirgía al aeropuerto, que había tenido el impulso de cancelar todo y volver a ver las cenizas de lo que había sido su casa, que su novio le había sugerido que se fuera de vacaciones de todos modos, que lo quemado ya estaba perdido y que a su regreso seguramente estaría más tranquila y podría encarar mejor la situación… “¿Cómo puede ser que pasen estas cosas?”, pensaba yo cuando Benedicte dijo con una calma admirable. “Y bueno, es el cambio climático, nosotros somos responsables de estas cosas”. Pensé que antes de que los otros dos contaran tragedias climáticas en sus países podría desviar la atención de la conversación hacia aquel tópico.

“Pero nosotros no somos responsables de que el clima cambie”, sentenció otro de los estudiantes del grupo. No hace falta que aclare que él era el único estadounidense de la clase. La francesa lo miró sobresaltada, el otro estudiante, un chico se Suiza abrió los ojos y no sé que cara debo haber puesto yo, pero debe haber reflejado sorpresa mezclada con indignación.

Los argumentos que habría de usar eran los mismos que señala Al Gore en el documental “Una verdad incómoda”: El clima siempre ha cambiado (como ejemplo, los/as defensores/as de esta postura indefectiblemente citan las glaciaciones); no hay relación entre la producción de dióxido de carbono y el cambio climático, el cambio no necesariamente sea negativo...

Nos miramos. Lo miramos. Yo sabía que él estaba diciendo concienzudamente que no había evidencia científica de que hubiera alguna relación entre emisión de dióxido de carbono, calentamiento global y cambio climático. La francesa lo miró con cara de “no puede ser que estés haciendo una broma sobre esto”; el suizo no sabía que pensar.

Faltaban 5 minutos para terminar la clase y comenzaba a generarse un debate que se presentaba promisorio. Promisorio, claro está, para los fines didácticos, ya que yo esperaba encauzar la discusión hacia la justificación de las opiniones, el uso de nexos y conectores… Hace tiempo que aprendí, no sin esfuerzo, que en estos casos lo mejor es no sentarme a debatir uno-a-uno con un/a estudiante, menos aún cuando hay otros/as personas en el grupo. Los dejé debatir un rato, fui anotando correcciones en el cuaderno que uso (sí, también juego al psicólogo frustrado) para estos casos, los ayudé con las palabras, les corregía errores importantes y otros los anotaba para tratarlos más tarde.

La clase había terminado hacía 10 minutos y estos tres seguían sacándose chispas… los miré y les propuse seguirla al día siguiente. Su tarea sería armar su discurso, justificar sus puntos de vista y debatir al día siguiente. Todos/as asintieron, algunos/as más agradecidos por salvar sus pellejos, otros/as porque no habían tenido que asesinar a nadie.