jueves, 19 de octubre de 2017

Una semanita en Inglaterra: Londres (primera parte)

Londres. Lo bueno es que no necesito vender la ciudad. Todo el mundo sabe de que hablamos cuando hablamos de Londres y ni falta hace buscar datos anecdóticos ni rankings estrambóticos. Londres es Londres, y con eso ya alcanza y sobra.
Como suele ocurrir en otros lugares, en obras de construcción relativamente recientes descubrieron restos es estructuras de piedra y madera que parece que son del año 1500 antes de Cristo. No sé cómo es que se conservaron los restos de madera por más de tres mil años y después una mesa de pino enseguida se arruina toda. En fin... un misterio más para la lista.

A pesar de los restos y todo, la ciudad que conocemos empezó –a ciencia cierta- con la Londonium de la antigüedad, establecida allá lejos y hace tiempo, cuando los romanos cruzaron el charco y se instalaron en lo que ahora es Inglaterra. Claro que no todos estaban tan felices de tener a los romanos en las islas. Los celtas quemaron el pueblo y, algún tiempo después, la ciudad volvió a ser fundada, con mayor protección y mejores defensas.

La nueva y mejorada versión de Londinium prosperó y 100 años después se convirtió en la capital de la provincia romana. Otros cien años después, se supone que ya tenía una población de 60.000 habitantes, población que no volvería tener hasta el siglo XIV.

Con esto ya queda claro que la ciudad no iba a sostenerse por mucho tiempo más. Con la caída del imperio romano de occidente, Londinium perdió toda función administrativa y la ciudad empezó a languidecer, aunque algo de la cultura romana sobrevivió al interior de sus murallas.

Paralelamente aparecieron algunos nuevos actores. Primero, los anglosajones (que en honor a la verdad eran tres pueblos: anglos, jutos y sajones) y, algunos años más tarde, los vikingos, que llegaron para saquear el alicaído pueblo.

Anglosajones, vikingos, daneses, para un lado y para el otro, yendo y viniendo y superponiéndose a la población celta y romana que quedaba. Londonium fue saqueada, tomada y recuperada una y otra vez hasta que fue finalmente refundada en el año 886. Se la toma como la fecha oficial en la que comenzó a ser Londres. 
Fue el comienzo de un nuevo período para el pueblo que, en el lapso de doscientos años, se convirtió en la ciudad más grande de Inglaterra, aunque la capital siguió siendo la –hoy ignota- Winchester. Por esta época los anglosajones comenzaron la construcción de la abadía de Westminster, hoy casi por completo incorporada en el parlamento inglés.
Lamentablemente para los reyes anglosajones, ninguno pudo inaugurar la famosa abadía. No porque las obras no fueran terminadas sino porque, primero amenazados por los daneses y luego derrotados por el normando Guillermo el Conquistador, Inglaterra pasó de manos y el que se coronó rey en la abadía fue don Guillermo. Guillermo y sus sucesores hicieron lo que se esperaría de ellos. Construyeron un nuevo palacio (el palacio de Westminster), reforzaron las defensas y edificaron una serie de castillos-fortalezas y castillos-prisiones. El más famoso de ellos es la torre de Londres.
Si pensabas que la torre de Londres era el edificio del Big Ben, estás en un error. La torre de Londres es el castillo-fortaleza que ves acá. Se encuentra a un par de klómetros del parlamento. Y antes de provocar yo mismo un error, aclaro... Big Ben no es el nombre de la torre del reloj del parlamento sino sólo (y específicamente) el nombre de su mayor campana.
Volviendo a la torre de Londres, además de haber sido fortaleza y residencia, museo y atracción turística, hoy la torre alberga las joyas de la corona británica. Literalmente. Las coronas, el cetro, el orbe, los diamantes (y un largo etcétera que incluye incluso una cuchara de la unción).

Regresando a los normandos, durante los siguientes años los descendientes de los conquistadores fueron deshaciéndose de la cultura más bien francesa que traían a cuestas y comenzaron a adoptar algunos hábitos locales. Entre otros, el idioma, aunque por mucho tiempo el francés continuó siendo la lengua de la corte. Hablando de la corte, la misma se estableció definitivamente en la ciudad, que comenzó a enriquecerse del intercambio comercial con las ciudades de Flandes y los Países Bajos. Ambas regiones estaban en plena expansión económica y requerían una serie de materias primas y otros bienes que los ingleses estuvieron sumamente dispuestos a venderles.
Esto enriqueció la ciudad y a los nobles de la región notablemente, como así también a sus gobernantes, que no diferenciaban entre la caja del reino y su caja chica. Hay que reconocerlo, puede que mucha de la tecnología de la época no estuviera muy avanzada, pero en cuanto a sus hábitos político-económicos resultaron ser unos visionarios.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Fotos de miércoles

Londres. Edificio de la BBC. Los niños se divierten jugando con la Tardis y un dalek. Si ninguna de las dos cosas te dice nada, buscá en youtube Doctor Who.

lunes, 16 de octubre de 2017

Planificación germánica

Ya lo dije alguna vez. Bueno, está bien, muchas veces. A los/as alemanes/as les gusta planificar. Con tiempo. Mucho tiempo. A esta altura ya no sé si les gusta o no pero, básicamente, parece que a la gran mayoría no le queda más alternativa que hacerlo. Aunque más no sea para poder seguirle el ritmo al resto.

Cuando empecé a trabajar en más de dos escuelas y a tener horarios variables que se acuerdan de una clase a la otra me vi obligado a incorporar una agenda a mi vida. Al principio era una simple libretita en la que iba anotando las cosas. A medida que la situación se complejizaba y los horarios se hacían más variables -Diego mediante- no me quedó más opción que comenzar a llevar una agenda. Una agenda de verdad.

Como me he dado cuenta de que -además de andar con un Nokia de la década pasada- siento una aversión moderada a la tecnologías emanadas de la telefonía celular, mi agenda es de papel. Demodé, lo sé. A esta altura sorprendería más que anduviera con algún gadget mágico que me organizara la vida, que me indicara qué bondi me conviene tomar para ir a qué lugar y me diera instrucciones con voz de española sexy. Tome el autobús 62. Baje en la estación X. Camine dos cuadrea, doble a la derecha. Camine 20 metros. Toque timbre. Espere. Entre y dé su clase de español hasta las 17.30. 

La cuestión es que de papel y todo, llena de papelitos por todos lados, la agenda hizo su entrada triunfal en mi cotidianeidad. Y con ella, las obligaciones. Porque si se tiene agenda es para completarla. 

Durante marzo y abril la usé con ganas. Para cuando llegaron mayo y junio la agenda ya pedía perdón. No es que hubiera tanto para ser planificado en junio. Pero, a la vera de las vacaciones de verano, ya comienza la planificación de la segunda mitad del año. Bueno, la planificación debería de haber comenzado antes. Lo que llega en esos meses es la comunicación. ¿De qué estás hablando Willis? De que, básicamente, mis estudiantes ya saben cuando tomarán sus vacaciones de verano, de primavera y de Navidad y que, con esa información en mano podemos sentarnos a ver cuándo tomarán clases de español. Nada de lo vamos viendo cada semana. Especialmente cuando es un grupo. Y así empezamos.

Al promediar junio, luego de terminar alguna clase, nos sentamos todos/as con nuestras agendas (sean de papel o electrónicas) y empezamos... ¿está bien si después del verano retomamos las clases el día X de septiembre? No, mejor la semana siguiente. Ok. ¿Tomamos vacaciones en octubre? Sí, yo no estoy la primera semana. Yo no estoy la segunda. Yo tampoco. Ok, las dos primeras semanas de octubre son de vacaciones. ¿Alguien hace algo en noviembre? Sí, yo, pero es una semana, así que sigan ustedes sin mí. Listo. ¿Diciembre? Terminemos el 22. No, mejor el 17. Sí, el 17. Ok, el 17. 

Así, un buen día de mayo me doy cuenta de que hasta fin de año ya tengo dos grupos planificados. Bueno, ellos/as tienen planificado. Yo sólo tengo planificada el área laboral. Ellos/as ya tienen coordinadas sus vacaciones, los feriados, los findes largos y las visitas navideñas. Bueno, no todos/as pero sí unos cuántos/as. 

Salgo de la clase y me pongo a caminar pienso en lo loco que es organizar en junio el cronograma de clases hasta diciembre. O sea, en mi realidad, en junio siempre me tocó ver de qué me disfrazaba para llegar vivo (y en lo posible comiendo a diario) a julio. O qué cosas íbamos a poder hacer en la pitufi en los próximos dos meses.  

Claro que esto es Alemania y acá las variables son otras. Entonces caigo en la cuenta. Los carteles de eventos que se publicitan en la vía pública anuncian festivales y conciertos que ocurrirán en noviembre, diciembre y enero. Y no hablo de recitales multitudinarios ni de estrellas rutilantes que pasan por el país una vez cada cinco años. En absoluto. 

Ahora que miro la fecha pienso: en breve ya vamos a empezar a planificar las clases del año que viene.

sábado, 14 de octubre de 2017

Ese plato me suena…

Viviendo en la casita de Bariloche (también conocida como el Alberge del amor o la casa del Km1 de Pioneros) alguna vez nos ocurrió que alguien dijera que iba a concinar algo típico de su país para descubrir -acto seguido- que el plato en cuestión resultaba especialmente similar a otra especialidad de algún otro lugar. Si no me equivoco, la primera vez que nos pasó fue con un sheperd’s pie (pastel del pastor). Algo que, a simple vista, tiene un parecido enorme con el viejo y querido pastel de papas. De entonces me he topado con una larga serie de coincidencias. Por ejemplo, los hashbrowns, que se parecen bastante al rösti suizo. No sé preparan del mismo modo pero, a la larga, la apariencia de hamburguesa-tortilla de papa rallada que tienen ambos platos es impresionante.

Si eso me pasaba en Bariloche, viviendo en Alemania el efecto se da a la enésima potencia. Por ejemplo, cuando hay semana española, nuestro supermercado de cabecera tiene, entre otros tantos productos, rabas. ¿Qué más tipo de España que las rabas, la tortilla y la paella? Pues bien, luego viene la semana Italia y ¡sorpresa! ¡hay rabas! Bueno, no se llaman rabas, son frituri di calamari. Un mes más tarde vamos a un restaurant griego y nos sirven un plato en el que hay una serie de especialidades de la cocina helénica. Y sí, hay algo que es exactamente igual a una raba. Claro que España, Italia y Grecia comparten una serie de tradiciones y están unidas por la geografía y la historia.

Vamos a otra cosa. Ya sé que no son exactamente lo mismo pero tampoco son tan distintos. Aquí en Dresden, una opción de comida al paso y de aperitivo para ferias y mercados es el lángos. Es algo típico de Hungría. Se trata de una especie de torta frita a la que se le unta una salsa de yogurt y ajo (que se parece sobremanera a la salsa de yogurt y ajo que se le pone al döner) y se le espolvorea encima queso rallado y alguna otra cosa. Esta suerte de torta frita es, asimismo, sumamente similar al chapati, el pan indio, que en teoría es algo sumamente especial y único del subcontinente.

Y luego la schnitzel, un plato típico del mundo germánico que se parece sorprendentemente a una milanesa. Y cuando le decís a un alemán que conocés algo super similar te abren los ojos y te mirán con la misma cara con que Arnold le preguntaba a su hermano ¿de qué estás hablando Willis? Como si quisieras robarles el mayor de los tesoros.

De mantecoles y halvas ya hablé alguna vez (La halva de maní). De Ucrania a Grecia, de Bulgaria a la India, de Turquía a Irán, todos han producido algo semejante y a pesar de encontrar que las versiones de los países vecinos (y no tanto) son en extremo diferentes, a la larga terminan por aceptar que se parecen más de lo que quisieran.

Si eso pasa con comidas que se suponen diferentes, ni hablar cuando hablamos del mismo plato. Por caso, el goulasch. Los húngaros dicen que lo inventaron ellos. Pero como Hungría pasó siglos gobernada por los Habsburgo, el plato es igualmente popular (y típico) en los distintos territorios que alguna vez integraron el imperio. Y todos dicen que es de ellos: Austria, Croacia, República Checa y Eslovenia.

jueves, 12 de octubre de 2017

Finde largo en Moravia: Brno, entre dos siglos

La última mitad del siglo XIX y la primera parte del XX fueron para muchas algunas ciudades europeas, años de crecimiento. Y no para todas por igual. Mientras que algunas veían aparecer nuevos barrios para comerciantes o industriales adinerados, otras se llenaba de talleres y viviendas insalubres. Otras, alejadas de las nacientes zonas industriales y de las vías ferroviarias siguieron menguando o, en el mejor de los casos, continuaron su letargo centenario.

Que hayan sido años de crecimiento no necesariamente significa que haya habido un enriquecimiento equitativo. Ni que todas las ciudades crecieran del mismo modo ni con la misma intensidad. Pero, en mayor o menor medida, con más o menos intensidad y planificación, no fueron pocas las ciudades que vieron extender sus límites más allá de las murallas que antes las habían protegido pero que para mediados del siglo XIX las constreñían.
Uno de los más claros ejemplos es, precisamente, que tras derribas las murallas de Barcelona el nuevo barrio que surgió adoptara el nombre de el ensanche. Y no sólo la ciudad se ensanchó. También sus calles, que se volvieron más amplias; las veredas, que se hicieron más espaciosas y hasta los edificios, que se volvieron más ampulosos. Incluso en nuestro lado del Atlántico la moda terminó instalándose y, epidemia de cólera y Sarmiento mediante, las clases que podían elegir donde vivían terminaron abandonando San Telmo y Montserrat para instalarse en Barrio Norte y Recoleta.
Ciudades como París se permitieron una cirgugía mayor en toda la ciudad. Otras, se contentaron con disponer de sus nuevos barrios a continuación de los más viejos, normalmente separados de los cascos históricos por esas grandes avenidas y parques que vinieron a reemplazar el lugar en el que se encontraban las viejas murallas.
A pesar de no haber sido una de las economías más descollantes de su época, el imperio austrohúngaro disfrutó de cierta bonanza económica durante ese período. O al menos sus clases medias y altas lo hicieron. Viena, Praga, Budapest, todas ellas crecieron. Brno tampoco fue una excepción. Lo hizo en otra escala, claro, pero el resultado no difiere mucho. 
Edificios de estilo neoclásico, art nouveu, Jugenstil y sus variantes descafeinadas (y menos arriesgadas) invadieron entonces los más afortunados (económicamente) de los nuevos barrios que fueron surgiendo.  

miércoles, 11 de octubre de 2017

Foto de miércoles

Olomuc. Ya ni los murales de salvan de las selfies ni de los selfie-sticks, o como sea que se llamen esos palitos diabólicos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Finde largo en Bohemia: las fuentes de Olomuc

Personalmente no soy un gran fanático de las fuentes. A las más modernas me cuesta entenderlas, por decirlo de algún modo. A las más viejas puedo encontrarlas más o menos lindas (dependiendo de la fuente, claro está) pero casi todas me provocan una serie de ideas semejantes. Primero pienso en el desperdicio de agua. Sí, lo sé, soy un Grinch. A esta altura no debería ser una novedad para nadie. En segundo lugar, me llevan a preguntarme acerca de qué misterios de la mente humana llevan a cientos (y más también) de personas a arrojar monedas a las mismas de modo (casi) sistemático.

Justo es decirlo, pese a mis reparos, no dejo de considerarlas interesantes, lindas, fotogénicas o lo que sea. Siempre y cuando que la fuente en cuestión amerite. Otras veces suelen parecerme (especialmente algunas de las más modernas) un derroche de agua y un monumento incomprensible que no ni siguiera vale la pena ser descifrado.

Claro que muy a pesar mío las fuentes han ejercido fascinación en la humanidad por siglos y posiblemente un poco más también. ¿A qué se debe esto? Probablemente a una conjunción de factores. Por un lado representaban una proeza de ingeniería. Pero, por sobre todo, eran necesarias para las ciudades que carecían de una red de agua corriente domiciliaria. No era extraño en la antigüedad clásica que, llegado el caso, palacios o templos tuvieran agua corriente. Pero para el resto de la gilada población, la red de agua implicaba tan sólo la existencia aquí y allá de fuentes a las que iban a abastecerse de agua (presumiblemente) potable.

Cuentan los libros de historia, los/as guías turísticos/as y la leyenda (que vendrían a ser más o menos lo mismo) que para los árabes eran, además, un símbolo de poder. En un mundo signado por la escasez de agua potable, las fuentes (especialmente las que se encontraban en residencias y palacios) eran una forma material de expresar el status de la persona. A mayor tamaño o cantidad de agua en una fuente, mayor la riqueza de su propietario/a. También suele señalarse que tenían un efecto refrescante. Yo aún no logro comprender como el sentir agua saliendo de una fuente y cayendo en una gran bañera tiene un efecto refrescante pero bueno, tampoco me quita el sueño descubrirlo.

De todos modos, a medida que las ciudades fueron desarrollando redes domiciliarias de agua corriente, la función de las fuentes como lugar de acopio y abastecimiento de agua comenzó a perder importancia. En muchos lugares eso conllevó una reducción en el número de fuentes urbanas. Por otra parte, implicó que las fuentes supervivientes adquirieran el valor de monumentos y así salvaran el pellejo justificaran su existencia. 
La ciudad de Olomuc no es la excepción a la regla. Las fuentes del casco histórico (siete en total) que llegaron hasta nuestros días perdieron su función de almacenamiento y distribución de agua y se transformaron en elementos decorativos. Y, a pesar del derroche, debo reconocer que en su gran mayoría ha sido una suerte para nosotros.

sábado, 7 de octubre de 2017

Finde largo en Bohemia: Olomouc

Capital histórica de Moravia, la ciudad de Olomouc (¡al fin una ciudad checa con más vocales que consonantes!) es también una de las más antiguas del país. Cuenta la leyenda que nació como campamento romano con el nombre de Iuliomontium, algo así como el Monte de Julio.
 Arriba y abajo, algunos edificios de Olomuc de finales del siglo XIX y comienzos del XX, a mitad de camino entre la estación de trenes y el centro histórico de la ciudad.
Desde el siglo VI diversas tribus de eslavos fueron asentándose en la región. Normalmente el proceso es bastante repetitivo. Llega una tribu, se instala, llega otra, la conquista, y así sucesivamente. Desde el siglo X Olomouc fue estableciéndose como capital de Moravia y asiento de los grandes duques de Moravia.
No sólo los romanos son parte de las leyendas de la ciudad. También los reyes. En este caso, uno de los reyes de Bohemia de la última gran dinastía checa (luego fueron gobernados por nobles germanos). Cuenta la leyenda que Wenceslao III (de Bohemia) paró en Olomouc durate su (último) viaje a Polonia. Al parecer iba al reino vecino a ponerle los puntos sobre las íes al recientemente electo rey polaco, una cargo al que él también aspiraba. Sin embargo nunca logró salir de Olomuc, ciudad en la que fue asesinado mientras dormía en una en el palacio de los obispos, situado al lado de la catedral.
La catedral y el palacio de los obispos forman el mayor monumento histórico de Olomouc, aunque el exterior de la iglesia que vemos hoy es producto de la última remodelación que sufrió el edificio en el siglo XIX. Sin embargo, en su interior todavía hay algunos rastros de sus orígenes, en el siglo XI.
Los siglos XV y XVI vieron florecer el pueblo, que se enriqueció tanto que atrajo la mirada de los suecos quienes aprovecharon su presencia en la región producto de la Guerra de los Treinta. A diferencia de Brno, la campana no salvó el destino de Olmouc, que fue finalmente tomada, saqueada y -cuando ya no hubo botín que tomar- abandonada.
En el siglo XVIII entraron en acción dos viejos conocidos nuestros. Federico el Grande de Prusia y la Emperatriz María Teresa de Habsburgo. Para aquella época el reino de Bohemia pertenecía a Austria. Por entonces el reino incluía Bohemia, Moravia y Silesia, esta última una región minera que se disputaban Prusia y Austria. La guerra entre ambos estados se extendió por Silesia y Moravia y la ciudad anduvo dando vueltas de un lado al otro hasta que ambos países negociaron la paza. Casi toda Silesia pasaba a Prusia, una parte chiquita seguíría del lado austríaco y los Habsburgo segurían gobernando Bohemia y Moravia.
Más o menos por esa misma época fue construida la columna de la Santísima Trinidad, patrimonio histórico y cultural de UNESCO.
No es la única columna que hay. En general se ve que los Habsburgo eran bastante afectos a la erección de monumentos religiosos en forma de columnas o bien que los arquitectos austríacos preferían no innovar en el área de los monumentos religiosos:
Otro de los atractivos de Olomouc es antigua municipalidad -que para variar estaba bajo andamios-, con su torre y su reloj astronómico. 
No es como el de Praga pero no por eso deja de ser interesante. Originalmente fue construido en el siglo XV pero fue severamente dañado por los alemanes durante la segunda guerra. Después de la guerra fue reconstruido y el gobierno aprovechó para cambiar un poco el carácter del mismo. Los santos fueron reemplazados por proletarios y algunos detalles góticos fueron desplazados por la sobriedad del realismo soviético.